New-York Daily Tribune.
Nr. 4598, 14. Januar 1856

La guerra europea ha engendrado otra anómala pieza de la confección de tratados. Cerdeña, tomada por Inglaterra y Francia con una delicadeza diplomática que rivaliza con la gimnasia de los matarifes de cerdos en Cincinnati, tan gráficamente descritos hace poco en nuestras columnas, es primero arrojada al hirviente caldero de las fatigas y tribulaciones de la guerra; y ahora, para continuar la metáfora porcina, Suecia es agarrada por la pata trasera por los mismos carniceros políticos. Resulta difícil, sin embargo, en este momento, antes de conocer los pormenores y los antecedentes de la negociación, desentrañar el verdadero significado del tratado que acaban de concertar los aliados y esta última potencia. Se le llama tratado defensivo, pero no lo acompaña ninguna exposición de los motivos de su adopción, según es costumbre en estos asuntos. En verdad, no recordamos ningún tratado remendado en circunstancias semejantes. No se tiene noticia de que lo haya provocado invasión alguna por parte de Rusia, ni se menciona en absoluto. Ninguna queja por el lado sueco se ha hecho pública. Por el contrario, Suecia, o al menos el rey Óscar, ha declarado invariablemente que Rusia no le ha dado motivo de queja. Esta declaración es muy verosímil, pues sería una locura que el zar obrase de otro modo que con la mayor delicadeza con un vecino, en unas circunstancias como las actuales.

Con este tratado no se abandona del todo y abiertamente la neutralidad, sino que Suecia se pone a cubierto de los aliados, renunciando incluso a su propia decisión y derecho de acción. Sin embargo, el punto principal se refiere a pesquerías y pastizales, que en adelante Suecia queda obligada a no conceder a Rusia sin el permiso de Francia e Inglaterra; y la misma restricción se extiende a las concesiones de territorio sueco si Rusia las exigiera. De esto podría inferirse que el zar había hecho demandas en pos de tales concesiones; pero es dudoso, pues su cabeza y sus manos están llenas de otros asuntos que los que ofrecen las rocas de granito de la región polar. Puede que el emperador Nicolás hubiese deseado poseer una estación para los buques militares y comerciales rusos en alguno de los puertos de Noruega que no se hielan, a fin de facilitar así las comunicaciones entre los puertos del Báltico y del Mar Blanco. Semejante deseo sólo habría podido realizarse mediante una negociación amistosa, y no podía estar preñado del peligro de una invasión. En cuanto al derecho de pesca a lo largo de las costas, esa cuestión quedó zanjada en sus más minuciosos detalles hace cuarenta y cinco años por la convención de Tornea concluida en 1810. Ésta regulaba las fronteras y los derechos de los súbditos que habitaban en las costas, islas, riberas y tierras que separaban a Suecia y Finlandia, territorios éstos adquiridos por Rusia mediante el tratado de Fredrikshamn de 1809, tras una guerra desastrosa a la que Suecia fue incitada por Inglaterra. Si desde entonces han tenido lugar escaramuzas fronterizas, si se han invadido pastizales, no pudo tratarse más que de una querella familiar, pues el Gobierno imperial no posee dominio alguno en esa región. A lo largo de las riberas del río Tornea, al norte de la ciudad del mismo nombre, sólo habitan poblaciones finesas, tanto en la orilla sueca como en la rusa; y es difícil imaginar que la invasión de tierras privadas por habitantes amigos y homogéneos pueda amenazar la integridad de Suecia, o hacer que ésta se refugie bajo el ala de halcón de Francia e Inglaterra.

Tal como están ahora las cosas, este tratado es o un insulto a Rusia, o pronto será considerado como tal. El artículo secreto que, según se dice, se le ha anexado, es sin duda su rasgo principal. Sus artículos publicados parecen más bien provocar subrepticiamente una querella que mostrar la hombría de hacerlo abiertamente. Si es así, no es cosa loable. Si Suecia deseaba aprovechar los enredos de Rusia y recuperar sus posesiones perdidas, debería haberse unido a la alianza y declarado abiertamente la guerra. Sin embargo, si la guerra continúa y Suecia toma parte en ella, podrá recuperar sus posesiones finlandesas; pero si ésta se concluye pronto, entonces este tratado conminatorio probablemente enconará el ánimo de la Potencia más fuerte, que rara vez olvida o perdona las injurias.

Además, el rumbo que anteriormente tomó Suecia a instigación de Inglaterra resultó fatal para los Vasa y para el propio país. En 1809, Inglaterra sedujo a Gustavo IV, mediante un subsidio de 7.000.000 de dólares, para que declarase la guerra a Rusia. Luego Inglaterra abandonó a su aliada, o al menos no la socorrió. Rusia, entonces aliada de Napoleón, provocada por la alianza anglo-sueca, invadió y conquistó Finlandia, y Gustavo fue obligado por la nación a descender del trono, tras lo cual su anciano tío Carlos ciñó la corona, y posteriormente Bernadotte fue elegido rey, y los Vasa se convirtieron en exiliados. No es que en las circunstancias actuales auguremos una calamidad semejante para Suecia, sino que la guerra actual no amenaza aún la caída de Rusia, y semejante vecino puede, a la larga, hacer muy incómoda la situación de Suecia. Rusia puede tragarse ahora tranquilamente este tratado; pero con su hereditaria tenacidad de propósitos puede esperar su momento, y cuando Suecia haya perdido su alianza actual, y Francia e Inglaterra menos lo piensen, podrá saciar su estómago vengativo. Durante casi ciento ochenta años anteriores a 1794, el pueblo ruso alimentó su odio contra los polacos por la ocupación de Moscú en 1612. Ahora Polonia ha desaparecido como nación.