["Neue Oder-Zeitung" nº 59, del 5 de febrero de 1855]

Londres, 2 de febrero. Anoche volvió a aplazarse la Cámara de los Comunes, después de que Palmerston hiciera el anuncio formal de la dimisión del ministerio.

En la Cámara de los Lores, Aberdeen pronunció la oración fúnebre del «gabinete de todos los talentos». Él se había opuesto a la moción Roebuck, no porque su administración rehuyese la investigación, sino porque la moción violaba la constitución. Aberdeen evita, sin embargo, ilustrar esto históricamente a la manera de su amigo Sidney Herbert, quien preguntó a la Cámara de los Comunes si estaba dispuesta a imitar al Directorio francés (instaurado en 1795), que había enviado comisarios para arrestar a Dumouriez —comisarios que, como es sabido, fueron entregados por Dumouriez a Austria en 1793—. De semejante erudición se guarda el thane escocés. Su gabinete, asegura, solo puede ganar con un comité de investigación. Va más allá. Anticipa el resultado de la investigación en un panegírico de sí mismo y de sus colegas, primero del ministro de la Guerra, luego del canciller del Exchequer, luego del ministro de Marina, por último del ministro de Asuntos Exteriores. Cada cual en su puesto había sido grande: un talento. Por lo que atañe a la posición militar de Inglaterra, la situación del ejército de Crimea es ciertamente enojosa, pero Bonaparte ha contado a Europa que el ejército francés consta de 581.000 hombres; además, ha dispuesto una nueva leva de 140.000 hombres. Cerdeña ha puesto a disposición de lord Raglan 15.000 excelentes tropas. Si las negociaciones de paz en Viena llegaran a fracasar, tienen asegurado el auxilio de una gran potencia militar con un ejército de 500.000 hombres.

El thane escocés no padece en todo caso el mismo defecto que el gran economista e historiógrafo Sismondi, quien con un ojo, según él mismo cuenta, todo lo veía negro. Aberdeen ve color de rosa con ambos ojos. Así descubre en este momento un bienestar floreciente en todos los distritos de Inglaterra, mientras comerciantes, fabricantes y obreros alegan padecer una gran crisis comercial. De la sal ática que ya lord Byron celebraba en el thane escocés, derrama sobre su antagonista, lord Derby, la siguiente dosis:

«¡Mis lores! Lo que el país reclama ahora es una administración fuerte. Cómo ha de formarse esta, no me incumbe a mí decirlo. El rumor público ha afirmado confiadamente que lord Derby había recibido orden de Su Majestad para emprender la formación de una administración. Mas, viéndole en su puesto, supongo que no ha sido este el caso y que el rumor público yerra.»

Para entender la finura ática de esta declaración, es necesario contraponerle la respuesta de lord Derby:

«El noble conde de Aberdeen subestima la fuente de donde procede su información. No ha sido el rumor público, sino él mismo» (Derby) «quien, antes de dirigirse a la Cámara de los Lores, informó personalmente a Aberdeen de la llamada que había recibido de la reina. El rumor público, que induce al noble conde a creer que es posible que él» (Derby) «haya tenido una entrevista con Su Majestad, es, por tanto, una fórmula retórica empleada por el noble conde a causa de su habitual escrúpulo en guardarse de la exageración y en exponer imparcialmente cada parte de su alegato.»

En esta ocasión, Derby declara también que el estado actual de los partidos y la presente situación de la Cámara de los Comunes no le habrían permitido encargarse de la formación de un ministerio.

Para el auditorio de la Cámara de los Lores y para los mismos nobles pares, las declaraciones del ministro de la Guerra, el duque de Newcastle, y el cuadro que esbozó del interior de la «familia unida» relegaron no solo el interés por el ejército de Crimea, sino incluso el interés por la crisis ministerial. La explicación de lord John Russell en la Cámara de los Comunes le obliga —dice el duque de Newcastle— a pronunciarse sobre su posición personal en el gabinete derrocado. La narración histórica de Russell no había sido ni completa ni fiel. Había insinuado, como si al separar el ministerio de la Guerra del de las Colonias él solo hubiera cedido de mala gana al «vehemente deseo» de Newcastle, cuando dio su asentimiento a la transferencia del ministerio de la Guerra al duque. Cuando se decidió esta separación en el consejo de ministros, fue más bien él (Newcastle) quien declaró: «Por lo que a él personalmente respecta, estaba del todo dispuesto a aceptar uno cualquiera de los dos departamentos o ninguno de ellos.» No recuerda que Russell manifestara jamás el deseo de transmitir el ministerio de la Guerra a lord Palmerston, pero sí que el propio Russell quiso una vez asumirlo él mismo. Él (Newcastle) nunca pensó en interponerse en su camino. Había asumido el ministerio de la Guerra con plena conciencia de que, en caso de éxito, el mérito no se le atribuiría a él; en caso de fracaso, se le echaría toda la culpa. Pero había considerado su deber no desertar de este puesto ingrato de peligro y de dificultades. Eso es lo que algunos llaman su «arrogancia», lo que lord Russell, en tono distinguido y protector, llamó su «loable ambición». Lord Russell ha ocultado intencionadamente a la Cámara de los Comunes el siguiente pasaje de una carta de Aberdeen al noble lord:

