Karl Marx/Friedrich Engels

[«Neue Oder-Zeitung» N.º 11, del 8 de enero de 1855]

Londres, 5 de enero. ¿Quién es responsable del estado en que se encuentra el ejército inglés en Crimea? Un vistazo a la curiosa maquinaria de la administración de guerra mostrará que la responsabilidad está repartida con tal habilidad entre las distintas autoridades, que roza a cada una pero no se adhiere a ninguna. A la cabeza de todo el ejército británico hay un «Commander in Chief», un comandante en jefe, una especie de condestable, figura que ha sido eliminada en casi todos los demás ejércitos civilizados. De los Horse Guards —así se llama la oficina de este comandante en jefe por hallarse en el cuartel de los Horse Guards— emanan casi todos los nombramientos militares. Pero sería un error suponer que este comandante en jefe tenga realmente algo que mandar. Si ejerce algún control sobre la infantería y la caballería, en cambio la artillería, la ingeniería, los zapadores y los minadores se hallan por entero fuera de la esfera de su influencia. Si ejerce cierta soberanía sobre pantalones, chaquetas y corbatines, su influencia se quiebra ante todos los abrigos. Podrá determinar cuántos cartuchos ha de llevar consigo cada infante, pero no puede proveerlo de un solo mosquete. Podrá someter a todos sus hombres a un consejo de guerra y hacerlos azotar a discreción, mas no puede ponerlos en movimiento, ni siquiera una pulgada. Marchar queda fuera de su competencia, y en cuanto al sustento de sus tropas, es algo que absolutamente no le incumbe. Viene luego el
«Master General of the Ordnance»,
el Maestre General de la Artillería. Esta persona es una triste reliquia de tiempos en que la ciencia era considerada indigna del soldado y todos los cuerpos científicos, como la artillería y la ingeniería, no estaban compuestos de soldados sino que formaban una especie de cuerpo indescriptible, mitad doctos, mitad artesanos, agrupados en un gremio o corporación particular

bajo el mando del Maestre General. Este Maestre General de la Artillería tiene bajo su responsabilidad, además de la artillería y la ingeniería, todos los abrigos y las armas portátiles de todo el ejército. Sin él no puede tener lugar, pues, ninguna operación militar de ningún género. Su participación es indispensable. El siguiente en la serie es el
«Secretary at War»,
el secretario de la Guerra, que no es sin embargo el verdadero ministro de la Guerra, sino más bien el representante del Ministerio de la Guerra en la Cámara de los Comunes, constituyendo empero una autoridad del todo independiente. Este secretario de la Guerra no puede dar orden alguna a ninguna parte del ejército, pero puede impedir que cualquier parte del ejército haga algo. Siendo el jefe de las finanzas militares y costando dinero todo acto militar, su negativa a adelantar capital equivaldría a un veto absoluto contra todas las operaciones. Mas por dispuesto que esté a abrir su caja, sigue siendo incapaz de poner al ejército en movimiento, porque no puede nutrirlo. Eso rebasa su esfera. La autoridad que nutre al ejército y, en caso de marcha, ha de suministrarle los medios de transporte, el
Comisariado,
está bajo el control de la Tesorería. De este modo, el primer ministro —el primer lord de la Tesorería— mete directamente la mano en cada operación militar y puede, a su antojo, acelerarla, demorarla o detenerla. Todo el mundo sabe que el Comisariado es en un ejército tan importante como los soldados mismos, y precisamente por eso la sabiduría colectiva de la vieja Inglaterra ha tenido a bien hacer al Comisariado del todo independiente del ejército y colocarlo bajo el control de un departamento esencialmente hostil a la guerra. Pero ¿quién, finalmente, pone al ejército en movimiento? Antes, el ministro de las Colonias; ahora, el ministro para la Guerra, jefe nominal del Ministerio de la Guerra. Él es quien envía las tropas de Inglaterra a China y de la India al Canadá. Mas, por sí misma, su autoridad es tan impotente como la de las cuatro autoridades militares precedentes, ya que se requiere la cooperación de las cinco para llevar a cabo incluso el más insignificante movimiento. Cada uno de estos cinco poderes tiene su propia burocracia con su propia rutina, y cada uno obra bajo su propia responsabilidad.

