El sistema de guerra seguido hasta ahora por las potencias occidentales contra Rusia se ha venido abajo por completo. No servirá conducir la campaña de este año, si es que hay campaña, conforme al plan que se ha seguido hasta la fecha. Concentrar todas las fuerzas de Francia, Inglaterra, Turquía y Cerdeña contra un punto concreto de Crimea, un punto que, utilizando medios indirectos, podría haberse conquistado como objetivo accesorio; luchar por ese punto durante once largos meses y obtener al final solo la mitad de él; desatender toda otra oportunidad de asestar golpes efectivos al enemigo hasta el punto de que Rusia pudiera obtener con la conquista de Kars una contrapartida a la pérdida de la parte meridional de Sebastopol: todo eso podría valer para una o dos campañas en una guerra donde los puntos más vulnerables de las partes enfrentadas estuviesen cubiertos por la neutralidad de Europa Central. Pero ya no servirá más. El consejo de guerra que acaba de reunirse en París es la mejor prueba de que a partir de ahora tendremos algo parecido a una guerra en serio, si es que la guerra continúa.

La guerra, tal como se ha llevado hasta hoy, ha sido un estado de hostilidades oficiales mitigadas por una extrema cortesía. No aludimos aquí a las muestras de urbanidad que marcan el inevitable trato entre parlamentarios, sino a las cortesías que los propios consejos de guerra de los bandos contendientes prodigaron a sus adversarios. Que la guerra llegase a estallar es culpa de un error de cálculo por parte del emperador Nicolás. Jamás esperó él que Francia e Inglaterra se unieran para oponerse a sus designios sobre Turquía; buscaba una pequeña guerra tranquila, suya propia, con el sultán,*

* Abdul Mejid. — Ed.

que pudiera llevar a sus tropas por segunda vez a las murallas de Constantinopla,* despertar a la diplomacia europea cuando ya fuera demasiado tarde y brindar por último a sus propios diplomáticos la oportunidad de ganar, como de costumbre, el doble en conferencias y congresos de lo que sus tropas habrían podido ganar con la espada. Desgraciadamente, de manera inesperada e involuntaria, Rusia y las potencias occidentales se vieron envueltas en una guerra por este asunto antes de darse cuenta, y a la guerra tuvieron que ir, aunque a ninguna de ellas le gustase. Ahora bien, cada una de las partes tenía en perspectiva un último medio de guerra que, según creía, atemorizaría a la contraria y le impediría llegar a los extremos. Se esperaba que fuese una guerra de principios y de carácter más o menos revolucionario, en la que tendrían que participar Alemania y sus dependencias, Hungría, Polonia e Italia. La *ultima ratio* del Occidente habría de ser el desencadenamiento de las nacionalidades oprimidas de Hungría, Polonia, Italia y, en mayor o menor medida, también de Alemania.

* Argumento final o último recurso. — Ed.

La *ultima ratio* de Rusia, por su parte, era la apelación al paneslavismo, la realización de los sueños que los entusiastas habían alimentado durante los últimos cincuenta años entre la población eslava de Europa.

Pero ni el gobierno ruso ni el de Luis Bonaparte (por no hablar de Palmerston) optaron por apelar a tales medios de acción antes de que llegase el último extremo; y, en consecuencia, la guerra se ha conducido con una mutua contención y urbanidad apenas habituales entre monarcas legítimos de antiguo linaje, y mucho menos entre advenedizos y usurpadores como los Románov, los Hannover y los seudobonapartes. Apenas se tocó la costa báltica de Rusia; no se hicieron intentos de establecerse allí de forma permanente. Allí, como en el mar Blanco, la propiedad privada fue atacada mucho más que la propiedad gubernamental; y en la costa de Finlandia, sobre todo, las flotas británicas no parecían tener otro fin que reconciliar a los finlandeses con el dominio ruso. En el mar Negro se actuó según principios análogos. Las tropas aliadas enviadas allí parecían haber llegado con el propósito de hacer que los turcos anhelasen una invasión rusa; pues esa es la única conclusión que cabe extraer de su conducta desde 1854 hasta hoy. La parte más inocente del tiempo que pasaron en Turquía fue su estancia en Varna, cuando, incapaces de hacer el bien, al menos no causaron un daño considerable, salvo a sí mismas. Cuando por fin partieron hacia Crimea, supieron conducir la guerra de tal modo que el gobierno ruso tenía todas las razones para estar sumamente satisfecho de ellas. Últimamente, el duque de Cambridge ha estado distribuyendo abundantes medallas a las tropas francesas regresadas de Crimea; pero ni todas las medallas, cruces, grandes cruces, estrellas y cintas que pueda otorgar el gobierno ruso expresarán adecuadamente la gratitud que debe a los directores de la campaña de 1854 y 1855. En efecto, cuando la guarnición rusa abandonó la parte sur de Sebastopol, esta les había costado a los aliados, entre muertos e inútiles, 250.000 hombres, además de millones y millones de dinero. Los rusos, siempre batidos en batalla campal, habían derrotado sistemáticamente a sus enemigos en resolución, actividad y pericia de su ingeniero jefe.*

* Todtleben. — Ed.

