II

Karl Marx

El “Crédit mobilier” francés

[Segundo artículo]

[“New-York Daily Tribune”  
Nr. 4737 del 24 de junio de 1856]

Conviene recordar que Bonaparte llevó a cabo su golpe de Estado bajo dos pretextos diametralmente opuestos: por un lado proclamó que le había sido encomendada la misión de salvar a la burguesía y al “orden material” de la anarquía roja que se desencadenaría en mayo de 1852, y por otro, la de salvar a la clase obrera del despotismo de la burguesía concentrado en la Asamblea Nacional. Además, él mismo se veía personalmente forzado a pagar sus propias deudas y las de la respetable chusma de la Sociedad del Diez de Diciembre, y a enriquecerse, lo mismo que ésta, a expensas conjuntas de la burguesía y de los obreros. La misión de este hombre estaba, hay que reconocerlo, preñada de dificultades contradictorias, pues se veía obligado a presentarse al mismo tiempo como expoliador y como bienhechor patriarcal de todas las clases. No podía dar a una clase sin quitarle a la otra, y no podía satisfacer sus propios deseos y los de sus partidarios sin despojar a ambas. En tiempo de la Fronda, el duque de Guisa pasaba por ser el hombre más complaciente de Francia, porque había convertido todas sus posesiones en obligaciones que estaban en manos de sus partidarios. De igual modo, también Bonaparte se proponía convertirse en el hombre más complaciente de Francia transformando toda la propiedad y toda la industria de Francia en una obligación personal frente a Louis Bonaparte. Robar a Francia para comprarla: tal era el gran problema que este hombre tenía que resolver; y en esa transacción, en que se le quitaba a Francia lo que luego debía devolvérsele, no era el aspecto más insignificante para él la ganancia que él y la Sociedad del Diez de Diciembre pudieran esquilmar en ella. ¿Cómo conciliar esas pretensiones antitéticas? ¿Cómo resolver ese delicado problema económico, cómo desatar ese nudo complicado? Todas las múltiples experiencias anteriores de Bonaparte señalaban hacia ese gran recurso que lo había auxiliado en las más difíciles coyunturas económicas: el crédito. Y, casualmente, existía en Francia la escuela de Saint-Simon, que tanto en sus comienzos como en su decadencia se había entregado al sueño de que todo antagonismo de clases desaparecería en cuanto se creara una prosperidad general mediante algún sistema ingenioso de crédito público. Y el saint-simonismo en esa forma no se había extinguido aún en la época del golpe de Estado. Ahí estaba Michel Chevalier, el economista del “Journal des Débats”; ahí estaba Proudhon, que intentaba ocultar la peor parte de la doctrina saint-simoniana bajo la máscara de una originalidad excéntrica; y había dos judíos portugueses, prácticamente vinculados con la especulación bursátil y con Rothschild, que se habían sentado a los pies del Padre Enfantin y que, sobre la base de su experiencia práctica, tenían la audacia de olfatear la especulación bursátil detrás del socialismo y a Law detrás de Saint-Simon. Estos hombres —Émile e Isaac Pereire— son los fundadores del “Crédit mobilier” y los artífices del socialismo bonapartista.

Hay un viejo proverbio: “Habent sua fata libelli.”*! También las teorías tienen sus hados, lo mismo que los libros. ¡Saint-Simon como ángel tutelar de la Bolsa de París, como profeta del fraude, como mesías del soborno y la corrupción generales! La historia no ofrece ejemplo de más cruel ironía, salvo tal vez la realización de Saint-Just en el “juste milieu” de Guizot y la de Napoleón en Louis Bonaparte.