El
origen
de este sistema estriba manifiestamente en precauciones constitucionales contra el ejército permanente. En lugar de una
división del trabajo
que diera al ejército la máxima capacidad de movimiento rápido,
una división de poderes
que reduce al mínimo su aptitud para moverse. Pero el sistema no se mantuvo en modo alguno por escrúpulos parlamentarios o constitucionales, sino porque la influencia oligárquica se quebrantaría, al menos en este terreno, al mismo tiempo que una oportuna reforma de la administración militar. En la anterior sesión parlamentaria, los ministros se negaron a permitir innovación alguna, salvo la separación entre el ministerio de la Guerra y el de las Colonias. Wellington mantuvo el sistema con tenacidad desde 1815 hasta su muerte, aun sabiendo muy bien que con él jamás habría llevado la guerra peninsular a término exitoso si no hubiera sido porque, casualmente, su hermano, el marqués de Wellesley, ocupaba un puesto en el gabinete. En 1832 y 1836, ante las comisiones que el Parlamento estableció para reformar el viejo sistema, Wellington lo defendió en todo su alcance. ¿Acaso temía facilitar la gloria a sus sucesores?

[«Neue Oder-Zeitung» N.º 13, del 9 de enero de 1855]

Londres, 6 de enero. Hemos conocido el sistema de la administración de guerra inglesa bajo cuyos auspicios estalló la presente guerra. Apenas habían desembarcado las tropas en su primera estación, en Gallípoli, cuando la comparación con el ejército francés delató de inmediato el carácter subalterno de los dispositivos ingleses y la desvalidez de los oficiales y funcionarios ingleses. Y aquí la tarea era relativamente fácil. La llegada de las tropas se había anunciado con mucha antelación y el número de los desembarcados era reducido. Pese a ello,
todo
salió mal. Cargamentos enteros de barcos se pudrían en la playa donde primeramente se desembarcaron; la falta de espacio obligó a enviar tropas a Scutari, etc., etc. El caos se anunciaba con signos inequívocos, pero, al tratarse del comienzo de la guerra, se esperaba una mejoría con la creciente experiencia. Las tropas llegaron luego

a Varna. Aumentó su lejanía de la patria, aumentó su número, aumentó el desorden en la administración. El obrar independiente de los 5 departamentos que componen la administración —cada uno responsable ante un ministerio distinto en la metrópoli— produjo las inevitables colisiones. Reinaba la escasez en el campamento mientras la guarnición de Varna gozaba de todas las comodidades. El Comisariado, con la mayor morosidad, reunió algunos medios de transporte de los alrededores; pero como el general en jefe no proveyó a esos carros de escolta, los carreteros búlgaros desaparecieron más deprisa de lo que habían sido reunidos. Se formó entonces en Constantinopla un depósito central, una especie de primera base de operaciones. Solo sirvió para crear un nuevo centro de dificultades, dilaciones, cuestiones de competencia, rencillas entre el ejército, la Artillería, los pagadores, el Comisariado y el Ministerio de la Guerra. Mientras tanto, en Gallípoli, Scutari y Varna el ejército se hallaba todavía más o menos en estado de paz. Solo en Crimea encontró la administración británica plena ocasión de desarrollar su talento desorganizador en toda su magnitud. ¡En efecto! De más de 60.000 hombres enviados al Oriente desde febrero último, no más de 17.000 continúan en condiciones de servicio. De estos mueren diariamente 60 u 80 y cada día son puestos fuera de servicio, por enfermedad, aproximadamente de 200 a 250, mientras que rara vez regresa uno del hospital. ¡Y de los 43.000 muertos o heridos, los rusos no tienen sobre su conciencia ni siquiera 7.000!

