“el agua es el ideal supremo”, puede esperarse de un moderno Píndaro de Liverpool, que empiece su himno a quien mande en Downing Street con el verso espiritual: “el opio es el ideal supremo”.

Yendo mano a mano con los santos obispos y los profanos traficantes de opio, los grandes mercaderes de té participan la mayor parte, directa o indirectamente, en el comercio del opio. Todo ese hermoso mundo tiene evidentemente interés en romper los tratados actualmente en vigor con China. ¿No se ven impulsados a hacerlo por los más profundos sentimientos del alma? Desde, hace un año, se han lanzado a las especulaciones más gigantescas sobre el té y cualquier prolongación de las hostilidades en China hace subir más los precios de las enormes reserva? de esta preciosa mercancía, permitiéndoles demorar el pago de las colosales sumas que deben a sus abastecedores chinos de Cantón.

Por tanto, la guerra les permitirá estafar a la vez a sus compradores británicos y sus vendedores chinos y simultáneamente realizar su ideal de “gloria nacional” y de los “intereses comerciales”. En general, los fabricantes británicos no están de acuerdo con esta enseñanza del catecismo de Liverpool a causa del principio no menos sublime de la escuela de Manchester, según el cual el precio del algodón debe seguir bajo, lo que los opone a estos señores de Liverpool para quienes debe ser elevado.

Durante la Primera Guerra Anglo-china que dura de 1839 a 1842, los industriales británicos alimentaron esperanzas ilusorias, creyendo que se produciría una expansión gigantesca de las exportaciones. Ya habían calculado las fardas de tejidos de algodón con las que cubrirían a los habitantes del Celeste Imperio. La experiencia destrozó el velo de la ilusión que el político Palmerston había presentado a su espíritu, De 1854 a 1857, las exportaciones de productos manufacturados ingleses hacia China no rebasaron el valor medio de 1.250,000 libras. Ahora bien, esta suma se había logrado durante los años que precedieron a la primera guerra con China.

El señor Cobden, portavoz de los fabricantes británicos en la Cámara de los Comunes declaraba, en efecto: “Desde 1842, prácticamente no hemos (el Reino Unido) aumentado el volumen de nuestras exportaciones hacia China, en lo que concierne a productos manufacturados. Hemos aumentado nuestro consumo de té: eso es todo”. Esto es lo que explica que los fabricantes británicos se hallen en situación de formarse de la política china una concepción más clara que el clero, los traficantes de opio y los negociantes de té británicos. Así hemos hecho el recuento de todos los fieles partidarios de Palmerston, si hacemos abstracción de los chupadores de presupuesto y buscadores de sinecuras que se agarran a los faldones de todo gobierno, así como de los tontos patriotas de cabaret que se imaginan que, bajo la dirección de Pam, “la nación se galvanizará”. De todos modos, no debemos olvidar el Times de Londres y el Punch, el gran Cophta y el payaso de la prensa británica, ambos ligados al actual gobierno por vínculos dorados y oficiales que hacen que aplaudan con un entusiasmo de prestado a los héroes de las matanzas sangrantes de Cantón. Sin embargo, no hay que desdeñar el hecho de que el voto en los Comunes no es solamente una revuelta contra la persona de Palmerston, como escribe el Times. Las próximas elecciones no decidirán solamente si Palmerston acaparará todo el poder del Estado, sino igualmente si atribuirá al Times un monopolio en la fabricación de la opinión pública. Veamos cuál es el tema susceptible de inspirar el llamamiento de Palmerston para las elecciones a la Cámara de los Comunes. ¿Conducirá la batalla con la consigna de extensión del comercio con China? ¿Pero no ha destruido precisamente el puerto del que dependía el comercio? Por tiempo más o menos largo ha transferido hacia Siberia ese comercio de mar con tierra en los cinco puertos chinos. En todo el Reino Unido han subido los derechos de aduana sobre el té, lo que constituye el mayor obstáculo a una expansión del comercio con China. ¿Utilizará el argumento de la seguridad de los especuladores comerciales británicos? El Libro Azul, titulado Correspondencia retiva a los ultrajes sufridos en China, que el mismo gabinete ha pasado por la mesa de la Cámara de los Comunes, demuestra sin embargo que durante los últimos siete años apenas se han podido registrar siete casos injuriosos, de ellos tres a cargar a cuenta de los ingleses y cuatro son el fruto de los esfuerzos de las autoridades chinas por procurar a la administración británica la satisfacción de castigar los culpables. En suma, si los bienes y la vida de los negociantes ingleses están actualmente amenazados en Hong Kong, Singapur, etc., es culpa del mismo Palmerston. ¿Pero qué pasa con el honor de la bandera británica? Palmerston la ha vendido a 50 libras la pieza a los contrabandistas de Hong Kong y la ha manchado con la “gigantesca matanza de clientes de Inglaterra sin defensa”. Sea como quiera, estos argumentos sobre la extensión del comercio, la seguridad de los especuladores británicos y el honor de la bandera inglesa son los únicos que ha presentado a los electores por los consejos del gobierno. Prudentemente se guarda de abordar cualquier punto de política interior, ya que nada hay que esperar de consignas como “Nada de reformas” y “Más impuestos”.. Lord Murgrave, canciller de Hacienda del gabinete Palmerston, dice a sus lectores que no “tiene ninguna teoría política que presentar a sus electores”. Además, Bob Lowe, en su discurso de Kidderminster, se burla del sufragio secreto, la extensión del derecho de voto y otras pamplinas semejantes. Un tercero, el señor Labouchere, ese redomado bribón que se ha constituido en defensor del bombardeo de Cantón arguyendo que, si los Comunes lo reprobaran como injusto, el pueblo inglés habría de pagar alrededor de 5 millones de libras a los comerciantes extranjeros, cuyos bienes han sido destruidos en tal ocasión —ese mismo Labouchere ignora completamente la política en su discurso electoral de Taunton y funda simplemente sus pretensiones en los elevados hechos de los Bowring, Parkes y Seymour.

