Karl Marx

[La crisis económica en Francia]

Escrito hacia el 7 de noviembre de 1856.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 4866 del 22 de noviembre de 1856, editorial]

En el mundo financiero europeo no hay señal alguna de calma. Por el correo llegado con el "Niagara" nos enteramos de que la salida de metales preciosos de Londres hacia el continente es mayor que nunca, y que una propuesta de elevar aún más la tasa de descuento fue rechazada en una reunión del directorio del Banco de Inglaterra por una mayoría de un solo voto. Huelga decir que la causa de la crisis sigue residiendo en Francia, y el último número del "Economist" que nos ha llegado describe la situación con los colores más sombríos.

«La ausencia de toda mejora —escribe la revista— es en principio un empeoramiento, y, por añadidura, lamentablemente no hay previsión de una mejora constante. La diferencia entre el mes actual y el correspondiente del año pasado es casi en todos los aspectos muy lamentable, y ello cuando el país, en el octubre pasado, estaba envuelto en una guerra terrible cuyo fin parecía muy lejano.»

Movidos por esta queja, nos hemos tomado la molestia de comparar el estado de la bolsa de París en octubre con el del mes precedente, y el resultado de nuestro examen puede verse en el siguiente cuadro:

| | 30 de sept. | 31 de oct. | Subido | Bajado |
|---|---|---|---|---|
| Renta del tres por ciento | 67 frs. 50 cts. | 66 frs. 70 cts. | – | 80 cts. |
| Renta del cuatro y medio por ciento | 90 frs. | 91 frs. | 1 fr. | – |
| Banco de Francia | 4.010 frs. | 3.850 frs. | – | 160 frs. |
| Crédit foncier | 600 frs. | 585 frs. | – | 15 frs. |
| Crédit mobilier | 1.552 frs. | 1.372 frs. | – | 180 frs. |
| Ferrocarril de Orléans | 1.267 frs. | 1.241 frs. | – | 26 frs. |
| Ferrocarril del Norte | 950 frs. | 941 frs. | – | 9 frs. |
| Ferrocarril del Este | 877 frs. | 865 frs. | – | 12 frs. |
| Ferrocarril de París-Lyon | 1.265 frs. | 1.267 frs. | 2 frs. | – |
| Ferrocarril del Mediterráneo | 1.750 frs. | 1.662 frs. | – | 98 frs. |
| Ferrocarril del Grand-Central | 610 frs. | 603 frs. | – | 7 frs. |

En el período de septiembre al 31 de octubre, las acciones de diversas compañías cayeron como sigue:

Gas Paris Compagnie 30 frs.
Union des Gaz 35 "
Lits Militaires 27 ½ "
Docks Louis-Napoléon 8 ½ "
Compagnie générale maritime 40 "
Palais de l'Industrie 5 "
Compagnie générale des Omnibus 35 "
Messageries Impériales Serv. marit. 50 "

No cabe imaginar nada más ingenioso que la manera en que los periódicos bonapartistas de París se afanan por explicar esta caída continua de las cotizaciones en la bolsa. Tomemos como ejemplo el periódico del señor Girardin, la "Presse".

«La especulación —escribe este periódico— sigue sin querer abandonar sus ideas de que las cotizaciones bajan. Las continuas fluctuaciones del Crédit mobilier hacen que sus acciones parezcan tan peligrosas, que muchos especuladores no se atreven a tocarlas, y se limitan a operar con las 'primes' ['primas'] para limitar de antemano las posibilidades de pérdida.»

