Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 253 vom 4. Juni 1855]

Londres, 1 de junio. Si Gladstone engaña con la apariencia de profundidad, Palmerston engaña con la apariencia de la superficie. Su verdadera intención sabe ocultarla artísticamente bajo frases efectistas hilvanadas a la ligera y concesiones triviales a la opinión del momento. Su discurso de gabinete lleva ya ocho días ante el público. La prensa diaria y la semanal lo han ventilado, escrutado, criticado. Sus enemigos dicen que, después de haber hablado durante meses el lenguaje del viejo Aberdeen, le ha parecido de nuevo oportuno hablar una noche el lenguaje del viejo Palmerston. Dicen: el noble lord da testimonio de sí mismo, pero ¿quién da testimonio del noble lord? Declaran que su discurso es una obra de artificio, en la medida en que consigue eludir toda declaración concreta sobre su política y adoptar una forma aérea y elástica que hace imposible apresarlo en parte alguna. Sus amigos, por el contrario, no vacilan en declarar que el viento que gastó en su ejecución retórica de órgano es la música misma. De entrada captó correctamente la situación en que había de presentarse ante la Cámara y ante el país. ¿A quién tengo enfrente? Por un lado, a los que creen que no hemos sido suficientemente enérgicos en la conducción de la guerra; pero, por otro lado, a los que tratan de empujar al país hacia condiciones de paz vergonzosas; por un lado, a los que nos reprochan haber entablado negociaciones con Austria, inútiles y paralizadoras de la guerra; pero, por otro, a los que creen que en esas negociaciones no hemos ido suficientemente lejos y las hemos malogrado con exigencias exageradas.

Así se apostó a sí mismo como el hombre del justo medio. Rechazó los ataques de los partidarios de la guerra remitiéndolos a los propios partidarios de la guerra. El giro contra los partidarios acérrimos de la paz dio entonces ocasión a bien calculados estallidos de fervor patriótico, de energía jactanciosa y de todas las valerosas palabras con que tan a menudo embaucó a los «Niais». Halagó el orgullo nacional enumerando los grandes medios de que dispone Inglaterra, siendo ésta su única respuesta a la acusación de ser incapaz de manejar grandes medios.

«El noble lord —dijo Disraeli— le recordaba al advenedizo que quería ganarse a su querida haciendo alarde de su riqueza: Tengo una casa de campo, tengo una casa en la ciudad, tengo una galería de cuadros, tengo una hermosa bodega.»

Así, Inglaterra tenía una flota en el Báltico y una flota en el mar Negro y una renta estatal anual de 80 millones de libras esterlinas, etc. Sin embargo, entre todas las naderías retóricas en que se diluyó el discurso de Palmerston, logró deslizar una declaración concreta, sobre la cual podrá volver más tarde, en la ocasión oportuna, para proclamarla como regla de su política sancionada por la Cámara. Ningún periódico inglés la ha destacado, pero el arte del discurso palmerstoniano consistió precisamente siempre en ocultar su propio punto y arrastrarlo de la memoria de los oyentes en la corriente tersa y superficial de su fraseología. Pero como a él, a diferencia de un Russell, no le interesa sólo el éxito momentáneo, sino que calcula el futuro, no se contenta con los recursos oratorios del instante, sino que echa cuidadosamente los cimientos de sus operaciones posteriores. La declaración antes aludida reza literalmente:

«Estamos empeñados en grandes operaciones en el mar Negro; creemos y esperamos tener éxito, y creemos que el éxito nos llevará a obtener las condiciones que Inglaterra, Francia y Austria, en el estado actual de la disputa, han considerado justo exigir.»

Así pues, por mucho que se extiendan las operaciones en el mar Negro, la base diplomática de la guerra sigue siendo la misma. Cualquiera que sea el éxito militar, el éxito final está de antemano determinado y limitado a los llamados «cuatro puntos». Y esto lo declara Palmerston después de que Layard, pocas horas antes, hubiera arrancado a los cuatro puntos la máscara favorable a Rusia. Pero Palmerston desvió la atención de la crítica de Layard; evitó abordar la verdadera cuestión, el valor de los fines y objetos ostensibles de la guerra, al defender contra Gladstone la segunda mitad del tercer punto y ensalzar el medio punto como un todo.

Merece mención un incidente que interrumpió el discurso de Palmerston. Un mojigato inglés, lord Robert Grosvenor, le lanzó un sermón penitencial porque hablaba de triunfos militares y discutía las probabilidades de la guerra sin tener en cuenta el favor y la gracia del Altísimo, sin mencionar siquiera «el nombre de Dios». De ese modo, atraía sobre su nación un castigo celestial. Palmerston enseguida hizo penitencia, se golpeó el pecho y demostró que, llegado el caso, también él sabía predicar y poner los ojos en blanco tan bien como lord Robert Grosvenor. Pero el incidente parlamentario recibió un complemento popular. Los ciudadanos de Marylebone (un barrio de Londres) habían convocado una gran reunión en Cowper Street, en el School Room, para protestar contra el «proyecto de ley para la supresión del comercio en domingo». Como se trataba de sus electores, lord Ebrington y lord Robert Grosvenor se presentaron como defensores del proyecto de ley que ellos mismos habían presentado en el Parlamento. Sin embargo, en lugar de confiar en la protección y la gracia de Dios, habían apostado por precaución una docena de aplaudidores pagados y perturbadores en diversos puntos de la reunión. El secreto quedó pronto al descubierto, y los ciudadanos agarraron inmediatamente a los agentes alquilados de la beatería y los echaron a la calle. Los «nobles lores», incapaces de hacer frente a los silbidos, gruñidos y pitidos que estallaron entonces, volvieron a ocupar confusos sus asientos. Tan pronto como abandonaron la reunión, una turba «no pagada» siguió a sus carruajes con inequívocas manifestaciones de pecaminosa mofa y de la dureza de sus corazones.