Karl Marx en New York Daily Tribune

Artículos sobre China, 1853-1860

Alguna correspondencia oficial

2 de junio de 1857

Entre los documentos relativos a China que Lord Palmerston ha presentado al Parlamento, encontramos algunos extractos de la correspondencia entre nuestro Dr. Parker y el comisionado, Sr. Yeh, en la que, hemos de decirlo, nuestro Doctor parece salir peor parado. Así, el Doctor escribió quejándose del envenenamiento del pan en Hong Kong, a lo que Yeh respondió como sigue:

«He recibido la comunicación de Vuestra Excelencia del 16 del pasado el 2 del corriente, y observo lo que contiene: que el cónsul norteamericano, llegado a Macao procedente de Hong Kong, informó a Vuestra Excelencia personalmente de que dos o tres días antes, ciertos chinos de Hong Kong habían mezclado veneno en el pan que suministraban al público, sin distinción de país; todos lo habían comido y habían enfermado gravemente, sin que aún se supiera si sobrevivirían.

»Al leer esto me he quedado grandemente sorprendido. Los chinos y los norteamericanos han mantenido por lo común buenas relaciones, y el comercio entre China y los demás países se ha conducido hasta ahora amistosamente; pero los ingleses, desde hace varios meses y de manera completamente inmotivada, han traído sus tropas y se han enzarzado en hostilidades, incendiando repetidamente las tiendas y viviendas del pueblo y destruyendo un gran número de edificios, y han arruinado a familias enteras. Sin duda, muchos chinos han acrecentado con ello su odio contra los ingleses; mas envenenar a la gente de esta manera solapada es un acto digno de detestación: con todo, habiendo ocurrido todo en Hong Kong, me es imposible examinar todos los hechos. El acto se debe a los innumerables males que los ingleses han infligido a los chinos, y los naturales de los distritos circundantes han recurrido a este medio para vengar sus agravios particulares.

»Puesto que los norteamericanos nunca han perjudicado a los chinos, nada hay, por supuesto, que empañe los buenos sentimientos que entre ellos existen. Vuestra Excelencia podría con toda propiedad emitir exhortaciones admonitorias para que los norteamericanos se ocupen tranquilamente de sus propios asuntos, y no cabe duda de que los chinos los tratarán siempre de manera adecuada. ¿Qué podría inducirlos a pensar en envenenarlos en secreto? — Cuestión digna de la consideración de Vuestra Excelencia. A esto contesto, deseándole al mismo tiempo una paz estable.»

Nada podría estar mejor formulado que la sugerencia que hemos puesto en cursiva, *de que el Dr. Parker y sus compatriotas harían mucho mejor en ocuparse de sus propios asuntos que en mezclarse en la querella que los ingleses han provocado.*

Sin embargo, en lugar de aceptar este buen consejo, el Dr. Parker se sintió obligado a escribir una carta a Yeh, en la que se propone justificarse a sí mismo y a las autoridades norteamericanas por ponerse del lado de los ingleses. De esta carta ofrecemos el siguiente extracto:

«Si al infrascrito se le llamara a juzgar quién tiene razón y quién no en la presente controversia, desearía preguntar si no habría sido justo que, cuando surgió el motivo de seria queja, los altos funcionarios de los dos gobiernos se hubieran reunido cara a cara y, según la razón y la justicia, hubieran zanjado el asunto, evitando así la vasta destrucción de propiedad y el derramamiento de sangre que han resultado de que Vuestra Excelencia no lo hiciera. También cabría, acaso, indagar la veracidad de las afirmaciones sobre lo ocurrido en años anteriores en relación con el asunto de la entrada a la ciudad de Cantón, que difiere ampliamente de lo que el infrascrito, que reside desde hace mucho en China, entiende que son los hechos del caso.

»Permítaseme, con espíritu de verdadera amistad, expresar a Vuestra Excelencia mi convicción de que la fuente de todas las dificultades entre China y las naciones extranjeras es la falta de voluntad de China para reconocer a Inglaterra, Francia, América y otras grandes naciones de Occidente como iguales y amigos verdaderos, y tratarlas como a tales. Por lo que respecta a esta grave cuestión, el Gobierno de los Estados Unidos sabe que los ingleses tienen razón y elige cooperar con ellos.»

