Friedrich Engels

La guerra en Asia

Escrito hacia el 11 de enero de 1855.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" n.º 4608 del 25 de enero de 1856, artículo de fondo]

Poco a poco vamos conociendo los detalles de la caída de Kars; y hasta ahora concuerdan enteramente con lo que hemos venido comprobando respecto al ejército turco en Asia Menor. Ya no es posible negar que ese ejército ha sido sistemáticamente llevado a la ruina por la negligencia del gobierno turco y por la influencia sin trabas de la desidia, el fatalismo y la estupidez turcos. Los hechos revelados ahora parecen demostrar en gran medida que incluso la traición directa, tal como es usual en Turquía, desempeñó un papel importante en la derrota de Kars.

Ya al comienzo de la campaña del año pasado tuvimos ocasión de mostrar a nuestros lectores el estado miserable del ejército turco en Erzerum y Kars, así como las evidentes malversaciones que provocaron esa situación. Para la defensa de la alta meseta armenia se habían concentrado allí los dos cuerpos de ejército de Asia Menor y Mesopotamia, y además una parte del cuerpo de Siria. Estos cuerpos habían sido reforzados con sus redifs o batallones de reserva y formaban el núcleo de un numeroso ejército de irregulares kurdos y beduinos. Pero las cuatro o cinco batallas desdichadas de 1853 y 1854, desde Achalzich hasta Bayazid, habían destruido la cohesión y la moral de ese ejército, mientras que la falta de ropa y víveres en el invierno acabó de arruinarlo por completo. Una mezcolanza abigarrada de emigrados húngaros y polacos, aventureros, así como hombres de gran mérito, se había reunido en el cuartel general, aunque sin posición oficial reconocida. Ante los bajáes ignorantes, celosos e intrigantes, los aventureros podían hacerse pasar por gentes capaces, mientras que los emigrados realmente útiles eran tratados como aventureros; al fin y al cabo, fue una contienda entre vanidad e intriga lo que desacreditó a los emigrados en su conjunto y destruyó casi todo vestigio de su influencia. Luego llegaron los oficiales británicos, que fueron recibidos con gran respeto, apoyándose en la consideración debida a un gobierno aliado y en la completa impotencia de los mandos turcos. Pero también fracasaron sus intentos de infundir algo parecido a un espíritu militar al ejército armenio. De cuando en cuando sus esfuerzos lograban sacudir por un momento a algún bajá de su apática modorra, asegurar la construcción de las indispensables obras de defensa en Kars e impedir ocasionalmente algunos de los casos más groseros de malversación e incluso de connivencia secreta con el enemigo; pero eso era todo. Cuando el general Williams hizo todo lo posible la primavera pasada para procurar a Kars las provisiones más indispensables, se le pusieron continuas dificultades. La intendencia turca consideraba imposible un asedio; no había caballos para transportar los víveres. Cuando se descubrió que había gran cantidad de burros, se consideró que era degradante para los suministros del sultán transportarlos en burro, etcétera; así, Kars, el baluarte de Armenia, situado a sólo dos jornadas de marcha de la fortaleza rusa de Gumry, quedó de hecho sin provisiones de ningún tipo y tuvo que abastecerse por sí mismo en los alrededores. Con las municiones ocurría otro tanto. Después del ataque ruso del 29 de septiembre, las municiones de artillería apenas alcanzaban para tres días, aunque hay que tener en cuenta que no hubo un asedio propiamente dicho: el 29 de septiembre fue el único día de combate real durante el bloqueo. Los botiquines que se entregaron al ejército contenían toda clase de trastos, y los cirujanos fueron provistos desde Constantinopla con instrumentos de parto para examinar heridas y amputar miembros.

