Karl Marx

Cerdeña

Del inglés.

[“The People's Paper” Nr. 211, 17 de mayo de 1856]

La historia de la Casa de Saboya puede dividirse en tres períodos: el primero, en el que asciende y se expande, adoptando una posición equívoca entre güelfos y gibelinos, entre las repúblicas italianas y el Imperio alemán; el segundo, en el que medra cambiando de bando en las guerras entre Francia y Austria; y la última etapa, en la que se esfuerza por explotar en provecho propio la lucha a escala mundial entre revolución y contrarrevolución, tal como antes había explotado el antagonismo de los pueblos y las dinastías. En los tres períodos, la ambigüedad es el eje constante alrededor del cual gira su política, y los resultados, insignificantes en magnitud y de carácter equívoco, aparecen como fruto natural de esta política.

Al final del primer período, coincidiendo con la formación de las grandes monarquías europeas, observamos cómo la Casa de Saboya se desarrolla hasta convertirse en una pequeña monarquía. Al término del segundo período, el Congreso de Viena se dignó cederle la República de Génova, mientras Austria se tragaba Venecia y Lombardía y la Santa Alianza amordazaba a todas las potencias de segundo orden, cualquiera que fuera su confesión. En el curso del tercer período, por fin, se permite al Piamonte comparecer en el Congreso de París; redacta un memorándum contra Austria y Nápoles, da sabios consejos al Papa, se deja dar palmaditas en el hombro por un Orlov, alienta sus aspiraciones constitucionales merced al coup d’état, y es azuzado en sus sueños de hegemonía en Italia por el mismo Palmerston que en 1848 y 1849 traicionó tan exitosamente al Piamonte.

Es un pensamiento bien absurdo por parte de los representantes sardos que el constitucionalismo, cuya agonía pueden contemplar actualmente con sus propios ojos en Gran Bretaña y de cuya bancarrota hicieron resonar las revoluciones de 1848/49 el continente europeo —demostrando que es igualmente impotente frente a las bayonetas de las coronas que frente a las barricadas de los pueblos—, que ese constitucionalismo esté a punto de celebrar en el escenario piamontés no sólo su restitutio in integrum <restauración completa>, sino incluso de convertirse en un poder arrollador. Semejante pensamiento sólo pudo ser engendrado por los grandes hombres de un Estado pequeño. Para cualquier observador imparcial es un hecho indudable que, junto a Francia, como gran monarquía, el Piamonte tiene que seguir siendo una pequeña monarquía; que, ante el despotismo imperial en Francia, el Piamonte existe, en el mejor de los casos, sólo por tolerancia; y que con la formación de una verdadera república en Francia, la monarquía piamontesa desaparecerá y se disolverá en una república italiana. En particular, las condiciones de las que depende la existencia de la monarquía sarda le impiden alcanzar sus ambiciosas metas. El papel de libertador de Italia sólo puede desempeñarlo en una época en que la revolución en Europa no se produce y en que la contrarrevolución en Francia posee el poder sin trabas. Bajo tales condiciones puede pensar en asumir el liderazgo en Italia como el único Estado italiano con tendencias progresistas, con gobernantes autóctonos y un ejército nacional. Pero precisamente estas condiciones la exponen a la doble presión de la Francia imperial, por un lado, y de la Austria imperial, por otro. En caso de fricciones serias entre estos imperios vecinos, la monarquía sarda tendría que convertirse en satélite de uno y campo de batalla de ambos. En caso de una entente cordiale entre ellos, tendría que contentarse con una existencia asmática, con un mero plazo de gracia. Apoyarse en el partido revolucionario en Italia sería para la Casa de Saboya un puro suicidio, pues los acontecimientos de 1848/49 destruyeron las últimas ilusiones sobre su misión revolucionaria. Las esperanzas de la Casa de Saboya están, pues, ligadas al statu quo en Europa; pero el statu quo en Europa le veda expandirse en la península apenina y le asigna el modesto papel de una Bélgica italiana.

