Karl Marx

La Francia de Bonaparte el Pequeño

Escrito hacia el 1 de abril de 1856.

["The People's Paper" Nº 205 del 5 de abril de 1856]

La Francia de Bonaparte el Pequeño, que con motivo del nacimiento de un hijo de la Montijo celebra banquetes y derrocha los tesoros de una nación en un ridículo y ostentoso espectáculo, «toda resplandeciente, toda de oro, igual que los dioses paganos», esta Francia contrasta de manera terrible con la Francia atormentada en Cayena, que sufre en Lambesa, languidece en Belle-Île y se pudre en los presidios; con la Francia que perece en Crimea, y con la Francia en Francia, que se encuentra al borde de la bancarrota.

En la carta del ciudadano Tassilier, traducida literalmente del original, encuentra el lector la verdadera y desgarradora historia de los ciudadanos franceses deportados a Cayena. La prensa de la más auténtica sumisión británica pregona, con exagerado énfasis verbal, a los oídos del mundo adormilado la gran noticia de la ilimitada magnanimidad y la gracia casi sobrehumana del héroe de pacotilla del campamento de Satory, que decreta una amnistía general y amortigua los primeros llantos de su testarudo lactante con los gritos de alegría de miles de franceses que obtienen su libertad y son devueltos a sus familias.

Pero apartémonos del venal entusiasmo de los aduladores y prestemos oído al incorruptible lenguaje de los hechos. Boustrapa está dispuesto a liberar de sus cadenas a los hombres a los que durante cuatro años ha torturado, con la condición de que consientan en cubrirse de una vergüenza imborrable y pasar por las horcas caudinas del Bajo Imperio. Si declaran al Imperio su leal sumisión, es decir, si sancionan el golpe de Estado y renuncian a la República —si venden sus almas, Boustrapa está dispuesto a venderles la vida.

«Ya en la proclamación solemne del Imperio», dice el «Moniteur», «se hizo esta generosa oferta». Así, el propio «Moniteur» admite que la amnistía general, ahora inflada como una noticia maravillosa, no es sino una repetición de la vieja farsa que se representó hace cuatro años. Este genio de la abyección se halaga con la idea de que sus víctimas han sido ya rebajadas a su propio nivel y están lo bastante domeñadas para aceptar ahora, en 1856, como una gracia lo que en 1852 rechazaron indignadas como un ultraje.

El «Moniteur» encubre su «magnánimo llamamiento» a la bajeza con mentiras y falseamientos astutamente calculados. Afirma que, de las 11.000 personas condenadas a la deportación a Argelia tras los acontecimientos de junio de 1848, la clemencia del Presidente dejó en África solo a 306 personas. Con ese mismo «Moniteur» en la mano, constatamos ahora que, de los 11.000 prisioneros hechos en junio de 1848, en noviembre de 1848, cuando en la Asamblea Constituyente se discutía la ejecución del decreto de deportación, solo quedaban 1.700; que de ellos, 1.500 fueron enviados a Belle-Île y, el 8 de marzo de 1849, bajo el gobierno de Odilon Barrot, 700 de esas 1.500 personas fueron mandadas a Bona, en África. Así pues, la gracia de Boustrapa redujo esta última cifra de 700 a 306, y no, como dice el mentiroso «Moniteur», la enorme cifra de 11.000 personas; y esa gracia minúscula no fue más que un ardid utilizado contra la Asamblea. Sin embargo, debemos agradecer al «Moniteur» que recuerde a Francia las abominables infamias perpetradas por Cavaignac y la república burguesa.

En cuanto a los deportados y desterrados de diciembre, el mismo «Moniteur» calcula su número en 11.201 personas y afirma que este ha quedado reducido a 1.058. Ahora bien, el golpe de Estado exigió más de 11.000 víctimas solo en los departamentos de Basses-Alpes, Hérault, Var y Nièvre, y en este momento al menos 12.000 víctimas siguen condenadas al destierro o a la deportación. Es de dominio público que el golpe de Estado afectó a más de 50.000 personas. Hay que señalar además que el «magnánimo llamamiento» del «Moniteur» se dirige exclusivamente a los deportados a Argelia y a otras posesiones de ultramar, y que no menciona en absoluto a los condenados de Angers ni a los encarcelados por pertenecer a sociedades secretas; tampoco se aplica a quienes fueron arrojados en 1851 al presidio por los consejos de guerra ambulantes, ni a los prisioneros de Belle-Île, ni a los estudiantes encarcelados por silbar a los apologetas a sueldo de Boustrapa, etc. A modo de compensación, el «Moniteur» anuncia una amnistía plena e incondicional para los cazadores furtivos, contrabandistas, falsificadores, ladrones, desertores, forzados e id genus omne. Concuerda plenamente con el carácter del Bajo Imperio y los hábitos del Bonaparte de Brummagem el que el nacimiento de un hijo tuviera que ser un día de fiesta para toda la canalla emparentada con el padre.

