Karl Marx

[El Acta bancaria de 1844 y la crisis monetaria en Inglaterra]

Escrito el 6 de noviembre de 1857.
Del inglés.

[*New-York Daily Tribune* núm. 5176 del 21 de noviembre de 1857, editorial]

El 5 del corriente, el Banco de Inglaterra elevó el tipo mínimo de su tasa de descuento del 8 por ciento, al que había sido fijado el 19 de octubre, al 9 por ciento. Según suponemos, este aumento, sin precedentes en la historia del Banco desde la reanudación de sus pagos en efectivo, no ha alcanzado aún su punto culminante. Ha sido provocado por la salida de metales preciosos y la disminución de la llamada reserva de billetes. La salida de metales preciosos se produce en direcciones opuestas —hacia nuestro país <EE.UU.> fluye oro como consecuencia de nuestra bancarrota, y hacia el Este fluye plata como consecuencia del retroceso del comercio de exportación con China y la India y de las remesas directas de la administración por cuenta de la Compañía de las Indias Orientales. A cambio de la plata, tan codiciada por ello, es preciso enviar oro al continente europeo.

En lo que respecta a la reserva de billetes y al papel decisivo que desempeña en el mercado monetario de Londres, debemos remitirnos brevemente al Acta bancaria de 1844 de Sir Robert Peel, que influye no sólo en Inglaterra, sino también en los Estados Unidos y en todo el mercado mundial. Con el apoyo del banquero Loyd, el actual lord Overstone, y de otros varios hombres influyentes, Sir Robert Peel se proponía con su Ley introducir un principio automático en la circulación del papel moneda, en virtud del cual ésta habría de expandirse y contraerse exactamente como según las leyes de una circulación puramente metálica; y, según afirmaban él y sus partidarios, todas las crisis monetarias quedarían conjuradas para siempre. El Banco de Inglaterra está dividido en dos departamentos: el de emisión y el departamento bancario; aquél es una mera fábrica de billetes, y éste representa el banco propiamente dicho. El departamento de emisión está legalmente autorizado a emitir billetes por un valor de catorce millones de libras esterlinas, suma que se supone indicará el nivel mínimo por debajo del cual no descenderá nunca la circulación efectiva, y cuya cobertura se reconoce en la obligación de la deuda que el gobierno británico asume frente al Banco. Por encima de esos catorce millones no puede emitirse billete alguno que no esté cubierto en las bóvedas del departamento de emisión por metales preciosos de igual importe. La masa total de billetes de Banco, así limitada, se entrega al departamento bancario, que los pone en circulación. Por consiguiente, si la reserva de metales preciosos en el departamento de emisión asciende a diez millones, el departamento de emisión puede emitir billetes por un total de veinticuatro millones, que se entregan al departamento bancario. Si la circulación efectiva sólo asciende a veinte millones, los cuatro millones que permanecen en la caja del departamento bancario constituyen su reserva de billetes, que representa de hecho la única garantía para los depósitos confiados al departamento bancario por los particulares y por el Estado.

Supongamos ahora que se inicia una salida de metales preciosos y que, sucesivamente, diversas cantidades de metal precioso fluyen del departamento de emisión, por ejemplo, una suma de cuatro millones en oro. En este caso, se invalidan cuatro millones en billetes; la suma de los billetes suministrados por el departamento de emisión corresponderá entonces exactamente a la suma de los billetes en circulación, y la reserva de billetes disponibles en la caja del departamento bancario habrá desaparecido por completo. El departamento bancario no tendrá, por tanto, ni un penique para hacer frente a las reclamaciones de sus depositantes y se verá obligado a declararse insolvente, paso que afecta tanto a sus depósitos públicos como a los privados y que, por consiguiente, conducirá a la suspensión del pago de los dividendos trimestrales a que tienen derecho los tenedores de títulos del Estado. El departamento bancario podría, pues, ir a la bancarrota mientras todavía quedasen seis millones de metales preciosos en las bóvedas del departamento de emisión. No se trata de una mera hipótesis. El 30 de octubre de 1847, la reserva del departamento bancario había descendido a 1.600.000 libras esterlinas, mientras que los depósitos ascendían a 13.000.000. Si la consternación reinante, mitigada únicamente por un *coup d'État* financiero del gobierno, hubiera durado algunos días más, la reserva bancaria se habría agotado y el departamento bancario se habría visto obligado a suspender pagos, mientras aún quedaban en las bóvedas del departamento de emisión más de seis millones en metales preciosos.

