Friedrich Engels

Batalla

Escrito hacia el 21 de septiembre de 1857.  
Del inglés.

["The New American Cyclopædia", Band II]

Batalla. –  
El choque de dos cuerpos de tropas enemigos se llama batalla cuando éstos constituyen los ejércitos principales de ambos bandos o, al menos, operan independientemente en su propio y separado teatro de guerra.

Antes de la introducción de la pólvora, todas las batallas se decidían por el combate hombre contra hombre. Entre los griegos y macedonios, el ataque de la compacta falange erizada de lanzas, seguido de un breve combate con espadas, provocaba la decisión. Entre los romanos, el ataque de la legión, mediante su formación en tres líneas, permitía un nuevo ataque de la segunda y un movimiento de la tercera línea que decidía la contienda. La línea romana se acercaba al enemigo hasta diez o quince yardas, le arrojaba sus pila, jabalinas muy pesadas, y luego atacaba con la espada. Si la primera línea era detenida, la segunda avanzaba a través de los intervalos de la primera, y si la resistencia aún no se quebraba, la tercera línea, es decir, la reserva, caía sobre el centro del enemigo o sobre una de sus alas.

En la Edad Media, los ataques de la caballería acorazada de los caballeros tenían que decidir las principales acciones de combate, hasta que la introducción de la artillería y de las armas de fuego portátiles restableció la preponderancia de la infantería. A partir de entonces, la superioridad numérica, así como la construcción de las armas de fuego de un ejército, fueron el elemento principal en la batalla, hasta que en el transcurso del siglo XVIII todos los ejércitos de Europa equiparon a su infantería con mosquetes y alcanzaron una igualdad aproximada en la calidad de sus armas de fuego. Entonces, el número de disparos efectuados en un tiempo determinado con una precisión media pasó a ser el elemento decisivo. La infantería se formaba en largas líneas, de tres hombres de fondo. Se la instruía con sumo cuidado para garantizar firmeza y un fuego rápido, hasta de cinco disparos por minuto. Apoyadas por el fuego de metralla de la artillería, las largas líneas avanzaban lentamente unas contra otras, disparando sin interrupción. Finalmente, las tropas de uno de los bandos comenzaban a vacilar a causa de las pérdidas sufridas, y ese momento era aprovechado por el otro bando para avanzar con la bayoneta, lo que por lo general decidía la contienda.

Si uno de los dos ejércitos ya había tomado posiciones antes del comienzo de la batalla, el otro intentaba generalmente atacarlo en ángulo agudo, para caer sobre una de sus alas por el flanco y envolverla. De este modo, esa ala y la parte más próxima del centro eran desorganizadas por fuerzas superiores y apiñadas en grandes masas, sobre las que el bando atacante dirigía el fuego de su artillería pesada. Ésta era la maniobra favorita de Federico el Grande, que había dado buenos resultados especialmente en Leuthen. A veces se empleaba también la caballería contra la infantería enemiga que empezaba a vacilar, con frecuencia con notable éxito; pero en general era el fuego rápido de las líneas de infantería el que decidía, y este fuego era tan eficaz que las batallas de aquel período fueron las más sangrientas de los tiempos modernos. Federico el Grande perdió en Kolin 12.000 hombres de 18.000 y en Kunersdorf 17.000 de 30.000, mientras que en la batalla más sangrienta de todas las campañas de Napoleón, en Borodino, las pérdidas rusas en muertos y heridos no llegaron a la mitad de sus tropas.

La Revolución Francesa y Napoleón cambiaron por completo el cuadro de las batallas. El ejército se organizó en divisiones de unos 10.000 hombres, compuestas de infantería, caballería y artillería. Ya no combatía exclusivamente en línea, sino también en columna y en orden disperso. Con esta formación ya no era necesario elegir sólo terreno despejado como campo de batalla; bosques, aldeas, granjas, cualquier terreno cubierto era deseable.

Después de que todos los ejércitos adoptaron esta nueva formación, las batallas adquirieron un carácter completamente diferente al del siglo XVIII. Entonces, aunque por lo general el ejército se desplegaba en tres líneas, un ataque, o a lo sumo dos o tres ataques ejecutados en rápida sucesión, decidían la suerte de la batalla. Ahora un encuentro puede durar un día e incluso dos o tres días, sucediéndose durante todo ese tiempo ataques, contraataques y movimientos de tropas con éxito variable.

