Lo que distingue el presente período de especulación en Europa es la universalidad de la fiebre. Ya ha habido antes manías de juego —manías del trigo, de los ferrocarriles, de la minería, de la banca, de la hilatura de algodón—, en suma, manías de toda suerte imaginable; pero en las épocas de las grandes crisis comerciales de 1817, 1825, 1836, 1846-1847, aunque todas las ramas de la empresa industrial y comercial se veían afectadas, una manía dominante imprimía a cada época su tono y carácter distintivos. Invadido cada ramo por el espíritu de especulación, todo especulador se circunscribía, sin embargo, al suyo. Por el contrario, el principio rector del Crédit Mobilier, representante de la manía actual, consiste no en especular en un ramo determinado, sino en especular con la especulación y en universalizar la estafa al mismo ritmo con que la centraliza. Existe, además, esta otra diferencia en el origen y desarrollo de la manía presente: no empezó en Inglaterra, sino en Francia. Los actuales especuladores franceses «guardan con los especuladores ingleses de las épocas arriba mencionadas la misma relación que los deístas franceses del siglo XVIII con los deístas ingleses del siglo XVII». Los unos suministraron los materiales, mientras los otros produjeron la forma generalizadora que permitió al deísmo propagarse por todo el mundo civilizado del siglo XVIII. Los británicos tienden a felicitarse a sí mismos por el traslado del foco de la especulación desde su isla libre y sobria al continente sumido en la confusión y dominado por el despotismo; pero entonces olvidan la intensa ansiedad con que espían el estado mensual del Banco de Francia, por su influjo sobre el montón de lingotes en el santuario del Banco de Inglaterra; olvidan que es capital inglés, en gran medida, el que suministra a las grandes arterias de los Crédits Mobiliers europeos la humedad celestial; olvidan que el “sano” sobrecomercio y la “sana” sobreproducción en Inglaterra, cuyas cifras de exportación —casi 110.000.000 de libras— tanto ensalzan ahora, son la progenie directa de la especulación “malsana” que denuncian en el continente, tanto como su política liberal de 1854 y 1856 es la progenie del golpe de Estado de Bonaparte. Sin embargo, no puede negarse que son inocentes de la gestación de esa curiosa mezcla de socialismo imperial, agiotaje sansimoniano y estafa filosófica que constituye eso que llaman el Crédit Mobilier. En fuerte contraposición con este refinamiento continental, la especulación inglesa ha retrocedido a su forma más tosca y primitiva de fraude, llano, sin barniz y sin paliativos. El fraude fue el misterio de Paul, Strahan & Bates; del Banco de Tipperary, memorable por Sadleir; de las grandes operaciones de la City de Cole, Davidson & Gordon; y el fraude es el triste pero simple relato del Royal British Bank de Londres. ⁴

⁴ Obras principales: The Resources and Statistics of Nations y The Commercial and Financial Legislation of Europe and America.— Ed.

Para que un grupo de directores devore el capital de una compañía, mientras alienta a sus accionistas con elevados dividendos y atrae a depositantes y nuevos accionistas mediante cuentas fraudulentas, no se requiere un alto grado de refinamiento. No hace falta más que la ley inglesa. El caso del Royal British Bank ha causado sensación, no tanto por el capital como por el número de personas pequeñas implicadas, tanto entre los accionistas como entre los depositantes. La división del trabajo en este negocio parece haber sido, en verdad, muy simple. Había dos clases de directores: una, contenta con embolsarse su salario de 10.000 dólares al año por no saber nada de los asuntos del Banco y mantener limpias sus conciencias; la otra, empeñada en la dirección real del Banco, pero solo para ser sus primeros clientes o, más bien, sus saqueadores. Esta segunda clase, dependiendo del gerente para obtener facilidades, empieza por dejar que el gerente se las facilite a sí mismo. Además del gerente, tienen que hacer partícipes del secreto al auditor y al abogado de la Compañía, quienes, en consecuencia, reciben sobornos en forma de anticipos. Además de los anticipos concedidos a ellos mismos y a sus parientes en sus propios nombres, los directores y el gerente proceden a crear una serie de hombres de paja, en cuyos nombres se embolsan nuevos anticipos. El capital desembolsado total asciende ahora a 150.000 libras esterlinas, de las cuales 121.840 fueron devoradas directa e indirectamente por los directores. El fundador de la Compañía, el Sr. McGregor, diputado por Glasgow, célebre autor de estadísticas, cargó a la Compañía con 7.362 libras; otro director, miembro del Parlamento, el Sr. Humphrey Brown, de Tewkesbury, que utilizó el banco para pagar sus gastos electorales, contrajo en un momento dado una deuda con él de 70.000 libras y parece seguir debiéndole alrededor de 50.000 libras. El Sr. Cameron, el gerente, recibió anticipos por un monto de 30.000 libras.

