Karl Marx LA GUERRA CONTRA PERSIA Para comprender las causas políticas y el objetivo de la guerra que los ingleses emprendieron recientemente contra Persia -librándola con tanta energía que, según los últimos informes, el shah se vio obligado a capitular-, hay que recordar algunos acontecimientos de la historia de dicho país. La dinastía fundada en 1502 por Ismail, quien se consideraba descendiente de los antiguos emperadores persas, y que durante más de dos siglos mantuvo el poderío y el prestigio de la gran potencia, recibió un golpe aplastante hacia ·1720, durante la sublevación de los afganos, que habitaban las provincias orientales de la nación. Los afganos irrumpieron en Persia occidental, y dos de sus príncipes ocuparon durante algunos años el trono persa. Sin embargo, pronto fueron expulsados del país por el célebre Nadir, quien actuó al principio como jefe militar del pretendiente persa. Por fin, él mismo se adueñó ·de la Corona, y no sólo sometió a los afganos sublevados, sino que con su famosa invasión a la India contribuyó en gran parte a la disgregación del decadente Imperio mogol, con lo cual preparó el terreno para instaurar la dominación británica en la India. Durante la anarquía imperante en Persia después de la muerte del Shah Nadir, ocurrida en 1747, surgió elreino independiente de Afganistán, encabezado por Ahmed Durrani, quien unificó los principados de Herat, Kabul, Kandahar, Peshawar y todas las tierras de la que finalmente se apoderaron los sikhs. Este reino, unido por vínculos muy frágiles, se derrumbó después de la muerte de su fundador, dividiéndose de nuevo en los elementos que los habían formado, es decir, en tribus afganas independientes, dirigidas por sus propios jefes, entregadas a contiendas interminables y que sólo se unían en casos excepcionales, cuando los obligaba la necesidad común de un conflicto con Persia. Este antagonismo político entre afganos y persas, basado en diferencias de tribus, ahondado por las tradiciones históricas y alentado por las disputas limítrofes y pretensiones mutuas, parece esf.ar sancionado al mismo tiempo por el antagonismo religioso, puesto que los afganos son musulmanes sunitas, o sea ortodoxos, mientras que Persia es un baluarte de los herejes chiítas. A pesar de este antagonismo agudo y general, los persas y afganos tenían un punt" de contacto: su hostilidad común hacia Rusia &ta invadió a Persta por primera vez bajo Pedro el Grande, pero no obtuvo de ello grandes ventajas. Más afortunado en este sentido fue Alejandro I, quien por el tratado de Hilistán27 arrebató-a Persia doce provincias, situadas en su mayor parte al sur de la cordillera del Cáucaso. Como resultado de la guerra de 1826-1827, que finalizó con el tratado de Turkmanchai28, Nicolás arrebató nuevamente algunas regiones a ·Persia y le prohibió la navegación en sus propias aguas costeras del mar Caspio. El recuerdo de los despojos tenitoriales del pasado, de las vejaciones que Persia debía soportar en el presente y el temor de las invasiones en el futuro contribuían en igual grado a provocar un odio mortal hacia Rusia Los afganos, por su parte, aunque jamás tuvieron reales conflictos con Rusia, estaban habituados a considerarla el enemigo secular de su religión, el gigante que devoraría el Asia. La actitud hacia Rusia, a la que juzgaban su enemiga natural, impulsó a los dos pueblos, persas y afganos, a ver en Inglaterra su aliada natural. Por consiguiente, para mantener su influencia dominante, ésta sólo debía representar el papel de mediadora benévola entre Persia y Afganistán, y aparecer como enemiga resuelta de las irrupciones de los rusos. Unicamente bacía falta una amistad aparente, por una parte, y una enérgica oposición por la otra Sin embargo, no se puede afinnar que utilizaran con mucha fortuna las ventajas de semejante posición. En 1834, al elegirse el laeredero del shah de Persia, los ingleses tuvieron que apoyar a un príncipe protegido por Rusia, y al año siguiente, durante la lucha armada de ese príncipe con su rival, otorgarle un subsidio monetario y una ayuda activa, suministrándole oficiales británicos29. Los embajadores ingleses que se dirigían a Persia tenían órdenes de prevenir al gobierno de dicho país de que no cediese a las instigaciones y no emprendiera la guena contra los afganos, que