Karl Marx

Del último balance de la Banque de France hemos deducido que su reserva metálica había alcanzado la baja suma de unos treinta millones de dólares, después de haber descendido sólo en el mes anterior en un veinticinco por ciento. Si esa salida continuara, las reservas del Banco se agotarían hacia fines del año y los pagos en efectivo serían suspendidos. Para prevenir este peligro extremo, se han adoptado dos medidas. Por una parte, la policía debe impedir que se funda plata para la exportación, y por otra, la Banque de France ha decidido duplicar su reserva metálica a costa de grandes sacrificios, contratando con los señores Rothschild el suministro de seis millones de libras esterlinas. Esto significa que, para compensar su déficit de oro, el Banco amplía aún más la desproporción entre los precios a los que compra y vende el oro, respectivamente. En virtud de este contrato, el 11 de octubre se retiraron 50.000 libras esterlinas en oro y el 13 de octubre 40.000 libras esterlinas del Banco de Inglaterra, y el “Asia”, que llegó ayer aquí, trae noticias de otra extracción de más de medio millón. En consecuencia, en Londres cundió el temor general de que el Banco de Inglaterra volviera a apretar el tornillo aumentando su tipo de descuento, para impedir que sus propios fondos emigrasen a Francia. Como preparación para ello, el Banco se ha negado ahora a conceder préstamos sobre toda clase de títulos públicos, excepto letras del Tesoro.

Pero todo el oro que la Banque de France logre atraer a sus cámaras del tesoro escapará con tanta rapidez como entre, en parte para pagar deudas exteriores con el fin de equilibrar la balanza comercial, en parte porque es absorbido en el interior de Francia para sustituir la plata que desaparece de la circulación, cuyo atesoramiento sigue naturalmente el mismo ritmo que la creciente intensidad de la crisis, y finalmente para atender las necesidades de las gigantescas empresas industriales erigidas en los tres o cuatro últimos años. Las grandes compañías ferroviarias, por ejemplo, que contaban con la emisión de nuevos empréstitos –imposibles ahora– para continuar sus obras y pagar sus dividendos y primas, se lanzan a tentativas desesperadas para llenar el agujero de sus cajas. Así, la Compañía del Oeste de Francia necesita sesenta millones de francos; la del Este, veinticuatro; la del Norte, treinta; la del Mediterráneo, veinte; la de Orleans, cuarenta, y así sucesivamente. Se calcula que la suma total que necesitan todas las compañías ferroviarias asciende a trescientos millones. Bonaparte, que se había halagado de haber desplazado a la política haciendo surgir el juego general con el dinero, se afana ahora en desviar la atención del mercado monetario mediante toda suerte de cuestiones políticas, como la cuestión de Nápoles, la del Danubio, la de Besarabia y la cuestión del nuevo congreso de París; pero todo resulta en vano. No sólo Francia, sino toda Europa está plenamente convencida de que el destino de lo que se llama la dinastía bonapartista, así como el estado actual de la sociedad europea, dependen del desenlace de la crisis comercial, de la cual París parece estar viviendo ahora el comienzo.

Como ya hemos señalado, la repentina elevación del precio de la plata en relación con el oro proporcionó el primer motivo para el estallido de la crisis. Esta elevación –pese a la inmensa producción aurífera de California y Australia– sólo puede explicarse por la continua y creciente salida de plata del mundo occidental hacia Asia, y especialmente hacia la India y China. Desde principios del siglo XVII, Asia, y en particular China y la India, jamás han dejado de ejercer una influencia considerable sobre los mercados de metales preciosos de Europa y América. Como la plata es el único medio de cambio en estos países orientales, el tesoro con el que la América española inundó a Europa fue en parte absorbido por el comercio con Oriente, y la importación de plata de América a Europa quedó compensada por la exportación de plata de Europa a Asia.

Cierto que al mismo tiempo tenía lugar una exportación de oro de Asia a Europa, pero, si dejamos de lado los suministros procedentes de los montes Urales entre 1840 y 1850, tal exportación era demasiado insignificante para producir resultados apreciables.

La circulación de plata entre Asia y Occidente tenía, como es natural, sus sucesivos períodos de flujo y reflujo, dependientes de las fluctuaciones de la balanza comercial. Sin embargo, en conjunto, pueden distinguirse tres épocas características en la historia de este movimiento mundial: la primera comienza en el siglo XVII y termina hacia 1830; la segunda se extiende de 1831 a 1848, y la última de 1849 hasta la actualidad. En la primera época, la exportación de plata a Asia aumentó en general; en la segunda, la corriente disminuyó hasta que finalmente se produjo una contracorriente, y Asia, por primera vez, dejó refluir hacia Europa una parte de los tesoros que había absorbido durante casi dos siglos y medio; en la tercera época, que se halla aún en fase ascendente, la hoja ha vuelto a girar, y la absorción de plata por Asia se realiza en una escala sin precedentes.