No se da la respuesta de Yeh, pero difícilmente cabe suponer que dejara de hacer la réplica a la que el Doctor se había expuesto. El Doctor sabe perfectamente, mejor que nadie, que la verdadera causa de las dificultades presentes y pasadas entre los chinos y los ingleses fue y sigue siendo, no la que él finge —«la falta de voluntad de China para reconocer a Inglaterra, Francia, América y otras grandes naciones de Occidente como iguales»—, sino la falta de voluntad de las autoridades chinas para permitir que sus súbditos fueran envenenados con opio en beneficio pecuniario de la Compañía Británica de las Indias Orientales y de unos cuantos comerciantes sin escrúpulos, británicos, norteamericanos y franceses. ¿Cómo es posible que los chinos vean a esas «grandes naciones de Occidente» «como sus amigos verdaderos, y las traten como a tales», cuando descubren que el principal negocio de esas grandes naciones en China ha sido y sigue siendo vender y propagar el uso del opio, droga venenosa introducida por esos extranjeros en el curso de este último siglo —antes del cual era completamente desconocida para los chinos— y cuyo uso aumenta con espantosa rapidez, fatal a un tiempo para la moral, el bienestar pecuniario y la salud del Imperio Florido? Cuando esas «grandes naciones» hayan demostrado primero ser «amigos verdaderos» uniéndose a las autoridades chinas para poner fin a este tráfico inicuo, habrá llegado el momento de quejarse de que los chinos no están dispuestos a reconocerlas con ese carácter.

Otros funcionarios chinos no parecen inferiores a Yeh en materia de correspondencia diplomática. El 9 de diciembre [de 1856] Sir John Bowring envió al virrey de Fukien, etc., una exposición de sus quejas contra Yeh, solicitando que se informara de ello a la Corte de Pekín. En su respuesta, el virrey dice:

«El documento que se me ha remitido está en inglés, desconozco su contenido y no tengo medio de descifrarlo.

»Para terminar, es mi deber añadir que, habiendo mantenido nuestras dos naciones relaciones amistosas durante muchos años, sigo esperando que, mediante la debida observancia por ambas partes del Tratado de Paz que había de durar para siempre, tengan la fortuna de fortalecer las relaciones amistosas que hasta ahora han existido entre ellas.»

El virrey de otra provincia, a quien se envió una carta semejante, respondió como sigue:

«Me congratulo por las profesiones de paz de Vuestra Excelencia; pero sólo perjudicaría a los intereses de la paz, de la que tan amigo se declara, si yo dijera al Emperador que, por el acto de Yeh, habéis roto precipitadamente la paz que, según el Tratado, debía durar para siempre. Otra razón contra el que yo me dirija al trono es que Yeh, y sólo él, es competente para tratar las cuestiones comerciales; y esto no puede ser otra cosa, tratándose de una cuestión con extranjeros.»

El siguiente edicto imperial del 27 de diciembre [de 1856] no evidencia por parte del Emperador disposición alguna a ceder por el momento a las exigencias de los ingleses:

«Hoy hemos instruido a Yeh en el sentido de que, si los bárbaros ingleses desisten de su actual conducta por propia iniciativa, no es necesario que la ira (o el odio) se lleve al extremo; pero si se atreven a persistir en su extravagancia y obstinación, la paz no ha de negociarse mediante un gesto conciliador por nuestra parte, pues ello abriría el camino a exigencias de otras concesiones de importancia. Yeh-mingchin lleva largo tiempo al frente de las provincias de Kwang y conoce tan a fondo los asuntos de los bárbaros que, con toda probabilidad, sabrá idear un proceder adecuado.

»Se nos ocurre que el litoral de Kiangsu, Chekiang y Fukien es terreno que los vapores de esos bárbaros conocen bien por larga experiencia, y que deben tomarse precauciones para defender (también esa costa) contra los bárbaros, quienes, al verse incapaces de salirse con la suya en la provincia de Cantón, pueden intentar perturbar otros puertos a lo largo de ella; por ello, ordenamos a Eleang, Chaou e Ilo que instruyan en secreto a las autoridades locales para que, en caso de que se aproximen barcos bárbaros (a su jurisdicción), adopten las medidas que les garanticen seguridad, sin ruido ni señal (que pueda llamar la atención). Si vienen a explicar las circunstancias de la ruptura de Cantón, se les ha de hacer callar con argumentos razonables de manera que no les quede resquicio alguno; al verlo, tal vez se avengan a desistir de su empresa por desesperada. Pero (las autoridades a las que se hace referencia) no han de alarmarse en modo alguno, pues ello perturbaría y confundiría el ánimo público.»