sólo prometía un inútil derroche de recursos; pero cuando estos embajadores exigieron sanciones más enérgicas, a fin de conjurar la guerra que iba a estallar contra los afganos, el gobierno inglés les recordó un artículo del antiguo tratado de 1814, por el cual, en caso de guerra entre Persia y Afganistán, los ingleses no debían intervenir mientras no se acudiera a ellos para solicitar su mediack n. Según la opinión expresada por los representantes diplomáticos y las autoridades británicas de la India, esa guerra había sido tramada por Rusia, potencia que, supuestamente, deseaba utilizar la ampliación del poder de Persia en el este como medio para abrir un camino por el cual, tarde o t.emprano, el ejército ruso pudiera invadir la India. Sin embargo, es evidente ·que estos argumentos no causaron impresión alguna, o en todo caso Impresionaron muy débilmente a lord Palmerston, quien a la sazón se encontraba al frente del Ministerio de Asuntos Extranjeros, y en 1837 el ejército persa entró en Afganistán. Una sucesión de pequeñas victorias le abrió el camino hacia Herat, ante la cual acampó, iniciando las operaciones de sitio bajo la conducción personal del conde Simonich, embajador ruso ante el trono de Persia. Durante todo el tiempo que se prolongaron las operaciones militares, el embajador inglés Me Neill se vio atado de pies y manos por instrucciones contradictorias. Por un lado, lord Pabnerston le ordenaba "evit.ar la discusión de las relaciones entre Persia y Herat", debido a que dichas relaciones no incumbirían a Inglaterra. Por el otro, lord Auckland, gobernador general de la India, expresaba el deseo de que el embajador disuadiera al shah de proseguir las acciones militares. Al iniciarse esa expedición militar, el general Ellis retiró a los of1ciales británicos que se encontraban al servicio del ejército persa, pero Palmerston les ordenó regresar. Cuando el gobernador general de la India volvió a ordenar a Me Neill que llamara a los oficiales británicos. Palmerston revocó nuevamente la orden. El 8 de marzo de 1838 Me Neill se dirigió al campamento persa y ofreció su mediación, pero no en nombre de Inglaterra, sino de la India. A fines de mayo de 1838, cuando habían pasado ya unos nueve meses desde el comienzo del sitio, Palmerston dirigió un despacho amenazante al trono persa, en el que por primera vez expresaba su protesta por los sucesos de Herat y, también por primera ve-¡, denigraba "la vinculación de Persia con Rusia". Al mismo tiempo, el gobierno de la India envió tropas por mar hacia el golfo de Persia, con órdenes de apoderarse de los ingleses. Poco después el embajador inglés se trasladó de Teherán a Eizerum, y no se otorgó la autorización de entrada al embajador de Persia que se dirigía a Inglaterra. Mientras tanto, a pesar del prolongadísimo bloqueo, Herat no se rindió, los ataques de los persas fueron rechazados y el 15 de agosto de 1838 el shah se vio obligado a levantar el sitio y retirar a toda prisa sus tropas de Afganistán. Parecía que ahí h• brían podido concluir las operaciones de los ingleses, pero el asunto Qlvo un giro sumamente extraño. No satisfechos con haber puesto freno a los esfuerzos de Persia por apoderarse de parte ·de Afganistán -esfuerzos que habrían sido emprendidos por instrucciones de Rusia y para favorecer los intereses de ésta-, los ingleses decidieron tomar todo_ el territorio afgano. Así empezó la famosa guerra de Afganistán.10, que finalizó de modo tan deplorable para los británicos, y todavía es un profundo mist.erio el nombre del responsable de haberla desencadenado. En la guem actual contra Persia sirvió de pretexto un suceso muy semejante al que precedió a la afgana, a saber: la campaña de los persas contra Herat, que esta vez concluyó con la toma de la ciudad. Es sorprendente sin embargo, que los ingleses sean ahora aliados y defensores del mismo Dost Mohammed a quien durante la época de la guerra afgana intentaron destronar, con tan poco éxito. El futuro dirá si esta guerra está tan preñada de consecuencias extraordinarias e inesperadas como lo estuvo la anterior. Escrito aproximadamente el 27 de abril de 18S7. Publicado en el periódico New-York Daily Tribune, núm. 4.937, del 14 de febrero de 18S7. Karl .Marx DEBATE PARLAMENTARIO SOBRE LAS HOSTILIDADES CHINAS Londres, 27 de febrero de 1857.

