Karl Marx

[Las causas de la crisis monetaria en Europa]

Escrito hacia el 14 de octubre de 1856.
[“New-York Daily Tribune”, núm. 4843, del 27 de octubre de 1856, artículo de fondo]

La crisis monetaria en Alemania, que comenzó a mediados de septiembre de este año, alcanzó su punto culminante el 26 de septiembre y a partir de entonces remitió gradualmente, como el pánico monetario de 1847 en Inglaterra, que apareció por primera vez a fines de abril y fue amainando poco a poco después del 4 de mayo, cuando había llegado a su cima. Por aquel entonces las pérdidas que sufrieron algunas de las principales casas comerciales de Londres a causa de la suspensión de pagos durante el pánico pusieron los cimientos inmediatos de la bancarrota total a la que se vieron arrastradas unos meses más tarde. En Alemania se tendrá pronto noticia de resultados análogos, pues el pánico no se debió a la falta de medios de circulación, sino a la desproporción entre el capital disponible y el enorme número de empresas industriales, comerciales y especulativas entonces existentes. La elevación de la tasa de descuento por parte de los diversos bancos gubernamentales, por acciones y privados fue el medio con que se contuvo temporalmente el pánico; algunos elevaron su tasa de descuento al 6 por ciento, otros incluso al 9 por ciento. Esta subida de la tasa de descuento detuvo la salida de metales preciosos, paralizó la importación de productos extranjeros, atrajo capital foráneo con el cebo de altos intereses y obligó a reclamar los créditos pendientes. El Crédit Mobilier francés, que un mes antes había pagado sus cuotas contractuales por los ferrocarriles alemanes en letras de favor, tuvo que pagar al contado, y en general Francia se vio forzada a saldar con moneda contante y sonante la balanza de importaciones de cereales y alimentos de entonces. De ese modo el pánico monetario alemán repercutió sobre Francia, donde cobró de inmediato un cariz más amenazador. Siguiendo las huellas de los bancos alemanes, el Banco de

Francia elevó su tasa de descuento al 6 por ciento, medida que el 30 de septiembre lo llevó a solicitar un préstamo de más de un millón de libras esterlinas al Banco de Inglaterra. En consecuencia, el Banco de Inglaterra elevó el 1 de octubre su tasa de descuento al 5 por ciento, sin siquiera esperar a su habitual “parlour” <conferencia de directores> del jueves, caso no ocurrido desde el pánico monetario de 1847. Pese a esta subida del interés, continuaron fluyendo diariamente 40.000 libras esterlinas en oro de las bóvedas de Threadneedle Street, mientras el Banco de Francia tenía que desprenderse cada día de unos 6.000.000 de francos en moneda acuñada, cuando la Casa de la Moneda no emitía más que 3.000.000, de los cuales apenas unos 120.000 francos eran en plata. Para contrarrestar la influencia del Banco de Francia sobre las reservas metálicas del Banco de Inglaterra, éste elevó de nuevo, cerca de una semana después, su descuento al 6 por ciento para letras a 60 días y al 7 por ciento para letras de plazos más largos. Como respuesta a esta cortesía, el Banco de Francia emitió el 6 de octubre un nuevo ukase, por el cual se negaba a descontar letras de más de 60 días y declaraba que no adelantaría más del 40 por ciento sobre bienes inmuebles y el 20 por ciento sobre acciones ferroviarias, y ello por un solo mes. A pesar de estas medidas, el Banco de Inglaterra no pudo detener el drenaje de metales preciosos hacia Francia, como tampoco el Banco de Francia pudo contener el pánico en París ni restringir la corriente de dinero metálico hacia otras partes del continente. Una prueba de la intensidad del pánico en Francia es la caída de las acciones del Crédit Mobilier, de 1.680 francos (cotización del 29 de septiembre) a 1.465 francos (6 de octubre), es decir, 215 francos en ocho días, y aun con los máximos esfuerzos resultó imposible recuperar más de 15 francos de esa pérdida hasta el 9 de octubre. Huelga decir que los títulos del Estado cayeron en consonancia. Después de las grandilocuentes afirmaciones del señor Isaac Péreire, el gran fundador del Crédit Mobilier, según las cuales el capital francés poseía un carácter cosmopolita especial, no hay nada más ridículo que los lamentos de los franceses por la emigración de su capital a Alemania. En medio de toda esta confusión, el gran mago de Francia, Napoleón III, se puso a preparar su panacea. Prohibió a la prensa informar sobre la crisis financiera; dio a entender a los cambistas por medio de gendarmes que sería aconsejable retirar de sus escaparates el anuncio del agio sobre la plata; y, por último, hizo que su propio ministro de Hacienda publicara el 7 de octubre

en su “Moniteur” un informe dirigido a él mismo, en el que se afirmaba que todo estaba en orden y sólo la apreciación de las cosas por parte del pueblo era equivocada. Desgraciadamente, dos días después, el gobernador del Banco de Francia soltó, en su informe mensual, los siguientes datos característicos:

