K. MARX

Discurso pronunciado en la fiesta de aniversario del People's Paper

Discurso pronunciado por Karl Marx
el 14 de abril de 1856 y publicado en el People's Paper del 19 de
abril de 1856. Se edita de acuerdo con la traducción en castellano
del artículo del periódico.

Digitalizado para el MIA por José Ángel Sordo, 1999.

Las llamadas revoluciones de 1848 no fueron más
que pequeños hechos episódicos, ligeras fracturas y fisuras
en la dura corteza de la sociedad europea. Bastaron, sin embargo, para
poner de manifiesto el abismo que se extendía por debajo. Demostraron
que bajo esa superficie, tan sólida en apariencia, existían
verdaderos océanos, que sólo necesitaban ponerse en movimiento
para hacer saltar en pedazos continentes enteros de duros peñascos.
Proclamaron, en forma ruidosa a la par que confusa, la emancipación
del proletariado, ese secreto del siglo XIX y de su revolución.

Bien es verdad que esa revolución social
no fue una novedad inventada en 1848. El vapor, la electricidad y el telar
mecánico eran unos revolucionarios mucho más peligrosos que
los ciudadanos Barbés, Raspail y Blanqui. Pero, a pesar de que la
atmósfera en la que vivimos ejerce sobre cada uno de nosotros una
presión de 20000 libras, ¿acaso la sentimos? No en mayor
grado que la unión europea sentía, antes de 1848, la atmósfera
revolucionaria que la rodeaba y que presionaba sobre ella desde todos los
lados.

Nos hallamos en presencia de un gran hecho característico
del siglo XIX, que ningún partido se atreverá a negar. Por
un lado, han despertado a la vida unas fuerzas industriales y científicas
de cuya existencia no hubiese podido sospechar siquiera ninguna de las
épocas históricas precedentes.. Por otro lado, existen unos
síntimas de decadencia que superan en mucho a los horrores que registra
la historia de los últimos tiempos del Imperio Romano. Hoy día,
todo parece llevar en su seno su propia contradicción. Vemos que
las máquinas, dotadas de la propiedad maravillosa de acortar y hacer
más fructífero el trabajo humano provocan el hambre y el
agotamiento del trabajador. Las fuentes de riqueza recién descubiertas
se convierten, por arte de un extraño maleficio, en fuentes de privaciones.
Los triunfos del arte parecen adquiridos al precio de cualidades morales.
El dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor; pero, al mismo
tiempo, el hombre se convierte en esclavo de otros hombres o de su propia
infamia. Hasta la pura luz de la ciencia parece no poder brillar más
que sobre el fondo tenebroso de la ignorancia. Todos nuestros inventos
y progresos parecen dotar de vida intelectual a las fuerzas materiales,
mientras que reducen a la vida humana al nivel de una fuerza material bruta.
Este antagonismo entre la industria moderna y la ciencia, por un lado,
y la miseria y la decadencia, por otro; este antagonismo entre las fuerzas
productivas y las relaciones sociales de nuestra época es un hecho
palpable, abrumador e incontrovertible. Unos partidos pueden lamentar
este hecho; otros pueden querer deshacerse de los progresos modernos de
la técnica con tal de verse libres de los conflictos actuales; otros
más pueden imaginar que este notable progreso industrial debe complementarse
con una regresión política igualmente notable. Por lo que
a nosotros se refiere, no nos engañamos respecto a la naturaleza
de ese espíritu maligno que se manifiesta constantemente en todas
las contradicciones que acabamos de señalar. Sabemos que para hacer
trabajar bien a las nuevas fuerzas de la sociedad se necesita únicamente
que éstas pasen a manos de hombres nuevos, y que tales hombres nuevos
son los obreros.

Éstos son igualmente un invento de la
época moderna, como las propias máquinas. En todas las manifestaciones
que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia
y de los pobres profetas de la regresión reconocemos a nuestro buen
amigo Robin Goodfellow*, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta
rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución.

Los obreros ingleses son los primogénitos
de la industria moderna. Y no serán, naturalmente, los últimos
en contribuir a la revolución social producida por esa industria,
revolución que significa la emancipación de su propia clase
en todo el mundo y que es tan universal como la dominación del capital
y la esclavitud asalariada. Conozco las luchas heróicas libradas
por la clase obrera inglesa desde mediados del siglo pasado, y que no son
tan famosas por haber sido mantenidas en la oscuridad y silenciadas por
los historiadores burgueses. Para vengarse de las iniquidades cometidas
por las clases gobernantes, en la Edad Media existía en Alemania
un tribunal secreto llamado "Femguericht"**. Si alguna casa aparecía
marcada con una cruz roja, el pueblo sabía que el propietario de
dicha casa había sido condenado por Temis. Hoy día, todas
las casa de Europa están marcadas con la misteriosa cruz roja. La
Historia es el juez; el agente ejecutor de su sentencia es el proletariado.

* Ser fantástico que en las creencias populares
de los siglos XVI y XVII desempeña el papel de genio bueno que ayuda
al hombre en sus empresas. Es uno de los principales personajes de la comedia
de Shakespeare El sueño de una noche de verano.

** "El juicio de Temis".