Karl Marx

Zur Reformbewegung

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 237 vom 24. Mai 1855]

Londres, 21 de mayo. Todos los periódicos londinenses publican hoy una alocución de los reformadores de la City, o mejor dicho, de su comité administrativo, dirigida al «pueblo de Inglaterra». El estilo del documento es seco, mercantil, no tan ampuloso como las circulares comerciales que periódicamente parten del mismo lugar y ofrecen al mundo, en urdimbres de frases arregladas con mayor o menor gusto, café, té, azúcar, especias y otros productos tropicales. La asociación promete proporcionar materiales para una verdadera fisiología de los diversos departamentos gubernamentales y revelar todos los misterios de Downing Street, de la Downing Street de la sabiduría heredada. Eso es lo que promete. Por su parte, exige que los cuerpos electorales de Inglaterra envíen al Parlamento candidatos libremente elegidos conforme a su corazón y recomendados tan sólo por su mérito, en vez de los candidatos impuestos hasta ahora por los clubes aristocráticos. Reconoce, pues, como normales los cuerpos electorales privilegiados existentes, esos mismos cuerpos electorales de los que ella misma confiesa que su corruptibilidad, su dependencia de unos pocos clubes y su falta de autonomía constituyen la cuna de la actual Cámara de los Comunes y, por tanto, del gobierno actual. No quiere disolver esos cuerpos exclusivos, ni siquiera ampliarlos, sino sólo moralizarlos. ¿Por qué, entonces, no apelar directamente a la conciencia de la propia oligarquía, en lugar de amenazarla con la abolición de sus privilegios? En todo caso, ha de ser más fácil convertir a los jefes oligárquicos que a los cuerpos electorales oligárquicos. La Asociación de la City quiere, al parecer, suscitar un movimiento antiaristocrático, pero un movimiento 
dentro
 de los límites de la Inglaterra 
legal
 (como la llamaba Guizot), de la Inglaterra oficial. ¿Y cómo piensan remover el cenagoso pantano 
 de esos cuerpos electorales? ¿Cómo impulsarlos a emanciparse de intereses y costumbres que los convierten en vasallos de unos cuantos clubes elegantes y en pilares básicos de la oligarquía gobernante? ¿Mediante una fisiología de Downing Street? No exactamente. Sino también mediante la 
presión desde fuera
, mediante mítines multitudinarios y cosas por el estilo. ¿Y cómo pretenden poner en movimiento a la masa popular no oficial, a la masa sin derecho al voto, para que influya sobre el círculo privilegiado de los cuerpos electorales? Invitándola a renunciar a la Carta del Pueblo (que en el fondo no contiene más que la reivindicación del 
sufragio universal
 y las condiciones bajo las cuales éste, y sólo éste, puede convertirse en una verdad en Inglaterra) y a reconocer los privilegios de esos cuerpos que, según confesión de los propios reformadores de la City, se hallan en proceso de putrefacción. La Asociación de la City tiene ante sí el ejemplo de los «reformadores financieros y parlamentarios». Sabe que ese movimiento, encabezado por Hume, Bright, Cobden, Walmsley y Thompson, fracasó por haber sustituido la Carta del Pueblo por la llamada «Pequeña Carta», por haberse limitado a hacer concesiones a la masa popular y a querer sellar con ella un simple compromiso. ¿Y se imaginan que van a conseguir 
sin
 concesiones lo que aquéllos no pudieron lograr 
a pesar de
 las concesiones? ¿O deducen del movimiento contra las leyes de cereales que es posible poner al pueblo inglés en movimiento a favor de reformas parciales? Pero el objeto de aquel movimiento era muy general, muy popular, muy palpable. El símbolo de la Liga contra las Leyes de Cereales era, como se sabe, un pan grande y ancho, en contraste con el panecillo diminuto de los proteccionistas. Un pan, sobre todo en el año de hambre de 1846, habla naturalmente un dialecto popular muy distinto del de una «fisiología de Downing Street». Ni siquiera hace falta recordar un conocido librito: «La fisiología de la City». Allí se demuestra con toda precisión que, por muy bien que los señores atiendan su propio negocio, en la 
administración de los negocios colectivos
, como en todas las 
compañías de seguros
, siguen más o menos fielmente el modelo de la Downing Street oficial. Su administración de los 
ferrocarriles
, con los escandalosos timos, chanchullos y el total descuido de las medidas de seguridad, es tan notoria que más de una vez se ha planteado en la prensa, en el Parlamento y fuera de él la cuestión de si los ferrocarriles no debieran ser puestos bajo control directo del Estado y sustraídos a las manos de los capitalistas privados. La fisiología de Downing Street, pues, no «hará» nada, como dicen los ingleses. «This will not do, sir!»