Karl Marx

Sobre la historia de las agitaciones

[*Neue Oder-Zeitung*, núm. 215 del 10 de mayo de 1855]

Londres, 7 de mayo. En tiempos de grandes agitaciones en Inglaterra, la City de Londres nunca supo situarse en la vanguardia. Su adhesión a una agitación solo probaba hasta ahora que el fin de esta estaba ya alcanzado, convertido en *fait accompli*. Así sucedió con el movimiento reformista, en el que Birmingham tomó la iniciativa. Así con el movimiento contra las leyes de cereales, dirigido desde Manchester. Una excepción la constituye el Acta de restricción bancaria de 1797. Los meetings de banqueros y comerciantes de la City de Londres facilitaron entonces a Pitt prohibir al Banco de Inglaterra la continuación de los pagos en metálico, después de que los directores del banco le hubieran declarado semanas antes que el banco se hallaba al borde de la bancarrota y que solo podía salvarse mediante un golpe de Estado, mediante el curso forzoso de los billetes de banco. Las circunstancias no exigían entonces menos resignación por parte del Banco de Inglaterra al dejarse prohibir los pagos en metálico que por parte de los comerciantes de la City, cuyo crédito se mantenía y caía con el del banco, al apoyar la prohibición de Pitt y recomendársela al campesino. [(1)] La salvación del Banco de Inglaterra era la salvación de la City. De ahí, por entonces, sus meetings «patrióticos» y su iniciativa «agitadora». La iniciativa que la City ha tomado en este momento, mediante sus meetings celebrados el sábado último en la London Tavern y el Guildhall, mediante la formación de una «Asociación para la reforma administrativa», tiene el mérito de la novedad, el mérito, raro en Inglaterra, de carecer de precedente. Además, en estos meetings ni se comió ni se bebió, lo que también es nuevo en los anales de la City, cuyo «patriotismo de la sopa de tortuga» ya fue perpetuado por Cobbett. Por último, fue una novedad que los meetings de los comerciantes de la City en la «London Tavern» y el «Guildhall» se celebraran en horas de negocio, a plena luz del día. La actual paralización de los negocios quizás tenga algo que ver con este fenómeno, del mismo modo que en general puede constituir un fermento en la efervescencia del espíritu de la City, y un fermento esencial. A pesar de todo, no puede negarse la importancia de este movimiento de la City, por mucho que en el West End se afanen por enterrarlo bajo risas de desdén. Los periódicos burgueses reformistas –*Daily News*, *Morning Advertiser*, *Morning Chronicle* (este último pertenece desde hace algún tiempo a esta categoría)– tratan de demostrar a sus adversarios el «gran porvenir» de la asociación de la City. Pasan por alto lo más inmediato. No han comprendido que puntos muy esenciales, muy decisivos, han quedado ya decididos por el mero hecho de estos meetings: 1. La ruptura entre la clase dominante *fuera* del Parlamento y la clase gobernante *dentro* de él; 2. una dislocación de los elementos de la burguesía que hasta ahora marcaban la pauta en política; 3. el desencantamiento de Palmerston.

Como es sabido, Layard ha anunciado sus propuestas de reforma para esta noche en la Cámara de los Comunes. La Cámara de los Comunes, como es notorio, lo siseó, lo abucheó, le gruñó hace aproximadamente una semana. Los príncipes del mundo mercantil inglés en la City respondieron en sus meetings con frenéticos vivas a Layard. Él fue el héroe del día en la London Tavern y el Guildhall. Los *cheers* (vítores) de la City son la respuesta provocadora a los *groans* (abucheos) de la Cámara de los Comunes. Si la Cámara de los Comunes se muestra esta noche amedrentada, su autoridad se habrá esfumado, habrá abdicado. Si renueva sus *groans*, los *cheers* opuestos resonarán con tanto más estruendo. Y por los «abderitas» se sabe a qué hechos tangibles conduce la rivalidad entre *cheers* y *groans*. Los meetings de la City fueron un desafío directo a la Cámara de los Comunes, semejante a la elección de sir Francis Burdett por Westminster en el primer decenio de este siglo.

Hasta ahora, como es sabido, la escuela de Manchester, con sus Bright y Cobden, había estado a la cabeza del movimiento de la burguesía inglesa. Los fabricantes de Manchester han sido desplazados ahora por los mercaderes de la City. Su oposición ortodoxa a la guerra convenció a la burguesía, que en Inglaterra no puede permanecer inmóvil un instante, de que, al menos por el momento, han perdido la vocación de guiarla. Los señores de Manchester solo pueden mantener su «hegemonía» en este momento superando a los señores de la City. Esta rivalidad entre las dos fracciones más importantes de la burguesía, anunciada de hecho por los meetings de la City, de los que fueron excluidos y se autoexcluyeron los Bright y los Cobden, anuncia cosas buenas para el movimiento popular. Ya podemos aducir como prueba que el secretario del comité de la City ha dirigido una carta a los cartistas de Londres pidiéndoles que designen un miembro para su comité permanente. A tal efecto, Ernest Jones ha sido comisionado por los cartistas. La clase comerciante no se halla, naturalmente, en oposición tan *directa* a los obreros como los fabricantes, la *millocracia*, y así, al menos para el comienzo, pueden darse pasos *comunes* que entre cartistas y hombres de Manchester eran imposibles.

Palmerston –y este es el último gran hecho de los meetings de la City– ha sido por primera vez siseado y abucheado por la corporación electoral más importante del país. El hechizo de su nombre se ha roto para siempre. Lo que lo puso en descrédito en la City no fue su política rusa, que es más vieja que la guerra de los Treinta Años. Fue el sarcasmo desaliñado, el pretendido cinismo, fueron sobre todo los «malos chistes» con los que afectaba curar la crisis más terrible que jamás ha vivido Inglaterra. Eso indignó las conciencias burguesas, por mucho que hiciera furor en la decrépita casa de los «Comunes».

Reforma administrativa *con* un Parlamento como el que está constituido ahora: cualquiera reconoce a primera vista lo ilógico de estos piadosos deseos. Pero en nuestro siglo hemos vivido papas reformadores. Hemos vivido banquetes reformistas con Odilon Barrot a la cabeza. No es extraño, entonces, que el alud que arrasará a la vieja Inglaterra aparezca primero como una bola de nieve en la mano de reformadores comerciantes de la City.

Notas

[(1)] Es increíble que todavía en las historias más modernas de la economía política se cite el comportamiento de la City de entonces como prueba de patriotismo inglés. Es aún más increíble que el señor von Haxthausen, en su obra sobre Rusia (tomo 3, 1852), sea tan crédulo como para afirmar que Pitt, mediante la suspensión de los pagos en metálico del Banco, retuvo el dinero en Inglaterra. ¡Qué no se le habrá hecho creer a un hombre que alberga tal fe, precisamente en Rusia! Y ¡qué pensar de la crítica berlinesa, que cree a pies juntillas en el señor von Haxthausen y, para probarlo, lo plagia!