Friedrich Engels

Sobre el asalto del 18. [junio]

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 317 del 11 de julio de 1855]

Londres, 7 de julio. Ayer expusimos el plan original de los aliados para el asalto del 18 de junio. Muy tarde, en la noche del 17, supo Pélissier que los rusos proyectaban un nuevo y gran ataque contra el Mamelon para el día siguiente. Debería haber considerado esto como un verdadero golpe de suerte, pues la defensa del Mamelon contra toda fuerza que los rusos pudieran lanzar sobre él tenía que estar fuera de toda duda. ¿Cómo, si no, habría podido servir el Mamelon (bautizado ahora como reducto Brancion) de base de operaciones para el asalto a Malachow? Así, los rusos, derrotados en su ataque al Mamelon, se habrían encontrado en la fatal situación de tener que librar una segunda batalla por Malachow, y en tales circunstancias el éxito de las operaciones contra esta última posición parece haber sido casi seguro. Pero Pélissier lo entendió de otro modo. Revocó, ya avanzada la noche, el cañoneo y ordenó el asalto para las 3 de la madrugada. La señal debía darse con tres cohetes. También los ingleses fueron informados de este cambio de disposición.

Este proceder terminó, como no podía menos de terminar, del modo en que Napoleón, el auténtico Napoleón, describe la suerte de los generales vacilantes y chapuceros: «Ordre, Contreordre, Desordre». Media hora antes del tiempo fijado, la columna francesa de la extrema derecha entró en combate con el enemigo. No está del todo claro si los rusos la atrajeron mediante una salida fingida o si, como dice Pélissier, el general tomó una bomba francesa por los cohetes de señales. En todo caso, Pélissier se vio obligado a precipitar su señal, y las columnas, todavía ocupadas en buscar los puestos que se les habían asignado en las trincheras de aproximación, tuvieron que ponerse en movimiento en medio de una semiconfusión y, en parte, desde puntos de ataque distintos de los asignados. La columna francesa del centro, destinada a flanquear el Malachow, alcanzó su objetivo y penetró en las obras rusas; pero las otras dos columnas no pudieron abrirse paso bajo la granizada de fuego de metralla y fusilería que las recibió. Cada columna constaba de una brigada de cuatro batallones; la segunda brigada de cada división se hallaba en segunda línea, mientras que la Guardia formaba la reserva general. Así, había aproximadamente cuatro divisiones, o 20.000 hombres, disponibles. La segunda línea fue enviada adelante en apoyo del primer ataque, pero en vano; por fin, la Guardia recibió orden de avanzar, fue detenida y, finalmente, también rechazada. Solo quedaron disponibles 2 batallones. Eran ya las ocho y media. La brigada de la columna del centro, que había penetrado en las obras rusas, fue expulsada; en todos los puntos los franceses habían sido rechazados con grandes pérdidas, y no había tropas frescas a mano. Los ingleses no tuvieron más éxito. Pélissier dio orden de retirada, la cual, según dice, se llevó a cabo «con dignidad».

En el lado inglés, las columnas de cabeza contaban cada una solo 1.800 hombres, 1.000 hombres menos que las francesas. De estos 1.800, 1.000 estaban destinados a combatir y 800 a ejecutar los trabajos necesarios. En segunda línea, detrás de cada columna, estaba el resto de la brigada de la que procedía, de 1.200 a 1.400 hombres. En tercera línea, la segunda brigada de cada división, detrás de su primera brigada. Por último, los guardias y los highlanders (primera división) formaban la reserva general. Así, de toda la infantería inglesa reunida en el lugar, solo 7.200 hombres estaban destinados a ser lanzados adelante en la primera salida, y de estos, solo 4.000 hombres debían realmente tomar parte en el combate. Esta debilidad en las primeras columnas se debía en parte a las tradiciones del servicio británico, en parte a su costumbre de atacar en línea. Todos los informes permiten concluir que, incluso en esta ocasión, atacaron en línea, ofreciendo así un blanco inútilmente extendido a las balas enemigas. La complicación causada por el despliegue de cuatro líneas distintas, una detrás de otra, en trincheras de aproximación estrechas e irregulares, creó un gran desorden y confusión desde el comienzo, y habría provocado la máxima desorganización si el combate hubiera llegado a ser mínimamente serio. La primera y la tercera columna (de derecha a izquierda) debían flanquear el Redan, mientras que la segunda debía atacar su ángulo saliente una vez que aquellas hubieran alcanzado su objetivo. La cuarta columna, o de la extrema izquierda, debía atacar la cabecera del puerto interior.

Tan pronto como se dio la señal, las columnas, al igual que las francesas, estaban todavía en movimiento hacia sus posiciones respectivas. La primera columna, sin embargo, saltó por encima del parapeto de las trincheras de aproximación y fue inmediatamente recibida por un mortífero fuego de metralla. Las tropas, desordenadas por la escalada, no pudieron formarse. El coronel Yea, su comandante, ya gritaba pidiendo un trompeta para hacer tocar retirada; no se encontró ningún trompeta, y se lanzaron hacia adelante en medio de un gran desorden. Algunos penetraron en el abatís que rodea el Redan, pero en vano. El grueso de la columna se echó atrás de repente y buscó la protección de las trincheras de aproximación. La tercera columna avanzó uno o dos minutos después. Erró el camino y se lanzó contra la fachada del Redan en lugar de hacerlo contra el flanco. Avanzó tambaleándose bajo una espantosa granizada de proyectiles, se quebró y se retiró en completa disolución al cabo de unos pocos minutos. Así terminó el ataque al Redan, antes de que ninguna de las complicadas reservas de Lord Raglan tuviera tiempo de acudir en su apoyo. La segunda columna quedó tan desconcertada por este repentino derrumbe de sus apoyos en los flancos, que ni siquiera abandonó sus trincheras de aproximación. Solo la cuarta columna logró hacerse fuerte en el cementerio y las casas circundantes. Aquí resistieron alrededor de 1.800 hombres durante todo el día; no podían retirarse, pues el terreno detrás de ellos estaba despejado y bajo el fuego cruzado de los rusos. Así combatieron lo mejor que pudieron hasta las 9 de la noche, cuando emprendieron el camino de regreso al amparo de la oscuridad. Su pérdida ascendió a más de un tercio de su número. Así terminó el gran ataque de Pélissier al arrabal de Karabelnaia. Fue una empresa decidida con precipitación, cambiada aún más precipitadamente en sus rasgos principales poco antes del momento decisivo, y ejecutada con extraordinaria chapucería. Tenía razón aquel oficial ruso que, durante el armisticio del 19, preguntó a un oficial inglés: «¿Estaban borrachos sus generales ayer cuando mandaron el asalto?»