Un periódico de provincias señala justamente que Palmerston no representa “no solamente ninguna buena solución para la tribuna electoral, pero ni siquiera ninguna solución”. Pero su caso no es en modo alguno desesperado. Después del voto de la Cámara de los Comunes, ha cambiado completamente la situación. El crimen local perpetrado contra Cantón ha llevado a una guerra general con China.

La única cuestión que se plantea ahora es la de saber quién asegurará la dirección de la guerra.. Ahora bien, el hombre que pretende que esta guerra es justa no está mejor situado para conducirla con energía que sus adversarios que la condenan en el curso de la campaña electoral. Por lo demás, durante su intervención, Palmerston sabrá crear tal desorden en los asuntos, que aparecerá como el salvador irremplazable. En esas condiciones, el simple hecho de que haya batalla electoral ¿no decide el problema a su favor? Para la mayor parte del electorado británico en su composición actual, votar significa elegir entre conservadores y liberales. Es la verdadera cabeza de los liberales, ya que su caída llevaría a los conservadores al poder, por lo que se deriva que la mayor parte de los pretendidos liberales votará a Palmerston para derrotar a Derby. Tales son las verdaderas razones que empujan a los partidarios del gabinete a escoger. Si sus cálculos se realizan, la dictadura de Palmerston sufrida hasta aquí en silencio se proclamará abiertamente. La nueva mayoría parlamentaria debería su existencia al reconocimiento expreso de una obediencia pasiva al ministerio. >El llamamiento de Palmerston al pueblo en la tribuna del Parlamento podría entonces seguirse de un golpe de Estado, como se produjo tras el llamamiento de Bonaparte a la nación, ante la Asamblea nacional. Esas mismas personas podrían entonces aprender a sus expensas que Palmerston es un antiguo hermano de armas del gabinete Castlereagh Sidmouth que abolió la ley sobre el habeas corpus, vota los plenos poderes al gobierno para que detenga y expulse a su antojo e hizo asesinar finalmente al pueblo de Manchester, porque protestaba contra las leyes cerealistas.

Carlos Marx LA HISTORIA DEL COMERCIO DEL OPIO New York Tribune 20 de septiembre de 1858 t I Los rumores relativos al nuevo tratado arrancado a China por los plenipotenciarios de los aliados, han suscitado aparentemente las mismas esperanzas luminosas sobre la extensión del gigantesco comercio que las que habían deslumbrado a los comerciantes de 1845, tras la Primera Guerra China. Pero, admitiendo que el telégrafo de San Petersburgo haya dicho la verdad, ¿es cierto que el aumento de las ciudades abiertas al comercio deba necesariamente suponer un desarrollo de intercambios comerciales con China? ¿Existe de hecho una posibilidad cualquiera de que la guerra de 1857-1858 conduzca a mejores resultados que la de 1839-1842?

Todo lo que hay de cierto es que el tratado de 1843, en lugar de promover las exportaciones británicas y americanas a China no ha hecho sino agravar y precipitar la crisis comercial de 1857. Del mismo modo, produciendo fáciles ilusiones sobre las posibilidades ilimitadas del mercado chino y alimentando especulaciones exageradas, el nuevo tratado puede contribuir a preparar una nueva crisis en el mismo momento en que el mercado mundial emerge suavemente del reciente caos.