Karl Marx

[«New-York Daily Tribune» Nr. 4956 del 9 de marzo de 1857]

Londres, 20 de febrero de 1857

Los actores del escenario financiero han sufrido un duro golpe a manos de Sir George Lewis, el actual Canciller del Exchequer. Con Sir Robert Peel, la lectura del informe financiero se había convertido en una especie de acto religioso, que debía realizarse con todas las solemnidades de la etiqueta estatal, recibía la consagración suprema mediante grandiosos despliegues de poder de convicción retórica y no podía durar nunca menos de cinco horas. El señor Disraeli imitó el comportamiento ceremonial de Sir Robert hacia la bolsa nacional, y el señor Gladstone casi lo exageró. Sir George Lewis no se atrevió a violar la tradición. Así, pronunció un discurso de cuatro horas, farfullando, con pesadez y dando rodeos alrededor del núcleo, hasta que de pronto fue interrumpido por risas estruendosas, en las que prorrumpieron algunas docenas de honorables diputados que tomaron sus sombreros y salieron precipitadamente de la Cámara.

«Lamento —exclamó el infortunado actor— tener que continuar mi discurso ante una audiencia numéricamente reducida, pero debo explicar a los que se quedan cuál sería el efecto de las modificaciones propuestas.»

Cuando Sir George Lewis aún formaba parte de los sabios de la «Edinburgh Review», era conocido más por la pesadez de su argumentación que por la solidez de su prueba o la vivacidad de su dicción. Sus insuficiencias personales son ciertamente, en gran medida, la causa de su fracaso ante el Parlamento. Pero hubo también otras circunstancias, que escapaban por completo a su control, y que hasta a un consumado orador parlamentario habrían hecho perder el hilo. A raíz de las indiscretas manifestaciones de Sir William Clay ante sus electores en Hull, Lord Palmerston se había decidido originalmente por mantener la imposición de guerra en tiempo de paz, cuando la amenazante moción sobre el impuesto sobre la renta, anunciada en la sesión de la Cámara de los Comunes por el señor Disraeli y apoyada por el señor Gladstone, lo obligó de inmediato a tocar retirada y a cambiar súbitamente su táctica financiera. Por eso el pobre Sir George Lewis tuvo que modificar en un plazo brevísimo todos sus presupuestos, todas sus cifras, todo su plan, mientras que su discurso, que había sido elaborado para un presupuesto de guerra, tenía que ser servido ahora, por así decirlo, para un presupuesto de paz, un quid pro quo [trueque] que podría haber sido divertido si no hubiera sido soporífero.

Pero aún no es todo. Los presupuestos de Sir Robert Peel durante su mandato de 1841 a 1846 cobraron un interés extraordinario a causa de la encarnizada lucha que se libraba entonces entre librecambistas y proteccionistas, entre el beneficio y la renta, entre la ciudad y el campo. El presupuesto del señor Disraeli fue visto como una curiosidad, pues implicaba o bien la resurrección o bien la abdicación definitiva de la política proteccionista; y al presupuesto del señor Gladstone se le atribuyó una importancia desmesurada porque consagraba el libre comercio triunfante en las finanzas estatales —al menos por un período de siete años. Los conflictos sociales que se reflejaban en esos presupuestos les conferían un interés positivo, mientras que el presupuesto de Sir George Lewis, en un principio, sólo podía reclamar para sí el interés negativo de constituir el punto de ataque común para los enemigos del gabinete.

El presupuesto de Sir G. Lewis puede resumirse, en lo que concierne a sus ingresos inicialmente previstos, en muy pocas palabras. Lewis suprime los nueve peniques adicionales del impuesto sobre la renta impuestos para la guerra y lo reduce, por tanto, de 1 chelín 4 peniques por libra de renta a 7 peniques, tasa con la que deberá mantenerse hasta 1860. Por otra parte, se conservarán íntegramente el impuesto de guerra sobre los licores y una parte del impuesto de guerra sobre el azúcar y el té. Eso es todo.

