Karl Marx

La Cámara de los Lores y el monumento al duque de York

[“The People’s Paper”, núm. 208, del 26 de abril de 1856]

Justo en el momento en que Lord John Russell,

“The minimus of hind’ring knot-grass made”,

<“Tú, enano, trenzado con molesta centinodia”,

(adaptado de Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto III, escena 2)>

divertía a la Cámara de los Comunes con uno de sus enanos planes de bufón, destinados a educar a aquel gigante llamado el pueblo, sus colegas en la Cámara de los Lores exhibían un ejemplo práctico de la educación que han recibido los gobernantes de Gran Bretaña por la gracia de Dios. El objeto de su debate era el informe de una comisión de la Cámara de los Comunes que, movida por intereses locales, recomendaba retirar el monumento al duque de York de Waterloo Place. En aquella ocasión dijo el marqués de Clanricarde:

“El duque de York no sólo era encumbrado por su ilustre cuna, sino que había prestado grandes servicios militares a la Corona y a la patria … El duelo por su fallecimiento no se limitó a su círculo de amigos, sino que fue sentido por todo el mundo. El celo que mostró en el cumplimiento de los deberes que le fueron confiados fue atestiguado unánimemente por todas partes.”

Según las declaraciones del marqués de Lansdowne,

“un monumento conmemorativo erigido hace unos años en honor de una personalidad ilustre, respetada por todos, no debería ser apartado ni retirado con tanta ligereza”.

Aberdeen, el thane que tanto ha viajado, calificó el monumento de “en cierto modo
consagrado
”. El conde de Malmesbury

“coincidió por completo con las manifestaciones del noble conde en lo que respecta a lo que podría llamarse el aspecto sentimental del asunto”.

Examinemos ahora, retrospectivamente, la vida de este real héroe que tan santificado ha sido por los lores.

El acontecimiento más memorable de la vida del duque de York —su nacimiento— ocurrió en 1763. Veintiséis años después supo atraer la atención del mundo hacia su persona renunciando al dichoso celibato y convirtiéndose en marido. La guerra contra la Francia jacobina ofreció al real príncipe la oportunidad de convertirse en real comandante en jefe. Aunque el ejército inglés fue derrotado con regularidad en su eternamente gloriosa empresa de Flandes y en la no menos gloriosa empresa de Helder, tuvo sin embargo la constante satisfacción de ver regresar sano y salvo a su real comandante en jefe. Es sabido con qué habilidad huyó en Hondschoote ante Houchard y cómo su asedio de Dunkerque superó en farsa, en cierto modo, al asedio de Troya. Tan grande fue la eximia gloria que cosechó en su campaña de Flandes que Pitt, preocupado por su reputación, indujo al ministro de la Guerra, Dundas, a hacer llegar a su alteza real, por la vía más rápida, la apremiante comunicación de que regresara a casa, de que reservara las muestras de valor personal para tiempos de mayor peligro y de que recordara la vieja máxima fabiana: “famae etiam iactura facienda est pro patria” <“Incluso la fama debe sacrificarse por la patria”>. Se eligió como portador de esos despachos a un oficial llamado Cochrane Johnstone, sobre el cual volveremos más tarde, y —según cuenta un autor de aquellos tiempos pasados—

“Johnstone prestó este servicio con una medida de rapidez y determinación que le granjeó con justicia la admiración del ejército”.

Aún mayores que sus hazañas militares durante esta campaña resultaron las que el duque realizó en el terreno financiero; un oportuno incendio en cada almacén saldó de una vez por todas las cuentas de todos sus oficiales de intendencia, proveedores y supervisores. Pese a estos éxitos, volvemos a encontrar a su alteza real en 1799 al frente de la expedición de Helder, que los periódicos británicos, abiertamente bajo la protección de Pitt, presentaron como un simple paseo dominical, por juzgarse bastante antinatural la idea de que un ejército de 45.000 hombres, apoyado por una escuadra que dominaba el Zuiderzee y mandado por un vástago de la casa real de Brunswick, no fuese capaz, con su sola aparición, de dispersar a los cuatro vientos a una chusma de unos 20.000 franceses

“bajo el mando de un antiguo aprendiz de impresor del Lemosín, un tal Brune, que había recibido su formación militar y política en los juegos de pelota de la Revolución Francesa”.

