Karl Marx

[El Crédit mobilier francés]

Escrito el 8 de septiembre de 1852.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 5128 del 26 de septiembre de 1857, artículo de fondo]

La decadencia del Crédit mobilier, como ya lo previmos hace algunos meses al examinar su ampuloso informe de 1856, se ha reanudado y llena esta vez al mundo financiero europeo de considerable inquietud. En pocos días, las acciones de la empresa han caído de 950 a unos 850 francos, y esta última cotización dista aún mucho de ser el punto más bajo al que probablemente descenderán. El ascenso y descenso de las acciones del Crédit mobilier encierra para el político un interés no menor que el subir y bajar de las aguas primigenias para el geólogo. En las fluctuaciones de estas acciones cabe distinguir diversos períodos. Su primera emisión en 1852 fue hábilmente organizada por la sociedad. Las acciones se distribuyeron en tres series, estando los tenedores de la primera serie facultados para adquirir la segunda y la tercera a la par (al valor nominal). En consecuencia, los afortunados poseedores de la primera serie disfrutaron de todas las ventajas resultantes de una oferta limitada en un mercado de valores sumamente activo, así como de las expectativas exageradas de que el capital accionario de la sociedad alcanzase pronto un elevado agio. De 250 francos que se pagó por la primera emisión, el precio de mercado de las acciones subió de inmediato a 1.775 francos. Las fluctuaciones de sus cotizaciones durante los años 1852, 1853 y 1854 revisten menor interés político, pues más que los intentos de la empresa ya desarrollada, indican las distintas fases que la institución en formación tuvo que recorrer. En 1855, el Crédit mobilier alcanzó su apogeo, toda vez que la cotización momentánea de sus acciones a 1.900 francos significó su mayor alejamiento del negocio terrenal ordinario.

Observadas más de cerca, las fluctuaciones de las cotizaciones de las acciones del Crédit mobilier desde aquella época, tomando siempre el promedio de, digamos, 4 meses, muestran una línea descendente que, a pesar de desviaciones fortuitas, está regida por una ley constante e inexorable. Esta ley consiste en que las cotizaciones descienden desde su punto más alto en cada uno de esos períodos hasta el punto promedio más bajo, que a su vez se convierte en el punto de partida más alto para el período siguiente. Así, las cifras de 1.400, 1.300 y 1.100 francos, en este orden, señalan respectivamente el punto promedio más bajo de un período y el punto promedio más alto del otro. Durante todo el presente verano, las acciones no han podido alcanzar durante un tiempo prolongado el nivel de los 1.000 francos, y la crisis actual, si no acarrea consecuencias aún peores, hará descender la cotización promedio más alta de las acciones a unos 800 francos, desde donde esta descenderá finalmente a un nivel promedio aún más bajo. Este proceso no puede, naturalmente, continuar al infinito, así como también es incompatible con las leyes internas del Crédit mobilier el que sus acciones desciendan a su cotización nominal de 500 francos. Una enorme desproporción entre capital y operaciones, la consiguiente realización de beneficios extraordinarios y, por tanto, un alza inusitada de la cotización bursátil de sus acciones por encima de su valor original no constituyen para el Crédit mobilier condiciones de prosperidad, sino de su propia existencia. No necesitamos extendernos sobre este punto, pues ya lo hemos iluminado suficientemente al examinar la reducción de sus beneficios del 40 por ciento en 1855 al 23 por ciento en 1856.

