Karl Marx

Prusia [en 1856]

Escrito el 15 de abril de 1856.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 4694 del 5 de mayo de 1856, artículo de fondo]

El inaudito agiotaje que convirtió a Francia en una casa de juego e identificó al Imperio napoleónico con la Bolsa no se ha detenido, en modo alguno, en las fronteras de las Galias. Sin que las fronteras políticas la frenaran, esta epidemia ha atravesado los Pirineos, los Alpes y el Rin y, por asombroso que parezca, se ha apoderado de la sólida Alemania, donde la especulación en el terreno de la idea tuvo que ceder el puesto a la especulación con valores, el sumo bien —la prima—, la jerga misteriosa de la dialéctica —la jerga no menos misteriosa de la Bolsa— y el afán de unidad —la pasión por los dividendos—. Prusia renana, debido a su vecindad con Francia y al desarrollo de su industria y de su comercio, fue la primera en ser atacada por esta enfermedad. Los banqueros de Colonia no sólo concertaron una alianza formal con los grandes estafadores de París, comprando junto con ellos la “Indépendance Belge” como órgano común, y arrastraron, mediante la fundación de un banco internacional en Luxemburgo, no sólo a todo el sudoeste de Alemania a la vorágine del Crédit mobilier, sino que también en la región de Prusia renana y del ducado de Westfalia tuvieron tanto éxito que, por el momento, todas las capas de la sociedad, excepto las clases trabajadoras y los pequeños campesinos, han sido presa de la fiebre del oro, de manera que hasta el capital de la pequeña burguesía, desviado de sus canales habituales, busca desaforadas aventuras y cada tendero se convierte en alquimista. Que el resto de Prusia tampoco ha escapado al contagio se desprende del siguiente extracto de la “Preußischen Correspondenz”, hoja gubernamental:

“Las últimas observaciones en el mercado monetario permiten concluir que una de las terribles crisis comerciales, que se repiten periódicamente, se avecina de nuevo. El movimiento febril de una especulación desmesurada, proveniente del extranjero, se ha extendido en Alemania en el último año, y no sólo la Bolsa de Berlín y los capitalistas prusianos han sido arrastrados a esa vorágine, sino también clases enteras de la sociedad que en todas las ocasiones anteriores habían evitado una participación directa en el juego de azar de la Bolsa.”

Fue este temor a una crisis financiera inminentemente próxima en lo que se fundó la negativa del gobierno prusiano a permitir la creación de un “Crédit mobilier”, tras cuyo brillante barniz se sospechaban intenciones estafadoras. Pero lo que no se permite bajo una forma, puede ser autorizado bajo otra, y lo que no es admitido en Berlín puede ser tolerado en Leipzig o en Hannover. La última fase de la locura especulativa comenzó al final de la guerra, e independientemente del impulso comercial que es inseparable de toda conclusión de la paz —tal como se había experimentado en 1802 y 1815—, presenta esta vez la característica particular de que Prusia ha manifestado formalmente el deseo de abrir sus mercados al capital y a la especulación occidentales. Así pues, pronto oiremos hablar de la gran línea troncal de Irkutsk, con ramales a Pekín, y de otros planes no menos monstruosos, sin que se trate de lo que ha de realizarse efectivamente, sino de qué nuevo material puede ofrecerse como pasto al espíritu de especulación. Sólo faltaba la paz para acelerar el gran crac que el gobierno prusiano temía.

Esta participación de Prusia, insólita para ella, en el movimiento especulativo europeo, no habría sido posible sin el gran auge de su industria en los últimos años. El capital invertido sólo en los ferrocarriles ha aumentado, de 1840 a 1854/55, de 19 millones a 154 millones de táleros prusianos. Otras líneas férreas, cuyo costo se estima en 54 millones, se hallan en construcción; además, el gobierno ha autorizado el tendido de nuevas líneas por valor de 57 millones. Desde 1849 se han formado 87 sociedades anónimas con un capital de 83 millones. De 1854 a 1856 se registraron nueve compañías de seguros con un capital de 22 millones. En estos dos últimos años, seis sociedades anónimas, con un capital de 10,5 millones, han establecido hilanderías. Del informe sobre el algodón puede verse en qué proporción ha variado la cantidad de algodón llegada a los distintos puertos europeos de 1853 a 1856. Según el informe, la exportación de algodón en balas en los primeros siete meses del año fue la siguiente:

           1853      1854      1855      1856
a Inglaterra       1.100.000   840.000   963.000 1.131.000
a Francia           255.000   229.000   249.000   354.000
a otros puertos europeos  204.000   179.000   167.000   346.000

De ahí se sigue que el continente, que en 1853 recibió aproximadamente sólo un tercio del algodón exportado a Inglaterra, en 1856 ha recibido cinco octavos de esa cantidad. A esto hay que añadir el algodón que fue reexpedido de Inglaterra al continente. La gran exportación a Francia es sólo aparente, pues una parte considerable va de El Havre a Suiza, Baden, Francfort y Amberes. El desarrollo de la industria continental que revelan las cifras aducidas significa, por tanto, sobre todo el crecimiento de la industria alemana, y principalmente de la prusiana. La riqueza acumulada por la burguesía industrial en los últimos años es casi superada por las ganancias que los terratenientes han obtenido durante el período de guerra, en los años de malas cosechas y de precios altos. El precio de los caballos, del ganado vacuno, del inventario vivo en general, por no hablar siquiera del precio de los cereales, se ha mantenido en Alemania a un nivel tan alto que los grandes terratenientes apenas necesitan ya del influjo de los mercados extranjeros para nadar en oro. Es la riqueza —el rápido aumento de la riqueza como nunca antes habían experimentado estas dos clases— la que ha creado la base para la epidemia especulativa que ruge hoy en Prusia.