Pero el aprendiz de impresor del Lemosín tuvo la desfachatez —con el grosero cinismo propio de aquellos generales jacobinos— de batir y desbaratar a su alteza real en cada choque, y cuando su alteza real se esforzó por regresar a Helder, por considerar más meritorio vivir por la patria que morir por ella, aquel Brune fue tan descortés como para no dejarle pasar antes de que firmase la famosa capitulación de Alkmaar, que preveía la entrega de ocho mil marinos franceses y holandeses que en aquel momento se hallaban prisioneros de guerra en manos inglesas.

El duque de York tuvo, por de pronto, bastante de las campañas y, escarmentado, se rebajó por un tiempo a ocultar su persona en la oscuridad que de suyo envuelve al comandante en jefe de los Guardias a Caballo. Pero en ese puesto se vio al frente de un departamento que costaba al pueblo 23.000.000 de libras esterlinas al año, y revestido del poder absoluto, sólo fiscalizado por el rey, para ascender o destituir a cualquier número de los 12.000 oficiales profesionales y de Estado Mayor.

Su alteza real no dejó de granjearse abundante gratitud pública por sus iluminadas órdenes del día, que establecían medidas como la abolición de las coletas para todos los soldados y suboficiales, la adición a su equipo de una esponja para mantener limpias las cabezas, el alinearse a derecha e izquierda, el paso de marcha y el de parada, el cerrar y abrir las filas, los giros y las conversiones, el echar hacia atrás la llave de chispa, el corte de pelo y la limpieza de las polainas, el bruñido de armas y equipos, así como la disposición de que John Bull debía apretar su ancho pecho en un ajustado jubón, coronar su cabeza de tonto con un gorro austríaco y cubrir su ancha espalda con una capa sin cuello vuelto —y todas las demás cosas trascendentales que constituyen la ciencia de un sargento instructor de reclutas—. Al mismo tiempo, desplegó las más altas cualidades de estratega y táctico en su campaña privada contra el coronel Cochrane Johnstone, el oficial a quien Pitt había encargado poner un abrupto fin a sus victoriosas empresas en Flandes. En 1801, Johnstone, a la sazón coronel del 8.º Regimiento de las Indias Occidentales (negro) y gobernador de la isla Dominica, fue relevado a raíz de un motín estallado en su regimiento. Presentó una queja contra el mayor de su regimiento, John Gordon, que en el momento del motín tenía el mando directo sobre el mismo. Este mayor Gordon, así como un coronel Gordon, secretario del duque, pertenecían a aquella eximia familia que ha bendecido al mundo con grandes hombres, como el regateador de acuerdos Gordon de Adrianópolis, así como con Aberdeen, el thane que tanto ha viajado, y su no menos ilustre hijo, el coronel Gordon, cuyo nombre se recuerda en relación con la guerra de Crimea. El duque de York debía, pues, ejercer su venganza no sólo contra un difamador de los Gordon, sino sobre todo contra el portador de aquel delicado despacho. Pese a todas las instancias del coronel Johnstone, John Gordon no fue sometido a un tribunal militar hasta enero de 1804. Aunque el tribunal juzgó su conducta como irregular, puniblemente negligente y en grado sumo censurable, el duque de York le permitió conservar su rango y su sueldo sin reducción, mientras se abstenía de inscribir el nombre del coronel Johnstone en la lista de oficiales que debían ser ascendidos a generales de brigada con brevet en octubre de 1803. Así, éste tuvo que ver cómo oficiales de rango inferior le pasaban por delante. A su queja ante el duque, Johnstone recibió respuesta de su alteza real al cabo de nueve semanas, el 10 de diciembre de 1803, comunicándole que no había sido incluido en la promoción general honorífica por “existir acusaciones contra él, cuyo punto principal aún no había sido esclarecido”. Tampoco consiguió obtener ulterior satisfacción hasta que, el 28 de mayo de 1804, se enteró de que el mayor Gordon era su acusador. Su proceso fue aplazado de una fecha a otra; el tribunal militar que había de examinar su caso fue convocado una vez a Canterbury y otra a Chelsea, y no abrió el proceso hasta marzo de 1805. Johnstone fue absuelto plena y honrosamente, solicitó el reconocimiento de su antiguo rango, pero tropezó, el 16 de mayo, con la negativa de su alteza real. El 28 de junio, el general Fitzpatrick —uno de la camarilla de Fox— anunció en el Parlamento que, en interés de Johnstone, propondría la incoación de un procedimiento especial al comienzo del siguiente período de sesiones, ya que la injusticia infligida a Johnstone había “causado la mayor inquietud en todo el ejército”. Se inauguró el siguiente período de sesiones, pero Fitzpatrick se había convertido entretanto en ministro de la Guerra y declaró desde el banco del gobierno que no presentaría la interpelación anunciada. Algún tiempo después, el duque de York entregó a este ministro de la Guerra —un león de salón que jamás en su vida había mirado a un enemigo a la cara, que veinte años antes había vendido su compañía de la guardia y desde entonces no había vuelto a servir un solo día— un regimiento; y así, Fitzpatrick, el ministro de la Guerra, tuvo que poner en regla los negocios de Fitzpatrick, el coronel. Mediante tales artificios, logró el duque de York aplastar al coronel Johnstone y afirmar su talento como estratega.