La resolución del conde de Derby y la de Mr. Cobden, ambas condenatorias de las hostilidades chinas, fueron propuestas, según noticias recibidas, la una en la Cámara de ios Lores el 24 de febrero, y la otra en la Cámara de los Comunes el 27 de febrero. El debate en la Cámara de los Lores terminó el mismo día en ijUe se inició en la de los Comunes. La primera conmovió al gabinete de Palmerston, al dejarlo con la mayoría relativameete débil de 36 votos. La segunda puede provocar su derrota. Pero cualquiera sea el interés que se asigne a la discusión en los Comunes, el debate en la Cámara de los Lores agotó la parte argumentativa de la controversia: los magistrales discursos de lord Derby y lord Lyndhurst, que se anticiparon a la elocuencia de Mr. Cobden, sir E. Bulwer, lord John Russell y tutti quanti. La única autoridad legal por parte del gobierno, el lord Chancellorª, observó que "a menos de que Inglaterra tenga argumentos sólidos en el caso de la Arrow, quedará demostrado que todós los procedimientos, desde el primero hasta el último, fueron equivocados". Derby y Lyndhurst probaron, fuera de toda duda, que Inglaterra no tenía nada en q1:1e basarse con respecto a la lorcha. La línea de argumentación por ellos seguida coincide a tal punto con la adoptada en las columnas de The Tribune, al publicar los primeros despachos ingleses, que puedo condensarla aquí muy brevemente. ¿Cuáles son los cargos formulados cor:itra el gobierno chino con los que se pretende justificar las matanzas de Cantón? La violación del art. 9 del tratado complementario de 1843. El artículo prescribe que cualquier delincuente chino, ya se encuentre en la colonia de Hongkong, a bordo de un buque de guerra británico o de un a Robert Cranworth.

mercante británico, no puede ser arrestado por las propias autoridades chinas, sino que debe ser reclamado al cónsul británico y entre. . , por éste a las autoridades nacionales. Funcionarios chinos apresaron a piratas chinos en el río de Cantón, a bordo de la mha Arrow, prescindiendo de la intervención del cónsul británico. Surge entonces la pregunta: ¿era el Arrow una embarcación británica? Era, como lo demuestra lord Derby, "una embarcación construida por chinos, capturada por chinos, -.endida por chinos, comprada y tripulada por chinos, y perteneciente a chinos". · ¿Cómo entonces, se convirtió ese barco chino en un buque merante británico? Adquiriendo en Hongkong un registro o licencia de navegación británicos. La legalidad de este registro se apoya en una ordenanza de la legislación local de Hongkong, promulgada en muzo de 1855. La ordenanza no sólo violaba el· tratado existente entre Inglaterra y China, sino que anulaba las mism~ leyes de Inglaterra. Era por consiguiente nula e írrita. La ley de Barcos Merantes no podía menos de otorgarle cierta semblanza de legalidad inglesa; pero fue aprobada sólo dos meses después de dictarse la ordenanza. Y ni siquiera fue puesta en consonancia con las estipulaciones jurídicas de la ley. Por consiguiente, la ordenanza por la cual la lorcha Arrow recibió su registro era · papel inservible. Pero aun 10bre la base _de ese papel sin valor, la Arrow había perdido la protección de la misma por violación de las disposiciones prescritas y por haber expirado su licencia. El propio sir J. Bowring así lo admiteª. Pero entonces, se dice, fuese o no la Arrow una embarcación inglesa, de cualquier modo tenía izada la bandera inglesa, y esa enseña había sido agraviada. Primerob, si la bandera estaba enarbolada, no lo estaba legalmente. ¿Pero estaba en realidad enarbolada? Sobre este punto existen discrepancias entre las declaraciones inglesas y las chinas. Las de estos últimos, sin embargo, han sido corroboradas por las declaraciones, trasmitidas por los eónª En el manuscrito, después de la palabra Bowring, dice: "quien escribió al cónsul Parkes que la Arrow ·no tenía derecho a la protección británica".