Karl Marx

[El conflicto anglo-americano –

Acontecimientos en Francia]

Escrito el 8 de febrero de 1856.

["New-York Daily Tribune" nº 4634 del 25 de febrero de 1856]

Londres, viernes, 8 de febrero de 1856

Si se prescinde de la venal parentela de la prensa gubernamental, nadie en Inglaterra parece creer seriamente en una tensión anglo-americana. Unos la consideran una artimaña para desviar la atención de las negociaciones de paz. Otros fingen creer que Palmerston, al retirarse del ministerio, provocará una retirada recíproca de los embajadores, tal como hizo Pitt antes de la paz de Amiens, para regresar cuando vuelva a necesitarse un ministro verdaderamente inglés. Por la manera en que se conduce la disputa, personas muy perspicaces deducen que todo el asunto no es más que una vulgar artimaña electoral del presidente <Pierce>. La prensa democrática ve cómo Bonaparte se divierte entre bastidores atizando una guerra mortífera entre los anglosajones de ambas orillas del Atlántico. Por lo demás, todo el mundo está plenamente convencido de que, por áspero que sea el lenguaje oficial, no existe la menor perspectiva de que se abran las hostilidades. Hemos podido constatar que esta opinión es compartida también por el periódico gubernamental francés, el "Constitutionnel", que ensalza a su señor y amo como pacificador tanto del Nuevo como del Viejo Mundo.

La circunstancia principal que no debe perderse de vista al enjuiciar este asunto es la casi total extinción de la Entente cordiale entre Inglaterra y Francia, que la prensa inglesa admite de manera más o menos abierta. Véase, por ejemplo, el "Times" de Londres, el periódico que aún hace poco ensalzaba a este Bonaparte como un hombre mucho más grande que el auténtico Napoleón, y que proponía expulsar a todos los malintencionados que no reconocieran este dogma de fe. En un editorial opina ahora que el único obstáculo que se interpone en el camino de la paz es el celo excesivo de Bonaparte por preservarla. A este artículo siguió otro que insinúa que el "instrumento elegido de la Providencia" es, en última instancia, un mero pis-aller <remedio provisional> de la sociedad francesa, al que se tolera "porque no se pudo encontrar un solo hombre en quien la nación pudiera depositar su confianza y su estima". En un tercer artículo, el periódico insulta a todo el estado mayor de Bonaparte —generales, ministros, funcionarios, etc.— tachándolo de abigarrada banda de especuladores bursátiles y aventureros. El lenguaje de la prensa provincial inglesa es aún menos reservado. Considérese, por otra parte, el tono cambiado de los periódicos franceses —su repugnante adulación servil y zalamería hacia Rusia, que contrasta tanto con su moderada antipatía hacia Inglaterra. Obsérvense, además, las amenazas bastante explícitas de formar una coalición continental general, proferidas por periódicos austriacos, belgas y prusianos. Y tómese, por último, la prensa rusa, que en sus homilías de paz se dirige ostentosamente de manera exclusiva a Francia, sin siquiera mencionar a Inglaterra.

"Un arco iris de paz", dice la "Nordische Biene", "ha aparecido en el horizonte y ha sido saludado con alegría por todos los amigos de la civilización... En estos dos años de guerra con cuatro potencias, el pueblo ruso ha dado una prueba impresionante de su grande y noble carácter y se ha ganado la estima de sus enemigos... En lo que respecta a Francia, puede asegurarse categóricamente que la nación francesa ama y estima a los rusos, admira su valor y su abnegación y aprovecha toda ocasión para expresar su simpatía, como durante la breve suspensión de las hostilidades en Crimea y también cuando se transportó a prisioneros rusos a través de Francia. Los prisioneros franceses, por su parte, han sido tratados por los rusos como hermanos."

El periódico bruselense "Le Nord" comunica sin rodeos que Bonaparte apoyó desde el principio la mediación austriaca con el objetivo de abandonar la alianza con Inglaterra a la primera ocasión.

Puesto que la alianza con Francia puede ser reemplazada en cualquier momento por una ruptura con ese país, Inglaterra, que aún se halla en guerra con Rusia, no pensará manifiestamente en embarcarse en una guerra con América, y está claro que, aparte de lo ya expuesto, no debe atribuirse trascendencia alguna a la tensión actual entre los dos gobiernos.