Los acontecimientos avanzan más deprisa que la reflexión de un hombre. Mientras, sobre la base de una investigación de los principios y condiciones económicas del “Crédit mobilier”, señalamos el ineluctable derrumbe que ya se anuncia a través de la constitución misma de la sociedad, la historia ya está en marcha cumpliendo nuestras previsiones. A fines de mayo quebró uno de los directores del “Crédit mobilier”, el señor Place, por una suma de diez millones de francos; apenas unos días antes había sido “presentado al emperador por el señor de Morny” como uno de los “dieux de la finance”. ¡“Les dieux s’en vont”! Casi el mismo día, el “Moniteur” publicó la nueva ley sobre las “sociétés en commandite”, que, bajo el pretexto de poner coto a la fiebre especulativa, entrega estas sociedades a merced del “Crédit mobilier”, al hacer que su fundación dependa de la voluntad del gobierno o del “Crédit mobilier”. Y la prensa inglesa, que ni siquiera sabe que existe una diferencia entre “sociétés en commandite” y “sociétés anonymes” —a las cuales, por tanto, se sacrifica a las primeras—, entra en éxtasis por ese gran “acto hábil” de la sabiduría bonapartista y se imagina que los especuladores franceses pronto se convertirán a la solidez de los Sadleir, Spader y Palmer ingleses. Al mismo tiempo, la ley de drenaje, acabada de promulgar por el famoso “Corps législatif”, que constituye una violación directa de toda la legislación anterior y del Código de Napoleón, sanciona la expropiación de los deudores hipotecarios del país en beneficio del gobierno de Bonaparte, el cual se propone apoderarse del suelo mediante esta institución, tal como se apodera de la industria mediante el “Crédit mobilier” y del comercio francés por medio del Banco de Francia; ¡y todo ello para salvar la propiedad de los peligros del socialismo!

Sin embargo, no consideramos superfluo proseguir nuestra investigación del “Crédit mobilier”, una institución que, según creemos, está destinada todavía a realizar hazañas de las cuales las mencionadas hasta ahora no son más que modestos comienzos.

Hemos visto que la verdadera tarea del “Crédit mobilier” consiste en suministrar capital a aquellas empresas industriales que son explotadas por sociedades anónimas. Citamos del informe del señor Isaac Pereire:

“El ‘Crédit mobilier’ desempeña, respecto a los valores que representan capital industrial, un papel análogo a las funciones que ejercen los bancos de descuento respecto a los valores que representan capital comercial. El primer deber de esta sociedad consiste en apoyar el desarrollo de la industria nacional, facilitar la formación de grandes empresas que, libradas a sí mismas, tropiezan con grandes obstáculos. Su misión a este respecto será tanto más fácil de cumplir cuanto que dispone de los más diversos medios de información e indagación, sustraídos al alcance de los particulares, para estimar con fiabilidad el verdadero valor o las perspectivas de las empresas que solicitan su ayuda. En tiempos favorables, nuestra sociedad servirá de guía al capital que busca colocación rentable; en coyunturas difíciles, tiene la tarea de proporcionar valiosos medios para sostener el trabajo y mitigar las crisis derivadas de una rápida disminución del capital. El cuidado con que nuestra sociedad invertirá su capital en todas las empresas comerciales tan solo en proporciones tales y por plazos tan limitados que sea posible una retirada segura, la capacitará para multiplicar su actividad, fecundizar en breve tiempo un gran número de empresas y reducir el riesgo de su concurrencia mediante la multiplicidad de las participaciones commanditarias” (inversiones en acciones).

Una vez que hemos visto de qué manera Isaac desarrolla las ideas de Bonaparte, será también importante ver cómo Bonaparte comenta las ideas de Isaac. Este comentario se encuentra en el informe del ministro del Interior a Bonaparte, del 21 de junio de 1854, donde se dice sobre los principios y la administración del “Crédit mobilier”:

“Entre todas las instituciones de crédito que existen en el mundo, la Banque de France pasa, con razón, por la empresa que puede preciarse de la constitución más sólida”

(tan sólida que el ligero empuje de febrero de 1848 la habría derribado en un solo día si Ledru-Rollin y Cía. no la hubieran apuntalado, pues el Gobierno Provisional no sólo suprimió la obligación de la Banque de France de pagar en metálico sus billetes, con lo que contuvo la marea de poseedores de billetes y bonos que se agolpaba en las calles hacia el Banco, sino que también la autorizó a emitir billetes de 50 francos, cuando en tiempos de Luis Felipe jamás se permitió emitir billetes de menos de 500 francos; y así, el Gobierno no sólo cubrió con su crédito al Banco insolvente, sino que además le empeñó los bosques del Estado a cambio del privilegio de recibir crédito para el Estado).

