Karl Marx

El Crédit mobilier

Escrito el 12 y el 15 de mayo de 1857.

Del inglés.

I

[“New-York Daily Tribune” núm. 5027 del 30 de mayo de 1857, artículo de fondo]

Los boletines del Gran Ejército <de Napoleón I> son sustituidos en el actual Imperio francés por los informes del Crédit mobilier. En la última asamblea general de accionistas, el 28 de abril, el señor Isaac Péreire presentó, en nombre del directorio, un informe que pretende abarcar la historia sumaria de esta notable institución bonapartista durante 1856. De este documento ampuloso, en el que su autor mezcla, de una manera que le es peculiar, cálculos financieros con máximas teóricas, cifras con sentimientos y especulación bursátil con filosofía especulativa, surgen, tras un examen atento, signos de decadencia que más bien revelan que encubren la capa apologética que recubre el conjunto.

En efecto, el público sigue deslumbrado por las ganancias del Crédit mobilier. Sobre las acciones, cuyo curso fue fijado originalmente en 500 francos, se pagaron en 1856 25 francos de interés y 90 francos de dividendo, en total, pues, 115 francos, suma que representa exactamente el 23 por ciento del fondo social. Sin embargo, para llegar a conclusiones seguras, no se compare al Crédit mobilier con las empresas comerciales ordinarias, sino consigo mismo, y entonces veremos que su ganancia ha disminuido casi a la mitad en un solo año. Hay que distinguir dos elementos en los ingresos netos de la sociedad: uno fijo, otro variable; uno fijado por los estatutos, otro dependiente del desarrollo comercial de la sociedad; uno bajo la rúbrica de intereses, el otro bajo la rúbrica de dividendos. Los intereses de 25 francos, o el 5 por ciento por acción, constituyen, pues, una partida fija en las cuentas de la sociedad, mientras que la verdadera piedra de toque de su progreso es el dividendo repartido. Y vemos ahora que el dividendo se ha reducido de 178 francos 70 céntimos en 1855 a 90 francos en 1856, evolución que difícilmente puede calificarse de ascendente. Si se tiene en cuenta que los peces más pequeños entre los accionistas compraron sus acciones por término medio a 1.500 francos, el dividendo real que recibieron en 1856 apenas superará el 7 por ciento.

El señor Isaac Péreire opina:

«sería superfluo tomarse la molestia de señalar las causas de la diferencia que existe entre el dividendo de 1856 y el de 1855».

Con todo, se digna insinuar que las ganancias de 1855 tenían «un carácter excepcional». Muy cierto, pero el Crédit mobilier sólo puede reclamar algún carácter manteniendo el carácter excepcional de su ganancia. El carácter excepcional de su ganancia proviene de la enorme desproporción entre su capital y sus operaciones. Esta desproporción no es meramente pasajera, sino que constituye en realidad la ley orgánica de su existencia. El Crédit mobilier pretende no ser ni sociedad bancaria ni industrial, sino más bien el representante —a ser posible en escala nacional— de otras sociedades bancarias e industriales. La originalidad de su concepción descansa en este cargo representativo. Sus operaciones no deben, por tanto, ser determinadas por su propio capital y el crédito usual derivado de él, sino únicamente por la gran magnitud de los intereses que realmente representa o intenta representar. Si desapareciera la desproporción entre su capital y sus operaciones y, por consiguiente, también su «ganancia excepcional», el Crédit mobilier no se reduciría a una casa bancaria corriente, sino que se derrumbaría miserablemente. Si quiere llevar a cabo las gigantescas operaciones en las que se ve envuelto por la naturaleza misma de su organización, tiene que confiar en que nuevos planes se realicen con éxito en una escala cada vez mayor. En una institución semejante, todo estancamiento, y aún más toda regresión, es síntoma de una decadencia inevitable. Tomemos el propio informe de 1856. Encontramos en él, por una parte, el modesto capital de 60.000.000 de francos y, por otra, operaciones que abarcan la colosal suma de más de 6.000.000.000 de francos. El propio señor Péreire resume estas operaciones del modo siguiente:

«Nuestra suscripción al último empréstito no sólo se mantuvo intacta, sino que se elevó a la suma de 40.000.000 francos mediante compras destinadas a facilitar los pagos de los suscriptores.

El movimiento de nuestra caja ascendió a la suma de

3.085.195.176 francos 39 céntimos.

El movimiento de nuestra cuenta corriente con el banco fue de

1.216.686.271 francos 33 céntimos.

El de nuestra cuenta corriente alcanzó la cifra de

2.739.111.029 francos 98 céntimos.

