Karl Marx

El Crédit mobilier francés

[Tercer artículo]

Escrito a finales de junio de 1856.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 4751, del 11 de julio de 1856]

El derrumbamiento inminente de las finanzas bonapartistas se sigue anunciando de múltiples maneras. Cuando el conde Montalembert se opuso el 31 de mayo a un proyecto de ley que aumentaba el franqueo de todos los impresos, libros y similares, dio la alarma en los tonos siguientes:

«Toda vida política está suprimida, ¿y por qué ha sido reemplazada? Por el torbellino de la especulación. La gran nación francesa no podía entregarse al sopor, a la inactividad. La vida política fue reemplazada por la fiebre de la especulación, la codicia de ganancias, el afán de juego. En todas partes, hasta en nuestras pequeñas ciudades, hasta en nuestros pueblos, los hombres se ven poseídos por la manía de alcanzar riquezas rápidamente adquiridas, de las que hay tantos ejemplos, riquezas obtenidas sin esfuerzo, sin trabajo y a menudo de manera deshonrosa. No necesito buscar otra prueba que el proyecto de ley contra las sociétés en commandite <Kommanditgesellschaften>, que acaba de series presentado. Las copias nos acaban de ser distribuidas; todavía no he tenido tiempo de examinarlo; sin embargo, me inclino a apoyarlo, a pesar de las disposiciones un tanto draconianas que me parece haber descubierto en él. Si el remedio es tan urgente y tan considerable, el mal ha de ser igualmente grave. La verdadera causa de este mal consiste en que todo espíritu político se ha adormecido en Francia... Y el mal al que apunto no es el único que brota de esa misma fuente. Mientras las clases superiores –aquellas viejas clases políticas– se entregan a la especulación, se manifiesta otra actividad en las clases inferiores de la sociedad, de donde han salido casi todas las revoluciones que Francia ha padecido. Frente a esta terrible manía especulativa, que ha convertido a casi toda Francia en un inmenso garito de juego, una parte de las masas, que ha caído bajo la influencia de los socialistas, se ha visto seducida más que nunca por el afán de lucro. De ahí un indudable crecimiento de las sociedades secretas, un desarrollo mayor y más profundo de esas pasiones salvajes que difaman directamente al socialismo cuando reclaman su nombre para sí y que recientemente, en los procesos de París, Angers y otros lugares, han sido puestas al descubierto en toda su violencia.»

¡Así habla Montalembert, él mismo uno de los primeros accionistas de la empresa bonapartista para salvar el orden, la religión, la propiedad y la familia!

Hemos oído a Isaac Péreire que uno de los secretos del Crédit mobilier consistía en el principio de multiplicar su actividad y reducir el riesgo participando en todas las empresas posibles y retirándose de ellas en el plazo más breve posible. Ahora bien, ¿qué significa esto, una vez despojado del florido lenguaje del saintsimonismo? Suscribir acciones en la mayor escala posible, especular con ellas masivamente, embolsarse el agio y luego deshacerse de las acciones lo antes posible. La especulación bursátil debía ser, pues, la base del desarrollo industrial, o, mejor dicho, toda actividad industrial debía convertirse en mero pretexto para la especulación bursátil. ¿Y con qué instrumento debía alcanzarse este objetivo del Crédit mobilier? ¿Por qué medios debía ponerse en situación de «multiplicar su actividad» y «reducir el riesgo»? Son los mismos medios que empleó Law. Dado que el Crédit mobilier es una compañía privilegiada que goza del apoyo del gobierno y dispone de un capital y un crédito relativamente grandes, no cabe la menor duda de que las acciones de cada nueva empresa fundada por él devengarán un agio en la bolsa en el momento de su primera emisión. Ha aprendido bastante de Law que deben repartirse las nuevas acciones a sus propios accionistas por su valor nominal, en proporción al número de acciones que posean en la sociedad matriz. El beneficio que con ello se garantiza a éstos repercute, en primer lugar, sobre el valor de las acciones del propio Crédit mobilier, mientras que su elevada cotización asegura, a su vez, un alto valor a las nuevas acciones por emitir. De esta manera, el Crédit mobilier obtiene el poder de disposición sobre una gran parte del capital prestable que está destinado a invertirse en empresas industriales.