«He comunicado su carta al duque de Newcastle y a Sidney Herbert. Ambos, como era de esperar, me instaron vivamente a que se adoptaran las disposiciones relativas a sus puestos que se estimaran más útiles para el servicio público.»

Él (Newcastle) en aquella ocasión declaró además verbalmente al conde Aberdeen:

«No dé a lord Russell ningún pretexto para salir del gabinete. No se oponga usted en modo alguno a su deseo de relevarme del cargo. Proceda usted conmigo como lo requiera lo mejor del servicio público.»

Lord John Russell ha aludido misteriosamente en la Cámara de los Comunes a los errores que denunció por escrito a Aberdeen. Se ha guardado bien de leer los pasajes correspondientes. El primero se refiere a la no expedición del Regimiento 97 de Atenas a Crimea; pero el ministro de Asuntos Exteriores declaró inadmisible y peligroso desguarnecer Atenas de tropas inglesas. En cuanto a su segundo error, la omisión de un envío de 3.000 reclutas, lord Raglan protestó contra el suministro adicional de soldados tan jóvenes e indisciplinados. Además, en aquel momento faltaban por completo vapores de transporte. Estos dos supuestos errores: eso es todo lo que ha urdido Russell, quien se solazaba con sus colegas en lugares de baños mientras él (Newcastle) resistió y trabajó en su puesto durante todo el año de 1854. Por lo demás, Russell mismo le escribió por fin el 8 de octubre respecto a los «errores»: «Usted ha hecho todo cuanto era posible hacer y yo aliento expectativas sanguíneas acerca del éxito.»

Aberdeen, por lo demás, había presentado al conjunto del consejo de gabinete la propuesta de Russell sobre los cambios de personal. Fue rechazada por unanimidad. El 13 de diciembre, él (Newcastle) defendió su administración en la Cámara de los Lores con un extenso discurso; el 16 de diciembre, Russell declaró a Aberdeen que había cambiado de opinión y había abandonado su deseo relativo al cambio de puestos. Medidas y propuestas para reformar la administración de la Guerra, Russell jamás las hizo, salvo en dos excepciones. Tres días antes de su dimisión y de la moción Roebuck se celebró consejo de gabinete. Russell propone dar un carácter formal y oficial a las reuniones de los jefes de todos los departamentos militares que desde hacía algún tiempo se celebraban en el despacho del ministro de la Guerra. La propuesta de Russell fue aceptada. Poco después Russell envió una propuesta por escrito que, aparte de la innovación ya concedida en el consejo de gabinete, solo contenía dos propuestas: 1. Crear una oficina suprema, presidida por el ministro de la Guerra, que absorbiese la oficina de ordenanzas y controlase toda la administración civil del ejército; 2. Incorporar a esta oficina suprema a dos oficiales superiores, además de los jefes ya existentes de los departamentos de Guerra. Russell declaró en la Cámara de los Comunes que había tenido todos los motivos para creer que sus «propuestas escritas» serían rechazadas. Esto era falso. La propuesta nº 1 fue aceptada por Newcastle; la propuesta nº 2 fue rechazada, entre otras razones, porque el «comisario general» que Russell quería incorporar es desde hace años un personaje mítico, ya no existe en el ejército inglés. De modo que Russell jamás hizo una propuesta que no fuera aceptada. Por lo demás, él (Newcastle) ya había declarado al conde Aberdeen el 23 de enero que, cualquiera que fuese la decisión del Parlamento, a favor o en contra del ministerio, él abandonaría el ministerio. Solo que no quería dar la impresión de huir antes de que el Parlamento hubiera emitido su juicio.

Lord John Russell, cuya vida entera, como dice el viejo Cobbett, no fue más que una serie de «falsos pretextos para vivir», ahora también ha sucumbido, como muestra el discurso de Newcastle, a consecuencia de falsos pretextos.