Karl Marx

El resultado de las elecciones

["New-York Daily Tribune" Nº 4994 del 22 de abril de 1857]

Londres, 7 de abril de 1857

Las elecciones han concluido. Su resultado más claro es la victoria de Palmerston, un cambio significativo en la composición personal de la Cámara, que afecta a alrededor de una cuarta parte de sus anteriores miembros, y una pérdida sin precedentes de nivel intelectual. Sin embargo, los cálculos de los periódicos ingleses respecto a la fuerza numérica de la mayoría gubernamental, sus querellas y disputas sobre estos cálculos y, más aún, sus intentos de clasificar a los miembros recién elegidos según conceptos anticuados, son todos un puro disparate. Mientras, por ejemplo, la "Morning Post" se regocija con una mayoría gubernamental de 80 votos, el periódico de Disraeli, la "Press", estima la pérdida de gente propia en cuatro en las ciudades y en unos 20 en los condados. Según la opinión del "Times" de Londres, la exclusión de los peelitas y de los hombres de Manchester, así como de los políticos profesionales del proteccionismo, ha devuelto al Parlamento a su status quo ante <estado anterior> y lo ha restituido a sus legítimos propietarios, los partidos antediluvianos de los whigs y los tories. El "Times" quisiera hacer creer al mundo que "el pueblo británico ha vuelto al estado en que se hallaba hace unos treinta años". El periódico de Disraeli, la "Press", está a punto de sumarse a la opinión del "Times". Esta fe optimista con la que la oligarquía puede intentar consolarse no es, sin embargo, menos absurda que la fe de los pseudorradicales, como por ejemplo la del "Examiner". "Un parlamento reformista", escribe este periódico, "es la respuesta a la apelación de Lord Palmerston." Él quiso tener una caterva de lacayos, y el esclarecido país, es decir, una pequeña minoría de electores privilegiados, corresponde a su cortesía enviándole una turba de tribunos del pueblo. ¡Mientras braman "¡Viva Palmerston!", no hacen sino jugarle una mala pasada al astuto vizconde! Si el nuevo Parlamento inicia un gran movimiento, no será ciertamente por culpa suya, y Gran Bretaña, como Simbad el marino, notará que es más difícil arrojar al viejo que cargárselo sobre los hombros.

Si se compara la nueva Cámara con sus predecesoras, parece oportuno comenzar con los viejos grupos parlamentarios que han desaparecido por completo en el curso de la campaña electoral: la fracción de los peelitas y la escuela de Manchester.

En contraste con los whigs, los tories y la escuela de Manchester, la fracción de los peelitas no representaba a una clase o a partes de una clase. Eran una pura camarilla parlamentaria, que sin duda podía contar con amigos fuera de los muros de ambas cámaras, pero que jamás fue capaz de reunir un ejército. Restos de un antiguo gobierno; enajenados de los tories por la traición de su difunto jefe a las leyes cerealistas; llenos de repugnancia a disolverse en las filas de los whigs, por el recuerdo de viejas contiendas y por la convicción, abrigada por ellos mismos y compartida en cierto grado por el público, de que el talento administrativo del país se concentraba en ellos; impedidos por sus vínculos aristocráticos de unirse en un todo con la escuela de Manchester; en la certeza de poder influir en los debates parlamentarios en virtud de la capacidad retórica de algunos de sus miembros, este núcleo arrogante de gentes que a sí mismas se titulaban estadistas era tan fluctuante e incierto que resultaba imposible de clasificar, y representaba en la forma de un partido parlamentario singular la descomposición de todos los partidos parlamentarios provocada por la legislación librecambista de Peel. Este principio de disolución, al que debían su origen, lo consumaron contribuyendo a la caída del gobierno de Derby y dando su jefe nominal <Aberdeen> a la combinación de partidos conocida como el gabinete de coalición o el gabinete de todos los talentos. Como precipitado visible del proceso de descomposición parlamentaria, cupo a su tropa el honor de izar la bandera bajo la cual debía consumarse el suicidio colectivo de los viejos partidos. Al asegurarse así por un instante una posición preeminente, destruyeron al mismo tiempo la única razón de su existencia como cuerpo separado. La fuerza aunada de los partidos unidos desembocó necesariamente en su general impotencia y en su común postración ante uno solo. Los peelitas sostuvieron la escalera por la que Palmerston subió.