En su intento de reanudar en el Congreso de París el juego de 1847, los plenipotenciarios piamonteses no pudieron ofrecer sino un espectáculo bien lamentable. Cada una de sus jugadas en el tablero de la diplomacia significaba jaque para ellos mismos.

Mientras protestaban enérgicamente contra la ocupación austríaca de Italia central, se veían obligados a rozar sólo con suma cautela la ocupación francesa de Roma; mientras murmuraban contra la teocracia del Papa, tenían que doblegarse ante las gazmoñas muecas del primogénito de la Iglesia <Napoleón III>. A Clarendon, que en 1848 había mostrado tan bondadosa clemencia con Irlanda, tenían que apelar para que diese al rey de Nápoles <Fernando II> unas lecciones de humanidad, y al carcelero de Cayena, Lambessa y Belle-Île tenían que suplicarle que abriese las puertas de las prisiones de Milán, Nápoles y Roma. Mientras se hacían pasar por paladines de la libertad en Italia, se sometían servilmente al ataque de Walewski contra la libertad de prensa en Bélgica y subrayaban expresamente que

«era difícil mantener buenas relaciones entre dos naciones cuando en una de ellas hay periódicos con opiniones doctrinarias exageradas y que hacen la guerra a gobiernos vecinos».

Apoyándose en ese necio aferrarse a doctrinas bonapartistas, Austria se dirigió de inmediato a los plenipotenciarios del Piamonte con la perentoria exigencia de poner fin a la guerra que la prensa piamontesa libraba contra Austria y de castigar a los responsables.

En el mismo momento en que se proponen contraponer la política internacional de los pueblos a la política internacional de los estados, se congratulan, por otra parte, del tratado que renueva aquellos lazos de amistad que desde hace siglos han existido entre la Casa de Saboya y la familia Románov. Alentados a hacer alarde de su elocuencia ante los plenipotenciarios de la vieja Europa, tienen que resignarse a que Austria los trate despectivamente como potencia de segundo orden, incapaz de intervenir en el debate de las cuestiones de primer orden. Mientras disfrutan de la grandísima satisfacción de que se les permita redactar un memorándum, se consiente a Austria desplegar sus tropas a lo largo de toda la frontera sarda, desde el Po hasta las cumbres de los Apeninos, ocupar Parma, fortificar Piacenza a pesar del Tratado de Viena y dejar desfilar sus fuerzas a lo largo de la costa del mar Adriático, desde Ferrara y Bolonia hasta Ancona. Siete días después de que estas quejas fueran presentadas al Congreso, el 15 de abril, se firmaba entre Francia e Inglaterra, por un lado, y Austria, por otro, un tratado especial que demostraba de manera evidente el perjuicio que el memorándum había causado a Austria.

Tal era, pues, en el Congreso de París, la situación de los dignos representantes de aquel Víctor Manuel que, tras la abdicación de su padre y la derrota en la batalla de Novara, había abrazado ante los ojos de un ejército sumamente exasperado a Radetzky, el más encarnizado enemigo de Carlos Alberto. El Piamonte debe reconocer ahora —si no está deliberadamente ciego— que con la paz se le engaña exactamente igual que se le engañó con la guerra. Bonaparte puede servirse de él para enturbiar las aguas de Italia, con la intención de pescar coronas en el fango. Rusia puede dar palmaditas en el hombro a la pequeña Cerdeña con el objetivo de alarmar a Austria en el sur para debilitarla en el norte. Palmerston puede, por razones que él mismo debe de conocer mejor que nadie, repetir la comedia de 1847, sin siquiera tomarse la molestia de tocar la vieja canción con una nueva melodía. En todo esto, el Piamonte no es otra cosa que un instrumento de potencias extranjeras. En relación con los discursos en el Parlamento británico, el señor Brofferio declaró ante la Cámara de diputados sarda, de la que es miembro, que esos discursos «nunca fueron oráculos délficos, sino siempre tan sólo oráculos trofónicos». Se equivoca en esto sólo en la medida en que confunde el eco con el oráculo.

