ES:::R TOS SOBRE ESPAÑA como grito de guerra <<¡Espartero y libertad!••; que la población de Zaragoza conocía el fiasco inmensamente ridículo de Espartero en Madrid. Además, había órdenes directas del cuartel general de Espartero a sus recaderos de Zaragoza en el sentido de que depusieran toda resistencia, como se ve en el siguiente extracto del ]ournal de Madrid del 29 de julio: «Uno de los ex-ministros esparteristas tomó parte en las negociaciones entabladas entre el general Dulce y las autoridades de Zaragoza, y el diputado esparterista Juan Alonso Martínez aceptó el encargo de informar a los líderes insurrectos de que la reina, sus ministros y sus generales estaban animados del espíritu más conciliador>> 118• El movimiento revolucionario se extendió por casi toda España. Madrid y la Mancha, en Castilla; Granada, Sevilla, Málaga, Cádiz, jaén, etc., en Andalucía; Murcia y Cartagena en Murcia; Valencia, Alicante, Alcira, etc. en Valencia; Barcelona, Reus, figueras, Gerona, en Cataluña; Zaragoza, Teruel, Huesca, jaca, etc., en Aragón; Oviedo en Asturias, y Coruña en Galicia.

No hubo movimientos en Extremadura, León y Castilla la Vieja, donde el partido revolucionario había quedado apeado dos meses antes bajo los auspicios conjuntos de Espartero y O'Donnell; tampoco se movieron las provincia vascas y Navarra. No obstante, las simpatías de estas últimas provincias estaban con la causa revolucionaria, si bien es posible que no se manifestaran a la vista del ejército francés de observación. Esto es todavía más notable si se tiene en cuenta que, veinte años antes, estas mismas provincias constituían la fortaleza del carlismo, apoyado entonces por el campesinado de Aragón y Cataluña, que ha tomado ahora con el mayor entusiasmo el partido de la revolución y que hubiese sido un formidabilísimo elemento de resistencia si la inepcia de los dirigentes de Barcelona y Zaragoza no hubiese impedido el aprovechamiento de sus energías. Incluso The London Morning Herald, el paladín ortodoxo del protestantismo, que veinte años antes rompía lanzas por el Quijote del auto de fe, don Carlos, ha tropezado con este fenómeno y ha tenido la suficiente honradez para reconocerlo. Este es uno de los muchos síntomas del progreso revelados por la última revolución de España, un progreso cuya lentitud sólo puede asombrar a los no familiarizados con los usos y costumbres peculiares de un pueblo en el que <<a la mañana» 119 constituye la expresión clave de la vida diaria y en el que todo el mundo está dispuesto 118. }ournal de Madrid debe ser Gaceta de Madrid. Marx toma el texto del periódico The l.eader del 9 de agosto de 1856.

119. Sin duda, Marx alude, deformando la expresión, al famoso •Vuelva usted mañana• de Larra.

ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS a decirnos que «nuestros antepasados necesitaron 800 años para echar a los moros>>.

A pesar de la proliferación de pronunciamientos, la revolución española se ha reducido a Madrid y Barcelona. En el sur quedó cor· rada por el cólera morbo y en el norte por la parálisis de Espartero. Desde un punto de vista militar, las insurrecciones de Madrid y Barcelona ofrecen pocos rasgos interesantes y apenas alguno nue· vo. Por un lado -el del ejército-, todo estaba preparado de ante· mano; por el otro, todo fue improvisación; la ofensiva no cambió de manos en ningún momento. Por un lado, un ejército bien equipado que se movía con facilidad bajo las riendas manejadas por sus generales; por el otro, dirigentes poco entusiastas, empujados adelante por el ímpetu de un pueblo mal armado. En Madrid, los revolucionarios cometieron, desde el principio, el error de bloquearse a sí mismos en las zonas interiores de la ciudad, en la línea que une los extremos este y oeste, extremos dominados por O'Donnell y Concha, los cuales se comunicaban entre sí y con la caballería de Dulce a través de los bulevares exteriores. De esta forma el pueblo quedaba desconectado y expuesto al ataque conjunto preacordado por O'Donnell y sus cómplices. O'Donnell y Concha no tenían que hacer sino establecer contacto para que las fuerzas revolucionarias quedaran desperdigadas en los barrios del norte y del sur de la ciudad y privadas de toda ulterior cohesión. Un rasgo característico de la insurrección de Madrid ha sido el escaso uso de barricadas, sólo en esquinas elevadas, mientras que las casas se convertían en centros de resistencia; y -algo inaudito en la lucha callejera- las columnas asaltantes del ejército fueron recibidas con ataques a la bayoneta. Pero si los insurrectos aprovecharon la lección de las insurrecciones de París y Dresde, los soldados también lo hicieron. Los muros de las casas fueron derribados uno a uno, y los insurrectos eran sorprendidos por el flanco y la retaguardia, mientras las salidas a la calle eran barridas por el fuego de los cañones. Otro rasgo distintivo de esta batalla de Madrid ha sido que Puchera, una vez establecida la conexión entre Concha y O'Donnell y tras haber sido él empujado hacia la zona sur (Toledo) de la ciudad, trasladó la guerra de guerrillas de las montañas del país a las calles de Madrid. Los insurrectos, dispersos, retrocedían hasta los arcos de alguna iglesia, algún callejón estrecho, o la escalera de una casa, y allí se defendían hasta la muerte.