Cuando se informó por primera vez a Inglaterra de que al ejército en Crimea le faltaban alimentos, vestido, abrigo, de que no había provisiones médicas ni de cirugía, de que los enfermos y heridos debían yacer en la tierra fría y húmeda, expuestos a la intemperie o hacinados en cubiertas de barcos, sin asistencia ni lo más indispensable para curarse; cuando se informó de que centenares morían por falta de lo más necesario, todos creyeron que el gobierno había descuidado enviar los pertrechos necesarios al teatro de guerra. Se confirmó, ciertamente, que esta sospecha no carecía de fundamento respecto al primer periodo. Pero más tarde resultó que se había enviado cuanto era posible, en parte en cantidad muy superior a las necesidades; solo que, desgraciadamente, todo llegaba siempre al lugar equivocado y a la hora equivocada. Las provisiones médicas estaban almacenadas en Varna y dejaban a los heridos en Crimea o en Scutari. Ropas y vituallas llegaban a la vista de Crimea, pero no había nadie allí para desembarcarlas. Lo que por casualidad se desembarcaba podía pudrirse tranquilamente en la playa. La necesaria cooperación de la marina introdujo un nuevo elemento de discordia,

una nueva responsabilidad que también reclamaba ser oída en el campamento de Agramante. La incapacidad, amparada por las
reglas
de la rutina de la paz, lo dominaba todo absolutamente. En una de las comarcas más ricas de Europa, en una costa bajo cuya protección se hallaban anclados centenares de buques de transporte abarrotados de provisiones, el ejército británico vivía a media ración. Rodeado de innumerables rebaños, padecía escorbuto por estar limitado a carne salada. Con masas de leña y carbón en los barcos, tenían tan poca sobre tierra firme que debían comer la carne
cruda
y nunca podían secar las ropas que la lluvia había empapado. Si llegaba café, no solo estaba sin moler sino también
sin tostar
. Había masas de vituallas, de bebidas, de prendas de vestir, de tiendas empaquetadas en los barcos, cuya muchedumbre casi tocaba las cimas de los arrecifes sobre los que está plantado el campamento; y sin embargo, como Tántalo, las tropas británicas no podían asirlas. Todo el mundo percibía el mal, todo el mundo corría maldiciendo y denunciaba a todo el mundo por incumplimiento del deber. Pero todo el mundo tenía también su propio fardo de reglamentos, cuidadosamente redactados, sancionados por la autoridad competente y que mostraban de modo palmario que lo que debía hacerse no era parte
de su cometido
y que, por su parte, no tenía poderes para poner las cosas en orden. Agréguese a este estado de cosas la creciente crudeza del clima; los torrentes de lluvia, cuya estación propiamente empieza ahora y que convierten toda el Heracleo Quersoneso en una charca ininterrumpida de lodo, en un cenagal de más de una rodilla de alto; los soldados pasando al menos dos de cada cuatro noches en las trincheras, mientras las otras dos duermen, empapados y manchados, sobre el fango, sin tablas debajo, y apenas con tiendas por encima; los continuos toques de alarma; los calambres, las diarreas, etc., provocados por la humedad, el frío, etc.; la dispersión, sobre el campo, del ya de por sí débil personal médico; las tiendas-hospital con 3.000 enfermos, tendidos casi a cielo abierto y sobre el suelo mojado; los barcos-hospitales y los hospitales de Scutari y Constantinopla —y se comprenderá fácilmente que el ejército británico en Crimea se halla en plena disolución y que los soldados saludan con agrado la bala rusa que los libra de todas estas miserias.

En el "New-York Daily Tribune" núm. 4293 del 22 de enero de 1855 reza el último párrafo: "Por último, hemos de examinar quién es el fundador y guardián de este excelente sistema administrativo. Nadie sino el duque de Wellington. Se atenía a cada uno de sus detalles como si hubiera estado personalmente interesado en hacérselo lo más difícil posible a sus sucesores, que rivalizan con él en gloria militar. Wellington, hombre de extraordinario sentido común, pero en modo alguno un genio, era tanto más consciente de su propia insuficiencia en este aspecto cuanto que era contemporáneo y adversario del genio gigantesco que fue Napoleón. Wellington estaba, por eso, lleno de envidia de los éxitos ajenos. Su bajeza al rebajar los méritos de sus auxiliares y aliados es bien conocida. Nunca perdonó a Blücher que lo hubiera salvado en Waterloo. Wellington sabía muy bien que nunca habría llevado la guerra española a un término victorioso si su hermano no hubiera sido ministro durante ese tiempo. ¿Temía Wellington que futuras hazañas lo eclipsaran, y por eso conservó esta maquinaria en toda su extensión, por ser tan adecuada para maniatar a los generales y arruinar los ejércitos?"