Karl Marx in the New-York Tribune 1857

La revuelta en la India

Las noticias recibidas ayer de la India por el *Atlantic* presentan dos puntos destacados, a saber: el fracaso del general Havelock en su avance para socorrer Lucknow y la persistencia de los ingleses en Delhi. Este último hecho solo encuentra paralelo en los anales británicos, y en la expedición de Walcheren. Cuando hacia mediados de agosto de 1809 se tuvo la certeza del fracaso de aquella expedición, pospusieron el reembarque hasta noviembre. Napoleón, al enterarse de que un ejército inglés había desembarcado en aquel lugar, recomendó que no se le atacara y que los franceses dejaran que la enfermedad se encargara de su destrucción, pues les causaría más daño que los cañones, sin costarle un céntimo a Francia. El actual Gran Mogol, aún más favorecido que Napoleón, se encuentra en condiciones de secundar la enfermedad con sus salidas y sus salidas con la enfermedad.

Un despacho del gobierno británico, fechado en Cagliari el 27 de septiembre, nos dice que

«las últimas noticias de Delhi llegan hasta el 12 de agosto, fecha en que la ciudad seguía en poder de los rebeldes; pero se esperaba un ataque en breve, pues el general Nicholson se hallaba a una jornada de marcha con refuerzos considerables».

Si Delhi no se toma hasta que Wilson y Nicholson la ataquen con sus fuerzas actuales, sus murallas resistirán hasta que se derrumben por sí solas. Las considerables fuerzas de Nicholson ascienden a unos 4000 sijs, un refuerzo absurdamente desproporcionado para un ataque contra Delhi, pero justo lo bastante grande como para proporcionar un nuevo pretexto suicida para no levantar el campamento ante la ciudad.

Después de que el general Hewitt cometiera la falta, y aun desde el punto de vista militar se podría decir el crimen, de permitir que los rebeldes de Meerut se abrieran paso hasta Delhi, y después de que se desperdiciaran las dos primeras semanas tolerando una sorpresa irregular de aquella ciudad, la planificación del sitio de Delhi aparece como un error casi inconcebible. Una autoridad que nos tomaremos la libertad de situar incluso por encima de los oráculos militares del *Times* de Londres, Napoleón, establece dos reglas de guerra que parecen casi trivialidades: primera, que «solo debe emprenderse lo que pueda sostenerse, y solo aquello que ofrezca el mayor número de probabilidades de éxito»; y segunda, que «las fuerzas principales deben emplearse únicamente allí donde se halle el objetivo principal de la guerra: la destrucción del enemigo». Al planificar el sitio de Delhi se violaron estas reglas rudimentarias. Las autoridades en Inglaterra debían de saber que el propio gobierno indio había reparado recientemente las fortificaciones de Delhi hasta tal punto que la ciudad solo podía tomarse mediante un sitio regular, que requería una fuerza sitiadora de al menos 15 000 a 20 000 hombres, y muchos más si la defensa se conducía con un nivel medio. Ahora bien, siendo necesarios de 15 000 a 20 000 hombres para esta empresa, era pura insensatez emprenderla con 6000 o 7000. Los ingleses sabían además que un sitio prolongado, consecuencia inevitable de su debilidad numérica, expondría a sus fuerzas en aquella localidad, en aquel clima y en aquella estación a los ataques de un enemigo invulnerable e invisible, que sembraría las semillas de la destrucción en sus filas. Las probabilidades de éxito, por tanto, estaban todas en contra del sitio de Delhi.

En cuanto al objetivo de la guerra, era sin duda el mantenimiento del dominio inglés en la India. Para alcanzar ese objetivo, Delhi era un punto sin ninguna importancia estratégica. La tradición histórica, en verdad, le otorgaba a los ojos de los nativos una importancia supersticiosa que chocaba con su influencia real, y eso fue razón suficiente para que los cipayos amotinados la designaran como lugar general de reunión. Pero si, en lugar de trazar sus planes militares de acuerdo con los prejuicios nativos, los ingleses hubieran dejado Delhi de lado y la hubieran aislado, la habrían despojado de su influencia imaginaria; en cambio, al plantar sus tiendas ante ella, al arrojarse de cabeza contra ella y concentrar en ella sus fuerzas principales y la atención del mundo, se cortaron a sí mismos incluso las posibilidades de retirada, o más bien dieron a una retirada todos los efectos de una señalada derrota. De este modo, simplemente les han hecho el juego a los amotinados, que querían hacer de Delhi el objetivo de la campaña. Pero esto no es todo. No hacía falta gran ingenio para convencer a los ingleses de que para ellos era de importancia primordial crear un ejército