Es, pues, evidente que la salida de metales preciosos y la disminución de la reserva de billetes actúan recíprocamente una sobre otra. Mientras la retirada de metales preciosos de las bóvedas del departamento de emisión provoca directamente una baja de la reserva del departamento bancario, los directores aprietan el tornillo por temor a que el departamento bancario pueda verse abocado a la insolvencia, y elevan el tipo de descuento. Pero la elevación de la tasa de descuento induce a una parte de los depositantes a retirar sus depósitos del departamento bancario y a prestarlos al elevado tipo de interés general vigente, mientras que la continua disminución de la reserva siembra la inseguridad entre otros depositantes y les lleva a retirar sus billetes del mismo departamento. Así, precisamente las medidas que debían preservar la reserva conducen a agotarla. Después de esta exposición, el lector comprenderá la inquietud con que se observa en Inglaterra la disminución de la reserva del Banco, y también entenderá el grosero sofisma que se extrae en el artículo financiero de uno de los últimos números del *Times* de Londres. Dice así:

«Los viejos adversarios del Bank Charter Act empiezan a mostrarse activos en medio de la excitación general, y apenas se puede uno fiar ya de nada. Uno de sus métodos favoritos para difundir el temor consiste en señalar el bajo nivel de la reserva de billetes no utilizada, como si el Banco, una vez agotada esta reserva, estuviera obligado a suspender todo descuento. (Como un banco en quiebra, estaría de hecho forzado a ello por la ley vigente). Pero, en realidad, el Banco podría seguir descontando en circunstancias tales en igual medida que hasta ahora, ya que sus remesas diarias ingresan, por término medio, tanto como lo que habitualmente se le exige para la emisión. El Banco no podría ampliar la magnitud, pero nadie supondrá que, con una restricción de los negocios en todos los sectores, pueda llegar a ser necesaria una ampliación. No hay, por tanto, ni la más remota excusa para que el gobierno tome medidas.»

El truco de prestidigitación en que se apoya este argumento consiste en que se ha dejado de lado deliberadamente a los depositantes. No hace falta un gran esfuerzo mental para comprender que, si el departamento bancario se hubiera declarado un día en quiebra frente a sus acreedores, ya no podría seguir concediendo préstamos a sus deudores en forma de descuento de letras o de anticipos. En conjunto, el tan encomiado Acta bancaria de Sir Robert Peel no produce efecto alguno en tiempos normales; en tiempos difíciles, añade al pánico monetario derivado de la crisis comercial un pánico monetario creado por la ley; y precisamente cuando, según su principio, deberían empezar a actuar sus efectos beneficiosos, tiene que ser suspendido por intervención del gobierno. En tiempos normales, el máximo de billetes que el Banco puede emitir legalmente no es absorbido nunca por la circulación real, hecho que queda suficientemente demostrado por la existencia continua de una reserva de billetes en la caja del departamento bancario durante esos períodos. Esta verdad se puede confirmar comparando los informes del Banco de Inglaterra de 1847 a 1857, o incluso comparando la cantidad de billetes que realmente circularon de 1819 a 1847 con la que, según el máximo fijado legalmente, habría podido circular propiamente. En tiempos difíciles, como en 1847 y ahora, los efectos de una salida de metales preciosos se ven agravados artificialmente por la separación arbitraria y absoluta entre los dos departamentos de una misma empresa, el alza de los intereses se acelera artificialmente, y la amenaza de insolvencia no surge como consecuencia de la insolvencia real del Banco, sino de la insolvencia ficticia de uno de sus departamentos.