Que el duque, no obstante cierta reconocida pesadez de espíritu con que la esclarecida casa de Brunswick está hereditariamente lastrada, era a su manera un sujeto astuto, quedó suficientemente demostrado por el hecho de que figurara como jefe de la cancillería secreta y del consejo de familia de Jorge III, el llamado Gabinete Doméstico, y como cabeza del partido cortesano, denominado los Amigos del Rey. De igual modo se reveló en que fuera capaz, con un ingreso anual de 61.000 libras esterlinas, de arrancar al ministerio un préstamo por valor de 54.000 libras esterlinas y, pese a este crédito público, no pagar sus deudas privadas. Ya se necesita un espíritu bastante ágil para realizar tales proezas. Y como es sabido que “muchas miradas se dirigen a la posición y al rango”, no será difícil comprender que el gobierno de Grenville no se recatara en proponer a Su Alteza Real la descarga de algunos de sus cargos secundarios, con lo cual el duque —según se lamentaba un panfleto pagado por él— habría quedado reducido de comandante en jefe a una mera nulidad. Cabe señalar que Lansdowne, bajo el nombre de Lord Henry Petty, servía en ese mismo gabinete. Ese mismo gobierno amenazó al esplendoroso guerrero con colocarle ante las narices un colegio militar, pretextando hipócritamente que “la nación” estaría perdida si el comandante en jefe, en su inexperiencia, no recibiera el apoyo de un colegio de oficiales. Hasta tal punto fue acosado el duque por esta indigna cábala que incluso se exigió una investigación sobre su actividad en los Horse Guards. Afortunadamente, esta intriga del partido Grenville fue desbaratada por una intervención inmediata —mejor dicho, por una orden de Jorge III—, quien, aunque era un idiota notorio, poseía sin embargo suficiente entendimiento como para reconocer el genio de su hijo.

En el año 1808, el real caudillo militar —movido por sentimientos valerosos y patrióticos— solicitó el mando de las tropas británicas en España y Portugal, mas he aquí que el espanto general de las masas ante la idea de ver a Inglaterra, en hora tan grave, privada de su comandante de la patria, estalló en manifestaciones sumamente ruidosas, carentes de tacto y casi indecentes. Se le exhortó a recordar sus anteriores desgracias en el extranjero, se le aconsejó reservarse para los encuentros con el enemigo en su propio país y guardarse de la maldición pública. De ningún modo desalentado, el magnánimo duque publicó un panfleto para demostrar su derecho hereditario a ser batido en Portugal y España exactamente igual que lo había sido en Flandes y Holanda. Mas, ¡ay!, el _Morning Chronicle_ de aquellos días constataba que

«en el caso dado es evidente que ministros y pueblo, gobierno y oposición coinciden plenamente en su parecer».

Sí, el rumor sobre el nombramiento del duque parecía amenazar a Inglaterra con un verdadero tumulto. Así se lee, por ejemplo, en un semanario londinense de aquella época:

«La conversación sobre este tema no ha quedado limitada a tabernas, cafés, mercados, paseos y centros de cotilleo habituales. Ha penetrado en todos los círculos privados; se ha convertido en tribunal permanente de las mesas del almuerzo y del té; los hombres se paran en la calle para discutir si el duque de York irá a España; incluso el atareado londinense se detiene camino de la Bolsa para informarse de si es realmente cierto que el duque de York va a España. Sí, hasta ante los pórticos de las iglesias en el campo se puede ver cómo los políticos de aldea, cuyas conversaciones sobre asuntos públicos rara vez iban más allá de la cuestión de las contribuciones fiscales, juntan las cabezas hasta casi tocarse para asegurarse con la mayor exactitud de si el duque de York es realmente enviado a España.»

Es, pues, evidente que, pese a todos los esfuerzos de sus envidiosos detractores, no consiguieron ocultar al mundo las heroicas hazañas anteriores del duque. ¡Qué satisfacción para un solo hombre esta unánime preocupación de todo un pueblo por retenerlo en casa! El duque, naturalmente, no pudo por menos que sentir groseramente herido su ánimo valeroso, enfriando su celo guerrero y permaneciendo tranquilamente en los Horse Guards.