La paz en Europa misma no está en modo alguno asegurada. En lo que respecta a las condiciones que los aliados han impuesto a Rusia, el hecho de su aceptación difícilmente puede considerarse un indicio de concesiones. La cesión de una problemática franja de tierra en Besarabia, delimitada por una misteriosa cadena montañosa que no figura en ningún mapa, queda más que compensada por el obstinado silencio sobre la apropiación de Kars por Rusia, que desde entonces ha sido calificada sospechosamente como provincia rusa en un periódico de Petersburgo. Entretanto, las ventajas de un armisticio, unidas a las demás posibilidades que aún se presentan, hacen que no sea improbable que Rusia desee continuar la guerra, después de haber tenido tiempo para concentrar sus fuerzas en todos los puntos decisivos. Sin embargo, el gran juramento de paz es un indicio de que para Bonaparte es absolutamente necesario concertar la paz a cualquier precio. Por una parte, se le agotan los medios para proseguir la guerra; por otra, crece la necesidad de repetir la expedición de Crimea en el interior de Francia, como se expresó Montalembert con motivo de la expedición contra Roma.

Poco antes de la aceptación por Rusia de los puntos preliminares del acuerdo para las condiciones de paz, circulaba en París el rumor general de que Bonaparte estudiaba un empréstito forzoso, que habría de suscribirse en proporción al monto de los impuestos directos. El vacuum en su erario público queda demostrado de la manera más contundente por el estado de su ejército en Crimea. Desde hace algún tiempo, los corresponsales vienen señalando el lastimoso estado de las tropas bajo el mando de Pélissier. La siguiente y sencilla descripción procede de un suboficial británico que escribe desde Sebastopol el 5 de enero al "Birmingham Journal":

"El día de hoy ha sido muy hermoso. Hacia las 3 sopló un fuerte viento del norte y heló con mucha fuerza, lo que pronto nos indujo a arrebujarnos. Nuestra gente no siente mucho el frío, pero los pobres franceses son dignos de lástima. Acarrean sin cesar material de calefacción desde Sebastopol. Van miserablemente vestidos y, creo, todavía peor alimentados. No pasa una hora del día sin que algunos de ellos pidan galleta. Nuestros hombres se compadecen de ellos y son muy amables. Nuestros centinelas tienen orden de no dejarlos entrar en el campamento, porque algunos de ellos tienen la costumbre de vender aguardiente una y otra vez, lo que incitaba a algunos de los nuestros a embriagarse. Pero los pobres franceses logran de cuando en cuando burlar a nuestros puestos y llegar hasta los bono Inglis <buenos ingleses>. Naturalmente, nuestros hombres saben lo que quieren y nunca los despachan con las manos vacías. Los pobres diablos no tienen siquiera un guante que ponerse. Por lo que veo, sólo llevan una prenda más de la que tenían en verano, a saber, una capucha para sus capotes y un par de polainas ordinarias de paño basto que les llegan hasta la rodilla y se sujetan con unas correas alrededor de la rodilla. No llevan calcetines y, en la mayoría de los casos, no tenían siquiera botas. Son realmente un cuadro lastimoso, y lo perciben claramente cuando ven al soldado británico con su cálido gorro de piel de foca, su abrigo de tweed forrado de piel, una hermosa bufanda grande alrededor del cuello y otra alrededor del cuerpo, y buenas y fuertes botas de cuero de vaca que le llegan hasta la rodilla."

Mal deben de andar las finanzas de Napoleón cuando deja a su ejército, su todo, en el estado que acaba de describirse. Por otra parte, el hecho de que estos dos años de guerra hayan costado ya más que todas las campañas de su tío desde 1800 hasta 1815 juntas, da testimonio de cómo está la administración de las finanzas. Incluso generales bonapartistas que han regresado de Crimea cuentan, al parecer llenos de indignación, los insolentes latrocinios que Morny & Co. perpetran a costa del ejército. Estas quejas han sido publicadas en un periódico semioficial, en el que se dice lo siguiente:

"Cuando se concierte la paz, el Emperador dedicará toda su atención a las finanzas y, en particular, a ciertos abusos que están demasiado vinculados a grandes maniobras especulativas, como, por ejemplo, ciertas acumulaciones de cargos incompatibles entre sí y ciertas fortunas adquiridas un poco demasiado rápido."

Entretanto, se manifiestan síntomas revolucionarios entre la juventud universitaria, la clase obrera, una parte de la clase media y, lo que es peor para Bonaparte, en el ejército.