Cada año desde que el banco entró en funcionamiento, había estado perdiendo 50.000 libras, y sin embargo los directores se presentaban todos los años para felicitar a los accionistas por su prosperidad. Se pagaban dividendos del seis por ciento trimestralmente, aunque según la declaración del contable oficial, el Sr. Coleman, los accionistas no deberían haber recibido nunca dividendo alguno. Tan solo el verano pasado, se presentaron a los accionistas cuentas falaces por un monto de más de 370.000 libras, figurando los anticipos hechos a McGregor, Humphrey Brown, Cameron y Cía. bajo el abstracto epígrafe de Títulos Convertibles. Cuando el banco era ya completamente insolvente, se emitieron nuevas acciones, en medio de informes entusiastas sobre su progreso y un voto de confianza a los directores. Esta emisión de nuevas acciones no fue concebida en modo alguno como un medio desesperado de aliviar la situación del banco, sino simplemente para suministrar material fresco al fraude directivo. Aunque uno de los estatutos de la carta fundacional prohibía al banco traficar con sus propias acciones, parece haber sido práctica constante cargarlo, a título de garantía, con sus propias acciones cada vez que estas se habían depreciado en manos de los directores. La forma en que la “porción honesta” de los directores pretende haber sido engañada fue relatada por uno de ellos, el Sr. Owen, en una reunión de accionistas, del modo siguiente:

“Cuando se hubieron tomado todas las disposiciones para poner en marcha este negocio, el Sr. Cameron fue nombrado gerente nuestro, y pronto descubrimos el mal de tener un gerente que nunca antes había estado vinculado a banco alguno de Londres. A causa de esa circunstancia surgieron una serie de dificultades. Contaré lo que ocurrió hace dos años y algunos meses, cuando yo dejé el banco. Pues bien, poco antes de ese momento, yo no sabía que hubiera un solo accionista que debiera al banco la cantidad de 10.000 libras, ya fuera por descuentos o por anticipos. En cierta ocasión oí el rumor de algunas quejas de que uno de ellos debía una importante suma por cuenta de descuentos, y pregunté del asunto a uno de los tenedores de libros. Se me contestó que, cuando yo cerraba la puerta del salón, nada tenía que ver con el banco. El Sr. Cameron dijo que ningún director debía presentar sus propias letras a descuento ante el Consejo. Dijo que tales letras debían ir al gerente general, pues si se presentaban ante el Consejo nunca conseguiríamos que hombres de negocios de elevada reputación operaran con nosotros. En esta ignorancia me encontraba yo hasta que, en una ocasión, el Sr. Cameron cayó tan peligrosamente enfermo que no se esperaba que se recuperase. A consecuencia de su enfermedad, el Presidente y algunos de los otros directores hicieron ciertas indagaciones que nos revelaron que el Sr. Cameron tenía un libro con una llave privada que nosotros nunca habíamos visto. Cuando el Presidente abrió ese libro, nos quedamos todos realmente asombrados.”

En honor al Sr. Cameron hay que decir que, sin esperar las consecuencias de estos descubrimientos, con gran prudencia y prontitud, se expatrió de Inglaterra.

Una de las transacciones más extraordinarias y características del Royal British Bank fue su vinculación con ciertas herrerías galesas. En una época en que el capital desembolsado de la Compañía solo ascendía a 50.000 libras, los anticipos hechos a esas herrerías por sí solos alcanzaban la suma de 70.000 a 80.000 libras. Cuando la Compañía entró por primera vez en posesión de ese establecimiento siderúrgico, era una empresa inexplotable. Tras haberse vuelto explotable mediante una inversión de alrededor de 50.000 libras, encontramos la propiedad en manos de un tal Sr. Clarke, quien, después de haberla explotado “durante algún tiempo”, la devolvió al banco, “expresando su convicción de que estaba renunciando a una gran fortuna”, dejando, sin embargo, al banco que cargara con una deuda adicional de 20.000 libras sobre la “propiedad”. Así, este negocio seguía saliendo de manos del banco cada vez que parecían avecinarse beneficios, y seguía volviendo al banco cuando se necesitaban nuevos anticipos para salir adelante. Esta broma pesada era la que los directores se esforzaban por continuar incluso en el último momento de su confesión, ensalzando todavía las capacidades rentables de las herrerías, que, según decían, podrían rendir 16.000 libras al año, olvidando que han costado a los accionistas 17.742 libras durante cada año de existencia de la Compañía. Los asuntos de la Compañía van a ser liquidados ahora en el Tribunal de Cancillería.*** Mucho antes de que eso pueda ocurrir, sin embargo, todas las aventuras del Royal British Bank habrán quedado sumergidas en el diluvio de la crisis general europea. 

Escrito hacia el 26 de septiembre de 1856. Reproducido del periódico

Publicado por primera vez en el New-York Daily Tribune, núm. 4828, 9 de octubre de 1856, como artículo de fondo.