Karl Marx/Friedrich Engels

Zu den Angelegenheiten in der Krim

["Neue Oder-Zeitung" nº 435 del 18 de septiembre de 1855]

Londres, 14 de septiembre. «Repique de campanas y estruendo de cañones», tal es en este momento la consigna del día en Inglaterra. El cielo está colmado de violines y todo edificio de alguna consideración, público o privado, colmado de banderas anglo-francesas. La misma escena en Manchester que en Londres, a pesar de la «Escuela de Manchester»; en Edimburgo como en Manchester, a pesar de la filosofía escocesa. Nada es capaz en este instante de abatir la embriaguez general, ni siquiera la extraordinaria lista de muertos fulminada por el telégrafo a Londres. La derrota de los ingleses ante el Redán y la toma del punto decisivo, el Malachow, por los franceses —únicamente este contraste empaña el clamor de victoria y pone, en cierta medida, límites a la fanfarronería. Quien comparta el viejo prejuicio —un prejuicio que, junto con muchos otros, debemos a la confusión acrítica de las condiciones sociales modernas con las antiguas—, el prejuicio de que la industria y el comercio destruyen el carácter guerrero de un pueblo, puede ahora instruirse de lo contrario en Inglaterra, incluso en Manchester, su metrópoli industrial. La cosa es muy sencilla. Entre los modernos, si no la riqueza del individuo, por lo menos la riqueza nacional crece con el trabajo incrementado; entre los antiguos, crecía con la ociosidad incrementada de la nación. Stewart, el economista nacional escocés que publicó su obra significativa diez años antes que Adam Smith, ya había encontrado y desarrollado esta agudeza.

El entusiasmo público busca en vano, entretanto, alimento en los nuevos despachos telegráficos. Son tan magros como rico fue el primero. Pélissier escribe que un «matériel immense» <«material inmenso»> ha caído en manos de los aliados en Sebastopol. Sospechamos —una cantidad de hierro viejo, cuyo precio bajará seguramente.

El giro que ahora tomarán las cosas depende en gran parte de los motivos que determinaron a los rusos al abandono repentino de la parte sur. Esto es lo que está claro. Razones puramente tácticas y estratégicas fueron ajenas a esta resolución. Si Gortschakow hubiera considerado inseparable el abandono de la Karabelnaja y de la ciudad de la caída del Malachow, ¿para qué la inmensa masa de obras de defensa en el interior del arrabal? A pesar de la posición dominante del Malachow, se habrían podido ganar cinco o seis semanas mediante una defensa rígida, primero de las obras de defensa interiores del arrabal y luego de la ciudad misma. A juzgar por los mejores mapas, planos y modelos, no existían razones puramente estratégicas o tácticas para el abandono repentino de lo que hasta entonces se había defendido con tanta tenacidad. Sólo quedan dos posibles maneras de explicarlo: La confianza moral del ejército ruso estaba quebrantada hasta un punto que hacía desaconsejable resistir de nuevo detrás de las obras de defensa interiores de la ciudad. O la falta de provisiones empezó a hacerse sensible, no sólo en la ciudad, sino también en el campamento; o, finalmente, ambas cosas juntas.

La serie casi ininterrumpida de derrotas que el ejército ruso experimentó desde Oltenitza y Cetate hasta la batalla del Tschornaja y el asalto del 8 de septiembre, sólo pudo haber obrado de manera desmoralizadora sobre los sitiados, tanto más cuanto que una gran parte de los mismos había sido testigo de las derrotas en el Danubio y en Inkerman. Los rusos poseen ciertamente una sensibilidad moral embotada y pueden, por tanto, soportar las derrotas mejor que otras tropas. Sin embargo, también esto tiene necesariamente su límite. Una resistencia prolongada durante un lapso extraordinariamente largo en una plaza sitiada obra de por sí de manera desmoralizadora. Implica sufrimientos, fatigas, falta de descanso, enfermedades y la presencia constante no del peligro agudo, que templa, sino del crónico, que quebranta. La derrota en el Tschornaja, donde estuvo empeñada una mitad del ejército de reemplazo, precisamente los refuerzos que debían salvar la parte sur, y la toma del Malachow, la llave de toda la posición, estas dos derrotas debieron de haber completado la desmoralización. Dado que el Malachow dominaba el puente hacia la otra orilla y los franceses podían destruirlo en cualquier momento, todo acceso se volvió problemático y la retirada el último refugio de las tropas. En cuanto a la falta de medios de aprovisionamiento, existen síntomas de que empezaba a hacerse notar. La interrupción de la navegación rusa en el mar de Azov limitó a los rusos a una sola línea de operaciones y, por tanto, acortó sus suministros. La enorme dificultad de transportar víveres, munición, etc., a través de una estepa escasamente poblada, creció naturalmente tan pronto como sólo quedó abierto el camino desde Cherson. Los medios de transporte, reunidos por requisa desde Ucrania y las provincias del Don, tuvieron que desgastarse poco a poco, y una vez agotadas las provincias más cercanas, se hizo cada vez más difícil reponerlos. Esta falta de abastecimientos debió de manifestarse primero no en Sebastopol, donde estaban acumuladas grandes reservas, sino en el campamento de Inkerman, en Bachtschissarai y en la línea de marcha de los refuerzos. Sólo así se explica que las dos divisiones de granaderos, que se encontraron tanto tiempo en marcha y que ahora deben de estar cerca de Perekop, no avanzaran y no tomaran parte en la batalla del Tschornaja, como, por otra parte, que a pesar de la ausencia de esta mitad mejor de las tropas de reemplazo se arriesgara la batalla, con una fuerza combatiente que no guardaba proporción alguna con su tarea. Si estos puntos de vista son correctos, a Gortschakow no le quedó en realidad nada más que aprovechar la toma del Malachow para salvar a su guarnición bajo un pretexto decoroso.