En lo que respecta al asunto de la École Polytechnique, hemos sabido que Bonaparte consideró en un primer momento un compromiso con la École, aunque estaba lo bastante irritado por su actitud silenciosa el 29 de diciembre, cuando representó ante el ejército el papel de senado romano (del mismo modo que le gusta representar ante su senado el de emperador romano). Se dio a entender a los estudiantes que el Emperador estaba dispuesto a permitir la continuidad de ese instituto si ellos estaban dispuestos a manifestar su simpatía por la dinastía en la ocasión oportuna. A ello, la École respondió por medio de sus delegados que no sólo no gritarían Vive l'Empereur <Viva el Emperador>, sino que expulsarían de la escuela a cualquier camarada que profiriera esas palabras. Sobre la base de semejante respuesta, se decretó la disolución del establecimiento anarquista. La mitad de los estudiantes, los destinados al servicio militar, serán trasladados a Vincennes y formarán allí una simple escuela de artillería. La otra mitad, destinada al servicio administrativo, será transferida a la École Normale. El edificio mismo será transformado en cuartel. Así termina el instituto predilecto de Napoleón el Grande.

La prisión de Mazas está atestada de estudiantes de la Universidad de París y de otros jóvenes que en el entierro del escultor David gritaron: Vive la liberté <Viva la libertad>. Una circunstancia relacionada con la manifestación contra Nisard fue particularmente molesta para Bonaparte. Después de una redada de la policía entre los estudiantes que habían abucheado la apoteosis que hizo Nisard de Tiberius como salvador de la sociedad romana, el resto se reunió y recorrió en masa todo París hasta el domicilio de Nisard en la Rue Courcelles, exigiéndole que lograra la liberación de sus camaradas. Un destacamento de soldados de línea que fue enviado tras ellos llegó allí casi al mismo tiempo. Recibidos con gritos de Vive la ligne <Viva el ejército>, inmediatamente pusieron las armas a discreción y se negaron a actuar. Para impedir una ulterior confraternización, fueron retirados al instante y reemplazados por sergens de ville <guardias municipales>. Los estudiantes se dirigieron en masa al Odéon, donde llenaron el patio de butacas y cantaron sin cesar el "Sire de France Boissy", gritando al oído las estrofas más ofensivas directamente a Bonaparte y a Eugénie, que estaban sentados en su palco.

La prensa bonapartista admite que el número de detenciones practicadas en los departamentos asciende a 5.000; la cifra de 15.000 que se ha dado en otros sitios corresponde, pues, probablemente a la verdad. Según se viene a descubrir ahora, esta conspiración de los obreros tenía sus ramificaciones en el ejército. Resultó necesario disolver toda la escuela de suboficiales de La Flèche y relevar a todas las guarniciones del centro de Francia. Para reprimir este peligroso espíritu en el ejército, recurre Napoleón al peligrosísimo experimento de la época de la Restauración, que consiste en montar un completo sistema de espionaje en todos los rangos del ejército. Esta nueva legión de honor ha provocado algunas disputas muy violentas entre el mariscal Magnan y

varios altos oficiales, que opinan que semejante institución no es del gusto de las tropas.

Como siempre que se avecina una crisis, el movimiento de la clase obrera de París se anuncia mediante los quodlibets, entre los cuales el más popular es el siguiente:

«Voilà qu'il part, voilà qu'il part,
Le petit marchand de moutarde,
Voilà' qu'il part sur son pays
Avec tous ses outils», etc.

<«Ahí se marcha, ahí se marcha,
el pequeño vendedor de mostaza,
ahí se marcha a su tierra
con todos sus cachivaches», etc.>

Para no dejar duda alguna sobre quién es el aludido pequeño vendedor de mostaza, la policía ha prohibido la canción.

De qué manera son consideradas las instituciones bonapartistas lo ilustra una anécdota que se cuenta en el periódico «Nord». Sin vacilar, algunos senadores aprobaban la decisión del señor Drouyn de Lhuys de renunciar a su puesto de senador, pero se guardaban muy bien de seguir su ejemplo. Cuando se le preguntó a Morny si alguno de ellos seguiría ese ejemplo, respondió que él tenía excelentes razones para creer lo contrario. «Pero ¿cuáles son esas razones?», preguntó su interlocutor. «Tengo 30.000 razones muy buenas, a un franco cada una», respondió Morny con calma.

Otro hecho de inmensa importancia puede señalarse en la situación actual del pueblo francés. ¡No pienso en los especuladores de la bolsa, a quienes tanto la paz como la guerra les resultan igualmente gratas! Por vez primera en su historia, las masas del pueblo francés se han mostrado indiferentes frente a su antigua pasión, «la gloire» <«la gloria»>. Este fruto funesto de la revolución de 1848 muestra, de manera que no admite equívoco, que la época del bonapartismo ha rebasado su punto culminante.