Tal era la situación en Kars. Que una guarnición compuesta de tropas anatolias desmoralizadas haya podido ofrecer, con medios tan escasos, una resistencia tan tenaz el 29 de septiembre y soportar el hambre durante tanto tiempo, es uno de esos hechos reconciliadores tan frecuentes en la historia turca de la presente guerra. El mismo fatalismo que en los superiores produce apática indolencia, engendra en las masas precisamente esa resistencia tenaz. Es el último resto del espíritu que llevó el estandarte del Islam desde La Meca hasta España y al que sólo se puso freno en Poitiers. Su fuerza ofensiva se ha extinguido, pero queda un vestigio de su capacidad defensiva. Esta resistencia tenaz detrás de murallas y parapetos es típicamente turca; sería un gran error atribuirlo al mérito de la presencia de oficiales europeos. Si bien estuvieron en Kars y en Silistria en 1854 y 1855, no lo estuvieron en Varna, Braila y Silistria en 1829, cuando se realizaron hazañas semejantes. Lo que los oficiales europeos pudieron hacer en tales casos fue corregir errores, reforzar los reductos, imprimir un sistema unitario a la defensa e impedir la traición directa. Pero el valor individual de los soldados ha sido siempre el mismo, ya estuviesen presentes oficiales europeos o no; tampoco faltó en Kars, ni siquiera entre las tropas desorganizadas del ejército casi aniquilado de Anatolia.

Esto nos lleva a los méritos de los oficiales británicos que desempeñaron un papel destacado en la defensa de Kars y que ahora son prisioneros de guerra en Tiflis. Ellos contribuyeron en gran medida a preparar los medios de resistencia; es mérito suyo haber fortificado el lugar, haberlo abastecido de víveres lo mejor posible, haber sacudido a los bajáes turcos de su soñolienta letargia y haber dirigido la defensa el 29 de septiembre; todo esto no puede negarse. Pero es absurdo atribuirles, como hace ahora la prensa británica, todo el reconocimiento por el 29 de septiembre y por la defensa en su conjunto, y presentarlos como un grupo de héroes que en la hora del peligro fueron abandonados por los cobardes turcos, por los cuales se habían sacrificado. No pretendemos negar que durante el asalto combatieron en las primeras filas de los defensores; el inglés es por naturaleza tan pendenciero, que el mayor y más frecuente error del oficial británico consiste en que, en una batalla, olvida sus deberes como oficial y lucha como un simple soldado. Al hacerlo, ciertamente se asegura el aplauso de sus compatriotas, aunque en cualquier otro ejército correría el riesgo de ser destituido por haber perdido la presencia de ánimo. Pero, por otra parte, el soldado turco está tan acostumbrado a ver huir a sus propios oficiales que, una vez entrado en fuego, no presta ya atención alguna a los oficiales ni a las órdenes, sino que combate donde se encuentra; y no es hombre que se fije ni que se deje inflamar por el simple hecho de que media docena de ingleses estén a su lado esforzándose por mostrar su bravura. Que las fortificaciones de Kars estaban dispuestas de manera sumamente defectuosa lo expusimos detalladamente tan pronto se conoció aquí el asalto del 29 de septiembre, y

nuestro juicio ha sido plenamente confirmado desde entonces por el mapa oficial de esas fortificaciones publicado por el gobierno británico. Los méritos de estos oficiales británicos en Kars deben medirse, pues, en el fondo, por el refrán francés: «En el reino de los ciegos, el tuerto es rey». Más de uno que en Francia no tendría los conocimientos necesarios para obtener el despacho de subteniente, pasaría aún por un gran general entre los cochichinos; y si los oficiales británicos gozan en su propio país de fama de incapacidad profesional, no se puede esperar que, durante su servicio en Turquía, se vean súbitamente iluminados por un torrente de saber y de espíritu. Nosotros creemos que a Kmety le corresponde tanto honor como a cualquiera que haya participado en la defensa de Kars.