Las rigurosas medidas adoptadas por el Banco de Francia para impedir, o al menos retrasar, la suspensión de los pagos en metálico han empezado a afectar seriamente a las clases industriales y comerciales. Ahora mismo se libra, de hecho, una verdadera guerra entre las empresas comerciales e industriales bona fide [sólidas], las sociedades anónimas ya explotadas sobre bases especulativas y los proyectos de fundación recién urdidos; todos luchan por arrebatar el capital dinerario disponible del país. El resultado inevitable de semejante lucha tenía que ser un alza del interés, una baja de los beneficios en todas las ramas de la industria y una desvalorización de toda clase de títulos-valores, incluso sin que existieran el Banco de Francia ni la salida de metales preciosos. Que esta presión sobre el capital disponible de Francia, prescindiendo de todas las influencias exteriores, tiene que intensificarse lo prueba con creces una ojeada al desarrollo de la red ferroviaria francesa. Los datos que ofrecemos ahora a nuestros lectores proceden del "Journal des Chemins de Fer", que, como el resto de la prensa de este país, solo puede publicar lo que el gobierno bonapartista permite. En total se han concedido licencias para una extensión de 5.584 millas de vías férreas, de las cuales solo 2.884 millas están terminadas y en condiciones de servicio. Por consiguiente, quedan aún 2.700 millas que deben construirse ahora o próximamente. Y esto no es todo. El gobierno construye líneas férreas en los Pirineos y ha ordenado la construcción de nuevas líneas entre Toulouse y Bayona, Agen y Tarbes, así como entre Mont-de-Marsan y Trabestans, líneas que se extienden a más de 900 millas. Francia está construyendo ahora, en realidad, un número de líneas férreas incluso mayor que el que ya posee. Se estima que la suma gastada en la antigua red ferroviaria asciende a 300.000.000 de dólares; pero entonces su construcción se extendió a lo largo de un período más prolongado —un período que vio el principio y el fin de tres gobiernos—, mientras que todas las líneas ahora autorizadas deben estar terminadas a más tardar en seis años y comenzar a funcionar en la fase más crítica del ciclo comercial. Las compañías que han caído en dificultades monetarias acosan sin cesar al gobierno en busca de permiso para obtener dinero mediante nuevas emisiones de acciones y obligaciones. El gobierno, comprendiendo que esto equivaldría a una autorización para desvalorizar aún más los títulos ya existentes en el mercado y, por tanto, a mayores perturbaciones en la bolsa, no se atreve a ceder. Por otra parte, hay que conseguir el dinero; la suspensión de las obras significaría no solo la bancarrota, sino la revolución.

Mientras así crece constantemente en el interior la demanda de capital para la fundación y el sostenimiento de nuevas empresas, la absorción de capital francés por proyectos extranjeros no disminuye en modo alguno. No es ninguna novedad que los capitalistas franceses tienen que cumplir grandes compromisos en España, Italia, Austria y Alemania, y que el Crédit mobilier se afana justamente ahora en envolverlos en nuevos compromisos. España contribuye actualmente de manera particular a las dificultades en Francia, pues allí la escasez de plata ha alcanzado tal grado que los fabricantes de Barcelona encuentran la mayor dificultad en pagar los salarios a sus obreros.

Por lo que respecta al Crédit mobilier, ya hemos señalado que la tendencia de esta institución no corresponde en modo alguno a su nombre. Su tendencia es a fijar capital y no a movilizarlo. Lo único que moviliza son los títulos de propiedad. Las acciones de las sociedades por él fundadas son, en efecto, extraordinariamente movibles, pero el capital que representan está invertido de manera fija. Todo el secreto del Crédit mobilier consiste en atraer capital a empresas industriales, donde queda inmovilizado, para especular con la venta de las acciones creadas como representantes de ese capital. Mientras los gestores del Crédit mobilier consigan obtener un agio sobre la primera emisión de nuevas acciones, pueden naturalmente permitirse contemplar con estoica indiferencia la tensión general del mercado de dinero, el destino final de los poseedores de acciones y las dificultades de las sociedades en funcionamiento. Esto explica el curioso fenómeno de que, mientras las acciones del Crédit mobilier caen continuamente en la bolsa, su actividad se extiende sin cesar por toda Europa.

Junto a la situación general de tensión en el mercado de dinero, hay otras causas que actúan sobre la industria francesa. Un gran número de hilanderías en Lyon se han paralizado debido a la escasez y al alto precio de la seda cruda. Causas similares paralizan los negocios en Mulhouse y en Ruan. Allí, el elevado precio del algodón ha impulsado forzosamente al alza el precio de los hilados, mientras que los tejidos son difíciles de vender y los fabricantes no pueden mantener sus antiguos precios. Las consecuencias son un aumento de la miseria y del descontento entre los obreros, especialmente en Lyon y en el sur de Francia, donde reina tal exasperación que solo puede compararse con la que acompañó a la crisis de 1847.

De la bolsa, los ferrocarriles, el comercio y la industria pasamos ahora a la agricultura francesa. Los informes aduaneros de Francia recientemente publicados revelan el hecho de que la última mala cosecha fue mucho más grave de lo que el "Moniteur" había admitido. Frente a 270.146 quintales de trigo importados en septiembre de 1855, en septiembre de 1856 se importaron 963.616 quintales, lo que supone una diferencia de 693.470 quintales respecto de la cantidad importada en septiembre de 1855, año notoriamente de mala cosecha. Sin embargo, sería un error atribuir únicamente a las inundaciones, al mal tiempo y a otros fenómenos naturales las causas que operan manifiestamente en la transformación de Francia de país exportador de cereales en país importador. La agricultura, que nunca estuvo muy desarrollada en Francia, ha retrocedido de manera incontestable bajo el régimen actual. Por un lado, vemos subir constantemente los impuestos; por otro, disminuir el número de brazos —grandes masas de obreros son alejadas temporalmente del campo por la guerra y de manera permanente por los ferrocarriles y otras obras públicas—, a lo que se suma la creciente emigración de capital de las empresas agrícolas hacia los negocios especulativos. Lo que se ha llamado democratización del crédito por Napoleón fue, en realidad, solo la generalización de la especulación bursátil. Lo que el Crédit mobilier fue para las clases altas, lo fueron para el campesinado los empréstitos imperiales de suscripción. Llevaron la bolsa a sus chozas, vaciaron sus ahorros privados y barrieron los pequeños capitales que antes se habían invertido en la mejora de la agricultura.