El intermezzo piamontés no tiene en sí y por sí mismo ningún interés, salvo el de ver cómo la Casa de Saboya, en su hereditaria política de maniobras y en sus repetidos intentos de hacer de la cuestión italiana el soporte de sus propias intrigas dinásticas, naufragó una vez más. Pero hay además un punto de vista más importante, que la prensa inglesa y francesa pasa por alto deliberadamente, pero al que aluden especialmente los plenipotenciarios sardos en su infame memorándum.

La actitud hostil de Austria, justificada por la política de los plenipotenciarios sardos en París, «obliga a Cerdeña a permanecer armada y a tomar medidas que gravan extraordinariamente sus finanzas, ya desbaratadas por los acontecimientos de 1848 y 1849 y por la guerra en que ha tomado parte». Y no basta con eso.

«La inquietud entre el pueblo —se dice en el memorándum sardo— parecía haberse apaciguado en los últimos tiempos. Los italianos, que veían a uno de sus príncipes nacionales aliado con las grandes potencias occidentales…, abrigaban la esperanza de que no se firmaría paz alguna antes de que se aliviaran sus sufrimientos. Esta esperanza los mantenía tranquilos y resignados; pero cuando se enteren de los resultados negativos del Congreso de París, cuando oigan que Austria, a pesar de las complacencias y de la benévola mediación de Inglaterra y Francia, ha rechazado incluso una discusión de la cuestión…, entonces, sin ninguna duda, la exasperación que por el momento está adormecida volverá a despertar más furiosa que nunca. Convencidos de que ya nada tienen que esperar de la diplomacia, los italianos, con ímpetu meridional, se arrojarán de nuevo en brazos del partido subversivo y revolucionario <Énfasis según la “N.-Y. D. T.”> y convertirán a Italia otra vez en un foco de conspiraciones y sublevaciones, que tal vez puedan ser sofocadas con redoblado rigor, pero que ante la menor perturbación en Europa volverán a estallar con la máxima violencia. El despertar de las pasiones revolucionarias en todos los países que rodean al Piamonte, por causas adecuadas para despertar simpatía entre el pueblo, expone al gobierno sardo a peligros sumamente graves.»

Así es. Durante la guerra, la rica burguesía de Lombardía había contenido el aliento, por así decirlo, en la vana esperanza de, al finalizar la guerra, alcanzar la emancipación nacional y la libertad burguesa mediante acciones diplomáticas y bajo la protección de la Casa de Saboya, sin necesidad de vadear el mar rojo de la revolución y sin tener que hacer al campesinado y al proletariado aquellas concesiones de las que la burguesía, por las experiencias de los años 1848/49, sabía que se han vuelto inseparables de todo movimiento popular. Pero ahora sus esperanzas epicúreas se han desvanecido. El único resultado tangible de la guerra —al menos el único que atrae la atención de los italianos— son las ventajas materiales y políticas que ha cosechado Austria: un nuevo fortalecimiento de aquel poder odiado, asegurado por el auxilio del llamado Estado italiano independiente. Una vez más, los constitucionalistas piamonteses tuvieron el juego en sus manos; una vez más lo perdieron; y una vez más están ahí, convictos de haber fracasado en su misión, tan altisonantemente proclamada, de fuerza dirigente de Italia. Su propio ejército los llamará a rendir cuentas. La burguesía se ve nuevamente obligada a apoyarse en las masas populares y a equiparar la liberación nacional con la renovación social. La pesadilla piamontesa se ha sacudido, el hechizo diplomático se ha roto, y el corazón volcánico de la Italia revolucionaria comienza a latir de nuevo.