Así estaban las cosas en Kars; pero, entretanto, ¿qué ocurría en Erzerum? Una docena de viejos bajáes pasaban los días fumando sus chibuquíes, sin preocuparse lo más mínimo de que tenían una responsabilidad, de que Kars se hallaba duramente acosada y de que el enemigo estaba a pocas jornadas de marcha, al otro lado de los montes Dewe-Boyun. Algunos miles de tropas regulares, reforzadas por algunas irregulares, marchaban de un lado a otro, sin atreverse jamás a atacar al enemigo, y regresando en cuanto divisaban sus puestos avanzados. No se tenía ni la fuerza ni el valor para socorrer a Kars, de modo que Kars fue rendida por hambre, mientras el ejército de Erzerum apenas se atrevía a apoyarla siquiera con ataques fingidos. El general Williams debió saber que no podía esperar ayuda alguna de ese lado. Pero qué informes y promesas recibió acerca de la eficacia de los movimientos de Omer Pachá, no podemos juzgarlo. Se dice que Williams tenía la intención, en el peor de los casos, de abrirse paso con la guarnición a través de las líneas rusas, pero dudamos que haya siquiera considerado seriamente semejante plan. El terreno montañoso, que sólo deja abiertos unos pocos pasos por los que se podía alcanzar Erzerum, ofrecía a los rusos todas las ventajas; si éstos mantenían bien ocupados unos cuantos desfiladeros, el plan era irrealizable. Además, a partir de fines de octubre los movimientos de tropas se tornan casi imposibles en un país situado a 5.000 u 8.000 pies sobre el nivel del mar, donde el invierno comienza temprano y dura de seis a nueve meses. Si Kars pudiera resistir hasta el invierno, la pérdida de una guarnición de 6.000 hombres de tropas regulares nada significaría en comparación con el tiempo ganado prolongando la defensa. Erzerum, el gran centro de todos los suministros turcos en Armenia, se hallaba casi sin fortificaciones y podría ser fortificada aproximadamente hasta mayo de 1856, mientras que la ventaja real obtenida por los rusos se limitaba en lo esencial a la posesión efectiva de las aldeas del Kars-chai y del alto Araxes. Estas no hubieran podido serles disputadas de todas formas, incluso si la guarnición de Kars hubiera logrado alcanzar Erzerum. Esta ciudad apenas estaba fortificada; si la guarnición de Kars realmente se hubiera abierto paso hasta allí a mediados de octubre, no habría habido fuerzas suficientes para defenderla. En tanto que ciudad abierta, sólo podía ser defendida en Dewe-Boyun, mediante una batalla ante sus puertas, en el paso. Así fue como Erzerum fue salvada por la tenacidad de la guarnición de Kars.

De nuevo surge la pregunta de si Omer Pascha no habría podido salvar Kars; casi cada corresponsal europeo en el Oriente tiene su propia respuesta al respecto. Se intenta ahora incluso achacar a Omer Pascha toda la culpa de la caída de Kars, y eso lo hacen las mismas personas que antes se deshacían en elogios hacia él. El hecho es que al principio se retuvo a Omer Pascha en Crimea contra su voluntad, hasta que fue casi demasiado tarde para poder emprender algo sobre una base amplia antes de la llegada del invierno. Cuando luego fue a Constantinopla para trazar su plan de operaciones, tuvo que emplear su tiempo en contrarrestar toda clase de intrigas. Después de quedar todo por fin arreglado, los prometidos transportes británicos no llegaron, y cuando el ejército se concentró en Batum, más tarde en Suchum Kale, no se había cuidado ni de los víveres ni de la munición ni de los medios de transporte. Cómo habría de marchar Omer Pascha en tales circunstancias en socorro directo de Kars, es difícil de decir. Opinamos que durante su expedición mingreliana jamás pudo atreverse a alejarse más de dos o tres jornadas de la costa, aunque podía marchar por buenos caminos militares rusos. Pero si hubiera ido hacia Kars por Erzerum o Ardagan, habría tenido que marchar desde la costa veinte o doce días, respectivamente, y utilizar como caminos cauces de ríos y senderos montañosos por donde a lo sumo puede pasar una acémila. Las caravanas de Trapezunt a Erzerum no tienen otros caminos, y el hecho de que nunca empleen vehículos proporciona la mejor idea del terreno que han de atravesar. Este camino es el único que está abierto en absoluto; la existencia de las supuestas carreteras de Batum hacia el interior es todavía mucho más problemática, ya que por allí reina poco tráfico. Los sesudos críticos militares que hacen a Omer Pascha el cargo de no haber marchado directamente hacia Kars deberían leer primero los informes de los hombres que han recorrido esta región – como por ejemplo Curzon y Bodenstedt.