En épocas anteriores, tras el descubrimiento de la plata en América, e incluso después del establecimiento del dominio portugués en la India, la exportación de plata de Europa a Asia fue apenas perceptible. Se requirieron cantidades mayores de este metal cuando, a principios del siglo XVII, los holandeses, y más tarde también los británicos, ampliaron su comercio con el Asia oriental, pero sobre todo desde el rápido aumento del consumo de té en Inglaterra durante el siglo XVIII, porque los pagos británicos por el té chino se efectuaban casi exclusivamente en plata. En la última parte del siglo XVIII, la salida de plata de Europa al Asia oriental había alcanzado tales proporciones que absorbía una parte considerable de la plata importada de América. Además, ya había comenzado una exportación directa de América a Asia, aunque, en general, se limitaba a la cantidad transportada por las flotas mexicanas de Acapulco a las Filipinas. Esta absorción de plata por Asia se hizo tanto más sensible en Europa durante los primeros treinta años del siglo XIX cuanto que los envíos americanos, a causa de las revoluciones estalladas en las colonias españolas, descendieron de más de cuarenta millones de dólares en 1800 a menos de veinte millones en 1829. Por otra parte, de 1796 a 1825 la plata embarcada de los Estados Unidos hacia Asia se cuadruplicó, mientras que después de 1809 no sólo México, sino también Brasil, Chile y el Perú comenzaron a exportar plata directamente al Asia oriental, aunque en menor escala. El excedente de la plata importada de Europa a la India y China sobre el oro exportado desde allí ascendió, entre 1811 y 1822, a más de treinta millones de libras esterlinas.

Un gran cambio se produjo durante la época que comienza en 1831. La Compañía de las Indias Orientales no sólo se había visto obligada a ceder su monopolio sobre el comercio entre Europa y sus dominios orientales, sino que, como empresa comercial, había sido disuelta por completo, salvo sus monopolios indo-chinos. Al quedar así el comercio de las Indias Orientales librado a la iniciativa privada, la exportación de manufacturas británicas a la India comenzó a superar con mucho la importación de materias primas indias a Gran Bretaña. Por ello la balanza comercial se inclinó cada vez más decididamente a favor de Europa, y, en consecuencia, la exportación de plata a Asia disminuyó rápidamente. Los obstáculos que el comercio británico encontraba en los demás mercados del mundo empezaron a compensarse ahora con su nueva expansión en Asia. Si la sacudida comercial de 1825 ya había dado lugar a un aumento de las exportaciones británicas a la India, un impulso mucho más poderoso le fue conferido por la crisis anglo-americana de 1836, mientras que en 1847 la crisis británica recibió incluso sus rasgos característicos del comercio exagerado con la India y otras partes de Asia.

Las exportaciones a Asia, que en 1697 apenas alcanzaban la quincuagésima segunda parte de todas las exportaciones británicas, constituían en 1822 aproximadamente una catorceava parte, en 1830 alrededor de una novena parte y en 1842 más de una quinta parte. Mientras sólo la India y la parte occidental de Asia fueron afectadas por este cambio económico, la salida de plata de Europa a Asia disminuyó, pero no cesó, y mucho menos cedió el paso a un reflujo de Asia a Europa. La circulación de metales experimentó un viraje tan decidido sólo cuando la benevolencia inglesa impuso a China un comercio regular de opio, derribó a cañonazos la muralla china y abrió por la fuerza el Imperio Celeste al tráfico con el mundo profano. De este modo, al drenarse la plata por su frontera india, China fue inundada en su costa del Pacífico por los productos industriales de Inglaterra y América. Así ocurrió que en 1842, por primera vez en los anales del comercio moderno, grandes cargamentos de plata fueron remitidos realmente de Asia a Europa.