Nuestra sociedad ha recibido pagos sobre 1.455.264 acciones y bonos que, en conjunto, han producido la suma de

160.976.590 francos 98 céntimos.

Ha pagado, tanto por cuenta propia como por cuenta de las sociedades cuyos asuntos bancarios gestiona, 3.754.921 cupones, que arrojan un importe de

64.259.723 francos 68 céntimos.

El movimiento de nuestra caja de efectos se ha extendido a 4.986.304 acciones o bonos.»

El señor Péreire no niega que el papel que el Crédit mobilier desempeñó en 1856 difirió en algo del que había desempeñado antes. Durante los tres primeros años de su existencia había tenido que «abrir importantes empresas en Francia», «sistematizar la creación de grandes proyectos comerciales» y, por consiguiente, mostrarse inagotable al inundar la bolsa de efectos con nuevos títulos. Sin embargo, en 1856 se produjo un cambio repentino. Como «la paz había abierto una nueva era a la actividad social», la especulación amenazaba con desbordarse. Preocupados exclusivamente por promover el bien público, los concienzudos hombres de honor del Crédit mobilier —los Péreire, Fould y Morny— consideraron, en estas circunstancias modificadas, como su «deber imperativo» frenar allí donde antes habían espoleado, moderar allí donde antes habían impulsado, y observar «reserva» allí donde antes la «audacia» había pasado por «prudencia inteligente». Puesto que toda Francia se ponía en movimiento, el Crédit mobilier decidió, por razones de conciencia, marcar el paso. Pero también es cierto que esta virtuosa decisión fue anticipada en cierta medida por una nota publicada en el “Moniteur” del 9 de marzo de 1856, que «indicaba la medida que el gobierno deseaba prescribir a la emisión de nuevos títulos». Incluso «si» todas las inclinaciones del Crédit mobilier hubieran apuntado en otra dirección, «esa comunicación», dice el señor Péreire, «habría sido una orden, especialmente para nosotros; fue un alto forzoso que debía poner coto a la creación de nuevas empresas». Este alto forzoso explica suficientemente el deber autoimpuesto de moderación.

Justo en el momento en que el Crédit mobilier se veía así frenado en su marcha por una brida gubernamental, sucedió desgraciadamente que la competencia sin principios comenzó a esforzarse con celo por restringir su esfera de acción y mermar sus recursos. Mientras que la nota del “Moniteur” del 9 de marzo de 1856 iba dirigida directamente contra las llamadas sociedades anónimas —cuya fundación y actividad están legalmente sometidas en Francia a la aprobación y al control del gobierno, y a cuya creación está limitado el Crédit mobilier por sus estatutos—, la especulación francesa encontró ahora una válvula de escape más fuerte bajo la forma de “sociétés en commandite” <“sociedades comanditarias”>, que no están sujetas a la aprobación del gobierno y casi a ningún control. Así, la especulación no hizo sino cambiar de vía, y el crecimiento obstaculizado de las sociedades anónimas fue más que compensado por la exuberante cosecha de sociétés en commandite. En lugar de impedir la especulación, Napoleón III, con toda su «sabiduría sublime», como se expresa el señor Péreire, no había hecho sino sustraer una gran parte de ella al control de su institución predilecta. Durante los nueve primeros meses de 1856, cuando toda Francia estaba ebria de especulación y el Crédit mobilier debería haber recogido la nata de la misma, aquella fiel y devota sociedad se vio condenada, por un simple malentendido de la «sabiduría sublime», a actuar «en una medida limitada» y a esperar sumisamente «la señal oficial para la reanimación de la actividad». Aún esperaba la señal oficial y «una transición a tiempos mejores», cuando sobrevino un acontecimiento que escapaba por completo incluso al poder de la «sabiduría sublime» del propio Napoleón.

Pero trataremos este acontecimiento en otro día.

II

[“New-York Daily Tribune” núm. 5028 del 1 de junio de 1857, artículo de fondo]

La crisis financiera que estalló simultáneamente en el continente europeo y en Inglaterra en septiembre de 1856 sorprendió al Crédit mobilier, como dice el señor Péreire, en la actitud de «el vigilante centinela de las finanzas y del crédito», que tiene «un horizonte más amplio» que otras personas «en los diversos peldaños de la escala», «que está en condiciones de evitar tanto la consternación como la sobreexcitación», que consagra su entera solicitud al sublime objetivo de «la conservación del trabajo nacional y del crédito nacional», que no se preocupa «por las críticas interesadas o envidiosas», que sonríe ante «los ataques violentos o premeditados» y se alza muy por encima de las vulgares «tergiversaciones». En este momento crítico, el Banco de Francia se mostró, al parecer, bastante renuente a las exigencias que el Crédit mobilier, en su indiviso celo por el bienestar público, se sintió impulsado a imponerle. Se nos da a entender, pues, que

«la crisis debió su violencia y su brusquedad a las medidas que el Banco de Francia tomó bajo el imperio de la constitución que lo rige», y que «esa institución es aún sumamente imperfecta por la falta de toda obligación vinculante y de toda combinación armoniosa».