Aparte del hecho de que el agio es, por tanto, el verdadero eje en torno al cual gira la actividad del Crédit mobilier, su objetivo consiste, evidentemente, en actuar sobre el capital de un modo que es exactamente lo contrario de la función de los bancos comerciales. Un banco comercial pone temporalmente en libertad capital fijo a través de sus descuentos, préstamos y emisión de billetes, mientras que el Crédit mobilier fija precisamente capital flotante. Por ejemplo, las acciones ferroviarias pueden ser muy líquidas, pero el capital que representan, es decir, el capital invertido en la construcción del ferrocarril, es fijo. Si la parte del capital que un fabricante tiene invertida en edificios y maquinaria no guardase la debida proporción con la parte reservada para el pago de salarios y la compra de materias primas, su fábrica se vería muy pronto paralizada. Lo mismo vale para una nación. Casi todas las crisis comerciales de nuestra época han estado vinculadas a una violación de la proporción correcta entre capital flotante y capital fijo. ¿Qué resultado debe tener entonces la actuación de una institución como el Crédit mobilier, cuyo propósito inmediato es fijar la mayor cantidad posible del capital prestable del país en ferrocarriles, canales, minas, astilleros, vapores, herrerías y otras empresas industriales, sin consideración alguna a las posibilidades productivas del país?

Conforme a sus estatutos, el Crédit mobilier sólo puede favorecer aquellas empresas industriales que estén dirigidas por sociedades anónimas o sociedades por acciones de responsabilidad limitada. De ahí tenía que surgir la tendencia a fundar el mayor número posible de sociedades de este tipo y, además, a dar a todas las empresas industriales la forma de tales sociedades. Ahora bien, no puede negarse que la aplicación de las sociedades por acciones a la industria marca una nueva época en la vida económica de las naciones modernas. Por una parte, ha revelado las potencias productivas de la asociación, como antes no se habían sospechado, y ha dado vida a fundaciones industriales en una escala que los esfuerzos de capitalistas individuales no pueden alcanzar. Por otra parte, no hay que olvidar que en las sociedades por acciones no se asocian los individuos, sino los capitales. Mediante esta manipulación, los propietarios se han convertido en accionistas, es decir, en especuladores. La concentración del capital se ha acelerado y, como consecuencia natural, también la ruina de la pequeña burguesía. Ha surgido una especie de reyes industriales, cuyo poder está en razón inversa de su responsabilidad, pues sólo responden hasta el importe de sus acciones, mientras disponen del capital total de la sociedad. Ellos forman un elemento más o menos permanente, mientras que la masa de los accionistas atraviesa un continuo proceso de cambio en su composición; y precisamente porque disponen de toda la influencia y la riqueza de la sociedad, están en condiciones de sobornar a los miembros rebeldes de la misma. Bajo este directorio oligárquico se encuentra un cuerpo burocrático de gerentes y agentes para el trabajo práctico, e inmediatamente por debajo de ellos, una masa ingente y diariamente creciente de simples asalariados, cuya dependencia e impotencia crecen con las dimensiones del capital que los emplea, pero que se vuelven también más peligrosos en razón directa de la menguante cantidad de representantes de ese capital. Es el mérito inmortal de Fourier haber anticipado esta forma de la industria moderna bajo la denominación de
feudalismo industrial.
Ciertamente, ni el señor Isaac Péreire ni el señor Émile Péreire, ni el señor Morny, ni el señor Bonaparte, pudieron inventarlo. Aun antes de ellos existían bancos que concedían su crédito a sociedades industriales por acciones. Lo que inventaron fue un banco por acciones que aspiraba al monopolio de la actividad anteriormente dispersa y múltiple de los prestamistas privados y cuyo principio rector debía ser la fundación de un número gigantesco de sociedades industriales, no con fines de inversiones productivas de capital, sino simplemente por mor de las ganancias especulativas. La nueva idea que han aportado consiste en hacer tributario al feudalismo industrial de la especulación bursátil.

Según los estatutos, el capital del Crédit mobilier está fijado en 60.000.000 de francos. Los mismos estatutos le permiten recibir depósitos en cuenta corriente hasta por el doble de esa suma, es decir, por 120.000.000. La suma de que dispone la sociedad asciende, pues, en total, a 180.000.000 de francos. Medida con el audaz plan de obtener el protectorado de toda la industria de Francia, es ciertamente una suma muy pequeña. Pero dos tercios de esa suma —por haber sido recibidos a la vista— difícilmente pueden emplearse en la compra de acciones industriales o de valores con respecto a los cuales no existe garantía de poder realizarse inmediatamente. Por este motivo, los estatutos abren al Crédit mobilier otra fuente. Está autorizado a emitir obligaciones hasta el décuplo de la suma de su capital social, es decir, hasta 600.000.000 de francos; o, en otras palabras, la institución, pensada como auxilio para todo el mundo, tiene la facultad de presentarse en el mercado como prestatario de una suma diez veces mayor que su capital propio.