“La Banque de France es a la vez un sostén y un guía de nuestro comercio, y su influencia material y moral confiere a nuestro mercado una estabilidad muy valiosa.”

(Esta estabilidad es tan grande que los franceses experimentan una crisis industrial regular cada vez que América e Inglaterra se dignan tener un pequeño “crac” en su comercio.)

“Por la circunspección y prudencia que rigen todas sus operaciones, esta excelente institución cumple, por tanto, la función de un regulador. Pero, para hacer surgir todas las maravillas que lleva en su seno, el genio comercial necesita ante todo estímulo; y precisamente porque la especulación en Francia se mantiene dentro de los límites más estrechos, no fue una desventaja, sino al contrario una gran ventaja, el que se creara, al lado de la Banque de France, una institución concebida en un círculo de ideas totalmente diferente y que debía representar, en la esfera de la industria y el comercio, el espíritu de iniciativa.

Afortunadamente, ya existía el modelo para esta institución: procede de un país celebrado por la estricta lealtad, la prudencia y la solidez que rigen todas sus operaciones comerciales. La Sociedad General de los Países Bajos ha puesto su capital, su crédito y su autoridad moral al servicio de todas las ideas sanas y empresas útiles, y en Holanda ha construido nuevos canales, extendido el sistema de drenaje e introducido mil otros perfeccionamientos que han centuplicado el valor de la propiedad. ¿Por qué no iba Francia a sacar provecho igualmente de una institución cuyas ventajas están demostradas por experiencias tan deslumbrantes? Tal es el

pensamiento que llevó a la fundación del ‘Crédit mobilier’, confirmada por decreto del 18 de noviembre de 1852.

Esta sociedad puede, según sus estatutos, entre otros negocios, comprar y vender títulos del Estado y acciones industriales, prestar y tomar prestado sobre ellos como garantía, suscribir empréstitos públicos, en una palabra, emitir sus propios valores a largo plazo por el importe de los valores así obtenidos.”

Así, la sociedad tiene en sus manos los medios para amasar en cualquier momento, bajo condiciones ventajosas, un capital considerable. La fecundidad de la institución depende del empleo acertado de esos capitales. En efecto, la sociedad puede, a su arbitrio, invertir en la industria (commanditer), participar en empresas, tomar parte en operaciones a largo plazo, todo lo que los estatutos del Banco de Francia y del Banco de Descuento prohíben a estas instituciones; en una palabra, es libre en sus movimientos y puede variar su acción según lo exijan las necesidades del crédito comercial. Si sabe discernir, entre las empresas que surgen constantemente, las que son lucrativas; si, mediante la intervención oportuna con los enormes fondos de que dispone, posibilita la ejecución de trabajos que son en sí altamente productivos, pero que requieren un tiempo desacostumbradamente largo y que de otro modo quedarían en suspenso; si su cooperación es la señal segura de una idea provechosa o de un proyecto excelente, entonces la Sociedad del Crédit Mobilier merecerá y ganará la aprobación del público; el capital disponible buscará sus canales y se dirigirá siempre en masa allí donde, bajo el patrocinio de la sociedad, se ofrezca una colocación segura. De este modo, esta sociedad, incluso más por la fuerza del ejemplo y por la autoridad que se adherirá a su apoyo que por cualquier ayuda material, cooperará en todas las ideas de utilidad general. Así impulsará poderosamente los esfuerzos de la industria y estimulará por doquier el espíritu inventivo.

En la próxima ocasión mostraremos cómo todas esas frases grandilocuentes apenas encubren débilmente el sencillo plan de arrastrar a toda la industria francesa al torbellino de la Bolsa de París y convertirla en el juguete de los señores del Crédit Mobilier y de su protector Bonaparte.

Escrito hacia el 12 de junio de 1856. Del inglés.