Pasemos ahora de las víctimas del golpe de Estado a sus instrumentos, de los hombres que le opusieron resistencia a los esclavos que lo ejecutaron, de los soldados de la libertad al ejército de Crimea. Si es un síntoma histórico significativo que Bonaparte, en medio de las frescas ilusiones de una dinastía recién horneada y del supremo triunfo de su admisión en el ungido medio de la rancia legitimidad, necesite sin embargo el reconocimiento de sus desdichadas víctimas y, por ello, corteje hipócritamente su confesión al Imperio, no menos notable ejemplo de la ironía de la historia es el hecho de que, al mismo tiempo que el jefe y los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre celebran en París el éxito del golpe de Estado con pomposo derroche, el ejército que impuso a Francia este régimen envilecedor expía su crimen en Crimea con privaciones, hambre, agonia y muerte en sus formas más horribles y atroces.

En el primer período de la campaña de Oriente, de noviembre de 1854 a marzo de 1855, el advenedizo de diciembre fue elevado a los cielos como una segunda Providencia, y se cantó en todos los tonos la excelente dirección militar del Imperio de todas las glorias, en contraste con los escandalosos sufrimientos que el ejército inglés hubo de soportar a causa de la traición premeditada en la patria y de las consecuencias naturales de un sistema anticuado. Pero, como en todos los demás actos del Bajo Imperio, lo que se tenía por realidad no era más que una fantasmagoría teatral, calculada para un efecto escénico inmediato. Durante dos años, Bonaparte se había ocupado exclusivamente de preparar la guerra. Había tensado todas las fuerzas de la poderosa Francia centralizada para asegurar el primer éxito de su ejército.

Con todo, no es asombroso que ni siquiera este miserable aventurero de Estrasburgo y Boulogne lograra, durante los dos primeros años de su desgobierno, destruir la excelente organización del ejército francés, herencia de la primera Revolución. Lo milagroso es que haya alcanzado ese objetivo en los dos primeros años de la guerra actual. Después de haber derrochado más dinero y bienes en su propia Batracomiomaquia que Napoleón el Grande en los quince años de su Ilíada, al comienzo del tercer año descubre que los recursos de Francia están agotados, su administración militar se ha derrumbado y su ejército se consume a causa de la miseria y las privaciones. El cáncer que devora al ejército francés es el principio orgánico del Bajo Imperio, a saber, el robo y la malversación; y solo han bastado dos años para que sus efectos se hicieran visibles.

El lamentable estado del ejército francés se ocultó cuidadosamente durante mucho tiempo, no solo en la prensa francesa, sino también en la inglesa. Hoy hasta los gorriones lo pían desde los tejados. Este estado del ejército es un hecho que ya nadie discute, después de que el propio Moniteur de Bonaparte se haya desmentido a sí mismo. Para nuestro propósito actual basta con citar la última carta del corresponsal del «Times» en Sebastopol:

«El ejército francés, por numeroso que lo presenten sobre el papel, se reduce sin embargo enormemente. El escorbuto y la fiebre diezman sus filas. Hace poco calculé sus bajas diarias en 170 hombres... Ahora los franceses admiten que la mortalidad diaria en su ejército asciende a 120 hombres, y algunos días a bastante más. El ala derecha del ejército, en el valle de Baidar, es la que más sufre... Cuando empiece el tiempo templado, cabe esperar un aumento considerable de las enfermedades... Las listas de enfermos de los franceses serán espantosas... El ejército francés se está fundiendo ahora al menos con la misma rapidez con que se fundió durante la peor parte del asedio por las balas y las granadas.»

El alojamiento insuficiente, la falta de vestimenta y la escasez de víveres se señalan como las causas principales de sus padecimientos. El corresponsal, que describe la crudeza del tiempo, en que «en los barracones el agua se hiela hasta una profundidad de 3 pulgadas en los depósitos», y la frecuencia de las tormentas de nieve, que «solo dejaban en pie unos pocos barracones en los que la nieve no penetrara en grandes cantidades», se pregunta qué habrá tenido que soportar entonces el ejército francés en tiendas de campaña —no en barracones cuidadosamente acondicionados ni en tiendas dobles rodeadas de trincheras, sino en simples tiendas sin protección alguna. Concluye declarando que «era sencillamente insoportable toparse con los convoyes franceses de enfermos», y que el mariscal Pélissier dedica más esfuerzos a ocultarlos ante el ejército inglés que a aliviar sus padecimientos.