«Nuestros títulos de deuda —dice el señor Péreire— serán de dos clases. Los unos, emitidos con breve vencimiento, corresponderán a nuestras diversas inversiones temporales de capital.»

Los títulos de deuda de esta clase no nos interesan aquí, ya que, según el artículo VIII de los estatutos, sólo deben emitirse para compensar el eventual faltante hasta los mencionados 120.000.000 que deben ingresarse en cuenta corriente y que han sido percibidos íntegramente de este modo. La otra categoría de obligaciones «se emitirá con largo vencimiento, será reembolsable por el sistema de amortización y corresponderá a las inversiones de capital de carácter análogo que hayamos efectuado, sea en títulos del Estado, sea en acciones y títulos de deuda de sociedades industriales. Según la economía del sistema en que se basa nuestra sociedad, esas obligaciones no sólo tendrán como cobertura un número correspondiente de títulos-valores, que se adquirirán bajo la supervisión del gobierno y que, en su conjunto, al aplicar el principio de reciprocidad, ofrecerán las ventajas de la compensación y la división del riesgo, sino que estarán cubiertas además por un capital que hemos elevado a una altura considerable con este fin.»

Estos títulos de deuda del Crédit mobilier son, pues, simples imitaciones de los bonos ferroviarios — obligaciones que son reembolsables en un momento determinado y bajo determinadas condiciones y que devengan un interés fijo. Existe, sin embargo, también una diferencia. Los bonos ferroviarios están a menudo garantizados por una cédula hipotecaria del propio ferrocarril; ¿en qué consiste, por el contrario, la garantía de los títulos de deuda del Crédit mobilier? En los valores del Estado, las acciones, las obligaciones y otros títulos semejantes que el Crédit mobilier adquiere con sus propios títulos de deuda. ¿Qué se gana, entonces, con su emisión? La diferencia entre los intereses devengados por los títulos de deuda del Crédit mobilier y los intereses de las acciones y demás títulos en los que ha invertido su préstamo. Para que esta operación sea lo bastante provechosa, el Crédit mobilier debe colocar el capital realizado mediante la emisión de sus títulos de deuda en aquellas inversiones que prometan el beneficio más lucrativo, es decir, en acciones sujetas a grandes fluctuaciones y variaciones de cotización. La principal garantía de sus títulos de deuda consistirá, por tanto, precisamente en las acciones de las sociedades industriales que sean fundadas por la propia sociedad.

Mientras que los bonos ferroviarios están garantizados por un capital por lo menos dos veces mayor, estos títulos de deuda del Crédit mobilier están, pues, garantizados por un capital solo nominalmente igual, pero que ha de disminuir con cada movimiento descendente de la bolsa de valores. Los tenedores de estos títulos de deuda comparten, en consecuencia, todos los riesgos de los accionistas, sin participar en sus ganancias.

«Pero los tenedores de los títulos de deuda —se dice en el último informe anual— están cubiertos no solo por las inversiones de capital en las que él» (el Crédit mobilier) «ha colocado sus préstamos, sino también por su capital social.»

El capital social de 60.000.000, que responde por los 120.000.000 de depósitos, se ofrece a servir de garantía para 600.000.000 en títulos de deuda, además de las garantías que probablemente tendrá que suministrar para el ilimitado número de empresas que el Crédit mobilier está autorizado a fundar. Si la sociedad lograra canjear las acciones de todas las sociedades industriales por sus propios títulos de deuda, se convertiría entonces, de hecho, en el director supremo y propietario de toda la industria de Francia, en tanto que la masa de los antiguos propietarios se encontraría jubilada con una renta fija correspondiente a los intereses de los títulos de deuda. Pero la bancarrota, que se sigue de las condiciones económicas más arriba mostradas, pondrá coto en ese camino a los audaces aventureros. Este pequeño contratiempo, sin embargo, no se ha pasado por alto. Por el contrario, los verdaderos fundadores del Crédit mobilier lo han incluido en sus cálculos. Cuando llegue este desplome, después de que los intereses de un enorme número de franceses se hayan enredado en él, el gobierno de Bonaparte parecerá estar autorizado a intervenir en los negocios del Crédit mobilier, tal como hizo el gobierno inglés en 1797 con el Banco de Inglaterra. El Regente de Francia <Philippe von Orléans>, aquel honorable antepasado de Louis-Philippe, intentó deshacerse de la deuda pública convirtiendo las obligaciones del Estado en obligaciones del Banco de Law; Louis Bonaparte, el socialista imperial, intentará apoderarse de la industria francesa convirtiendo los títulos de deuda del Crédit mobilier en obligaciones del Estado. ¿Será más solvente que el Crédit mobilier? He ahí la cuestión.