Una vez que la verdadera penuria monetaria se ha visto así agravada por un pánico artificial y tras ella ha caído un número suficiente de víctimas, la presión de la opinión pública sobre el gobierno se hace demasiado intensa, y la ley es suspendida precisamente en el período para superar el cual fue creada y en cuyo transcurso es el único en que puede producir algún efecto. Así, el 23 de octubre de 1847, los principales banqueros de Londres se dirigieron a Downing Street para pedir remedio mediante la suspensión del Acta de Peel. A raíz de ello, lord John Russell y sir Charles Wood dirigieron una carta al gobernador y al vicegobernador del Banco de Inglaterra, recomendándoles que aumentaran la emisión de billetes y sobrepasaran así el máximo legal de circulación, asumiendo ellos mismos la responsabilidad de la infracción de la ley de 1844 y declarándose dispuestos a presentar, al reunirse el Parlamento, una ley de indemnidad. Esta misma farsa se volverá a representar esta vez, después de que las circunstancias hayan alcanzado el mismo nivel que tenían en la semana que terminó el 23 de octubre de 1847, cuando parecía inminente una suspensión total de toda actividad comercial y de todos los pagos. La única ventaja que, por tanto, se desprende del Acta de Peel es que hace que toda la sociedad dependa por completo de un gobierno aristocrático, de la gracia de un individuo sin escrúpulos como, por ejemplo, Palmerston. De ahí la predilección del ministerio por el Acta de 1844, que le otorga una influencia sobre las fortunas privadas que nunca antes había poseído.

Nos hemos detenido tan extensamente en el Acta de Peel porque en estos momentos ejerce influencia sobre nuestro país <EE.UU.>, y también porque es probable que sea puesta fuera de vigor en Inglaterra. Pero, si el gobierno británico tiene poder para quitar de los hombros al público británico la carga de las dificultades que ese mismo gobierno le ha impuesto, nada podría ser más erróneo que suponer que el fenómeno que presenciaremos en el mercado monetario de Londres —la subida y el descenso del pánico monetario— constituirá un genuino indicador de la intensidad de la crisis que el mundo comercial británico tendrá que atravesar. Esta crisis se halla fuera de toda potestad gubernamental.

Cuando las primeras noticias de la crisis americana alcanzaron las costas de Inglaterra, los economistas ingleses elaboraron una teoría que, si bien no puede aspirar a la genialidad, sí merece al menos reivindicar la originalidad. Se decía que el comercio inglés estaba sano, pero — ¡ay! — sus clientes, y sobre todo los yanquis, no lo estaban. El estado saludable de un comercio cuya salud sólo existe en uno de los lados: he ahí un pensamiento digno de un economista británico. Échese una ojeada al último informe semestral publicado por el Ministerio de Comercio inglés, y se hallará que del total de las exportaciones de productos y manufacturas británicas, un 30 por ciento ha ido a los Estados Unidos, un 11 por ciento a las Indias Orientales y un 10 por ciento a Australia. Mientras que el mercado norteamericano queda cerrado por largo tiempo, el mercado indio, saturado en los dos últimos años, se ve en gran medida cortado por las sacudidas de la insurrección, y el mercado australiano se encuentra tan inundado que ahora se venden toda clase de mercancías británicas en Adelaida, Sidney y Melbourne más baratas que en Londres, Manchester o Glasgow. La estabilidad general de los industriales británicos, que a consecuencia de la súbita falla de sus clientes han sido declarados en quiebra, puede deducirse de dos ejemplos. En una reunión de los acreedores de un fabricante de indianas de Glasgow, la lista de deudas arrojaba una suma total de 116.000 libras esterlinas, mientras que los haberes no llegaban siquiera a la modesta cifra de 7.000 libras esterlinas. Análogamente, un expedidor de Glasgow sólo pudo oponer a su pasivo de 11.800 libras esterlinas un activo de 789 libras esterlinas. Pero éstos no son más que casos aislados;

lo que importa es que la producción británica se ha dilatado hasta tal punto que, con los mercados exteriores contraídos, el resultado no puede ser sino un crac general, al que seguirá una repercusión en la vida social y política de Gran Bretaña. La crisis americana de 1837 a 1839 condujo a una caída de las exportaciones británicas de 12.425.601 libras esterlinas en 1836 a 4.695.225 libras esterlinas en 1837, a 7.585.760 libras esterlinas en 1838 y a 3.562.000 libras esterlinas en 1842. Una parálisis semejante está comenzando ya en Inglaterra. Infaliblemente producirá efectos de la mayor importancia antes de que haya pasado.