Karl Marx

["Neue Oder-Zeitung" N.º 395, del 25 de agosto de 1855]

Londres, 22 de agosto. Los informes de los almirantes Penaud y Dundas confirman el juicio que hemos emitido sobre la «gloriosa destrucción de Sweaborg, el Gibraltar del Norte» (terminología del «Times»). Hoy leemos, por lo demás, en un diario londinense:

«De tal índole es el gran bombardeo de Sweaborg, que sólo cabe decir que posiblemente se le ha ocasionado al enemigo un daño considerable con la propagación del incendio. No parece, sin embargo, que hayamos ganado gran cosa. El éxito no ha sido ni brillante ni sólido. En el mar Báltico queda todo por hacer, como antes.»

El «Times», desde luego, que durante la estancia de la reina en Francia necesita buen tiempo y buenas noticias, que desde hace algunos días no pinta sino couleur de rose <rosenfarbig> y finge sufrir de un ataque epiléptico de optimismo, el «Times» se obstina en soñar con una destrucción de la «ciudad» de Sweaborg.

En lo que toca al asunto del Tschornaja, para apreciarlo se necesitan ante todo informes más detallados. Pues todo depende de en qué medida la lucha giró en torno a los desfiladeros del Tschornaja y en qué medida el nivel del agua convirtió al río en un verdadero obstáculo. Si la batalla se libró sin un obstáculo semejante ante el frente francés, arroja un gran baldón sobre los rusos. En cambio, si se trató de forzar desfiladeros que no podían ser evitados, la gran pérdida rusa queda explicada y la batalla puede ser honrosa para ambas partes. Sin embargo, sigue sin estar claro por qué los rusos, por su parte, no intentaron un movimiento envolvente por el valle de Baidar. Pero lo cierto es que, si los aliados no se retiran voluntariamente, los rusos han demostrado ahora su incapacidad para desalojarlos de la meseta y de la línea del Tschornaja. Con lo cual se ha restablecido el antiguo punto muerto.

El asalto a Malachow puede esperarse de un día a otro. Si fracasa, los aliados se encontrarán en una situación crítica. Si tiene éxito, lo que es posible, aunque con pérdidas enormes, no por ello está perdida la parte sur, a menos que hubiera que evacuarla por falta de víveres. En todo caso, con ello habrían logrado los aliados la perspectiva de desalojar de allí a los rusos antes del invierno.

Las noticias sobre el estado de salud del ejército inglés en Crimea son contradictorias. Según un informe, cada mes quedarían incapacitados para el servicio 1.000 soldados ingleses en las trincheras. Positivo es que, de un solo regimiento, el 10.º de húsares, con una fuerza de 676 hombres, se encuentran enfermos 161. El doctor Sutherland, jefe de la comisión sanitaria enviada por el gobierno a Crimea, escribe, entre otras cosas, en una carta dirigida al conde de Shaftesbury:

«Semana que termina el 7 de julio: fuerza del ejército inglés, 41.593; defunciones totales, 150; muertos por cólera, 71; por fiebre, 17; por diarrea, 19; por disentería, 2. Semana que termina el 14 de julio: fuerza del ejército, 42.513; defunciones totales, 123; muertos por cólera, 55; por fiebre, 18; por diarrea, 10; por disentería, 5. Por heridas murieron en la primera semana 44, en la segunda 30, en total 74.»

Las defunciones por enfermedad son, pues, con respecto a las defunciones por heridas, durante las dos primeras semanas de julio casi como de 4 a 1. El doctor Sutherland establece el siguiente contraste entre el estado sanitario del ejército durante el pasado invierno y el presente verano:

«La mortalidad invernal tiene un carácter totalmente distinto de la mortalidad estival. Ahora apenas existen aquellas causas —a saber, mala alimentación, falta de descanso, exceso de trabajo, falta de vestido y abrigo, desprotección contra los elementos, que originaron el escorbuto en casi todo el ejército—. Entonces todos los casos de enfermedad eran escorbúticos, de ahí la espantosa mortalidad en los hospitales de Scutari; aquello sólo podía compararse con la hambruna de Irlanda; ahora, en cambio, tenemos fiebre y cólera, cuya intensidad en nuestro campamento ha sido mitigada sin duda por los muchos cuidados que se prodigan a los soldados.»

El estado sanitario del ejército sitiado es en este momento indiscutiblemente peor que el de los sitiadores. Sin embargo, la carta del doctor Sutherland puede aspirar tanto menos a una confianza incondicional cuanto que un reciente incidente demuestra que la crítica en el campamento inglés es castigada. En efecto, hace unas seis semanas, el «Times» publicó un escrito anónimo en el que se denunciaba el trato imperdonable dado a los heridos tras la sangrienta carnicería del 18 de junio. El Departamento de la Guerra exigió que se le diera el nombre del corresponsal del «Times». La petición le fue denegada, a menos que el señor Frederick Peel prometiera expresamente no perseguir al corresponsal por sus revelaciones. Peel no aceptó esta condición, pero denunció la negativa del «Times» en el Parlamento. El señor Bakewell (assistant-surgeon <Assistenzarzt>), autor de la carta en cuestión, había sido entretanto enviado con licencia a Scutari por enfermedad. Esto ocurrió a mediados de julio. Las autoridades del campamento descubrieron, por uno u otro medio, que era él el autor. A sus espaldas y en su ausencia, se constituyó un tribunal de investigación compuesto por los altos funcionarios médicos, en gran parte comprometidos ellos mismos por la carta de Bakewell, tribunal que le condenó sin haberle dado oportunidad de defenderse ni de probar sus acusaciones. El 3 de agosto se hizo pública su destitución en una orden del día general <Tagesbefehl> del ejército. Por este incidente hay que medir la veracidad de los informes oficiales o semioficiales ingleses sobre el estado sanitario del ejército, la asistencia a los heridos, etc.