Tras haber perdido ya en 1852 la mitad de sus tropas en el campo de batalla de las elecciones, las elecciones de 1857 han barrido su entera dotación de personal. Ambos Phillimore, Lord Hervey, Sir G. Clark, Sir Stafford Northcote, Lord W. Powlett, A. Gordon, Sutton, Harcourt, Lushington, Smythe, el conocido por la Compañía de las Indias Orientales Sir J. W. Hogg, Roundell Palmer y, finalmente, el señor Cardwell, han desaparecido todos de la escena. A este último caballero se le había ofrecido el cargo de Canciller del Tesoro al asumir Palmerston el puesto de primer ministro, pero lo rechazó por consejo de Gladstone, Graham & Compañía. Sin embargo, con la esperanza de quitarle el viento a Gladstone, desertó de sus amigos en la sesión agonizante de la ahora enterrada Cámara Baja y votó junto con Palmerston en la votación sobre el presupuesto. Finalmente, durante el debate sobre la guerra en China, por temor a que la hoja pudiera volverse, cambió de nuevo de frente, regresó al círculo de los peelitas y firmó la moción de censura del señor Cobden. Este hombre de honor es, pues, un genuino modelo de aquella singular unión de sensibilidad moral con una desaprensiva cacería de cargos que es característica de la camarilla de los peelitas. Puesto que toda la tropa de los peelitas ha sido arrollada, solo quedan sus tres generales, el señor Gladstone, Sir James Graham y el señor Herbert, tres unidades incapaces de formar una trinidad, por mucho que estén contrapuestos entre sí por origen e inclinación: Sir James Graham comenzó su vida pública como radical, el señor Gladstone como tory extremo y el señor Herbert como alguien que es indefinible.

Una revelación que el señor Herbert hizo a sus electores de Wiltshire del Sur en la tribuna de oradores es característica del modo en que Palmerston despachó a los peelitas. Nada había vuelto tan impopulares a los peelitas como la conducción de la guerra contra Rusia y, sobre todo, la inacción respecto a Odesa, que se explicaba diciendo que el señor Herbert era sobrino del príncipe Vorontsov. En la difusión de esta venenosa calumnia estaban en primera fila los secuaces de Palmerston, como la "Morning Post", el "Sun" y el "Morning Advertiser". El señor Herbert contó ahora a sus electores que, en realidad, él había firmado una orden para atacar Odesa, y que, tras su dimisión, Lord Palmerston había emitido la orden de respetar el lugar. Esto está al mismo nivel que la revelación de Lord John Russell en la asamblea electoral de la City de Londres. Como es sabido, éste fracasó a consecuencia de su actividad como enviado en Viena. El "Morning Advertiser", ahogado en cerveza, periódico de los taberneros y órgano de Palmerston para la plebe —posee órganos de todo tipo y para cada gusto, desde el elegante salón hasta la taberna—, estuvo a punto de perder su venerable voz durante el fragor electoral en el griterío sobre la gran traición de Russell en Viena. Azuzado por esta táctica desvergonzada, Russell halló por fin el valor de comunicar al mundo que Lord Clarendon le había negado el permiso para publicar las instrucciones redactadas por el propio Palmerston y escritas de su propio puño y letra, que precisamente dictaban aquella política vienesa por la que él (Russell) había perdido otrora su popularidad. Un filósofo griego dijo una vez que sus compatriotas, los poetas, habían inventado sobre los dioses helénicos historias peores que las que nadie osara contar de su enemigo más mortal. La Francia moderna y la Inglaterra moderna elevan a sus dioses a Bonaparte y a Palmerston, para los cuales no se precisa de poetas que los pinten negros.

De lo dicho se desprende que los pocos generales de los peelitas que han sobrevivido a su ejército reaparecerán en el Parlamento ya no en su condición corporativa, sino solo en su condición individual. Como persona aislada, el señor Gladstone, ahora liberado de la obstrucción de una coterie, inflamado de pasión y como orador indudablemente más grande de la nueva Cámara, puede desempeñar un papel más brillante que nunca. Como a veces ocurre en los choques violentos, cada uno de los dos, Gladstone y Disraeli, durante su prolongado duelo parlamentario, ha dejado caer ocasionalmente su propia arma para empuñar la de su adversario. En cierta medida, Gladstone se ha servido de la agudeza polémica de Disraeli, mientras que Disraeli ha empleado el untuoso pathos de Gladstone, con lo que Disraeli, en este intercambio, difícilmente fue el ganador.

Al despedirnos de los peelitas, queremos señalar aún la sátira de la historia: al poner el nacimiento de aquella fracción en la época en que los viejos partidos parlamentarios son descompuestos por la Liga contra las Leyes Cerealistas, pone su muerte en la misma época en que la escuela de Manchester se extingue en el Parlamento.