A la afirmación del *Times* de Londres de que el general Williams habría señalado a Omer Pascha Batum como punto de partida para una marcha directa hacia Kars, sólo podemos replicar que Williams conoce demasiado bien Armenia, donde ha vivido muchos años, como para hacer semejante propuesta.

Si se considera todo esto, no pudo Omer Pascha hacer nada mejor que amenazar las líneas de comunicación de los rusos ante Kars. La medida en que pudiera tener éxito dependía de la movilidad de su propio ejército y de las fuerzas rusas que se le opusieran. Si dejamos a un lado esta primera consideración por ser un asunto que ha de juzgarse según las circunstancias, deduciríamos de antemano que, con toda probabilidad, los rusos serían demasiado fuertes para el ejército invasor. Nuestro primer cálculo de las tropas de que disponía Bebutow ha resultado completamente exacto y mostró que los rusos, incluso en Kutais, podían oponer a los turcos una fuerza superior con escaso esfuerzo. Y así lo hicieron. Aunque Omer Pascha no hubiera tenido trabas en sus movimientos, no habría podido forzar el paso del Rion con el ejército que mandaba. Pero, además, sus operaciones se vieron estorbadas desde el principio por el hecho de que los suministros llegaban con lentitud e irregularidad. Cada dos o tres días tenía que hacer alto casi una semana para establecer los depósitos de aprovisionamiento más indispensables; y cuando por fin había avanzado tres jornadas desde Redut Kale hacia el interior, quedó completamente paralizado. Al ver ante sí a un ejército superior, no pudo sino retirarse hacia la costa, adonde lo siguieron los rusos, hostigando duramente su retaguardia. El ejército turco vivaquea ahora en la costa y está siendo evacuado a Batum, Trapezunt y otros puntos, después de que el enemigo y las enfermedades lo han maltratado severamente. Mingrelien, con excepción de los fuertes de la costa, se halla de nuevo en manos de los rusos.

Esto cierra la tercera campaña victoriosa de los rusos en Asia: Kars y su bajalato están conquistados, Mingrelien libre de los invasores, y los últimos restos de las tropas turcas quedaron en el campo de batalla. El ejército de Omer Pascha estaba considerablemente debilitado en número y en moral. En un país como el sur del Cáucaso, donde todas las operaciones, a causa del terreno y de la falta de caminos, discurren necesariamente con lentitud, estos resultados no deben subestimarse. Si se consideran estos éxitos y conquistas efectivas como compensación por la ocupación de la parte sur de Sewastopol, de Kertsch, de Kinburn, de Eupatoria y de algunos fuertes caucásicos por los aliados, se comprenderá que las ventajas realmente obtenidas por estos últimos no son en modo alguno tan abrumadoras como para justificar las jactancias de la prensa británica. Es muy significativo que el *Constitutionnel* de París, en un artículo inspirado por la corte francesa, acuse abiertamente a lord Redcliffe como el principal culpable de las catástrofes en Asia, por no sólo haber privado a la Puerta de los subsidios concedidos por los aliados, sino también por haber hecho retener el mayor tiempo posible los refuerzos destinados al teatro de la guerra.