Oct.
Sept.
(en frs.)
(en frs.)
Efectivo en caja
77.062.910
113.126.401
Efectivo en sucursales
89.407.036
122.676.090
Letras descontadas
271.955.426
221.308.498
Letras en los bancos sucursales
239.623.602
217.829.320
Agio sobre oro y plata
2.128.594
1.496.313

En otras palabras, el efectivo disponible había disminuido en un mes en 69.332.545 francos; las letras descontadas habían aumentado en 72.441.210 francos, mientras que el agio en la compra de oro o plata superaba las cifras de septiembre en 632.281 francos. Por desgracia, es también un hecho que el atesoramiento de metales preciosos se extiende de modo inaudito entre los franceses, y que los rumores sobre una suspensión de los pagos en metálico por parte del Banco ganan terreno a diario. Queda demostrado que la intromisión de Napoleón en los asuntos del mercado monetario es tan eficaz como su influjo sobre las crecidas del Loira en los distritos inundados.

La crisis actual en Europa se complica por el hecho de que una salida de metales preciosos –el heraldo habitual de las conmociones comerciales– está vinculada a una desvalorización del oro en comparación con la plata. Independientemente de cualquier otro factor comercial e industrial, esta desvalorización hubo de inducir a aquellos países en los que existe un doble patrón y en los que el oro y la plata deben aceptarse en pago en una proporción fijada por la ley pero que los hechos económicos han revelado como falsa, a exportar su plata hacia aquellos mercados donde el oro es el patrón de valor y el precio oficial de la plata no difiere de su precio de mercado. Dado que la situación de Inglaterra y Francia se corresponde con este caso, por fuerza la plata ha de fluir de Francia a Inglaterra y el oro de Inglaterra a Francia, hasta que el patrón de plata sea sustituido en esta última por un patrón de oro. Por una parte, está claro que una sustitución semejante del medio circulante habitual tiene que ir acompañada de dificultades temporales, dificultades a las que, sin embargo, es posible hacer frente bien introduciendo el patrón de oro y retirando la plata de la circulación –como

de hecho ha ocurrido–, o bien desmonetizando el oro y declarando la plata única moneda, como en Holanda en 1851 y, más recientemente, en Bélgica. Por otra parte, es evidente que, si no actuara ningún otro factor más que una desvalorización del oro con respecto a la plata, la salida general de plata de toda Europa y América se habría neutralizado y paralizado a sí misma, porque la repentina liberación de semejante cantidad de plata y su retirada de la circulación sin un depósito sustitutivo especial tendría forzosamente que hacer bajar su precio en comparación con el oro, ya que el precio de mercado de toda mercancía es determinado temporalmente por la relación entre la oferta y la demanda, y solo en un promedio de años por los costos de producción. La desmonetización del oro en los bancos holandeses y belgas no pudo ejercer sino una influencia muy pequeña sobre el valor de la plata, porque éste había sido el principal medio de cambio en dichos países, y por eso la modificación tuvo un carácter más jurídico que económico. Por lo demás, puede concederse que esos cambios abrieron un pequeño mercado para la oferta de plata y paliaron así, en escasa medida, las dificultades.

