ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS lio hasta la misma hora del21, momento en el que, al parecer, los «insurrectos>> fueron desalojados de sus posiciones y huyeron al campo perseguidos por la caballería. Se asegura, no obstante, que los insurrectos siguen teniendo en su poder varias dudades de Cataluña, incluyendo Gerona, La Junquera y algunos otros pueblos menores. Parece que también Murcia, Valencia y Sevilla han hecho sus pronunciamientos contra el coup d'état110; que un batallón de la guarnición de Pamplona, enviado por el gobernador de esa ciudad contra Soria, se ha pronunciado contra el gobierno en el trayecto y se ha dirigido hacia Zaragoza para unirse a los insurrectos; y, finalmente, que en Zaragoza, ciudad reconocida desde el principio como centro de la resistencia, el general Falcón ha pasado revista a 16.000 soldados de línea, reforzados con 15.000 milicianos y campesinos de los alrededores.

En todo caso, el gobierno francés considera la <<insurrección» de España como no sofocada, y Bonaparte, lejos de contentarse con enviar unos cuantos batallones a la línea fronteriza, ha ordenado a una brigada avanzar hacia el Bidasoa, brigada que está siendo convertida en división gracias a refuerzos de Montpellier y Toulouse. Igualmente parece que se ha destacado inmediatamente una segunda división del ejército de Lyon, siguiendo órdenes emanadas directamente de Plombieres el 23 del mes pasado, y que se dirige ahora hacia los Pirineos, donde se halla concentrado en estos momentos todo un corps d'observation111 de 25.000 hombres.Si la resistencia frente al gobierno de O'Donnell fuese capaz de mantenerse, si resultara ser lo bastante temible para inducir a Bonaparte a una invasión armada de la Península, entonces el coup d'état112 de Madrid puede haber dado la señal de la caída del coup d'état113 de París. Si analizamos la conjura general y las dramatis personae114, esta conspiración de 1856 parece un simple reestreno del intento similar de 1843, naturalmente con algunas modificaciones. Entonces, como ahora, Isabel en Madrid y Cristina en París; Luis Felipe, en lugar de Luis Bonaparte, dirigiendo el movimiento desde las Tullerías; de un lado, Espartero y sus ayacuchos; del otro, O'Donnell, Serrano, Concha, con Narváez entonces en el proscenio, ahora en el fondo. En 1843 Luis Felipe envió dos millones en oro por tierra y a Narváez y a sus amigos por mar, y estableció él mismo con la señora Muñoz los pactos de las bodas españolas. La complicidad de Bonaparte en el golpe de Estado español -es posible que arreglara 11 O. Golpe de Estado.

111. Cuerpo de observación.

112. Golpe de f.sradn.

113. Golpe de Estado.

114. Pt•rsnn••Jes drl dramu.

ESCRITOS SOBRE ESPAÑA la boda de su primo, el príncipe Napoleón, con una Srta. Muñoz o tiene, en todo caso, que continuar imitando a su tío-- no sólo queda indicada por las denuncias lanzadas por el Moniteur durante los dos últimos meses sobre conspiraciones comunistas en Castilla y Navarra, por la conducta -antes, durante y después del golpe de Estado- del Sr. Turgot, el embajador francés en Madrid, el mismo hombre que era ministro de Asuntos Exteriores en el momento del golpe de Estado de Bonaparte; por el duque de Alba, cuñado de Bonaparte, convertido en alcalde del nuevo ayuntamiento 11.5 inmediatamente después de la victoria de O'Donnell; por Ros de Olano, viejo miembro del partido francés, primer hombre al que se ofrece una carrera en el gobierno de O'Donnell; y por ser enviado Narváez a Bayona por Bonaparte tan pronto como llegaron a París las primeras noticias del acontecimiento. Esa complicidad venía sugerida de antemano por el envío de grandes cantidades de munición desde Burdeos a Bayona quince días antes de la actual crisis de Madrid. Pero lo que sobre todo hace pensar en la complicidad e!> el plan de operaciones seguido por O'Donnell en su razzia116 contra el pueblo de esa ciudad. Desde el principio anunció que no vacilaría en hacer volar Madrid por los aires, y durante la lucha se atuvo a su palabra. Ahora bien, aunque O'Donnell es audaz, nunca se embarcó en una aventura osada sin asegurar una retirada exenta de peligro. Al igual que su famoso río, el héroe de la traición, nunca ha quemado el puente al pasar el Rubicón. El órgano de la combatividad se halla singularmente controlado por el de la precaución y el secreto en los O'Donnell. Está claro que un general que diserta sobre su amenaza de reducir la capital a escombros y fracasa en su intento se juega la cabeza. ¿Cómo se atrevió, pues, O'Donnell a entrar en un terreno tan delicado? El secreto queda traicionado por el journal des Débats, el órgano especial de la reina Cristina. «O'Donnell esperaba una gran batalla y, a lo sumo, una victoria muy reñida. La posibilidad de una derrota entraba en sus previsiones. Si tal desgracia hubiese ocurrido, el mariscal habría salido de Madrid con el resto de su ejército, escoltando a la reina y marchando hacia las provincias del norte, para aproximarse a la frontera francesa». ¿No parece todo esto como si hubiese trazado su plan con Bonaparte? Exactamente el mismo plan habían acordado Luis Felipe y Narváez en 1843, plan que, a su vez, era copia de la secreta convención de 1823 entre Luis XVIII y Fernando VII. Una vez aceptado el plausible paralelo entre las conspiraciones españolas de 1843 y 1856, hay suficientes rasgos distintivos en am115. En castellano el original. 116. Incursión.

ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS bos movtmientos que señalan los inmensos progresos realizados por el pueblo español en tan breve tiempo. Estos rasgos son: el carácter político de la última lucha en Madrid; su importancia militar; finalmente, las posiciones respectivas de Espartero y O'Donnell en 1856, comparadas con las de Espartero y Narváez en 1843. En esta última fecha, todos los partidos se hallaban cansados de Espartero. Para desembarazarse de él, se formó una poderosa coalición entre los moderados y los progresistas. En todas las ciudades surgieron juntas como hongos, las cuales prepararon el camino a Narváez y a sus partidarios. En 1856 no sólo tenemos a la corte y al ejército de un lado contra el pueblo del otro, sino que en las filas del pueblo tenemos las mismas divisiones que en el resto de Europa occidental. El 13 de julio el gobierno de Espartero presentó su dimisión forzosa; L noche del 13 al catorce se constituyó el gabinete de O'Donnell; el 14 por la mañana se extendió el rumor de que O'Donnell encargado de la formación de gobierno, había invitado a participar en él a Ríos Rosas, el malfamado ministro de los sangrientos días de julio de 1854. A las 11 de la mañana, la Gaceta de Madrid confirmaba el rumor. Entonces se reunieron las Cortes, a las que asistieron 93 diputados. Según las normas de esa cámara, bastan 20 miembros para convocar una reunión. Y 50 para que haya quórum. Además, las Cortes no habían sido formalmente aplazadas. El general Infante, su presidente, no podía menos de satisfacer el universal deseo de celebrar una sesión regular. Se presentó una propuesta según la cual el nuevo gobierno no gozaba de la confianza de las Cortes y su Majestad debía ser informada de tal resolución. Al mismo tiempo, las Cortes advertían a la guardia nacional que estuviese preparada para actuar. La comisión de las Cortes portadora de la resolución de desconfianza fue, escoltada por un destacamento de la milicia nacional, a ver a la reina. Al intentar entrar en el palacio, dicha comisión fue rechazada por las tropas de línea, que hicieron fuego sobre sus miembros y su escolta. Este incidente dio la señal para la insurrección. La orden de comenzar a construir barricadas la dieron a las 7 de la tarde las Cortes, cuya reunión fue dispersada inmediatamente después por las tropas de O'Donnell. La batalla comenzó esa misma noche, y sólo un batallón de la milicia nacional se unió a las tropas reales. Obsérvese que, ya en la mañana del 13, el Sr. Escosura, el esparterista ministro del Interior, telegrafió a Barcelona y Zaragoza que era inminente un golpe de Estado y que debían prepararse para resistirlo. A la cabeza de la insurrección madrileña se hallaban el Sr. Madoz y el general Valdés, hermano de Escosura. En suma, no cabe duda de que la resistencia al golpe de Estado procedía de los esparteristas, los ciudadanos y los liberales en general. Mientras ellos, juntamente con la milicia nacional, cubrían la línea que atravesaba Madrid de ESC~ITOS SOBRE ESPAÑA este a oeste, los obreros, a las órdenes de Pucheta, ocupaban el sur y parte del norte de la ciudad.

