Karl Marx

Berthier

Escrito alrededor del 15 de septiembre de 1857.
Del inglés.
["The New American Cyclopædia", Vol. III]

Berthier, Louis-Alexandre, mariscal de Francia, príncipe y duque de Neuchâtel y Valengin, príncipe de Wagram, nació el 20 de noviembre de 1753 en Versalles, asesinado el 1 de junio de 1815 en Bamberg. Su padre, jefe del cuerpo de topógrafos bajo Luis XVI, lo educó para soldado. De la oficina topográfica real pasó al servicio activo, primero como teniente en el Estado Mayor y luego como capitán de dragones. Durante la guerra de independencia americana sirvió a las órdenes de Lafayette. En 1789, Luis XVI lo nombró mayor general de la guardia nacional de Versalles, y el 5 y 6 de octubre de 1789, así como el 19 de febrero de 1791, prestó buenos servicios a la familia real. Sin embargo, reconoció que la revolución ofrecía grandes oportunidades a los talentos militares, y así lo encontramos alternativamente como jefe del Estado Mayor bajo Lafayette, Luckner y Custine. Durante el período del Terror evitó despertar sospechas mostrando celo en la guerra de la Vendée. Su valor personal en la defensa de Saumur el 12 de junio de 1793 le valió una mención honorífica en los informes de los comisarios de la Convención. Después del 9 de Thermidor fue nombrado jefe del Estado Mayor de Kellermann y, al insistir en que el ejército francés ocupara la línea de Borghetto, contribuyó a detener el avance del enemigo. Así estaba ya consolidada su reputación como jefe del Estado Mayor antes de que Bonaparte lo escogiera para ese puesto. También demostró ser un buen general de división en las batallas de Mondovi (22 de abril de 1796), Lodi (10 de mayo de 1796), Codogno (9 de mayo de 1796) y Rivoli (14 de enero de 1797) durante la campaña de 1796-1797.

Era de carácter débil, pero tenaz y enérgico, dotado de una constitución de Hércules que le permitía trabajar ocho noches seguidas sin interrupción. Poseía una memoria asombrosa para todo lo concerniente a los detalles de las operaciones militares, como los movimientos de los cuerpos de ejército, la fuerza de las tropas, los acantonamientos y la composición de los mandos. Tenía una prontitud en la que siempre se podía confiar, ordenado y exacto, muy versado en la ciencia de los mapas y poseía en grado eminente la capacidad de evaluar las particularidades del terreno. Ejercitado en informar en un lenguaje sencillo y claro sobre los más complicados movimientos militares, era suficientemente experimentado y perspicaz para saber, durante las acciones, hacia dónde debían transmitirse las órdenes recibidas, al tiempo que supervisaba personalmente su ejecución. Era el telégrafo viviente de su superior en el campo de batalla y su incansable autómata escritorzuelo ante el pupitre del Estado Mayor. Era el arquetipo de un oficial de Estado Mayor para un general que se reserva todas las funciones superiores del mando. A pesar de sus objeciones, Bonaparte lo puso en 1798 al frente del ejército que debía ocupar Roma, proclamar allí la república y apresar al papa. Incapaz de impedir los saqueos cometidos en Roma por generales, comisarios y proveedores franceses, y de contener el motín entre los soldados franceses, entregó el mando a Masséna y se dirigió a Milán, donde se enamoró de la bella Madame Visconti; su extravagante y duradera pasión, que durante su expedición a Egipto le valió el apodo de jefe de la faction des amoureux <Partido de los enamorados>, le costó la mayor parte de los 40.000.000 de francos que su señor imperial le regaló sucesivamente.