Mientras el Banco de Francia, por una parte, se negaba a ayudar al Crédit mobilier, por otra, se negaba a ser apoyado por éste. Con la audacia que le es propia para captar la situación, el Crédit mobilier vio en una crisis financiera el momento oportuno para grandes manipulaciones financieras. En el instante de confusión general se puede tomar por asalto una fortaleza que mediante maniobras regulares no se hubiera podido vencer en años. En consecuencia, el Crédit mobilier se ofreció a comprar, con la cooperación de varias firmas extranjeras, las rentas o títulos de la deuda pública que se hallaban en posesión del Banco de Francia, a fin de poner a este instituto en condiciones de «aumentar de manera eficaz su reserva metálica y continuar sus préstamos sobre rentas y acciones ferroviarias». Cuando el Crédit mobilier hizo esta oferta desinteresada y filantrópica, su cartera se hallaba gravada con rentas por un importe de unos 5.475.000 francos y con acciones ferroviarias por un monto de 115.000.000 de francos, mientras que el Banco de Francia poseía, en el mismo momento, alrededor de 50.000.000 de francos en rentas. En otras palabras, el importe de las acciones ferroviarias que poseía el Crédit mobilier superaba en más del doble al importe de las rentas en poder del Banco de Francia. Si el Banco de Francia arrojara sus rentas al mercado para reforzar su reserva metálica, no sólo haría bajar las rentas, sino aún más todos los demás valores y, en especial, las acciones ferroviarias. En realidad, la propuesta equivalía a una exhortación al Banco para que mantuviera sus rentas alejadas del mercado, a fin de dejar sitio a las acciones ferroviarias que se encontraban en la cartera del Crédit mobilier. Por añadidura, el Banco habría tenido entonces, como dice el señor Péreire, un pretexto para interrumpir sus préstamos sobre acciones ferroviarias. Con ello habría acudido secretamente en ayuda del Crédit mobilier, mientras que de cara al público habría estado a merced de esta institución generosa, y habría parecido como si él hubiese sido salvado por su apoyo. Pero el Banco olfateó la trampa y le volvió la espalda al «centinela vigilante».

Tan firmemente resuelto a salvar a Francia de la crisis financiera como su protector a salvarla del socialismo, el Crédit mobilier hizo una segunda propuesta, dirigida no al Banco de Francia, sino a los banqueros privados de París. Se ofreció magnánimamente

«a proveer a las necesidades de todas las compañías ferroviarias francesas, suscribiendo hasta la suma de 300.000.000 de francos a los empréstitos que habrían de emitir en 1857, declarando al mismo tiempo que estaría dispuesto a participar por sí mismo en esos empréstitos hasta una cantidad de 200.000.000 de francos si los otros 100.000.000 eran suscritos por las demás casas bancarias».

Tal suscripción tenía que provocar forzosamente un alza repentina de los cursos de las acciones y obligaciones ferroviarias, precisamente del artículo cuyo principal poseedor era el Crédit mobilier. Por añadidura, éste, con un solo golpe audaz, se habría convertido en el gran propietario de todos los ferrocarriles franceses, haciendo en cierto modo de todos los grandes banqueros parisienses sus socios involuntarios. Pero el plan fracasó. Obligado a «renunciar a todo pensamiento de una medida común», el Crédit mobilier quedó reducido a sí mismo. La orgullosa convicción de que «el simple hecho de las propuestas que había hecho ha contribuido sin duda no poco a tranquilizar los espíritus» le consoló no poco de la tendencia de la crisis a «reducir de manera sensible la ganancia con la que la sociedad creía poder contar».

Al margen de todos estos acontecimientos enojosos, el Crédit mobilier se lamenta de que hasta ahora se le haya impedido echar su triunfo, a saber, la emisión de 600.000.000 de francos en pagarés, un papel moneda especialmente inventado por él, que sólo vence a muy largo plazo y que no se basa en el capital de la sociedad, sino en los valores contra los cuales sería canjeado.

