["Neue Oder-Zeitung" Nr. 405 vom 31. August 1855]

Londres, 28 de agosto. Una sola institución del ejército británico basta para caracterizar a la clase de la cual es reclutado el soldado británico. Nos referimos al castigo de la flagelación. El castigo corporal ya no existe en los ejércitos francés, prusiano y en varios otros ejércitos menores. Incluso en Austria, donde la mayor parte de los reclutas se compone de semibárbaros, se aspira manifiestamente a su supresión; así, hace poco se ha eliminado de la legislación militar austríaca el castigo de la carrera de baquetas. En Inglaterra, por el contrario, se mantiene en plena vigencia la «cat-o'-nine-tails» (el gato de nueve colas), un instrumento de tortura absolutamente equiparable al knut ruso. Cada vez que se ha planteado en el Parlamento una reforma de la legislación de guerra, todos los viejos cascos de pluma se han exaltado en defensa de la «cat», y ninguno con más pasión que el viejo Wellington. Para ellos, un soldado no flagelado era un ser inconcebible. La valentía, la disciplina y la invencibilidad eran, a sus ojos, atributos exclusivos de hombres que llevan en sus posaderas las cicatrices de al menos 50 golpes, como los antiguos seguidores llevan el escudo de armas.

La única reforma fue la limitación del número de latigazos a 50. La eficacia de esta reforma se puede deducir del hecho de que hace aproximadamente una semana en Aldershot un soldado raso exhaló su último aliento poco después de recibir 30 latigazos. En esta ocasión se aplicó el procedimiento favorito de empapar en orina la «cat-o'-nine-tails». La aplicación de orina sobre la carne viva y sangrante es una receta infalible para torturar al paciente hasta la locura. El gato de nueve colas no es solo un instrumento de tormento; deja cicatrices imperecederas, estigmatiza a un hombre de por vida. Incluso en el ejército inglés, tal estigmatización es una deshonra que pesa constantemente. El soldado flagelado cae por debajo del nivel de sus camaradas. Pero según el código militar británico, el castigo ante el enemigo consiste casi exclusivamente en la flagelación, de modo que el castigo que sus defensores ensalzan como el único medio para mantener la disciplina en el momento decisivo es el medio más seguro para destruir la disciplina, al quebrantar la moral y el pundonor del soldado.

Esto explica dos hechos singulares. Primero: el gran número de desertores ingleses ante Sebastopol. En invierno, cuando los soldados británicos tuvieron que realizar esfuerzos sobrehumanos para vigilar las trincheras, se flagelaba a aquellos que no sabían mantenerse despiertos durante 48 a 60 horas. ¡Imagínense! ¡Flagelar a héroes como los soldados británicos, [que] se habían acreditado en las trincheras ante Sebastopol y en la jornada anterior a Inkerman! Pero los artículos de guerra no dejaban alternativa. Los mejores hombres del ejército, cuando eran vencidos por el cansancio, eran flagelados, y, deshonrados como quedaban, desertaban a los rusos. No es posible un veredicto condenatorio mejor fundado del sistema que estos hechos. En ninguna guerra anterior tropas de ninguna nación han desertado en número considerable a los rusos. Sabían que serían tratadas peor que en sus propias filas nacionales. Estaba reservado al ejército inglés proporcionar el primer fuerte contingente de tales desertores, y según el testimonio de los propios ingleses, fue la «cat-o'-nine-tails» la que reclutó a estos desertores para Rusia.

El otro hecho es la dificultad con que tropieza Inglaterra en todo intento de formar legiones extranjeras. Ya durante la guerra antijacobina, aunque los artículos de guerra británicos se aplicaban nominalmente a los cuerpos extranjeros, de hecho hubo que abandonar la pena de azotes. A comienzos de este siglo, algunos generales ingleses heterodoxos, entre ellos sir Robert Wilson, publicaron panfletos críticos contra el castigo corporal de los soldados. Sir Francis Burdett, durante más de diez años, tronó en el Parlamento contra la «cat-o'-nine-tails» y calificó a la nación inglesa de «a flogged nation» (una nación azotada). En la Cámara de los Comunes encontró enérgicos partidarios en lord Folkestone y el célebre lord Cochrane (hoy almirante conde de Dundonald). En la prensa, Cobbett sostuvo una terrible polémica contra la «cat», por lo que purgó dos años de presidio. Por un momento, durante los últimos años de guerra contra Napoleón, la exasperación en la nación y en el ejército alcanzó tal grado que el duque de York, notorio tanto por su fanático apego al servicio de cuartel, su huida ante los franceses y sus amoríos con madame Clarke, se vio obligado a promulgar una orden del día en la que se comunicaba a todos los oficiales que la ocurrencia frecuente de flagelaciones en sus respectivos mandos les perjudicaría en sus ascensos.

¿Cómo explicar, pues, que la «cat-o'-nine-tails» haya sobrevivido triunfante a todas estas tormentas de medio siglo? Muy sencillamente. Es el instrumento mediante el cual se mantiene el carácter aristocrático del ejército inglés, mediante el cual todos los puestos superiores, desde alférez en adelante, quedan asegurados como apanage para los hijos menores de la aristocracia y de la gentry. Con la desaparición de la «cat-o'-nine-tails» desaparece la enorme distancia entre soldados rasos y oficiales que escinde al ejército en dos razas formalmente distintas. Al mismo tiempo, sus filas se abrirían a elementos del pueblo superiores a aquellos de los que hasta ahora ha sido reclutada. Entonces se habría acabado con la vieja constitución del ejército inglés. Sería revolucionada desde sus cimientos. El gato de nueve colas es el Cerbero que guarda el tesoro de la aristocracia.