A su regreso de Egipto, apoyó en las jornadas del 18 y 19 de Brumario las intrigas de Bonaparte y fue nombrado ministro de la Guerra; desempeñó este cargo hasta el 2 de abril de 1800. Durante la segunda campaña de Italia fue de nuevo jefe del Estado Mayor y contribuyó en cierta medida a que Napoleón se viese en una situación visiblemente difícil en Marengo, por haber dado crédito a informes falsos sobre la ruta y la posición del ejército austríaco. Tras haber concertado, después de la victoria, un armisticio con el general Mélas, fue encargado de diversas misiones diplomáticas y regresó a continuación al ministerio de la Guerra, que dirigió hasta la proclamación del Imperio. A partir de entonces se consagró por entero al servicio de la persona del emperador, a quien acompañó como jefe del Estado Mayor, con el rango de general de división de la Grande Armée, en todas sus

campañas. Napoleón lo colmó de títulos, dignidades, ingresos accesorios, pensiones y donaciones. El 19 de mayo de 1804 fue nombrado mariscal del Imperio, titular de la Gran Cruz de la Legión de Honor y gran cazador de Francia. El 17 de octubre de 1805 tuvo el honor de acordar con Mack las condiciones de la capitulación de Ulm.

De la campaña de Prusia de 1806 regresó a casa con la dignidad de príncipe soberano de Neuchâtel y Valengin. En 1808 se le ordenó casarse con la princesa Marie Elisabeth de Baviera-Birkenfeld, sobrina del rey de Baviera <Maximiliano I José>, y fue nombrado vicecondestable de Francia. En 1809, Napoleón lo puso como comandante en jefe al frente de la Grande Armée, que debía operar desde Baviera contra Austria. El 6 de abril Berthier declaró la guerra, pero ya el 15 de abril había conseguido poner en peligro toda la campaña. Dividió el ejército en tres partes. A Davout lo colocó con la mitad de las fuerzas francesas en Ratisbona, a Masséna con la otra mitad en Augsburgo y entre ambos a los bávaros en Abensberg, de modo que el archiduque Carlos, de haber avanzado con rapidez, habría podido batir por separado a los tres cuerpos. La lentitud de los austríacos y la llegada de Napoleón salvaron al ejército francés. Sin embargo, bajo la mirada de su señor y en puestos más acordes con sus capacidades, prestó excelentes servicios en esa misma campaña, y a su larga lista de títulos se añadió el de príncipe de Wagram.

Durante la campaña de Rusia fracasó también como jefe del Estado Mayor. Después del incendio de Moscú se mostró incluso incapaz de explicar correctamente las órdenes de su señor; pero a pesar de su insistente ruego de que se le permitiera regresar a Francia con Napoleón, este le ordenó permanecer con el ejército en Rusia. Su estrechez de miras y su apego a la rutina se pusieron de manifiesto entonces, en medio de la terrible superioridad numérica contra la que los franceses tenían que luchar, de manera particularmente clara. Fiel a su tradición, daba a un batallón, a veces a una compañía de la retaguardia, las mismas órdenes que si esa retaguardia se compusiera aún, como antaño, de 30.000 hombres; asignaba posiciones a regimientos y divisiones que hacía mucho habían dejado de existir; y para satisfacer su propio afán de actividad, empleaba cada vez más correos y dictaba una orden tras otra. En los años 1813-1814 lo volvemos a encontrar en su puesto acostumbrado.

Después de que el Senado proclamara la deposición de Napoleón, Berthier se escabulló de su protector simulando hechos falsos y envió, aún antes de la abdicación de Napoleón, una declaración de fidelidad al Senado y al gobierno provisional; luego se dirigió al frente de los mariscales del Imperio a Compiègne para saludar a Luis XVIII con extremada sumisión. El 4 de junio de 1814, Luis XVIII lo nombró par de Francia y capitán de una compañía de la recién creada Guardia Real. Su principado de Neuchâtel lo cedió al rey de Prusia a cambio de una pensión de 34.000 florines. Después del regreso de Napoleón de Elba, siguió a Luis XVIII a Gante. Sin embargo, al caer en desgracia ante el rey por haber mantenido en secreto una carta recibida de Napoleón, se retiró a Bamberg, donde el 1 de junio de 1815 fue asesinado por seis hombres enmascarados que lo arrojaron por una ventana del palacio de su suegro. Sus memorias fueron publicadas en París en 1826.