Así pues, el malestar en la agricultura francesa es tanto una consecuencia del actual sistema político como resultado de catástrofes naturales. Si el pequeño campesinado sufre menos por los precios bajos que los grandes arrendatarios de Inglaterra, sufre en cambio por la carestía de los víveres, que para aquellos es a menudo una fuente de beneficio. De ahí su descontento, que se manifiesta en incendios provocados, los cuales son lamentablemente frecuentes, aunque los periódicos franceses, por orden imperial, nada informan al respecto. Si los campesinos, después de la revolución de Febrero, se enfurecieron ante la idea de que se les hubiera impuesto el nuevo impuesto de 45 céntimos para sostener los talleres nacionales en París, el campesinado actual lo está mucho más ante la certeza de que sus exhaustos recursos son gravados con impuestos para que los parisinos puedan recibir el pan por debajo de su precio de coste. Si se considera además que precisamente Napoleón fue el elegido de los campesinos, el actual estado de ánimo revolucionario de esa clase arroja nueva luz sobre las probabilidades de la dinastía bonapartista. A qué recursos miserables se ve ya empujada para aplacar y desviar las demandas amenazadoras de la miseria agrícola, puede verse por el lenguaje de los prefectos en sus circulares sobre la "exhortación" a la caridad. El prefecto de Sarthe, por ejemplo, escribe a sus subprefectos lo siguiente:

"Se dignarán ustedes asumir, con todo celo y confianza, la tarea que constituye una de las más insignes de la administración, a saber: hallar medios para la asistencia y ocupación de aquellos ciudadanos que necesitan de lo uno o de lo otro, contribuyendo así al mantenimiento de la tranquilidad pública. No deben temer que hallen agotadas las fuentes de la beneficencia, ni que las bolsas particulares estén exhaustas por los sacrificios, por grandes que éstos hayan sido en los años precedentes. Los terratenientes y los arrendatarios han obtenido últimamente

beneficios considerables y, como están particularmente interesados en la seguridad del país, comprenderán que el dar representa para ellos tanto una ventaja como un deber."

Si a todas las causas de descontento arriba mencionadas añadimos la escasez de viviendas y de víveres en París, la presión sobre el comercio al por menor de la capital, las huelgas en los diversos ramos de la industria parisina, se comprenderá por qué la libertad de prensa, reprimida, irrumpe de pronto en carteles sediciosos desde los muros de los edificios. En una carta particular que hemos recibido de un corresponsal fidedigno en París, se comunica que, en el período del 1 al 12 de octubre, se efectuaron no menos de novecientas detenciones. Algunas causas de estas detenciones son notables, pues constituyen una señal llamativa de la inquietud y la preocupación del gobierno. En un caso, un hombre que, al parecer, "hace negocios en la Bolsa" fue detenido por haber dicho que "no veía en la guerra de Crimea otra cosa que muchos muertos y mucho dinero tirado"; otro, un comerciante, por haber afirmado que "el negocio está tan enfermo como el gobierno"; un tercero, porque se le encontró una canción sobre David d'Angers y los estudiantes; un cuarto, un empleado del gobierno, por haber publicado un panfleto sobre la crisis financiera; un sastre, por haber preguntado si algunos de sus amigos, según había oído, habían sido detenidos; por último, un obrero, por haber conversado con un paisano suyo, un gendarme, sobre el elevado precio de los víveres y haber interpretado el gendarme las observaciones del obrero como hostiles al gobierno.

Ante todos estos hechos, apenas parece posible que el comercio y la industria franceses puedan evitar un derrumbe que acarrearía acontecimientos políticos más o menos graves y afectaría a la estabilidad del crédito y de los negocios no sólo en Europa, sino también en América, en una medida sumamente catastrófica. El movimiento que se precipita hacia este abismo sólo puede ser acelerado por la gigantesca especulación con líneas ferroviarias rusas, en la que ahora se ha embarcado el Crédit mobilier junto con muchas de las principales casas bancarias de Europa.