En los últimos cuatro o cinco meses, el dinero metálico en el Banco Nacional de Austria ha subido efectivamente de 20.000.000 de dólares a 43.000.000 de dólares; toda esta suma permanece atesorada en las bóvedas del banco, pues Austria no ha reanudado aún los pagos en metálico. La mayor parte de este aumento de 23.000.000 de dólares ha sido retirada de París y Alemania para los ferrocarriles comprados por el Crédit Mobilier. Éste es sin duda uno de los motivos de la reciente salida de plata; no obstante, sería erróneo contemplar esta circunstancia como si fuera altamente responsable de los últimos fenómenos en el mercado monetario. No hay que olvidar que entre 1848 y 1855, la producción de California y Australia arrojó ciento cinco millones de libras esterlinas en oro sobre los mercados monetarios mundiales, sin contar la explotación de Rusia ni las demás fuentes antiguas de suministro. Los librecambistas más optimistas calculan que, de esos ciento cinco millones, cincuenta y dos millones fueron requeridos para la expansión contemporánea del comercio, ya sea como medio de circulación, como reservas bancarias, como barras de oro para la liquidación de balanzas de pagos y la corrección del tipo de cambio entre distintos países, o como artículos de lujo. En cuanto a los otros cincuenta y tres millones, suponen –y nosotros creemos que se equivocan bastante– que esos millones no han hecho más que reemplazar una suma igual de plata que antes estaba en uso en América y Francia: diez millones en América y cuarenta y tres millones en Francia. Cómo se ha producido ese desplazamiento puede verse

en el informe aduanero oficial sobre el movimiento de oro y plata en Francia durante el año 1855:

Importación de oro 1855           Importación de plata 1855
Barras           11.045.268 £     Barras            1.717.459 £
Monedas           4.306.887 £     Monedas           3.121.250 £
Total            15.352.155 £     Total             4.838.709 £

Exportación de oro 1855           Exportación de plata 1855
Barras              203.544 £     Barras            3.067.229 £
Monedas           6.306.060 £     Monedas           9.783.345 £
Total             6.509.604 £     Total            12.850.574 £

Saldo importación, oro  8.842.551 £    Saldo exportación, plata  8.011.865 £

Nadie puede, pues, afirmar que la liberación de una cantidad tan grande de plata (cincuenta y tres millones de libras esterlinas) se explique suficientemente por el desplazamiento en la circulación monetaria de Francia y América, o por el atesoramiento del Banco de Austria, o por ambas cosas. Se ha constatado con razón que los comerciantes italianos y levantinos preferían manifiestamente la plata a cualquier otro dinero, porque a la plata, a diferencia del oro, no la amenazaba desvalorización alguna; que los árabes habían adquirido y atesorado grandes cantidades de plata; y, por último, que los comerciantes franceses de cereales, para pagar sus compras en el Mar Negro y en el Mar de Azof, preferían sacar de Francia, donde se mantiene la antigua relación de la plata con el dinero, plata y no oro, cuya relación con la plata ha cambiado en el sur de Rusia. Si resumimos todas estas causas de la salida de plata, podemos estimar la suma de la salida así producida en no más de quince o dieciséis millones de libras esterlinas. De la manera más absurda, los especialistas económicos en la prensa inglesa aducen la salida de plata a consecuencia de la Guerra de Oriente como otra causa especial de esta salida, aunque ya la han incluido en la estimación general de los cincuenta y dos millones de libras esterlinas en oro absorbidos por las crecientes necesidades del comercio moderno. Naturalmente, no pueden adjudicar a la plata lo que ya han adjudicado al oro. Por consiguiente, aparte de todas estas influencias especiales, hay una fuerza aún mayor en acción mediante la cual hay que explicar la salida de plata, y es el comercio con China y la India, el cual, por extraño que parezca, también constituyó el rasgo principal de la gran crisis de 1847. Volveremos sobre este asunto, ya que es

importante estudiar los precursores económicos de la crisis que amenaza a Europa.

Esto lo comprenderán nuestros lectores: cualquiera que sea la causa momentánea del pánico monetario y de la salida de metales preciosos que aparece como su móvil inmediato, en Europa todos los elementos del retroceso comercial e industrial habían madurado. Y en Francia se habían visto reforzados por el fracaso de la cosecha de seda, las pérdidas en la vendimia, por las enormes importaciones de cereales, requeridas a raíz de la mala cosecha parcial de 1855 y de las inundaciones de 1856, y, por último, por la gran escasez de viviendas que en París han provocado las maquinaciones económicas del señor Bonaparte. Nos parece que la mera lectura del manifiesto financiero del señor Magne, que publicamos el sábado, basta para justificar la sospecha de que, a pesar del segundo Congreso de París que ahora se reúne y a pesar de la cuestión de Nápoles, el tercer Napoleón bien podría tener motivos para felicitarse si el año 1857 no se cierne sobre Francia con peores presagios que los que hace un decenio acompañaron al año 1847.