Parte 2

[Bastiat

y

Carey
]

Bastiat. Harmonies Économiques.
2ª ed.

París. 1851.

Prólogo

La historia de la economía política moderna concluye con Ricardo y Sismondi, antítesis, de las cuales una habla inglés, la otra francés – del mismo modo que comienza a fines del siglo XVII con Petty y Boisguillebert. La literatura económico-política posterior desemboca ya en compendios eclécticos, sincréticos, como, por ejemplo, la obra de J. St. Mill, ya en la elaboración más profunda de ramas particulares, como, por ejemplo, la "History of Prices" de Tooke y, en general, los más recientes escritos ingleses sobre la circulación – la única rama en la que realmente se han hecho nuevos descubrimientos, puesto que los escritos sobre colonización, propiedad de la tierra (en sus diversas formas), población, etc., se distinguen de los más antiguos, en rigor, sólo por una mayor plenitud material –, ya la reproducción de viejas cuestiones económico-políticas en disputa para un público más amplio y la solución práctica de cuestiones del día, como los escritos sobre el free trade
y el protection
– o, finalmente, en las agudizaciones tendenciosas de las orientaciones clásicas, una relación en la que, por ejemplo, Chalmers se halla con respecto a Malthus y Gulich
con respecto a Sismondi y, en cierto sentido, MacCulloch y Senior en sus escritos más antiguos con respecto a Ricardo. Es en todas sus partes una literatura de epígonos, reproducción, mayor elaboración de la forma, apropiación más amplia de la materia, acentuación, popularización, compendio, elaboración de los detalles, carencia de fases de desarrollo fulgurantes y decisivas, asimilación del inventario por un lado, incremento en lo particular por el otro.

Sólo constituyen una excepción aparente los escritos de Carey, el yanqui, y de Bastiat, el francés, de los cuales el último confiesa apoyarse en el primero. Ambos comprenden que la antítesis de la economía política – socialismo y comunismo – encuentra su presupuesto teórico en las obras de la economía clásica misma, especialmente en Ricardo, quien debe ser considerado como su expresión más acabada y última. Ambos consideran necesario, por tanto, atacar la expresión teórica que la sociedad burguesa ha alcanzado históricamente en la economía moderna, tachándola de malentendido, y demostrar la armonía de las relaciones de producción allí donde los economistas clásicos dibujaban ingenuamente su antagonismo. El entorno nacional completamente diverso, incluso contradictorio, desde el cual escriben ambos, los impulsa no obstante a las mismas aspiraciones.

Carey es el único economista original de los norteamericanos. Perteneciente a un país donde la sociedad burguesa no se ha desarrollado sobre la base del régimen feudal, sino que ha comenzado a partir de sí misma; donde no aparece como el resultado superviviente de un movimiento secular, sino como el punto de partida de un movimiento nuevo; donde el Estado, a diferencia de todas las formaciones nacionales anteriores, estuvo subordinado desde un principio a la sociedad burguesa, a su producción, y no pudo jamás arrogarse la pretensión de ser un fin en sí mismo; donde, por último, la sociedad burguesa misma, conjugando las fuerzas productivas de un viejo mundo con el inmenso terreno natural de uno nuevo, se ha desarrollado en dimensiones hasta entonces desconocidas y con una desconocida libertad de movimiento, ha superado con creces todo trabajo anterior en el
dominio de las fuerzas naturales y donde, por último, los antagonismos de la sociedad burguesa misma sólo aparecen como momentos evanescentes. Que las relaciones de producción en las que este inmenso mundo nuevo se ha desarrollado tan rápida, tan sorprendente y felizmente sean consideradas por Carey como las eternas relaciones normales de la producción y el tráfico sociales, en Europa, especialmente en Inglaterra – que para él es propiamente Europa – sólo trabadas y menoscabadas por las barreras heredadas del período feudal, que esas relaciones le parezcan a él, de parte de los economistas ingleses, sólo contempladas, reproducidas o generalizadas de manera desfigurada y falseada, por cuanto ellos confundieron las inversiones contingentes de las mismas con su carácter inmanente – ¿qué más natural? Relaciones norteamericanas contra relaciones inglesas: a esto se reduce su crítica de la teoría inglesa de la propiedad de la tierra, del salario, de la población, de los antagonismos de clase, etc. La sociedad burguesa no existe en Inglaterra en estado puro, no existe de acuerdo con su concepto, no es adecuada a sí misma. ¿Cómo los conceptos de los economistas ingleses acerca de la sociedad burguesa habían de ser la expresión verdadera, no enturbiada, de una realidad que ellos no conocían? La influencia perturbadora de influjos tradicionales, no brotados del seno mismo de la sociedad burguesa, sobre sus relaciones naturales se reduce, en última instancia para Carey, a la influencia del Estado sobre la sociedad burguesa, a sus extralimitaciones e injerencias. El salario, por ejemplo, crece de manera natural con la productividad del trabajo. Si encontramos que la realidad no corresponde a esta ley, no tenemos más que hacer abstracción, sea en Indostán o en Inglaterra, de las influencias del gobierno, impuestos, monopolios, etc. Las relaciones burguesas consideradas en sí mismas, es decir, deducidas las influencias estatales, confirmarán de hecho siempre las leyes armónicas de la economía burguesa. En qué medida estas influencias estatales, public debt,
taxes
etc., brotan ellas mismas de las relaciones burguesas y, por tanto, en Inglaterra, por ejemplo, no aparecen en modo alguno como resultados del
feudalismo,
sino más bien de su disolución y sojuzgamiento, y en Norteamérica misma el poder del gobierno central crece con la centralización del capital – cosa que Carey, naturalmente, no investiga. Mientras que de este modo Carey, frente a los economistas ingleses, hace valer la potencia superior de la sociedad burguesa en Norteamérica, Bastiat
hace valer, frente a los socialistas franceses, la potencia inferior de la sociedad burguesa en Francia. ¡Creéis rebelaros contra las leyes de la sociedad burguesa en un país donde jamás se permitió a esas leyes realizarse! Sólo las conocéis en la raquítica forma francesa y consideráis como forma inmanente de las mismas lo que no es más que su desfiguración nacional francesa. Mirad hacia Inglaterra. En nuestro país se trata de liberar a la sociedad burguesa de las cadenas que el Estado le impone. Vosotros queréis aumentar esas cadenas. Extraed primero en estado puro las relaciones burguesas, y después volveremos a hablar. (Bastiat tiene razón en la medida en que en Francia, a consecuencia de su peculiar configuración social, se toma por socialismo mucho de lo que en Inglaterra es economía política.)