Sin embargo, este vuelco total en la circulación entre Asia y Occidente resultó ser sólo de corta duración. Una reacción formidable y creciente se inició en 1849. Así como China había provocado el cambio de marea en la primera y segunda épocas, también lo provocó en la tercera. La insurrección china no sólo puso coto al comercio de opio con la India, sino que puso fin a la compra de productos industriales extranjeros, porque los chinos insistían en el pago en plata y recurrieron a ese recurso tan socorrido de las economías orientales en tiempos de conmoción política y social: el atesoramiento. El excedente de las exportaciones chinas sobre las importaciones ha aumentado considerablemente debido a las recientes malas cosechas de seda en Europa. Según los informes del señor Robertson, cónsul británico en Shanghái, la exportación de té de China ha crecido en los últimos diez años alrededor de un sesenta y tres por ciento, y la de seda en un doscientos dieciocho por ciento, mientras que la importación de artículos manufacturados ha descendido en un sesenta y seis por ciento. Calcula que el saldo anual medio de la plata importada de todas las partes del mundo es superior en 5.580.000 libras esterlinas al de hace diez años. A continuación figuran las cifras exactas de la evolución de las exportaciones e importaciones chinas en el período de 1849 a 1856, cerrándose cada año el 30 de junio:

Exportación de té

A Gran Bretaña e Irlanda

A los Estados Unidos

lbs.

lbs.

1849

47.242.000

18.072.000

1855

86.509.000

31.515.000

1856

91.035.000

40.246.000

Seda

A Gran Bretaña e Irlanda

A los Estados Unidos

lbs.

balas

1849

17.228

-

1855

51.486

-

1856

50.489

6.458

Valor real de las exportaciones de China a Gran Bretaña en 1855

8.746.000 libras esterlinas

Valor real de las exportaciones de China a los Estados Unidos en 1855

2.500.000 libras esterlinas

Total

11.246.000 libras esterlinas

Deducción del 20% por fletes y gastos

2.249.200 libras esterlinas

Total a favor de China

8.996.800 libras esterlinas

Importaciones

Manufacturas inglesas 1852

2.503.000 libras esterlinas

Manufacturas inglesas 1855

1.000.000 libras esterlinas

Manufacturas inglesas 1856

1.277.000 libras esterlinas

Opio y algodón de la India 1853

3.830.000 libras esterlinas

Opio y algodón de la India, 1855

3.306.000 libras esterlinas

Opio y algodón de la India, 1856

3.284.000 libras esterlinas

Valor total de las importaciones, 1855

4.306.000 libras esterlinas

Balance favorable a China, 1855, aproximadamente

4.690.000 libras esterlinas

Valor de las exportaciones chinas a la India, 1855

1.000.000 libras esterlinas

Balance total favorable a China procedente de todas las partes del mundo (1855), aproximadamente

5.690.000 libras esterlinas

Este drenaje de plata de Europa hacia Asia por cuenta de China se ve reforzado por el drenaje especial hacia la India, surgido en los últimos años a causa de que la balanza comercial se ha vuelto contra Europa, como puede extraerse de la siguiente tabla:

Importaciones británicas de la India, 1856

14.578.000 libras esterlinas

Menos 3.000.000 libras esterlinas por remesas de la Compañía de las Indias Orientales

3.000.000 libras esterlinas

Importaciones totales

11.578.000 libras esterlinas

Importaciones indias desde Britania

8.927.000 libras esterlinas

Balance favorable a la India

2.651.000 libras esterlinas

Hasta 1825, cuando se promulgó una disposición sobre el patrón plata exclusivo, el oro era un medio de pago legal en la India. Como unos años más tarde el oro se cotizaba en los mercados comerciales por encima de la plata, la Compañía de las Indias Orientales declaró su disposición a aceptarlo en pagos al gobierno. Pero tras los descubrimientos de oro en Australia, la Compañía, que temía una depreciación del oro tanto como el gobierno holandés, y que no veía con el menor agrado la perspectiva de recibir oro y pagar en plata, retornó de repente al patrón plata exclusivo de 1825. Con ello, la necesidad de pagar la deuda del balance a la India en plata adquirió la máxima importancia, y en la India surgió una enorme demanda de este metal. Dado que, por esta razón, el precio de la plata en comparación con el oro subió en la India más rápidamente que en Europa, los comerciantes británicos encontraron lucrativo exportar plata a la India con fines especulativos, tomando a cambio productos indios en bruto e impartiendo así con ello un

estímulo adicional a las exportaciones indias. En total, sólo desde Southampton se exportó, de 1848 a 1855, plata por valor de veintiún millones de libras esterlinas, a lo que se añade una cantidad muy grande procedente de los puertos del Mediterráneo; se calcula que en el año en curso han ido de Southampton al Oriente diez millones.

A juzgar por estos cambios en el comercio con la India y por el carácter de la revolución china, no cabe esperar que el drenaje de plata hacia Asia llegue pronto a su fin. No es, pues, una opinión precipitada que esta revolución china está destinada a ejercer sobre Europa una influencia mucho mayor que todas las guerras rusas, los manifiestos italianos y las sociedades secretas de este continente.