Añadimos otra cita del «Morning Advertiser», el mismo periódico que compartía con el «Morning Post» el vergonzoso privilegio de haber saludado la llegada al poder de Bonaparte en 1851, y que desde entonces glorifica a Lord Palmerston como el verdadero ministro inglés:

«Hay 3.000 enfermos en el campamento francés del Chernaya; los hospitales de campaña están abarrotados y el personal médico, diezmado por la enfermedad y el agotamiento; la intendencia está en completa desorganización y es incapaz de abastecer a las tropas; los hombres mendigan literalmente galletas a los soldados de los puestos avanzados; el escorbuto, provocado por la falta de verduras, y el tifus, provocado por la falta de carne, hacen estragos con incontrastable virulencia; y el contraste entre ambos ejércitos es para los soldados franceses fuente de abierto descontento. Los medios de transporte no bastan para llevar a los enfermos a Constantinopla —los hospitales albergan allí a más de 12.000 pacientes—; la epidemia es una verdadera catástrofe y la mortalidad es espantosa; los buques de transporte de tropas que llegan a Marsella desde Oriente vienen cargados de víctimas de la fiebre, y los barcos con enfermos de tifus están destinados a la cuarentena en Friaul.»

¿Qué va a ser del ejército que se consume?

¿Ha de ser aplacada mediante la narración del cuento árabe de la “natividad” del rey de Argel, o mediante la descripción de los uniformes bordados y galoneados de oro de las mimadas guardias del cauteloso héroe? Debiera recordarse que los soldados franceses no son proclives a soportar injusticias como los soldados ingleses. Prueba de ello, si es que alguna hace falta, son los diversos intentos habidos en el ejército francés de fusilar al general Pélissier, hecho del que informó la “Gazetta di Milano”, el “Moniteur” de Radetzky. Tampoco hay que imaginarse que el ejército de línea en Francia vaya a seguir siendo un espectador indiferente de la tragedia de Crimea. Las redadas de la policía parisina empiezan a extenderse a los cuarteles. Los zuavos, llamados a París para encender con su presencia el entusiasmo público, ya han sido alejados de la capital porque despertaban recelos. Otros dos regimientos, que habían regresado de Crimea, han sido asimismo relegados a provincias. El antagonismo entre la Guardia y el ejército de línea se agudiza cada día más, pues Bonaparte se halla en este momento ocupado en crear nuevos regimientos de la Guardia en número suficiente para que este cuerpo privilegiado esté en condiciones de prestar el servicio de guarnición en París sin necesidad de los regimientos de línea. Bonaparte, que ha sobornado al ejército y con ello ha provocado el antagonismo entre él y el país, intenta ahora sobornar a un ejército dentro del ejército: un experimento bastante peligroso.

Una exposición detallada del estado de las finanzas —no quisiéramos llamarlas el talón de este singular Aquiles, pues ese talón es bastante grande— requeriría un artículo especial. De momento baste constatar que —puesto que los valores venían bajando desde hacía algún tiempo— con el anuncio de la conclusión de la paz y también con el nacimiento de un nuevo Bonaparte se esperaba naturalmente un alza de los mismos. Su realización no se dejó del todo al azar. No solo el gobierno dio orden de emplear con liberalidad los medios estatales disponibles para comprar valores públicos, sino que también el Crédit mobilier e institutos de crédito bonapartistas semejantes, surgidos rápidamente como hongos, se ocuparon con gran intensidad durante dos días seguidos en adquirir acciones. A despecho de todas estas maniobras, los valores, en vez de subir con la noticia de la “natividad”, bajaron, y siguen bajando todavía. Bonaparte, en un arrebato de ira, prohibió ahora la venta en la Bolsa de valores que no fueran los cotizados por el gobierno e hizo comparecer a los principales especuladores bursátiles ante la Prefectura de Policía.

Cuando la estatua de Palas Atenea en el Partenón se desplomó, ese suceso fue, según se dice, un mal presagio para la República de Atenas. El bamboleo del busto de Bonaparte sobre su pedestal en la sinagoga, donde se fija el valor de mercado de los gobiernos y se descuenta la historia de los pueblos, profetiza el hundimiento del Imperio del agiotaje.