Carey, entretanto, cuyo punto de partida es la emancipación norteamericana de la sociedad burguesa respecto del Estado, termina con el postulado de la injerencia estatal, para que el desarrollo puro de las relaciones burguesas no sea perturbado por influjos externos, como de hecho ha ocurrido en América. Él es proteccionista, mientras que Bastiat es librecambista. La armonía de las leyes económicas aparece en el mundo entero como desarmonía, y los comienzos de esta desarmonía sorprenden al mismo Carey en los Estados Unidos. ¿De dónde este extraño fenómeno? Carey lo explica por la influencia destructora de Inglaterra, con su afán de monopolio industrial en el mercado mundial. Originariamente, las relaciones inglesas fueron descoyuntadas, en el interior, por las falsas teorías de sus economistas. Ahora, hacia fuera,
como el poder dominante del mercado mundial, Inglaterra descoyunta la armonía de las relaciones económicas en todos los países del mundo. Esta desarmonía es real, no fundada meramente en la aprehensión subjetiva de los economistas. Lo que Rusia es políticamente para Urquhart, es Inglaterra económicamente para Carey. La armonía de las relaciones económicas se basa, según Carey, en la cooperación armónica de la ciudad y el campo, de la industria y la agricultura. Esta armonía fundamental, que Inglaterra ha disuelto en su propio interior, la destruye aquella por medio de su competencia en todas partes en el mercado mundial, y es así el elemento destructivo de la armonía universal. Protección contra ello sólo pueden brindarla los aranceles protectores – la violenta barrera nacional contra la fuerza destructiva de la gran industria inglesa. El último refugio de las "harmonies économiques" es, por tanto, el Estado, al que originariamente se había estigmatizado como el único perturbador de estas armonías. Por un lado, Carey expresa aquí de nuevo el determinado desarrollo nacional de los Estados Unidos, su antítesis y su competencia con Inglaterra. Esto ocurre en la forma ingenua de que él propone a los Estados Unidos destruir el industrialismo propagado por Inglaterra, desarrollándolo más rápidamente en su propio país por medio de aranceles protectores. Prescindiendo de esta ingenuidad, en Carey la armonía de las relaciones burguesas de producción termina con la más consumada desarmonía de esas relaciones, allí donde aparecen en el más grandioso terreno, el mercado mundial, en el más grandioso desarrollo, como las relaciones de naciones productoras. Todas aquellas relaciones que dentro de determinadas fronteras nacionales, o también en la forma abstracta de relaciones generales de la sociedad burguesa, le parecen armónicas – concentración del capital, división del trabajo, salariato, etc. –, se le aparecen como desarmónicas dondequiera que se presentan en su forma más desarrollada – en su forma de mercado mundial – como las relaciones internas que producen la dominación inglesa en el mercado mundial y que, como efectos destructivos, son la consecuencia de esta dominación. Es armónico cuando, dentro de un país, la producción patriarcal cede el lugar a la industrial, y el proceso de disolución que acompaña a este desarrollo es concebido sólo por su lado positivo. Pero se vuelve desarmónico cuando la gran industria inglesa disuelve las formas patriarcales, o pequeñoburguesas, u otras que se hallan en niveles inferiores, de la producción nacional extranjera. La concentración del capital dentro de un país y el efecto disolvente de esta concentración le presentan a él sólo el lado positivo. Pero el monopolio del capital inglés concentrado y sus efectos disolventes sobre los capitales nacionales menores de otros pueblos es desarmónico. Lo que Carey no ha comprendido es que estas desarmonías del mercado mundial no son sino las últimas expresiones adecuadas de las desarmonías que se fijan como relaciones abstractas en las categorías económicas [o] que, en el ámbito más reducido, poseen una existencia local. No es de extrañar que, por otra parte, olvide el contenido positivo de esos procesos de disolución – el único lado que él ve en las categorías económicas en su forma abstracta o en las relaciones reales dentro de determinados países, de los cuales son abstraídas – en su plena manifestación, en la del mercado mundial. Allí donde las relaciones económicas le salen al encuentro en su verdad, es decir, en su realidad universal, su optimismo de principio se trueca, por tanto, en un pesimismo denunciante e irritado. Esta contradicción constituye la originalidad de sus escritos y les confiere su significación. Es tan norteamericano en su afirmación de la armonía dentro de la sociedad burguesa como en la afirmación de la desarmonía de esas mismas relaciones en su figura de mercado mundial. En Bastiat, nada de todo esto. La armonía de esas relaciones es un "más allá" que comienza justo allí donde terminan las fronteras francesas, que en