Antes de dirigirnos al período más brillante de esta vida monumental, hemos de detenernos un momento aún en sus años jóvenes para mostrar que ya en 1806 el duque era alta y públicamente apreciado por los leales súbditos de su padre. En su _Political Register_ de aquel año, Cobbett escribió:

«Se hizo famoso solo por sus huidas y por la deshonra que trajo sobre las armas de Inglaterra; era un medio idiota y, a la vez, un maestro de la más vil perfidia; destacaba por igual por su debilidad mujeril y por su crueldad demoníaca, por su arrogancia y su rastrería, por su despilfarro y su avaricia. Mientras tuvo el mando de las tropas, abusó de esta posición de confianza para mezquinos negocios y se sirvió de ella para robar vergonzosamente al pueblo que estaba espléndidamente pagado para defender. Tras haber sobornado o intimidado de antemano a todo aquel de quien pudiera temer una eventual revelación, dio rienda suelta a sus numerosos y contradictorios vicios, entregándose a las execraciones generales, aunque susurradas, de la opinión pública.»

El 27 de enero de 1809 se levantó en la Cámara de los Comunes el coronel Wardle para presentar una moción

«sobre el nombramiento de un comité para investigar la conducta del comandante en jefe respecto a los ascensos y traslados en el ejército».

En un discurso carente de todo miramiento, en el que se expusieron detalladamente todos los casos que había de aducir para apoyar su moción y en el que se enumeraban los nombres de todos los testigos que pensaba convocar para confirmar sus acusaciones, el coronel acusaba al héroe deificado por la actual Cámara de los Lores de que su concubina, una tal Mrs. Clarke, tenía plenos poderes para disponer ascensos militares, que también el canje de puestos de mando en el ejército estaba bajo su control, que su influencia se extendía hasta los nombramientos en el estado mayor del ejército, que gozaba del privilegio de aumentar las fuerzas armadas del país y que de todas estas fuentes recibía emolumentos en dinero; que el comandante en jefe no solo era socio silencioso de todas sus transacciones, no solo ahorraba su propia bolsa mediante sus ingresos, sino que incluso había intentado, por mediación de ella, obtener ventajas financieras para sí mismo, independientemente de las de Mrs. Clarke. En una palabra, afirmaba que el real caudillo militar no solo mantenía a su querida a costa del ejército británico, sino que además le permitía mantenerlo a él a su vez. A raíz de esta moción, la Cámara decidió oír a los testigos. Estas audiencias, que se prolongaron hasta el 17 de febrero, confirmaron punto por punto el desagradable discurso difamatorio del coronel Wardle. Se demostró que el verdadero oficial en los Horse Guards no vivía en Whitehall, sino en la residencia de Mrs. Clarke en Gloucester Street, un establecimiento que constaba de una casa suntuosa, un surtido de carruajes y un largo séquito de sirvientes, músicos, cantantes, actores, bailarines, parásitos, proxenetas y alcahuetas. Esta Horse Guard personal la había formado el comandante real en 1803. Aunque un tren de vida semejante no podía llevarse con 20.000 libras esterlinas anuales —tanto más cuanto que incluía una finca de campo en Weybridge—, se demostró mediante declaraciones testimoniales que Mrs. Clarke nunca había recibido más de 12.000 libras esterlinas anuales del bolsillo del duque, suma que apenas habría bastado para pagar salarios y libreas. El resto del dinero se procuraba mediante el comercio amoroso general con patentes de oficial. Al Parlamento se le presentó una lista escrita de los precios de Mrs. Clarke. El precio reglamentario de un puesto de mayor ascendía a 2.600 libras esterlinas, mientras que Mrs. Clarke lo vendía por 900 libras esterlinas; una compañía podía obtenerse con ella por 700 libras esterlinas en lugar del precio reglamentario de 1.500 libras esterlinas, etc. Sí, en la City había incluso una oficina estatal donde se vendían patentes de oficial con los mismos precios rebajados y cuyos funcionarios rectores eran designados como los comisionistas de la favorita. Cada vez que ella se quejaba de apuros pecuniarios, el duque le decía que tenía «más influencia que la reina y que debía hacer uso de ella». En un caso, el celoso comandante en jefe castigó a un hombre por incumplimiento de un contrato ruinoso concertado con su querida, poniéndolo a media paga. En otro caso, retuvo simplemente para sí una gratificación por valor de 5.000 libras esterlinas. En otro caso más, a instancias de su querida, cubrió puestos de teniente con escolares y destinó al servicio militar a médicos que nunca habían recibido la orden de abandonar su consulta. Un tal coronel French recibió de Mrs. Clarke una patente de reclutamiento, es decir, la autorización para la leva de 5.000 hombres para el ejército. Se informó a la Cámara de los Comunes de que, con este motivo, tuvo lugar la siguiente conversación entre el duque y su querida:

Duque: El señor French no cesa de importunarme con esta leva. No hace más que pedir nuevos favores. ¿Cómo se porta contigo, amor mío?

