Karl Marx

[La guerra anglo-persa]

Escrito el 30 de octubre de 1856.

[«New-York Daily Tribune», n.º 4904, del 7 de enero de 1857, artículo de fondo]

La declaración de guerra de Inglaterra, o más bien de la Compañía de las Indias Orientales, contra Persia es la repetición de uno de esos trucos arteros y desconsiderados de la diplomacia inglesa en Asia mediante los cuales Inglaterra ha extendido sus posesiones en ese continente. En cuanto la Compañía echa una mirada codiciosa sobre las posesiones de cualquier soberano independiente, o sobre un territorio cuyos recursos políticos y comerciales, cuyo oro y piedras preciosas, son codiciados, se acusa a la víctima de haber violado algún tratado supuesto o real, de haber roto una promesa imaginaria, de haber excedido una cláusula restrictiva o de haber cometido alguna fechoría intangible; y entonces se declara la guerra, y la eterna injusticia, la perpetua violencia, simbolizada en la fábula del lobo y el cordero, vuelve a inscribirse con rojo color de sangre en la historia inglesa.

Inglaterra ha aspirado durante muchos años a hacerse de una posición en el Golfo Pérsico y, sobre todo, a la posesión de la isla de Charak, situada en la parte septentrional de aquellas aguas. El célebre Sir John Malcolm, varias veces enviado a Persia, se explayó sobre el valor de aquella isla para Inglaterra y estableció que podía convertirse en uno de los establecimientos más florecientes de Asia, por su cercanía a Bushehr, Bander Rig, Basora, Grane, Barberia y El Katif. En consecuencia, la isla y Bushehr se hallan ya en posesión de Inglaterra. Sir John la evaluó como centro para el comercio de Turquía, Arabia y Persia. El clima es excelente y reúne todas las condiciones para convertirse en un punto floreciente. El enviado presentó sus observaciones al entonces gobernador general, Lord Minto, hace más de treinta y cinco años, y ambos intentaron llevar a cabo el plan. Sir John recibió, en efecto, el mando de una expedición para la toma de la isla y ya había emprendido la marcha, cuando recibió la orden de regresar a Calcuta y Sir Harford Jones fue enviado a Persia en misión diplomática. Durante el primer asedio persa a Herat en 1837-1838, Inglaterra, bajo el mismo pretexto de ahora —es decir, la defensa de los afganos, con quienes se halla en permanente disputa mortal—, tomó posesión de Charak, pero las circunstancias, la intromisión de Rusia, la obligaron a abandonar su presa. El reciente y repetido ataque exitoso de Persia sobre Herat brindó a Inglaterra la ocasión de acusar al shah de quebrantamiento de la confianza y de tomar la isla como apertura de las hostilidades.

Así, durante medio siglo, Inglaterra se ha esforzado constantemente, aunque rara vez con éxito, por establecer su preponderancia en el gabinete de los shahs persas. Éstos, evidentemente, están a la altura de sus zalameros enemigos y se sustraen a tan traicionero abrazo. Aparte de que los persas tienen ante los ojos el proceder inglés en la India, es muy probable que recuerden la advertencia que Feth Alí Shah recibió en 1805:

«Desconfía del consejo de una nación de comerciantes ávidos, que en la India hacen negocios con las vidas y las coronas de los soberanos.»

Set a thief to catch a thief. <Pon un ladrón para atrapar a otro ladrón.> En Teherán, la capital de Persia, la influencia inglesa es muy escasa, pues, a pesar de las intrigas rusas en aquel lugar, Francia ocupa un puesto prominente, y es posible que, de los tres filibusteros, Persia tema más a los británicos. En este momento, una legación persa se dirige a París o ya ha llegado a esa ciudad, y allí, muy probablemente, la complicación persa será objeto de debates diplomáticos. Francia, en efecto, no ve con indiferencia la ocupación de la isla del Golfo Pérsico. El problema se agrava por el hecho de que Francia ha vuelto a desenterrar algún documento ya enterrado, según el cual el shah de Persia le había concedido Charak en dos ocasiones —una, en fecha muy remota, en 1708, bajo Luis XIV, y la otra, en 1808—; en ambas ocasiones bajo determinadas condiciones, cierto, pero en términos que bastan para fundamentar ciertos derechos o pretensiones del actual imitador de aquellos soberanos, que eran lo bastante antiingleses.

En una reciente réplica al «Journal des Débats», el «Times» de Londres cede, en nombre de Inglaterra, toda pretensión de liderazgo en los asuntos europeos a Francia, pero reserva para la nación inglesa el liderazgo indiscutible de los asuntos de Asia y América, en los cuales ninguna otra potencia europea debe inmiscuirse. Sin embargo, es dudoso que Luis Bonaparte acepte esa división del mundo. En todo caso, durante los últimos malentendidos, la diplomacia francesa en Teherán no ha apoyado a Inglaterra de corazón, y la prensa francesa, que vuelve a desenterrar y discutir las pretensiones galas sobre Charak, parece indicar que Inglaterra no lo tendrá fácil para atacar y desmembrar a Persia.