· b En lugar de Primero, en el manuscrito dice: "Pero primero la Arrow no tenía derecho a enarbolar bandera inglesa, romo lo reconoció sir John Bowring en su carta al cónsul Parkes, fechada el 11 de octubre en Hongkong. Por consiguiente,,," siles, del patrono y la tripulación de la lorcha portuguesa núm. 83. Respecto de dichas declaraciones, The Friend of Chinaª• del 13 de noviembre af"mna que "en Cantón es ahora de conocimiento común que la bandera británica no estuvo enarbolada a bordo de la lorcha durante los seis días anteriores al de su captura". Y así rueda por tlem el punto de honor, junto con la fundamentación legal. b En su discurso, lord Derby tuvo el buen gusto de abstenerse de su chocarrería habitual, y así dio a su alegato un carácter estrictamente jurídico. ~ No obstante, no fue necesario esfuerzo alguno de su parte para que .su discurso destilara una profunda ironía El conde de Derby, jefe de la aristocracia hereditaria de Inglaterra, alegando contra el ex doctor, ahora sir Jobn Bowring, discípulo preferido de Bentham; abogando por el sentimiento de humanidad contra· profesionales del humanitarismo; defendiendo los verdaderos intereses de las naciones contra los utilitarios sistemáticos que insisten en un punto de etiqueta diplomática; apelando a la uox populi-oox dei contra lOR hombres del máximo beneficio para el mayor número de personase; el descendiente de los conquistadores predicando la paz mientras un miembro de la Sociedad de la Pazd predica las ardientes bombas; un Derby que marca al rojo los actos de la flota británica, calificándolos de "procedimientos miserables" y "operaciones ignominiosas", mientras un Bowring la felicita por cobardes ultrajes que no hallaron resistencia, por "sus briilantes hazañas, su valentía sin parangón y la espléndida unión de destreza militar y valor": tales contrastes resultaron tanto más agudamente satíricos cuanta menos conciencia parecía tener de ellos el conde de Derby. Gozó de la ventaja de esa gran ironía histórica que no ª The friend of China ea el nombre abreviado del periódico oficial británico The Overland friend of China que se publicó en Victoria (Hongkong) desde 1842 hasta 1859.· b Aquí termina el fra8Jnento manuacrito.• e Esta fórmula pertenece al sociólogo burgués británico Bentham, el teórico del utilitarismo -una ética individualista de naturaleza burguesa limitada. El utilitarismo es una doctrina que considera la "utilidad" y el "beneficio" como base única de moralidad y huaca probar la posibilidad de una "felicidad" y una "armonía universales'en la sociedad capitalista, desgarrada como lo está por contra.dicciones de clase.· d La Sociedad de la Paz: organización pacifista burguesa funda• da en Londres en 1816. Fue activamente apoyada por los librecambis• tas, quienes creían que en tiempos de paz y con la ayuda del libre cambio, Inglaterra aprovecharía mejor su superioridad industrial y se aseguraría la supremacía económica y política. proviene del ingenio de los individuos, sino del humorismo de las lituaciones. Es probable que no haya habido jamú, en toda la historia parlamentaria de Inglaterra, semejante triunfo intelectual de un aristócrata sobre un advenedizo. Al comenzar, lord Derby declaró que "tendría que apoyarse en declaraciones y documentos