Inglaterra y América existe. Es meramente
la forma imaginada, ideal, de las relaciones no francesas, angloamericanas,
no la forma real tal como se le enfrenta en su propio suelo y
terreno. Mientras que, por tanto, en él la armonía no brota en modo alguno de la
plenitud de la intuición viva, sino que es más bien el producto afectado
de una reflexión enjuta y tensa, antitética, el único
momento de realidad en él es la exigencia al Estado francés de que abandone
sus fronteras económicas. Carey ve las contradicciones de las relaciones
económicas tan pronto como aparecen como
relaciones inglesas en el
mercado mundial. Bastiat, que no hace más que imaginarse la armonía, sólo empieza a ver
su realización allí donde Francia cesa y todos los componentes nacionalmente separados
de la sociedad burguesa, liberados de la supervisión del Estado,
compiten entre sí. Esta su armonía última misma – y
la premisa de todas sus armonías anteriores, imaginadas – es, por lo demás, a su vez
un mero postulado que debe ser realizado por la legislación librecambista.

Si, por tanto, Carey, prescindiendo por completo del
valor científico de sus investigaciones, posee al menos el mérito
de expresar en forma abstracta las grandes relaciones americanas, y
precisamente en contraposición al viejo mundo, el único trasfondo real en
Bastiat sería la pequeñez de las relaciones francesas, que por doquier asoman
sus largas orejas desde sus armonías. Por lo demás, este mérito es
superfluo, porque las relaciones de un país tan viejo son suficientemente conocidas
y no tienen la menor necesidad de darse a conocer por semejante rodeo negativo.
Carey es, por tanto, rico en investigaciones, por así decirlo, de fidedignas en la ciencia económica, como

sobre el crédito, la renta, etc. Bastiat está únicamente
ocupado con paráfrasis satisfactorias en investigaciones que contrastan finalizando; l’hypocrisie du contentement
.
La universalidad de Carey es universalidad yanqui. Francia y China le son
igualmente próximas. Siempre el hombre que habita en el Pacífico y en el Atlántico.
La universalidad de Bastiat es apartar la vista de todos los países. Como auténtico yanqui, Carey
toma de todas partes la materia masiva que le ofrece el viejo mundo,
no para reconocer el alma inmanente de esta materia y concederle así
su derecho de vida peculiar, sino para elaborarla para sus fines,
sus tesis abstraídas desde su punto de vista yanqui, como pruebas muertas, como
material indiferente. De ahí su deambular por todos los
países, estadística masiva y acrítica, erudición catalogada.
Bastiat, por el contrario, ofrece historia fantástica, sus abstracciones una vez
en la forma de razonamiento y otra vez en la forma de acontecimientos supuestos,
que, sin embargo, nunca y en ninguna parte han ocurrido, tal como el

teólogo

trata

el pecado

una vez

como

ley

de la

esencia humana,

y la otra

vez como

la historia de la
caída en el pecado. Ambos son, por tanto, igualmente ahistóricos y antihistóricos.
Pero el momento ahistórico en Carey es el presente principio histórico
de Norteamérica, mientras que el elemento ahistórico en Bastiat es meramente
reminiscencia de la maniera francesa de universalización del siglo XVIII.
Carey es, por tanto, amorfo y difuso, Bastiat afectado y formalmente
lógico. Lo más alto a lo que llega son lugares comunes, expresados paradójicamente, en facettes geschleift
.
En Carey, un par de tesis generales, antepuestas en forma doctrinal.
A continuación de ellas, un material informe, compilación como prueba – la sustancia
de sus tesis en modo alguno elaborada. En Bastiat, el único material consiste
– haciendo abstracción de algunos ejemplos locales o manifestaciones normales inglesas fantásticamente retocadas – únicamente en las tesis generales de los economistas.
El principal antagonista de Carey, Ricardo, en suma los economistas ingleses modernos;
el de Bastiat, los socialistas franceses.

Prólogo

Librecambio

Arancel proteccionista

en el
manuscrito: Jülich

Deuda del Estado

Impuestos

en el
manuscrito: macht ihnen. Bastiat

hipocresía del contento

talladas como las facetas de piedras preciosas