La guerra en Crimea

[“Neue Oder-Zeitung” N.º 279, 19 de junio de 1855]

Londres, 16 de junio. El debate sobre la moción de Layard no fue llevado ayer a su conclusión, sino que fue aplazado para el lunes por la noche. Aplacemos, pues, de momento la caracterización del mismo.

Un incidente en la sesión de la Cámara de los Comunes merece mención. Durante las negociaciones sobre la Conferencia de Viena, Palmerston había dejado caer que los peelitas habían puesto como condición para entrar en su gabinete la fijación de ciertas condiciones de paz. Russell había defendido precisamente esas condiciones en Viena. Otway exigió ayer una declaración de Palmerston sobre si se atenía a unas condiciones de paz que habían emanado de los peelitas, es decir, de un partido que, según propia confesión, actúa en interés de Rusia. Gladstone se levantó y pidió que se llamara al orden al orador que le acusaba a él y a sus amigos de traición. Se procedió a la llamada al orden. Otway, sin embargo, repitió su caracterización de los peelitas y su interpelación a Palmerston. Palmerston, como de costumbre, rehusó toda respuesta. Las condiciones de paz dependían naturalmente de los acontecimientos de la guerra. En cuanto a los peelitas, éstos habían estipulado especialmente con él que una “cierta” condición, que él debía callar, no se convirtiera en *conditio sine qua non* de la paz. Gladstone, en respuesta a Palmerston, negó por su parte haber negociado jamás con Palmerston sobre las condiciones de paz. Otra cosa sería acaso su amigo Graham. Por lo demás, protestaba contra el sistema de Palmerston de, por una parte, una afectada reserva oficial, y por otra, insinuaciones ocultas, alusiones equívocas y comunicaciones a medias. El ministerio debía hablar abiertamente o callar por completo. Gladstone administró esta lección a Palmerston con bendita amargura.

El gobierno francés ha dado en el “Constitutionnel” un nuevo *exposé* sobre la conducción de la guerra en los próximos meses. Estos *exposés* se han vuelto ahora no solo de moda, sino también periódicos. Aunque en íntima contradicción consigo mismos, son valiosos como revelación sobre “todos los posibles” planes de campaña de Luis Bonaparte contra Rusia. Son valiosos en la medida en que documentan la desaparición de una ilusión bonapartista tras otra. El primer plan fue el de la “gran guerra” mediante la alianza austriaca, con 500.000 austriacos y 100.000 franceses en el Vístula y el Dniéper. El plan habría asignado al ejército francés la misma relación de subordinación numérica respecto al austriaco que ocupan los ingleses en Crimea al lado de los franceses. Habría concedido a Rusia la iniciativa revolucionaria. Austria se negó a actuar. El plan fracasó. El segundo plan fue la “guerra de las nacionalidades”, el levantamiento general de los “oprimidos que miran constantemente hacia Occidente”. Habría provocado una tormenta entre alemanes, italianos, húngaros, por un lado, y la insurrección eslava, por el otro. Habría amenazado, repercutiendo sobre Francia, con el fin del “segundo” imperio. El imitado “hombre de hierro” se estremeció y retrocedió. El plan fracasó. Todo esto ha pasado ya. Austria ha cumplido con su deber, Prusia ha cumplido con su deber, todo el mundo ha cumplido con su deber, y Bonaparte ha llegado al tercer y más modesto plan.

“Guerra local para fines locales”. Las tropas francesas en Crimea no luchan por la gloria, cumplen un mero servicio de policía. La cuestión pendiente es puramente local: la supremacía en el Mar Negro, y aquí, en el lugar mismo, ha de resolverse. Dar a la guerra mayores dimensiones sería una locura. “Respetuosamente, pero con firmeza”, los aliados aplastarán todo intento de los rusos de resistir en el Mar Negro, y luego ellos o los rusos, o ambos, harán la paz. De las grandes frases no ha quedado nada, ni siquiera la frase de la civilización, nada más que la lucha por el tercer punto del Protocolo de Viena. La guerra con un fin puramente local, observa el oráculo imperatorio <En la “Neue Oder-Zeitung”: imperialista>, puede ser conducida con medios puramente locales. ¡Quitad a los rusos la supremacía en el Mar Negro! Demostraremos en la próxima carta que, después de que Bonaparte ha descendido de la “gran guerra” a la “guerra de las nacionalidades”, y de la “guerra de las nacionalidades” a la “guerra local para fines locales con medios locales”, esta última guerra va a parar al absurdo.