El impuesto sobre la renta del presente ejercicio fiscal, incluidos los 9 peniques adicionales del recargo de guerra, arroja un ingreso de más de 16.000.000 de libras esterlinas, que se recaudan entre las distintas clases de la sociedad aproximadamente de la manera siguiente:

Cuadro A – Propiedad territorial
8.000.000 libras esterlinas
Cuadro B – Arrendatarios
1.000.000 libras esterlinas
Cuadro C – Títulos del Estado
2.000.000 libras esterlinas
Cuadro D – Comercio y profesiones liberales
4.000.000 libras esterlinas
Cuadro E – Sueldos y salarios
1.000.000 libras esterlinas
Total
16.000.000 libras esterlinas

De este cuadro se desprende con claridad que el impuesto sobre la renta recae exclusivamente sobre las clases altas y medias; en efecto, más de dos tercios del mismo son aportados por las rentas de la aristocracia y de la gran burguesía. Pero, gravadas en parte por los otros impuestos de guerra, en parte por los altos precios de los víveres y la creciente tasa de descuento, las capas inferiores de la burguesía inglesa se han visto seriamente pellizcadas por el impuesto sobre la renta, por lo que anhelan con suma impaciencia desprenderse de él. Sin embargo, el clamor que alzaron apenas habría encontrado eco en la prensa, y ciertamente no en la Cámara de los Comunes, si la aristocracia y la gran burguesía no hubiesen tomado la dirección de la agitación, aprovechando ávidamente la ocasión para ocultar su egoísmo mezquino bajo la máscara general de la filantropía y desembarazarse de una contribución cuya carga no pueden hacer recaer sobre las espaldas de las masas. Mientras que en Francia, en tiempos de la République honnête et modérée [república honrada y moderada], se rechazó la imposición de un impuesto sobre la renta tildándolo de socialismo introducido de contrabando, en Inglaterra se intenta ahora la abolición del mismo impuesto fingiendo compasión por los sufrimientos del pueblo. El juego se ha llevado con mucha astucia. Al restablecerse la paz, los portavoces de la pequeña burguesía no dirigieron su ataque contra el impuesto sobre la renta en sí, sino sólo contra su recargo de guerra y su desigual distribución. Las clases superiores fingieron compartir la queja del pueblo, pero sólo para tergiversar su significado original y convertir un reclamo de reducción de los impuestos sobre las rentas pequeñas en un reclamo de supresión de los impuestos sobre las rentas grandes. En el fragor de la lucha y en la impaciente espera de un alivio inmediato, la pequeña burguesía no se percató del falso juego que se hacía con ella, ni se preocupó por las condiciones que podían asegurar el apoyo de aliados poderosos. En cuanto a la clase obrera, que no posee órganos de prensa ni voz en las corporaciones electas, sus reivindicaciones ni siquiera entraron en discusión.

La base de las medidas librecambistas de Sir Robert Peel era, como es sabido, el impuesto sobre la renta. Se comprenderá sin dificultad que una tributación directa es la expresión financiera del libre comercio. Si el libre comercio significa algo, significa la eliminación de aranceles aduaneros, de impuestos al consumo y de todas las contribuciones que interfieren directamente en la producción y en el intercambio.

Ahora bien, si los impuestos no han de recaudarse mediante aranceles e impuestos al consumo, entonces tienen que ser recaudados directamente sobre la propiedad y la renta. Con un determinado nivel de recaudación fiscal, no puede producirse una reducción de un tipo de tributación sin que se produzca un aumento correspondiente del otro. Deben subir y bajar en proporción inversa. Por consiguiente, si el público inglés quiere suprimir la mayor parte de la tributación directa, tiene que estar dispuesto a imponer impuestos más altos sobre los bienes de consumo y las materias primas, es decir, en una palabra, a renunciar al sistema de libre comercio.

Así es, en efecto, como se ha interpretado la evolución actual en el continente europeo. Un periódico belga escribe que «en una asamblea celebrada en Gante para discutir sobre la política librecambista o proteccionista, uno de los oradores adujo la reciente oposición en Inglaterra contra el impuesto sobre la renta como prueba de un vuelco de la opinión nacional en favor de la política proteccionista». Así, los reformadores financieros de Liverpool, en una de sus recientes alocuciones, expresan el temor de que Gran Bretaña retorne a los principios de la restricción. «No podemos —dicen— creer apenas en la posibilidad de tan abierta manifestación de obcecación nacional; pero toda persona pensante, de mediana inteligencia, debe reconocer que los actuales esfuerzos apuntan a ese objetivo y a ningún otro.»

Puesto que el librecambio, y por consiguiente la tributación directa, son en Gran Bretaña armas ofensivas en manos del capitalista industrial contra el gran terrateniente aristocrático, su cruzada común contra el impuesto sobre la renta atestigua, en el terreno económico, el mismo hecho que quedó demostrado políticamente por el gabinete de coalición: la flojera de la burguesía británica y su anhelo de transigir con los oligarcas para prevenir concesiones a los proletarios.