«Los recursos —dice el señor Péreire— que nos habrían afluido de la emisión de nuestros pagarés, nos habrían permitido adquirir aquellos valores que aún no habían encontrado su colocación definitiva, y extender enormemente el apoyo concedido a la industria.»

En 1855 el Crédit mobilier estaba a punto de emitir 240.000.000 de francos en tales obligaciones —emisión para la que está autorizado por sus estatutos—, cuando la «sabiduría sublime» de las Tullerías puso fin a la operación. Una emisión semejante de dinero de crédito es denominada por el Crédit mobilier aumento de su capital; la gente vulgar la llamaría más bien aumento de sus deudas. Así, pues, el alto forzoso que el gobierno impuso al Crédit mobilier en marzo de 1856, la competencia de las sociedades en comandita, la crisis financiera y la no emisión de su propio papel moneda: todas estas circunstancias explican sobradamente la caída de sus dividendos.

En todos los informes anteriores de esta gran empresa de estafa, el reemplazo de la industria privada por sociedades industriales por acciones ha sido trompeteado como la particularidad y la novedad del Crédit mobilier. En este último informe se buscará en vano la más leve alusión a este asunto. De los 60.000.000 de francos que constituyen el capital de la sociedad, 40.000.000 estaban colocados durante el año 1856 en títulos del Estado; y de las sumas que el crédito puso en sus manos, la parte con mucho mayor se empleó en «prórrogas» sobre rentas y acciones ferroviarias en los días de liquidación de la Bolsa; tales operaciones se han realizado en 1856 con rentas francesas por un importe de 421.500.000 francos y con acciones ferroviarias y otras acciones por un importe de 281.000.000 de francos. En la actualidad, estas prórrogas no significan otra cosa que préstamos en dinero a especuladores de la Bolsa para ponerlos en condiciones de proseguir sus operaciones y para dar una apariencia sólida a los capitales ficticios de la Bolsa. En esta operación, que desvía una gran parte del capital nacional de la actividad productiva hacia la especulación improductiva, funda el Crédit mobilier principalmente su pretensión a la gratitud de la nación. Luis Napoleón recibe, en efecto, un poderoso apoyo de los señores Péreire y Cía. No sólo prestan un valor ficticio a los fondos imperiales, sino que fomentan, ejercitan, promueven y propagan sin cesar ese espíritu de especulación que constituye el principio vital del actual Imperio. Incluso con la mirada más superficial sobre las operaciones que el señor Péreire enumera con tanta autocomplacencia, queda claro que las maniobras especulativas del Crédit mobilier están necesariamente ligadas a transacciones fraudulentas. Por una parte, la sociedad, en su función pública de protectora de la Bolsa, toma dinero prestado del público y lo presta a sociedades y particulares especuladores para sostener los precios de las acciones y valores franceses. Por otra parte, como empresa privada especula constantemente por cuenta propia sobre las fluctuaciones de los cursos de esos mismos valores, tanto a la baja como al alza. Para poner en armonía aparente estos designios contradictorios es preciso recurrir al fraude y a la estafa.

Como todos los especuladores profesionales, Luis Napoleón es tan audaz en la concepción de sus golpes como lento y cauteloso en su ejecución. Así, ha refrenado dos veces al Crédit mobilier en su carrera sin escrúpulos: primero en 1855, cuando le prohibió la emisión de sus obligaciones, y de nuevo en 1856, cuando su advertencia en el «Moniteur» impuso un alto forzoso al Crédit mobilier. Pero, mientras él frena, la sociedad sigue empujando. Si se le da vía libre, con toda seguridad se desnucará. Si Bonaparte sigue atormentándola con sus exhortaciones a la moderación, dejará de ser ella misma. Sin embargo, según el informe del señor Péreire, parece que la «sabiduría sublime» y la «prudencia inteligente» han llegado por fin a un compromiso. Si el ya desacreditado Crédit mobilier no ha de ser investido con el peligroso poder de emitir su propio papel moneda, entonces es preciso que se le suministren los medios sin los cuales no puede seguir existiendo bajo el honorable manto del Banco de Francia. Éste es uno de los objetivos secretos de la nueva ley bancaria que ahora se presenta a los «doctos perros y monos» del Cuerpo Legislativo.

«No vacilamos —dice el señor Péreire— en declarar en voz alta que en vano se buscarían en otra parte, fuera del Banco de Francia, los medios de una ayuda eficaz mediante préstamos al crédito público, a las grandes empresas, al comercio y a la industria»

—en otras palabras, al Crédit mobilier.