Karl Marx

Sobre la nueva crisis ministerial

["Neue Oder-Zeitung" Nº 97, 27 de febrero de 1855]

Londres, 24 de febrero. Ayer, la Cámara de los Comunes se hallaba atestada, pues se habían anunciado declaraciones ministeriales sobre la disolución de la primera administración Palmerston. Impacientes, los parlamentarios, apiñados, aguardaban la llegada del noble vizconde, que apareció por fin una hora después de abierta la sesión, recibido con risas de un lado y con vítores del otro. Los ministros disidentes —Graham, Gladstone, Herbert— ocuparon sus escaños en los bancos de los llamados radicales (Escuela de Manchester), donde el señor Bright parecía hacerles los honores. En un banco delante de ellos, entronizado, se sentaba Cardwell, también dimitido. Lord Palmerston se levantó con la moción de que se tomase de inmediato en consideración el comité Roebuck. Sir James Graham inició a continuación las confesiones ministeriales y aún se hallaba en el umbral de su edificio retórico cuando Palmerston lo acompañó con inequívocas muestras de un sueño saludable.

La polémica de Graham contra el comité de investigación se limitaba, en principio, a sostener que éste constituía una intromisión de la Cámara de los Comunes en la prerrogativa de la Corona. Sabemos que desde hace siglo y medio es costumbre de los ministerios ingleses apelar a los privilegios de la Cámara frente a la Corona y a la prerrogativa de la Corona frente a la Cámara. De hecho, Graham amenaza con un peligro para la alianza anglo-francesa a resultas de las indagaciones del comité. ¡Y esto qué era sino una insinuación de que el aliado francés resultaría ser la causa principal de las adversidades lamentadas! En lo que atañe a su salida del ministerio, éste había considerado desde el primer momento la moción de Roebuck como un voto de desconfianza encubierto. De ahí que Aberdeen y Newcastle fueran sacrificados y se disolviera el antiguo gabinete. El nuevo gabinete, con excepción de Canning y Panmure, se compone del antiguo personal; ¿cómo, pues, podría de repente haberse vuelto la moción de Roebuck susceptible de una nueva interpretación? No era él, sino lord Palmerston, quien había cambiado de parecer del viernes al martes. No era él el desertor, sino su noble amigo. Además —y ésta fue una confesión ingenua—, Graham adujo como motivo de su dimisión del gabinete renovado haberse convencido

«de que la actual administración no goza de la confianza de la Cámara en mayor grado que la que se retiró hace pocas semanas».

En el curso de su argumentación, Graham dejó caer estas palabras:

«Al formarse la nueva administración, quise saber del noble lord (Palmerston) si se produciría algún cambio en la política exterior del conde de Aberdeen y, asimismo, si se modificaría algo en las condiciones de paz establecidas. Lord Palmerston me dio las más plenas seguridades de que, en esos respectos, todo seguiría como hasta ahora.»

(Citamos estas palabras tal como se pronunciaron en la Cámara de los Comunes, no como se imprimieron en los periódicos en forma más parafrástica.)

Bright recogió de inmediato esta declaración de Graham para dejar constancia de que no deseaba derribar al gobierno de Palmerston, que no odiaba personalmente al noble lord, sino que estaba convencido de que Palmerston y Russell poseían lo que le había faltado al injustamente perseguido Aberdeen, a saber, popularidad suficiente para concertar la paz sobre la base de los cuatro puntos.

Sidney Herbert: La moción de Roebuck se compone de dos partes completamente distintas. En primer lugar, propone investigar el estado del ejército ante Sebastopol; en segundo lugar, investigar la dirección de los departamentos gubernamentales encargados específicamente del mantenimiento del ejército. La Cámara tiene derecho a hacer esto último, pero no lo primero. ¿Acaso por eso se opuso Herbert, el 26 de enero, con la misma vehemencia a «esto último» con la que ahora, el 23 de febrero, se opone a «lo primero»? Cuando él (Herbert) asumió su puesto en el actual gabinete, lord Palmerston, en consonancia con su discurso del viernes pasado, declaró el comité inconstitucional y eliminado con la salida de Aberdeen y Newcastle. Palmerston ni siquiera dudaba de que la Cámara rechazaría ahora la moción de Roebuck sin debate. El comité, en la medida en que no persigue una acusación contra el gobierno, sino una investigación sobre el estado del ejército, resultará ser una gigantesca apariencia. Lord Palmerston, al no tener el valor de actuar conforme a su convicción reiteradamente formulada, debilita al gobierno. ¿De qué sirve un hombre fuerte si sigue una política débil?

Gladstone, en realidad, no añade nada a las explicaciones de sus colegas, salvo ese tipo de argumentación que indujo al difunto Peel, con ocasión de la salida de Gladstone de su administración —se trataba entonces del Maynooth Institute—, a declarar que creía haber comprendido los motivos de la dimisión de su amigo antes de que éste se propusiera exponerlos al parlamento en un discurso de dos horas,

Palmerston consideró superfluo entrar en las explicaciones de sus ex colegas. Lamentaba su dimisión, pero sabría consolarse. A sus ojos, el comité no perseguía censura alguna, sino una investigación sobre el estado del ejército. Se había opuesto al nombramiento del comité, pero se había convencido de que la decisión de la Cámara era irrevocable. El país no podía estar sin gobierno, y por eso él seguiría gobernando, con comité o sin él. A una pregunta de Bright, declaró que las negociaciones de paz se tomaban en serio y que las instrucciones de Russell estaban redactadas sobre la base de los cuatro puntos. No comunicó a la Cámara nada acerca de la situación de su propio ministerio.

Es indudable que Palmerston, pese a la repentina disolución de su primera administración, ha cosechado ya victorias, si no en la opinión pública, sí en el gabinete y en el parlamento. Con la misión de Russell a Viena se ha desembarazado de un rival incómodo y caprichoso. Mediante su compromiso con Roebuck, ha convertido el comité parlamentario de investigación en una comisión gubernamental que, junto a los tres nombrados por él mismo, apenas cuenta como una cuarta. Ha puesto, como dice Sidney Herbert, una «gigantesca apariencia» en lugar de una realidad. La dimisión de los peelitas le ha brindado la posibilidad de formar un gabinete integrado por puros ceros, con él mismo como única cifra. Sin embargo, está fuera de duda que la formación de un auténtico ministerio Palmerston de ese tipo ha de luchar con dificultades casi insuperables.