de campaña activo, cuyas operaciones sofocaran las chispas del descontento, mantuvieran abiertas las comunicaciones entre sus propias estaciones militares, empujaran al enemigo hacia unos pocos puntos y aislaran Delhi. En lugar de actuar según este plan sencillo y evidente por sí mismo, inmovilizan al único ejército activo del que disponen concentrándolo ante Delhi, dejan el campo abierto a los amotinados, mientras sus propias guarniciones ocupan puntos dispersos, inconexos, a gran distancia unos de otros y bloqueados por fuerzas hostiles abrumadoras a las que se permite tomarse todo el tiempo que quieran.

Al fijar su principal columna móvil ante Delhi, los ingleses no han ahogado a los rebeldes, sino que han petrificado a sus propias guarniciones. Pero, aparte de este error fundamental en Delhi, apenas hay nada en los anales de la guerra que iguale la estupidez que dirigió las operaciones de estas guarniciones, que actuaban de forma independiente, sin relación entre sí, carentes de toda dirección suprema y obrando no como miembros de un solo ejército, sino como cuerpos pertenecientes a naciones diferentes e incluso hostiles. Tómese, por ejemplo, el caso de Cawnpore y Lucknow. Había dos lugares adyacentes y dos cuerpos de tropas separados, ambos muy reducidos y desproporcionados para la ocasión, puestos bajo mandos distintos, aunque solo distaban cuarenta millas, y con tan poca unidad de acción entre ellos como si estuvieran situados en polos opuestos. Las reglas más simples de la estrategia habrían exigido que sir Hugh Wheeler, el comandante militar en Cawnpore, estuviera facultado para llamar a sir H. Lawrence, el comisionado jefe de Oude, con sus tropas, de vuelta a Cawnpore, para así reforzar su propia posición mientras evacuaba momentáneamente Lucknow. Con esta operación se habrían salvado ambas guarniciones y, mediante la posterior unión con las tropas de Havelock, se habría creado un pequeño ejército capaz de contener Oude y socorrer Agra. En lugar de esto, por la acción independiente de los dos lugares, la guarnición de Cawnpore es masacrada, la guarnición de Lucknow acabará cayendo con su fortaleza, e incluso los prodigiosos esfuerzos de Havelock, marchando con sus tropas 126 millas en ocho días, librando tantos combates como días contó la marcha, y realizando todo esto en un clima indio en plena estación estival —incluso sus heroicos esfuerzos resultan frustrados. Habiendo agotado aún más a sus extenuadas tropas en vanos intentos de rescatar Lucknow, y estando seguro de verse forzado a nuevos sacrificios inútiles mediante repetidas expediciones desde Cawnpore, ejecutadas en un radio constantemente decreciente, con toda probabilidad tendrá que retirarse por fin hacia Allahabad, sin apenas hombres a sus espaldas. Las operaciones de sus tropas, mejor que ninguna otra cosa, muestran lo que incluso el pequeño ejército inglés ante Delhi habría sido capaz de hacer si se le hubiera concentrado para la acción en el campo, en lugar de atraparlo vivo en el campamento pestilencial. La concentración es el secreto de la estrategia. La descentralización es el plan adoptado por los ingleses en la India. Lo que tenían que hacer era reducir sus guarniciones al menor número posible, desembarazarlas de inmediato de mujeres y niños, evacuar todas las estaciones sin importancia estratégica y reunir así el mayor ejército posible en campaña. Ahora, incluso las gotas de refuerzos enviadas por el Ganges desde Calcuta han sido tan completamente absorbidas por las numerosas guarniciones aisladas que ni un solo destacamento ha llegado a Allahabad.

En cuanto a Lucknow, las más sombrías previsiones suscitadas por los correos anteriores se ven ahora confirmadas. Havelock se ha visto obligado de nuevo a replegarse sobre Cawnpore; no hay posibilidad de socorro por parte de la fuerza aliada nepalesa; y debemos esperar ahora la noticia de la toma de la plaza por hambre y la masacre de sus valientes defensores con sus esposas e hijos.