Londres, 23 de mayo. La amenazante insatisfacción que la retirada de la expedición a Kerch ha provocado en el ejército aliado y en la flota ante Sebastopol ha encontrado un eco, aunque débil y apagado, en la prensa londinense. Se empieza a temer que la unidad y el curso artístico del drama bélico en Crimea estén menos amenazados por los rusos que por la intervención arrogante y caprichosa de un Deus ex machina <la irrupción inesperada y súbita de una persona>, el genio militar de Napoleón III. Las muestras de este genio dadas en el conocido "Ensayo" didáctico de ciencia bélica del "Moniteur" son, en verdad, cualquier cosa menos consoladoras y tranquilizadoras. Pero hasta ahora, la distancia del teatro de guerra respecto de las Tullerías ofrecía cierta garantía contra las injerencias prácticas del diletantismo militar de París. Entretanto, el telégrafo submarino ha destruido las distancias y, con las distancias, la garantía, y John Bull, que suele llamarse a sí mismo "the most thinking people of the world" <"el pueblo más inteligente del mundo">, empieza a ponerse meditabundo y a murmurar y a quejarse de que la marina y la flota inglesas hayan de proporcionar el corpus vile <el cuerpo sin valor> sobre el cual experimente el "genio militar" hereditariamente legado y providencialmente existente.

El "Morning Herald" de hoy asegura taxativamente que la expedición fue llamada de vuelta porque Bonaparte ha retomado la funesta idea de tomar por asalto Sebastopol desde el lado sur. No dudamos ni por un instante que el genio militar de las Tullerías está poseído por esta idea fija, pero no podemos persuadirnos de que incluso un simple "sabreur" como

Pélissier sea capaz de ejecutar un plan tan insensatamente ruinoso. Creemos, por tanto, que se ha decidido el paso en masa a través del Chernaya, y que se consideró preocupante despedazar la fuerza total mediante el destacamento de un cuerpo de 12.000 hombres. En efecto, en lugar de destacar a esos 12.000 hombres, a la inversa, directamente antes de la partida del ejército, deberían embarcarse en Eupatoria entre 15.000 y 20.000 turcos e incorporarse al ejército principal, de modo que solo quedara atrás la guarnición indispensable para mantener aquella plaza. Como se demostró en una carta anterior, todo el éxito de la campaña depende de la fuerza del ejército que cruce el Chernaya. Sea como fuere, la retirada de la expedición a Kerch es una nueva prueba de la vacilación insegura, de la chapucería que anda a tientas de aquí para allá, que hoy en día se hacen pasar por "idées napoléoniennes" <"ideas napoleónicas">.

Entretanto, los héroes improvisados para el golpe de Estado se desgastan con una rapidez inaudita. La serie fue inaugurada por Espinasse, quien, tras su vergonzosa incursión en la Dobruja, fue obligado por los zuavos a retirarse a toda prisa a París. Este
Espinasse
era el mismo hombre que, encargado de la vigilancia del edificio de la Asamblea Nacional, la entregó a sus enemigos. El segundo en la línea descendente fue
Leroy
, alias
S
[
ain
]
t-Arnaud
, el ministro de la Guerra del dos de diciembre. Le siguió
Forey
, tan valiente en la cacería contra los desdichados campesinos del sureste de Francia y tan considerado y humano con los moscovitas. La sospecha del ejército de que iba a contarle a los rusos los secretos del consejo de guerra francés obligó a despacharlo a toda prisa de Crimea a África. Finalmente,
Canrobert
, degradado por notoria incapacidad. La ironía de la historia ha nombrado a
Pélissier
su sucesor y, por tanto, más o menos comandante en jefe del ejército anglofrancés: el mismo Pélissier de quien, en 1841, dentro del Parlamento, en los clubes de oficiales londinenses y en country-meetings <mítines rurales>, en el "Times" y en el "Punch", se aseveró una y otra vez que
jamás
un oficial inglés de honor podría servir junto a ese
"monstruo"
("that ferocious monster"). ¡Y ahora el ejército inglés sirve no solo
junto
a él, sino
bajo
sus órdenes, todo el ejército inglés! Después de que los whigs y su ministro de Asuntos Exteriores Palmerston acabaran de ser derribados por los tories, Palmerston convocó a sus electores en Tiverton y demostró que su derecho a romper la alianza anglofrancesa y a aliarse con Rusia radicaba en que el gobierno francés, en que Luis Felipe empleaba en su servicio a un

"monstruo"
como Pélissier. Hay que reconocer que, si el ejército francés paga caro su revuelta de diciembre, tampoco todo es "color de rosa" para Inglaterra en la alianza con el imperio restaurado.

El ministerio sufrió ayer en la Cámara de los Comunes una derrota que no demuestra otra cosa sino que el Parlamento se venga de vez en cuando de los ministros por el desprecio de que goza "out of doors" <"fuera de las puertas" (del Parlamento)>. Un tal señor
Wise
presentó la moción

"de que es opinión de esta Cámara que se lleve a cabo la completa revisión de nuestros establecimientos diplomáticos, tal como fue recomendada en el informe del comité selecto de 1850 sobre los salarios de los funcionarios".

El señor Wise es amigo de Palmerston. Su moción ronda el orden del día de la Cámara desde hace quizá dos años, sin llegar a ser debatida. El azar se la puso ayer por delante a los comunes descontentos. Wise pronunció su discurso y creyó entonces, a raíz de algunas observaciones de Palmerston, poder hacer el juego habitual y retirar su moción. Pero, en total contra de lo acordado, el señor Baillie retomó la propuesta que Wise abandonaba y la aprobó contra Wise y Palmerston con una mayoría de 112 contra 57. Esta derrota no inquietó en absoluto a un viejo y experimentado táctico como Palmerston, pues sabe que la Cámara, para salvar las apariencias de independencia, tiene que condenar a muerte de vez en cuando una moción ministerial y dar vida a una antiministerial. En cambio, la moción de Disraeli surtió en los bancos ministeriales el efecto de una descarga eléctrica. El propio Palmerston, maestro de la comedia parlamentaria, felicitó "a los poetas y actores de esta escena incomparable". No era ironía. Era el homenaje involuntario que un artista rinde al rival que lo supera en su propio terreno. En la sesión del lunes, Palmerston había jugado con tanta habilidad con Milner Gibson y Gladstone y Herbert y Bright y Lord Vane, que todo debate sobre política exterior parecía aplazado hasta después de las vacaciones de Pentecostés, el ministerio y la Cámara comprometidos a una actitud determinada, y una dictadura de varias semanas asegurada para el noble vizconde en persona. El único día en que aún se podía debatir, el jueves, estaba acaparado por la moción reformista de Layard. De este modo, nadie podía impedir a Palmerston concertar la paz durante las vacaciones de Pentecostés y, como había hecho más de una vez, sorprender a la Cámara nuevamente reunida con uno de sus célebres tratados. La

Cámara, por su parte, quizá no se habría sometido de mala gana a este destino de sorpresa. La paz,
concertada a sus espaldas
, incluso la paz à tout prix, era aceptable con unas cuantas protestas post festum, por puro decoro. Pero, desde el momento en que Cámara y ministerio se vieron obligados a pronunciarse antes de la clausura, el uno ya no podía sorprender, y el otro ya no podía dejarse sorprender. De ahí la consternación cuando Disraeli se levantó y planteó su moción y Layard le cedió su día a Disraeli. Esta "conspiración entre Layard y Disraeli", como llamó "Post" a la cosa, frustró así toda hábil maniobra desde la "clausura" de la Conferencia de Viena, que aún no se ha roto del todo.