Si Inkermann fue una deshonra imborrable para los rusos, la construcción por parte de éstos de los reductos de Sapun y del Mamelón bajo las mismísimas narices de sus adversarios fue una deshonra imborrable tanto para ingleses como para franceses. Y, a fin de cuentas, parece que Sebastopol no agotó tanto las fuerzas de Rusia como las de los aliados, ya que no impidió a los rusos tomar Kars.

Esta toma de Kars es, en realidad, lo más vergonzoso que podía sucederles a los aliados. Con los enormes armamentos navales a su disposición, con un número de tropas superior, desde junio de 1855, al de los rusos en campaña, jamás atacaron los puntos más débiles de Rusia: las provincias transcaucásicas. Es más, permitieron incluso a los rusos organizar en aquella zona una base de operaciones independiente, una especie de virreinato, capaz de resistir algún tiempo un ataque superior, aunque las comunicaciones con la metrópoli pudieran quedar interrumpidas. No satisfechos con eso, sin escarmentar ante las continuas derrotas que el ejército turco-asiático había sufrido en 1853 y 1854, impidieron que el ejército turco de Omer-Pachá hiciese nada bueno en Asia, manteniéndolo en Crimea; y en Crimea no le dieron otra cosa que hacer que cortar leña y acarrear agua para sus aliados. De este modo, después de haber limpiado cuidadosamente toda la costa, desde el estrecho de Kerch hasta Batum, de todos los establecimientos rusos, después de haber ganado con ello una línea en la que podían escogerse diez o quince puntos como bases principales para cualesquiera operaciones contra el Cáucaso o Transcaucasia —la parte más débil de Rusia, como a menudo hemos mostrado*—, no se hizo nada, hasta que al fin, estrechamente apremiada Kars e inservible el ejército de Erzerum, se permitió a Omer-Pachá emprender su desdichada expedición a Mingrelia, demasiado tarde para lograr algo bueno.

* Véase el artículo de Engels “The Progress of the Turkish War” (presente edición, vol. 12, págs. 450-456) y el artículo de Marx y Engels “State of the Russian War” (presente edición, vol. 13, págs. 246-252). — Ed.

Esta obstinación en concentrar la médula de la guerra en una península aproximadamente del tamaño de Long Island ha servido, ciertamente, para mantener apartadas todas las cuestiones desagradables. No han aparecido en escena nacionalidades, ni paneslavismo, ni problemas con Europa Central, ni necesidades de conquista, ni grandes resultados decisivos que pudieran embarazar las negociaciones ulteriores al implicar la necesidad de imponer sacrificios reales a cualquiera de las partes. Pero para los hombres empeñados en la campaña real esto no es agradable. Para ellos, al menos del sargento primero para abajo, la guerra ha sido cosa de hechos duros y tenaces. Jamás, mientras ha habido guerras, se ha despilfarrado tan brillante valentía a cambio de resultados tan mezquinos como en esta campaña de Crimea. Jamás se ha sacrificado tal cantidad de soldados de primera clase, y además en tan poco tiempo, para conseguir éxitos tan poco decisivos. Es evidente que no se pueden volver a imponer semejantes sufrimientos a los ejércitos. Tiene que haber alguna ganancia más palpable que la estéril “gloria”. No se puede seguir luchando a razón de dos grandes batallas y cuatro o cinco asaltos generales por año y permanecer, pese a todo, en el mismo sitio. Ningún ejército soporta eso a la larga. Ninguna flota resistirá una tercera campaña del carácter modesto de las dos últimas en el Báltico y el mar Negro. Si la guerra ha de continuar, se habla, en consecuencia, de la invasión de Finlandia, de Estonia, de Besarabia; se nos prometen auxiliares suecos y demostraciones austriacas. Pero al mismo tiempo se nos informa de que Rusia ha aceptado las propuestas austriacas como base para una negociación,* y aunque esto está lejos de zanjar la cuestión de la paz, abre una posibilidad de ese desenlace. Existe, pues, la probabilidad de que no haya otra campaña; pero si la hay, cabe presumir que tendrá que ser mucho más extensa y fecunda que las que la han precedido.

Escrito hacia el 18 de enero de 1856. Reproducido del periódico.

Publicado por primera vez en el *New-York Daily Tribune*, núm. 4616, del 4 de febrero de 1856, como artículo de fondo.