proporcionados exclusivamente por esos mismos partidos cuya conducta él iba a impugnar", y que se alegr• ba de que "su causa descansase sobre estos documentos". Ahora se ba observado justamente que esos documentos, como fueron presentados al público por el gobierno, hubieran pennitido a est.e último echar toda la responsabilidad a sus subordinados. Tanto es así, que los ataques de los enemigos paralmentarios del gobierno .estuvieron dirigidos exclusivamente contra Bowring y CíL, y habrían podido aer endosados por el propio gobierno nacional sin perjudicar en nada su propia p~ición. Cito de su señoría: "No deseo decir nada irrespetuoso del doctor Bowring. Puede c,ie sea un homble de grandes dotes; pero me parece que en el . .oto de su admisión dentro de Cantón está dominado por una perfecta monomanía. (¡Muy bien, muy bien! y risas.) Creo que sueña con su entrada en Cantón. Creo que es lo primero que piensa por la mañana, su . último pensamiento por la noche, y que lo piensa también en la mitad de la noche, si por casualidad se de&pierta (risas). No creo que considere ningún sacriracio demasiado grande, ninguna interrupción del comercio deplorable, ningún derr• mamiento de sangre lamentable, comparado con la inmensa ventaja que se obt.endría del hecho de que sir J. Bowring fuera recibido oficialmente en el Yamenª de Cantón (risas)". Luego int.ervino lord Lyndhurst: "Sir J. Bowring, que es un distinguido humanitarista, además de plenipotenciario (risas), admite que el registro es nulo, y que la lorcha no tenía derecho a izar la bandera inglesa. Y ahora observad lo que dice: 'La embarcación no estaba protegida, pero los ebinos no lo saben. Por Dios, no se lo adviertan.' Y perseveró en 8! sentido, porque dijo, en otras tantas palabras: Sabemos que los chinos rio han sido culpables de violación alguna del tratado, pero no se lo diremos; insistiremos en una reparación y en la devolución 11 Residencia oficial de los mandarines chinos.

en una forma especial, de los hombres que apresaron. Y si los hombres no fueron devueltos en esa forma, ¿qué otro remedio quedaba? Por supuesto, capturar un junco, un junco de guerra. Si esto no era suficiente, capturar más, hasta obligarlos a someterse, aunque sabíamos que el derecho estaba de parte de ellos y que- del nuestro no había justicia alguna. ( ¡Muy bien! ) ¿Hubo jamás conducta más abominable, más flagrante -no ·diré más fraudulenta, pero algo que en nuestro país equivale al fraude-, en la cual un hombre público, al servicio del gobierno británico, haya esgrimido pretextos más falsos? ( ¡Muy bien! ) Es extraordinario que sir J. Bowring pueda pensar que tiene derecho a declarar la guerra. Entiendo que un hombre en posición semejante tenga necesariamente el poder de ordenar operaciones defensivas, pero llevar a cabo operaciones ofensivas con ese fundamento -con ese pretexto- es uno de los procedimientos más extraordinarios que pueden encontrarse en la historia del mundo. De los documentos que están sobre la mesa se desprende con claridad que desde el momento mismo en que sir_ J. Bowring fue designado para el cargo que ahora ocupa, su ambición fue lograr lo que sus antecesores no habían conseguido hacer: µ-asponer las murallas de Cantón. Concentrado sólo en el objetivo de pasar al otro lado de las murallas, sin ningún fin necesario, ha lanzado al país a una guerra; ¿y cuál es el resultado? Las propiedades de súbditos británicos, que alcanzan a la enorme suma de 1.500.000 dólares, se hallan ahora encerradas en la ciudad de Cantón, y además nuestras factorías han sido arrasadas, y todo ello sólo a causa de la dañina política de uno de los hombres más dañinos." " . . Mas el hombre, hombre orgulloso, investido de pequeña y fugaz autoridad, más ignorante de lo que más seguro está; el hombre, esa vidriosa esencia, como un mono enfurecido, juega al cielo tretas tan fantásticas, que hace llorar a los ángeles.