Al arriar las velas ante la liga contra el impuesto sobre la renta, Sir George Lewis mostró de inmediato la otra cara de la moneda. Nada de supresión del impuesto sobre el papel, nada de abolición del impuesto sobre los seguros contra incendios, nada de reducción de los aranceles al vino, sino, al contrario, aumento de los derechos de importación sobre el té y el azúcar.

Según el proyecto del señor Gladstone, el arancel sobre el té debía reducirse, de 1 chelín 6 peniques por libra, primero a 1 chelín 3 peniques y luego a 1 chelín, y el arancel sobre el azúcar, de 1 libra esterlina por quintal, primero a 15 chelines y luego a 13 chelines 4 peniques. Esto se refiere únicamente al azúcar refinado. El azúcar blanco debía reducirse sucesivamente de 17 chelines 6 peniques a 13 chelines 2 peniques y 11 chelines 8 peniques; el azúcar amarillo, de 15 chelines a 11 chelines 8 peniques y 10 chelines 6 peniques; el azúcar moreno, de 13 chelines 9 peniques a 10 chelines 7 peniques y 9 chelines 6 peniques; y la melaza, de 5 chelines 4 peniques a 3 chelines 9 peniques. La guerra retrasó la ejecución de este proyecto, pero, según la ley promulgada en 1855, debía llevarse a cabo sucesivamente en 1857 y 1858. Sir G. Lewis, que el 19 de abril de 1855 elevó el arancel del té de 1 chelín 6 peniques a 1 chelín 9 peniques por libra, propone ahora llevar a cabo su reducción en el curso de cuatro años, disminuyéndolo en 1857/1858 a 1 chelín 7 peniques, en 1858/1859 a 1 chelín 5 peniques, en 1859/1860 a 1 chelín 3 peniques, y finalmente a 1 chelín.

Propone proceder con el arancel del azúcar de manera análoga. Es sabido que la oferta de azúcar ha caído por debajo del nivel de la demanda y que sus existencias se han reducido en los mercados mundiales; en Londres, por ejemplo, hay actualmente sólo 43.700 toneladas, frente a 73.400 toneladas hace dos años. Por consiguiente, los precios del azúcar suben naturalmente. Por lo que respecta al té, la expedición china de Palmerston ha conseguido provocar una limitación artificial de la oferta y, por tanto, una elevación de los precios.

Ahora bien, no hay economista que no le dirá que toda reducción arancelaria en épocas de escasez y precios en alza debe ser súbita y contundente, si ha de beneficiar no sólo al importador sino también al consumidor medio. A la inversa, Sir G. Lewis sostiene que, cuando los precios suben, las reducciones arancelarias sirven tanto más seguro al beneficio del consumidor cuanto menos perceptibles son. Esta afirmación se halla en el mismo plano que su extraña doctrina de que los derechos postales son un impuesto directo y de que la complicación constituye el rasgo mitigante de la tributación.

Si la reducción del impuesto sobre la renta se compensa mediante un aumento de los aranceles sobre el té y el azúcar —éstos son, para el pueblo británico, artículos de primera necesidad general—, esto significa palmariamente que se disminuyen los impuestos de los ricos elevando los impuestos de los pobres. Semejante consideración no habría, sin embargo, afectado la votación en la Cámara de los Comunes. Pero ahí están los comerciantes de té, que han contraído cuantiosos contratos y compromisos, según dicen, en la creencia expresa en la declaración que Sir George Lewis hizo el 19 de abril de 1856 en la Cámara de los Comunes, declaración que les fue reiterada el 11 de noviembre de 1856 por la oficina de aduanas, en el sentido de que "el arancel sobre el té se reduciría a 1 chelín y 3 peniques el 6 de abril de 1857". Ahí los tenéis, insistiendo en su obligación y en la moral presupuestaria. Y ahí está el Sr. Gladstone, contento de poder vengarse de Palmerston, quien, con absoluta deslealtad, arrojó fuera a los peelitas después de haberse servido de ellos para derribar primero al gobierno de Derby, luego a Russell y finalmente a su propio patriarca, el viejo Aberdeen. Además, naturalmente, el Sr. Gladstone, en su calidad de autor del proyecto financiero de 1853, tenía que defender su propio presupuesto modelo contra las irrespetuosas transgresiones de Sir G. Lewis. En consecuencia, anunció que propondría la siguiente resolución:

"Que esta Cámara no aprobará ningún aumento de las tasas sobre el té y el azúcar, tal como están estipuladas en las leyes de derechos arancelarios de 1855."