Mrs. Clarke: Medianamente, no muy bien.

Duque: El joven señor French hará bien en pensarse lo que hace, pues de lo contrario pronto lo liquidaré, y a su leva también.

Se presentaron asimismo algunas cartas amorosas del esclarecido duque, que trataban también de transacciones castrense-mercantiles. Una de estas cartas, fechada el 4 de agosto de 1803, comienza del siguiente modo:

«¿Cómo puedo expresar satisfactoriamente, a mi dulcísimo, a mi más amado tesorito, el embeleso que su querida, su bonita carta me ha proporcionado, o cuánto siento todas las amables cosas que me dice en ella?; por ellas, sin embargo, millones de gracias, ángel mío.»

Tras esta muestra del estilo literario de Su Alteza Real, difícilmente causará asombro que los doctos gentlemen del St. John’s College de Oxford otorgaran a Su Alteza Real el diploma de doctor en Leyes. No contento con las patentes de oficial, el par de enamorados dio también en el comercio de obispados y decanatos.

Aparecieron otras cosas no menos gloriosas para el esclarecido vástago de la casa de Brunswick. Por ejemplo, un oficial llamado Dowler había sido durante muchos años amante de Mrs. Clarke, en cuya compañía ella había buscado compensación por la repugnancia, el asco y la aversión que había sentido en el trato con el duque.

Los amigos del duque, que llamaban a su ángel «una mujerzuela vil, una desvergonzada cualquiera», hicieron valer, en pro de su tierno mozo de alrededor de 50 años, del hombre que había pasado veinte años en el digno estado del matrimonio, la todopoderosa fuerza de la pasión. Pasión que, dicho sea de paso, no impidió al duque dejar de abonar a Mrs. Clarke, siete meses después de su separación, la anualidad convenida entre ellos y amenazarla, cuando sus reclamaciones se hicieron acuciantes, con la picota y la cárcel. Precisamente esta amenaza fue la causa inmediata de las revelaciones de Mrs. Clarke al coronel Wardle.

Sería fatigoso atravesar todo el procedimiento en la Cámara de los Comunes con todos sus sucios detalles o entrar más de cerca en la petición del valiente duque (del 23 de febrero de 1809), en la que declaraba solemnemente a la Cámara «por su honor de príncipe» que no sabía nada, ni siquiera de cosas que quedaban probadas por cartas de su puño y letra. Bástenos señalar que el general Ferguson declaró en la Cámara de los Comunes que «redundaría en deshonor del ejército si el duque conservase el mando»; que el ministro de Hacienda, señor Perceval, anunció el 20 de marzo la dimisión del duque de su cargo, y que, a raíz de ello, la Cámara aprobó la moción de lord Althorp, según la cual «la Cámara no considera necesario, ahora que su alteza real el duque de York ha presentado la dimisión de su cargo de comandante en jefe del ejército, tomar nuevas medidas», etc. Lord Althorp fundamentó su moción con el deseo de

«hacer constar en el acta de la Cámara la dimisión del duque, a fin de dejar constancia de que el duque ha perdido para siempre la confianza del país y de que, en consecuencia, debe abandonar toda esperanza de volver jamás a aquel puesto».

En reconocimiento a su valiente actuación contra el duque, el coronel Wardle se vio inundado de cartas de agradecimiento de todos los condados, ciudades, aldeas y municipios de Gran Bretaña.

Uno de los primeros actos de gobierno del príncipe de Gales —el futuro Jorge IV— en 1811 fue la reposición del duque de York como comandante en jefe, un paso preliminar que correspondía por entero al reinado íntegro de aquel regio Calibán que, por ser el último de todos los hombres, fue llamado el primer caballero de Europa.

Pero este duque de York, cuyo monumento adornaría un montón de estiércol, es, pues, el «destacado comandante» del marqués de Clanricarde, la «ilustre personalidad, universalmente respetada» de lord Lansdowne, y precisamente el mismo hombre que es representado por el «consagrado monumento» del conde de Aberdeen; en una palabra, el ángel guardián de la Cámara de los Lores. Los adoradores son dignos de su santo.