El 15 por la mañana, tomó la iniciativa O'Donnell. Incluso según el parcial testimonio de Journal des Débats, O'Donnell no consiguió ninguna ventaja señalada a lo largo de la primera mitad del día. De repente, hacia la 1, sin motivo perceptible, se rompieron las filas de la milicia nacional; a las 2, los claros eran todavía mayores, y a las 6 la milicia nacional había desaparecido completamente del escenario de acción, dejando todo el peso de la batalla a los obreros, que lucharon hasta las cuatro de la tarde del 16. En los tres días de carnicería hubo, pues, dos batallas diferentes, una de la milicia liberal de las clases medias, apoyada por los obreros frente al ejército, y otra del ejército frente a los obreros, abandonados por la milicia. Como dice Heine: «Es una vit"ia historia, pero siempre resulta nueva>> 117• Espartero abandona las Cortes; éstas abandonan a los líderes de la guardia nacional; los líderes abandonan a sus hombres y éstos abandonan al pueblo. A pesar de todo, el 1S se reunieron de nuevo las Cortes, cuando Espartero se presentó por un momento. El Sr. Asensio y otros miembros le recordaron sus reiteradas promesas de sacar su gloriosa espada de Luchana el primer día en que la libertad del país se hallara en peligro. Espartero invocó al cielo como testigo de su inquebrantable patriotismo, y cuando se fue, todos esperaban verle pronto a la cabeza de la insurrección. En lugar de ello, se fue a la casa del general Gurrea, se encerró en un sótano a prueba de bomba, a lo Palafox, y no se supo más de él. Los comandantes de la milicia, que en la noche anterior habían recurrido a todos sus medios para mover a los milicianos a tomar las armas, se mostraron ahora igual de impacientes por retirarse cada uno a su casa. A las 2.30 de la tarde, el general Valdés, que había usurpado por algunas horas el mando de la milicia, convocó a los soldados bajo su mando directo en la Plaza Mayor y les dijo que el hombre que por ley natural debía hallarse a su cabeza no iba a moverse y que, en consecuencia, cada uno era libre de retirarse. Al momento corrieron los guardias nacionales a sus casas, se quitaron rápidamente sus uniformes y escondieron sus armas. Tal es en sustancia el informe ofrecido por una autoridad bien informada. Otra información explica este repentino acto de sumisión a la conspiración diciendo que se pensó que el triunfo de la guardia nacional acarrearía la ruina del trono y la preponderancia absoluta de la democracia republicana. El diaria parisino Presse da también a entender que el mariscal Espartero, viendo el giro que los demócratas daban a las cosas en el Congreso, no quiso sacrificar el trono o 117. Heinrich Heine, Lyrisches Intermezzo.

ARTÍCULOS DE MARX Y ENGELS lanzarse a los vaivenes de la anarquía y la guerra civil, por lo que hizo cuanto pudo para lograr la sumisión a O'Donnell. Es verdad que los diferentes informadores discrepan en cuanto a detalles como duración, circunstancias y derrumbamiento de la resistencia al golpe de Estado, pero todos coinciden en el punto principal, que Espartero abandonó las Cortes, éstas a los líderes, éstos a la clase media y ésta al pueblo. Esto suministra una nueva ilustración del carácter de la mayoría de las luchas europeas de 1848-49 y de las que tendrían lugar después en la parte occidental del continente. Por un lado, están la industria y el comercio modernos, cuyos dirigentes naturales, las clases medias, son poco amigos del despotismo militar; por otro, cuando empiezan la batalla contra ese mismo despotismo, intervienen los obreros, producto de la moderna organización del trabajo, quienes reclaman la parte que les corresponde en el resultado de la victoria. Asustadas de las consecuencias de una alianza cargada así sobre sus hombros de mala gana, las clases medias retroceden de nuevo para arrimarse a las baterías protectoras del odiado despotismo. Tal es el secreto de los ejércitos permanentes de Europa, que de no ser así, serían incomprensibles para el futuro historiador. Las clases medias de Europa se ven así obligadas a entender que o bien deben someterse a un poder político que detestan, renunciando a las ventajas de la industria y el comercio modernos y a las relaciones sociales basadas en ellos, o bien renunciar a los privilegios que la moderna organización de las fuerzas productivas de la sociedad, en su primera fase, ha concedido a una sola clase. Que esta lección haya tenido que ser enseñada incluso desde España constituye algo tan impresionante como inesperado.

REVOLUCIÓN EN ESPAÑA (11)

New York Daily Tribune 18 de agosto de 1856 Zaragoza se rindió el 1 de agosto, a la 1.30 de la tarde, con lo que desaparecía el último centro de resistencia a la contrarrevolución española. Desde el punto de vista militar, existían pocas posibilidades de triunfo después de las derrotas de Madrid y Barcelona, la debilidad de la dispersa insurrección de Andalucía y el avance convergente de fuerzas abrumadoramente superiores desde las provincias vascas, Navarra, Cataluña, Valencia y Castilla. Cualquier ocasión de resistencia que pudiera subsistir quedó paralizada por la circunstancia siguientes: que el general Falcón, antiguo ayudante de campo de Espartero, dirigía las fuerzas de la resistencia; que se empleaba