Cuando esta pompa de jabón estalle, el Estado prusiano se verá sometido a una dura prueba. Las diversas contrarrevoluciones que ha experimentado desde 1849 han tenido por resultado colocar al gobierno en dependencia de la clase, poco numerosa, de los terratenientes nobles, frente a la cual el rey, que ha hecho todo para erigir su posición de predominio, se encuentra actualmente en la misma situación en que se halló antaño Luis XVIII frente a la Chambre introuvable. Federico Guillermo jamás se mostró dispuesto a resignarse a la reseca maquinaria gubernamental burocrática que su padre le había legado. Durante toda su vida soñó con embellecer el edificio del Estado prusiano con alguna decoración romántico-gótica. Pero la breve experiencia que hizo con su Herrenhaus tuvo que convencerlo, sin embargo, de que, en realidad, los terratenientes, o los Krautjunker, como se los llama en Prusia, están muy lejos de ver su felicidad en servir a la burocracia de adorno medieval, y hacen todo lo que está en su mano para degradar a la burocracia y convertirla en un simple ejecutor de sus intereses de clase. De ahí el conflicto entre los junkers y el gobierno, entre el rey y el príncipe de Prusia. Para mostrar al gobierno cuán en serio hablan, los junkers acaban de rechazar —cosa inaudita en la Prusia constitucional— la concesión de un impuesto adicional que se había introducido durante la guerra. Con sangre fría y decisión proclamaron el principio de que, en sus pequeñas posesiones, son tan reyes como el propio rey en todo el país. Insisten en que la Constitución debe seguir siendo un engaño para todas las demás clases, pero, para ellos mismos, ha de ser una realidad. Al sustraerse ellos mismos a todo control de la burocracia, pretenden que esta burocracia oprima a las clases inferiores con fuerza redoblada.

La burguesía, que traicionó la revolución de 1848, tiene ahora la certidumbre de verse políticamente aniquilada en la misma hora en que alcanza su triunfo social mediante una acumulación ilimitada de capital. Más aún, los Krautjunker se deleitan en encontrar cada día nuevas ocasiones para humillarla, y ni siquiera observan frente a ella las elementales reglas de la etiqueta. Cuando los oradores burgueses se levantan para hablar en la Cámara de Diputados, los junkers abandonan en masa sus bancos, y cuando se les ruega que al menos escuchen las opiniones que no son las suyas, se ríen en las narices de los señores de la izquierda. Cuando éstos se quejan de los obstáculos puestos a las elecciones, se les da a entender que es simple deber del gobierno preservar a las masas de la seducción. Si oponen al desenfreno de la prensa aristocrática la coerción que se impone a la liberal, se les recuerda que la libertad en un Estado cristiano no consiste en hacer lo que a uno le plazca, sino lo que place a Dios y a la autoridad. Un día se les da a entender que el “honor” es un monopolio de la aristocracia; al día siguiente se les hiere profundamente con una ilustración práctica de las teorías, largo tiempo rechazadas, de Haller, Bonald y de Maistre. Orgulloso de su ilustración filosófica, el burgués prusiano tiene el disgusto de ver expulsados de las universidades a los científicos más eminentes y confiada la educación a una banda de oscurantistas; tribunales eclesiásticos se inmiscuyen en sus asuntos familiares, y los domingos tiene que dejarse conducir a la iglesia por la policía. No contentos con haberse eximido a sí mismos, en la mayor medida posible, de los impuestos, los junkers han encerrado a la burguesía en gremios y corporaciones, han falseado sus instituciones municipales, abolido la independencia e inamovilidad de sus jueces, anulado la igualdad de derechos de las diversas sectas religiosas, etc. Cuando alguna vez la cólera que los ahoga triunfa sobre su miedo, y cuando de tarde en tarde reúnen suficiente valor para aterrorizar desde sus escaños de la Cámara a los junkers con una revolución inminente, se les responde con sorna que la revolución tiene cuentas tan grandes que saldar con la burguesía como con la nobleza.

En realidad, no es probable que la gran burguesía vuelva a ponerse, como en 1848, al frente de una revolución en Prusia. Los campesinos de Prusia Oriental no solo han perdido todo lo que la revolución les había aportado en materia de liberación, sino que, tanto en el aspecto administrativo como en el jurídico, siguen estando bajo el yugo directo de la nobleza. En Prusia Renana, donde las empresas industriales atrajeron al capital, se han enredado cada vez más profundamente, con la misma rapidez con que subían los intereses de los préstamos, en la servidumbre de las hipotecas. Mientras que en Austria se ha intentado al menos apaciguar a los campesinos, en Prusia no se ha omitido nada que pudiera llevarlos a la desesperación. En lo que respecta a la clase trabajadora, el gobierno le ha impedido participar en las ganancias de sus empresarios, castigándola por su participación en huelgas y manteniéndola sistemáticamente alejada de la participación en la vida política. Una dinastía desunida, un gobierno escindido en campos hostiles, una burocracia que está en pugna con la aristocracia, la aristocracia en disputa con la burguesía, una crisis comercial general y las clases desheredadas, imbuidas del espíritu de rebelión contra todas las capas superiores de la sociedad: tal es en este momento el cuadro de Prusia.