La actual desvalorización de las acciones del Crédit mobilier está ligada a circunstancias que erróneamente pueden tomarse por causas, aunque no son más que efectos. El señor A. Thurneyssen, uno de los muy “honorables” directores del Crédit mobilier, ha sido declarado en quiebra, pues según sentencia judicial es responsable de una deuda de 15.000.000 de francos contraída por su sobrino, el señor Charles Thurneyssen, quien en mayo pasado abandonó Francia con intención fraudulenta. Que la simple quiebra de un solo director no puede en modo alguno ser responsable de la situación actual del Crédit mobilier se hace evidente de inmediato si se recuerda que también pasó la quiebra del señor Place sin sacudir sensiblemente este baluarte bonapartista. Sin embargo, la opinión pública se inclina más a ocuparse de la súbita ruina de un individuo que a seguir la lenta decadencia de una institución. El pánico se apodera de las masas sólo cuando el peligro cobra una forma grande y palpable. Las acciones y billetes de banco de Law, por ejemplo, gozaron en Francia de una confianza supersticiosa mientras el Regente <Felipe de Orleans> y sus consejeros se limitaron a desvalorizar la moneda metálica que supuestamente representaban los billetes. El público no comprendía que el billete de banco, que representaba una determinada cantidad de libras de plata, se desvalorizara a la mitad cuando la moneda acuñaba con un marco de plata el doble de libras que antes. Pero en el momento en que, por orden del Consejo Real, se redujo el valor nominal oficial del propio billete y un billete de 100 libras tuvo que cambiarse por un billete de 50 libras, el proceso se hizo inmediatamente claro para todos, y estalló el fraude. Así, la caída de los beneficios del Crédit mobilier en casi un 50 por ciento no atrajo ni un solo instante la atención de los autores de artículos financieros ingleses, mientras que ahora toda la prensa europea arma un gran escándalo por la quiebra del señor A. Thurneyssen. Este incidente está, en efecto, acompañado de circunstancias agravantes. Cuando el señor Charles Thurneyssen, en mayo pasado, no cumplió sus compromisos, el señor Isaac Péreire desplegó en la prensa londinense más que su habitual virtuosa indignación, y negó solemnemente toda vinculación del señor A. Thurneyssen y del Crédit mobilier con el vergonzoso quebrado. La actual decisión del tribunal francés ha desmentido, por tanto, directamente a este señor altisonante.

Por lo demás, parece reinar el pánico en el propio Crédit mobilier. El señor Erneste Andrée, uno de los directores, ha considerado oportuno desvincularse públicamente de toda futura responsabilidad y romper por vía legal todo nexo con la institución. Otros –entre ellos la casa Hottinger– también habrían emprendido la retirada. Si hasta el timonel se aferra al bote salvavidas, los pasajeros bien pueden considerar perdido el barco. Por último, la estrecha vinculación de los Thurneyssen con la casa bancaria Stieglitz de San Petersburgo y los grandes proyectos ferroviarios rusos ofrece sin duda materia de reflexión al mundo financiero europeo.

Si los directores del Crédit mobilier se dignan “crear crédito en Francia”, “promover las fuerzas productivas de la nación” y respaldar en todo el mundo el juego bursátil, sería un gran error creer que lo hacen por nada. Más allá del tipo medio de interés de aproximadamente un 25 por ciento anual sobre el capital representado por sus acciones, cada uno de ellos ha recibido regularmente, durante los primeros cinco años de la institución, una bonificación del 5 por ciento del beneficio bruto, suma de aproximadamente 275.000 francos o 55.000 dólares. Además, las compañías ferroviarias y otras empresas de obras públicas que gozan del especial patrocinio del Crédit mobilier están constantemente implicadas, de uno u otro modo, en los negocios privados de los directores. Así, no era ningún secreto que los Péreire estaban muy fuertemente involucrados en las nuevas acciones del ferrocarril del Mediodía francés. Ahora, al revisar los informes publicados, encontramos que la sociedad en la totalidad de su capacidad ha suscrito nada menos que 62.300.000 francos en acciones de ese mismo ferrocarril. Pero los quince directores no sólo solían dirigir las operaciones de la sociedad conforme a sus intereses privados; además, para sus especulaciones privadas podían aprovechar el hecho de que siempre conocían de antemano los grandes coups de bourse que su sociedad preparaba; y, finalmente, podían también ampliar su propio crédito en proporción a las enormes sumas que oficialmente pasaban por sus manos. De ahí el asombrosamente rápido enriquecimiento de estos directores; de ahí la nerviosa inquietud del público europeo ante los reveses financieros que los golpean; de ahí también la estrecha vinculación entre sus fortunas privadas y el crédito público de la sociedad, aunque algunas de esas fortunas están sin duda invertidas de manera que muy probablemente sobrevivirán a la sociedad.