En Barcelona, la lucha fue todavía más intensa, careciendo en absoluto de dirección. Desde una perspectiva militar, la insurrección, como todos los levantamientos anteriores en Barcelona, sucumbió por hallarse la fortaleza de Montjuich en manos del ejército. La violencia de la lucha queda caracterizada por la quema de 150 soldados en sus b~barracones de Gracia, suburbio enérgicamente ESCRITOS SOBRE ESPAÑA defendido por los insurrectos, una vez desalojados de Barcelona. Merece señalarse que, mientras en Madrid los proletarios fueron traicionados y abandonados por la burguesía, como hemos mostrado en un artículo anterior, los tejedores de Barcelona declararon, desde el primer momento, que nada querían saber de un movimiento iniciado por los esparteristas e insistieron en la declaración de la república. Rechazada esta exigencia, los tejedores, con la excepción de algunos que no pudieron resistir el olor de la pólvora, permanecieron espectadores pasivos de la batalla, que resultó perdida: todas las insurrecciones de Barcelona las deciden sus 20.000 tejedores. La revolución española de 1856 se distingue de todas las anteriores por la pérdida de todo carácter dinástico. Es sabido que el movimiento de 1804 a 1815 era dinástico y nacional. Aunque las Cortes habían proclamado en 1824120 una constitución casi republicana, lo habían hecho en nombre de Fernando VII. El movimiento de 1820-23, tímidamente republicano, era enteramente prematuro y tenía en contra a las masas cuyo apoyo reclamaba, debido a que éstas se hallaban atadas por entero a la iglesia y a la corona. La monarquía estaba tan profundamente arraigada en España, que la lucha entre la vieja sociedad y la moderna necesitó, para llegar a ser seria, un testamento de Fernando VII y la encarnación de los principios antagonistas en dos ramas dinásticas, la carlista y la de los cristinos. Incluso para combatir por un nuevo principio, el español necesitaba un estandarte consagrado por el tiempo. Bajo tales estandartes se desarrolló la lucha desde 1831 a 1843. Entonces hubo un final de la revolución y la nueva dinastía pudo pasar su prueba de 1843 a 1854. La revolución de julio de 1854llevaba, pues, necesariamente implícito un ataque a la nueva dinastía. Pero la inocente Isabel se hallaba resguardada por el odio concentrado sobre su madre, y el pueblo no sólo celebraba su propia emancipación, sino también la de Isabel respecto de su madre y de la camarilla. En 1856 el manto había desaparecido y la misma Isabel se hallaba enfrentada al pueblo en virtud del golpe de Estado que ha provocado .la revolución. Ha mostrado ser la digna hija, fríamente cruel y cobardemente hipócrita, de Fernando VII, que era tan dado a la mentira, que, a pesar de su fanatismo, nunca pudo convencerse, ni siquiera con la ayuda de la Santa Inquisición, de que personajes tan eminentes como Jesucristo y sus apóstoles dijeran la verdad. Incluso la matanza de madrileños llevada a cabo por Murat en 1808 queda reducida a un insignificante motín al lado de la carnicería del 14 al 120. En el NYDT figura 1824, en lugar de 1812. Pero el error no es atribuible a Marx, que había dedicado varias páginas a comentar el significado y el contenido de la Constitución de Cádiz (véanse los arrículos VI y VII de la serie España revolucionaria). Lo mismo debe decirse de las fechas 1804-1814.

ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS 16 de julio, presidida por la sonrisa de la inocente Isabel. Esos días anunciaron el fin de la realeza en España. Son sólo los imbéciles legitimistas de Europa los que creen que, destronada Isabel, puede subir al trono don Carlos. Eternamente están pensando que cuando desaparece la última manifestación de un principio, ello ocurre tan sólo para dar otra forma a su primitiva manifestación. En 1856 la revolución española no sólo ha perdido su carácter dinástico, sino su carácter militar. Se puede decir en muy pocas palabras por qué desempeño el ejército un papel tan importante en las revoluciones españolas. La vieja institución de las capitanías generales, que convertía a los capitanes generales en pachás de sus respectivas provincias; la guerra de la Independencia contra Francia, que no sólo convirtió al ejército en el principal instrumento de la defensa nacional, sino también en la primera organización revolucionaria y en el centro de la acción revolucionaria en España; las conspiraciones de 1815-18 121, todas ellas salidas del ejército; la guerra dinástica de 1831-41 122, dependiente de los ejércitos de ambos bandos; el aislamiento de la burguesía liberal que la obligaba a emplear las bayonetas del ejército contra el clero y el campesinado del país; la necesidad de Cristina y la camarilla de acudir a las bayonetas contra los liberales, igual que éstos las habían empleado contra los campesinos; la tradición arraigada a partir de todos estos precedentes; tales fueron las causas que imprimieron a la revolución en España un carácter militar y al ejército un carácter pretoriano. Hasta 1854, la revolución partió siempre del ejército, y sus diferentes manifestaciones hasta ese momento no ofrecían más signo externo de diferencia que la graduación militar de quien la comenzaba.

Incluso en 1854 el primer impulso arrancó todavía del ejército, pero ahí está el manifiesto del Manzanares, de O'Donnell, para mostrar lo reducida que ha quedado la preponderancia militar en la revolución española. ¿Bajo qué condiciones se permitió a O'Donnell, finalmente, detener aquel paseo, poco equívoco, desde Vicálvaro a la frontera portuguesa y volver a llevar el ejército a Madrid? Sólo bajo la promesa de reducirlo inmediatamente, de sustituirlo por la guardia nacional y de no permitir que los generales se repartieran los frutos de la revolución. Si la revolución de 1854 se limitó a expresar su desconfianza, es abierta y directamente atacada, sólo dos años después, por el ejército, un ejército que ha ingresado ahora dignamente en la lista en la que se hallan los croatas de Radetzky, los africanos de Bonaparte y los pomeranios de Wrangel. 121. Prnbahlcnwnrc, el NYI>T reproduce errímeamenre el rcxro correcto de Marx, lo que ocurre vari,ts veces t•n ~·•~ &lrrkulu.l.aN fech•n cnrrecras son: 1814·1819. 122. l.a ft•dt.l ...,,.,.~,·¡,¡ ~~ 1H11-1 H41l.

ESCRITOS SOBRE ESPAÑA Hasta qué punto aprecia el ejército español las glorias de la nueva posición lo prueba la rebelión de un regimiento de Madrid, el 29 de julio, el cual, descontento con los meros cigarros123 de Isabel, se declaró en huelga reclamando los S francos y las salchichas de Bonaparte, y a fe que lo consiguió. Así, pues, el ejército, en su totalidad, ha estado esta vez contra el pueblo, o más exactamente, ha luchado sólo contra él y la guardia nacional. En suma, nos hallamos ante el final de la misión revolucionaria del ejército español. El hombre en el que se concentraban los caracteres militar, dinástico y burgués liberal de la revolución española, Espartero, ha caído aún más abajo de lo que la común ley del destino hubiese permitido pronosticar a sus más íntimos connaisseurs 124• Si, como se rumorea por todas partes, y es muy probable, los esparteristas están dispuestos a adherirse a O'Donnell, confirmarán su suicidio mediante un acto oficial espontáneo. No lo salvarán. La próxima revolución europea hallará a España madura para cooperar con ella. Los años 1854 y 1856 han sido fases de transición que tenía que pasar para llegar a esta madurez. KARLMARX {Traducido del inglés, según texto de MECW XV, pp. 97-108}