Hasta ahora sólo he tocado un aspecto del presupuesto, sus ingresos. Consideremos ahora la otra cara de la hoja de balance: los gastos proyectados. Si los medios y arbitrios propuestos para los ingresos del Estado son característicos del estado actual de la sociedad oficial inglesa, los gastos proyectados lo son aún más de su actual gobierno. Palmerston necesita dinero, y mucho dinero, no sólo para afianzar sólidamente su dictadura, sino también para dar rienda suelta a su afición por los bombardeos de Cantón, las guerras persas, las expediciones a Nápoles, etc. En consonancia con ello, propone un presupuesto de paz que excede en unos 8.000.000 de libras esterlinas a los gastos más altos desde la paz de 1815. Exige 65.474.000 libras esterlinas, mientras que el Sr. Disraeli se contentó con 55.613.379 libras esterlinas y el Sr. Gladstone con 56.683.000 libras esterlinas. Naturalmente, John Bull tenía que prever que el afán de gloria bélica oriental se disolvería, a su debido tiempo, en engorrosas facturas de los recaudadores de impuestos.

Pero la carga tributaria anual adicional derivada de la guerra no puede estimarse en más de 3.600.000 libras esterlinas, a saber: 2.000.000 de libras esterlinas para letras del Tesoro con vencimiento en mayo de 1857, 1.200.000 libras esterlinas como intereses por 26.000.000 de libras esterlinas de deuda pública consolidada de nuevo cuño y por 8.000.000 de libras esterlinas de deuda pública no consolidada; finalmente, unas 400.000 libras esterlinas para el nuevo fondo de amortización correspondiente a las nuevas deudas. En consecuencia, los impuestos adicionales de guerra no representan de hecho ni la mitad de los gastos adicionales exigidos por Lord Palmerston. De eso se encargan los presupuestos militares. El total de los presupuestos del Ejército y la Marina de 1830 a 1840 ascendió en promedio a menos de 13.000.000 de libras esterlinas, pero en el presupuesto de Lewis se elevan a 20.699.000 libras esterlinas. Si los comparamos con los presupuestos militares totales de los últimos cinco años anteriores a la guerra, encontramos que éstos alcanzaron en 1849: 15.823.537 libras esterlinas; en 1850: 15.320.944 libras esterlinas; en 1851: 15.565.171 libras esterlinas; en 1852: 15.771.893 libras esterlinas; en 1853/1854: 17.802.000 libras esterlinas, habiéndose fijado ya los presupuestos de 1853/1854 en vista de una guerra inminentemente próxima.

Aferrándose a la ortodoxa doctrina whig de que la médula de la tribu está destinada a servir de pasto a los gusanos, Sir G. Lewis aduce el aumento de la riqueza nacional, tal como se refleja en las tablas de exportación e importación de 1856, como razón para los aumentados gastos gubernamentales. Aun cuando la conclusión fuese correcta, la premisa no dejaría de ser falsa. Basta con señalar a los muchos miles de trabajadores necesitados que recorren ahora las calles de Londres y buscan socorro en las workhouses; además, al hecho general, que se desprende de las estadísticas fiscales oficiales, de que durante el año 1856 el consumo británico de té, azúcar y café ha disminuido considerablemente, al tiempo que se registraba un ligero aumento del consumo de aguardiente; y, por último, a las circulares comerciales del año pasado, las cuales, como incluso el Sr. Wilson, el actual Secretary of the Treasury, ha admitido, demuestran inequívocamente que los beneficios del comercio británico en 1856 estaban en proporción inversa a su expansión. Podría parecer que la táctica natural de un jefe de la oposición consistiría en dirigir sus baterías principales contra estos gastos desmesurados. Pero si el Sr. Disraeli hiciera eso y se enfrentase abiertamente a este despilfarro aristocrático, correría el peligro de recibir la puñalada por la espalda de sus propios seguidores.

Se ve, pues, forzado a la muy refinada maniobra de basar su moción contra el presupuesto de Palmerston, no en sus gastos excesivos para 1857 y 1858, sino en su previsible déficit de ingresos en los años 1858/1859 y 1859/1860.

En todo caso, los debates sobre el presupuesto en la Cámara de los Comunes serán sumamente interesantes; no sólo porque de ellos depende el destino del actual gobierno y porque ofrecerán el extraño espectáculo de una coalición Disraeli-Gladstone-Russell contra Palmerston, sino porque precisamente las contradicciones dialécticas de una oposición financiera que exige la abolición del impuesto sobre la renta, prohíbe el aumento de los aranceles del azúcar y el té y no se atreve a atacar abiertamente el exceso de los gastos, habrán de revelarse como algo enteramente nuevo.