Actualmente, una batalla la inicia por lo general la vanguardia de los atacantes; se envían por delante los tiradores, apoyados constantemente. Tan pronto como tropiezan con una resistencia seria, lo que suele ocurrir en un terreno favorable para la defensa, la artillería ligera avanza, cubierta por pelotones de tiradores y pequeños grupos de caballería, y el grueso de la vanguardia toma posiciones. Por regla general sigue un cañoneo y se derrocha gran cantidad de munición para facilitar el reconocimiento e inducir al enemigo a mostrar su fuerza. Entretanto van llegando las divisiones, que son conducidas a sus posiciones de combate de acuerdo con las disposiciones del enemigo que se han conocido hasta entonces. En los puntos favorables para un ataque se envían enjambres de tiradores y, si es necesario, se les apoya con líneas de infantería y artillería. Se preparan ataques de flanco y se concentran tropas para el ataque a los puntos importantes frente a la posición principal del enemigo, quien a su vez toma contramedidas. Se ejecutan algunos movimientos de tropas para amenazar las posiciones defensivas o un ataque inminente mediante un contraataque.

El ejército se acerca gradualmente al enemigo; los puntos de ataque quedan definitivamente fijados, y la masa de las tropas avanza desde las posiciones cubiertas que ocupaba hasta entonces. El fuego de las líneas de infantería y el de la artillería, dirigido contra las posiciones que se van a atacar, es ahora predominante. Sigue el avance de las tropas destinadas al ataque, interrumpido de vez en cuando por un ataque de caballería de no mucha envergadura. La lucha por los puntos importantes ha comenzado ya; son conquistados y reconquistados por el adversario, enviando cada bando alternativamente tropas frescas. Los intervalos entre estos puntos se convierten entonces en campo de batalla para líneas de infantería que maniobran y para ocasionales ataques a la bayoneta, que sin embargo rara vez conducen a un serio combate cuerpo a cuerpo; en cambio, en aldeas, granjas, atrincheramientos, etc., la bayoneta se emplea con frecuencia y eficacia. Tan pronto como se presenta la ocasión, la caballería se lanza también hacia adelante por ese terreno abierto, mientras la artillería continúa disparando y avanza hacia nuevas posiciones.

Así, en el vaivén de la batalla, se perfilan con mayor claridad las intenciones, las disposiciones y, sobre todo, la fuerza de los dos ejércitos que combaten. Participan en la lucha cada vez más tropas, y pronto se manifiesta qué bando dispone en reserva del mayor número de fuerzas frescas para el ataque final y decisivo. O bien el bando atacante ha tenido éxito hasta ese momento y se arriesga ahora a lanzar su reserva sobre el centro o el ala del bando que se defiende, o bien el ataque ha sido rechazado hasta entonces y no puede mantenerse con tropas frescas; en este caso, los defensores emplearán posiblemente su reserva y, mediante un poderoso ataque, convertirán el rechazo del adversario en una derrota para él. En la mayoría de los casos, el ataque decisivo se dirige contra un sector del frente enemigo para romper su línea. Sobre ese sector determinado se concentra toda la artillería posible; la infantería avanza en masa compacta, y tan pronto como su ataque ha resultado victorioso, la caballería irrumpe en la brecha así abierta, se despliega a izquierda y derecha, ataca la línea enemiga por los flancos y la retaguardia y la arrolla, como suele decirse, hacia sus dos alas. Semejante ataque, sin embargo, para ser realmente decisivo, debe emprenderse con fuerzas considerables, y sólo cuando el enemigo ha empeñado sus últimas reservas. De lo contrario, las pérdidas sufridas no guardarían proporción con los muy escasos resultados y hasta podrían causar la pérdida de la batalla.

En la mayoría de los casos, un comandante preferirá interrumpir una batalla que toma un cariz indudablemente desfavorable antes que empeñar sus últimas reservas y esperar el ataque decisivo de su enemigo. Con la organización y la táctica actuales, esto puede hacerse con pérdidas relativamente pequeñas, ya que después de una batalla bien dirigida, las fuerzas del adversario están por lo general también agotadas. Las reservas y la artillería toman una nueva posición más atrás, bajo cuya cobertura las tropas se van desprendiendo gradualmente del enemigo y retirándose. Depende entonces de la rapidez de la persecución si la retirada puede efectuarse ordenadamente o no. El enemigo enviará su caballería contra las tropas que intentan desprenderse. Para apoyar a estas últimas, debe estar preparada por consiguiente la caballería propia.

Pero si la caballería del cuerpo de tropas que se retira ha sido puesta en fuga y su infantería es alcanzada antes de que se ponga fuera de alcance, la derrota se generaliza, y la retaguardia tendrá que librar duros combates en su nueva posición defensiva, a menos que, como ocurre por lo común, caiga la noche.

Éste es el curso corriente de una batalla moderna, siempre que las partes combatientes sean más o menos iguales en fuerza y dirección. Si una de las partes es decididamente superior, el desarrollo se acorta esencialmente y tienen lugar combinaciones de innumerables variantes; pero, en todo caso, las batallas modernas entre los ejércitos de pueblos civilizados tendrán, en general, el carácter que hemos descrito.