ª Y por último lord Grey: "Si sus señorías se remiten a los documentos, verán que cuando sir J. Bowring solicitó una entrevista al comisionado Yeh, éste estaª Shakespeare, Medida por medida, acto II, escena 11. ba dispuesto a concedérsela, pero para tal fin indicó la casa del comerciante Wu Haokuan, fuera de· la ciudad. La dignidad de sir J. Bowring no le pennitía ir a otro lugar que no fuera la residencia oficial del comisionado. Espero por lo menos lograr -si no otro-el buen resultado de que se aprueba la resolución: la inmediata destitución de Sir J. Bowring". Sir J. Bowring fue objeto de un tratamiento similar por. parte de los Comunes, e incluso Cobden inició su discurso con un solemne iepudio a "su amigo de hacía veinte años".

Las citas literales de los discursos de los lores Derby, Lyndhurst y Grey demuestran que, para frenar el ataque, al gobierno de lord Palmerston no le quedaba más que desprenderse de sir J. Bowring, en lugar de identificarse con ese "distinguido humanitarista". Que este recurso para zafarse no se debe a la indulgencia ni a la táctica de sus adversarios, sino exclusivamente a los documentos presentados ante el parlamento, resultará evidente con sólo echar una mirada a los mismos y a los debates basados en ellos. · ¿Puede quedar alguna duda S'Jbre la "monomanía" de sir J. Bowring respecto de su entrada en Cantón? ¿No se ha demostrado «11e el individuo, como dice The London Times, "procedió por iniciativa en todo sentido personal, sin el consejo de sus superiores en la metrópoli y sin atenerse a la política de ellos? " ¿Por qué, entonces, lord Palmerston, en un momento en que su gobierno tambalea, cuando ve obstruido su camino por dificultades de todo tipo -dificultades financieras, dificultades derivadas de la guerra persa, dificultades provenientes de los tratados secretos, dificultades de la refonna electoral, dificultades de la coalición-, cuando tiene conciencia de que la Cámara lo mira "con más atención pero con menos admiración que antes"; por qué eligió precisamente ese momento para exhibir, por primera vez en su vida política, una inflexible fidelidad a otro hombre, un subalterno, con el riesgo, no sólo de perjudicar aun más su propia posición, sino de desbaratarla por completo? ¿Por qué lleva su flamante entusiasmo hasta el punto de convertirse en víctima propiciatoria de los pecados de un doctor Bowring? Por cierto que nadie que esté en sus cabales puede creer que el noble vizconde sea capaz de tan románticas aberraciones. La línea política que ha seguido en este problema chino constituye _una evidencia concluyente del carácter defectuoso de los documentos que presentó ante el parlamento. Además de los publicados, deben de existir documentos secretos e instrucciones secretas, que servirían de mucho para demostrar que si el doctor Bowrint estaba dominado por la "monomanía" de entrar en Cantón, era porque detrás de él estaba el sereno jefe de Whitehall, estimulando su monomanía y empujándolo, con fines personales, del estado de calor latente al de fuego abrasador. Escrito por C. Marx el 27 de febrero de 18S 7. Publicado en el New- York Daily Tribune, núm. 4.962, del 16 de mano de 18S7. a. El jefe de Whitehall: Palmerston. Whitehall: calle del centro de Londres, en la que estaba ubicada la casa de gobierno.