REDACCIÓN DE KARL MARX

Política tradicional inglesa

Escrito hacia el 28 de diciembre de 1855.

["New-York Daily Tribune" núm. 4597 del 12 de enero de 1856, artículo de fondo]

En lo tocante a la política exterior de los whigs ingleses circula una opinión por completo errónea; se supone que han sido desde siempre los enemigos jurados de Rusia. La historia demuestra, sin embargo, claramente lo contrario. En el diario y en la correspondencia de James Harris, primer conde de Malmesbury —quien fue durante varios años, tanto bajo gobiernos whigs como tories, embajador inglés en la corte de San Petersburgo— y en las memorias y la correspondencia de Charles James Fox, publicadas por lord John Russell, encontramos revelaciones asombrosas de una política whig inspirada e iniciada por Fox, quien sigue siendo el sumo sacerdote político de los whigs y es venerado por ellos tanto como Mahoma por los otomanos. Ahora bien, para comprender cómo se llegó a que Inglaterra se comportara de manera casi servil frente a Rusia, volvamos por un momento nuestra atención a cosas que ocurrieron antes de la entrada de Fox en el gabinete.

Del diario del conde de Malmesbury inferimos la codiciosa, impaciente premura con que Inglaterra se afanaba por ejercer una presión diplomática sobre Rusia durante nuestra guerra de Independencia. Su embajador había recibido instrucciones de concertar por todos los medios una alianza ofensiva y defensiva. La zarina dio la primera vez una respuesta evasiva; ya la sola palabra «ofensiva» le era odiosa a Catalina; y era necesario aguardar primero la marcha de los acontecimientos. Finalmente, el diplomático inglés reconoció que el obstáculo residía en el deseo de Rusia de contar con apoyo inglés en su política turca. Harris hizo ver a su gobierno que era preciso

alentar el apetito ruso si se quería asegurar su ayuda contra las colonias americanas.

Al año siguiente, la propuesta de sir James Harris adopta una forma más suave; no solicita una alianza. Una protesta rusa, apoyada por la flota de guerra, para mantener a raya a Francia y España, será aceptable para Inglaterra. La emperatriz responde que no puede ver motivo alguno para una medida semejante. El embajador le replica con rastrera adulación que

«un soberano ruso del siglo XVII bien podría haber dicho algo semejante, pero que desde aquella época Rusia se había convertido en una potencia dominante en Europa, y los asuntos de Europa eran también los asuntos de Rusia. Si Pedro el Grande pudiera ver la flota rusa aliada con la de Inglaterra, confesaría no haber sido por más tiempo el primero de los soberanos rusos»

y así sucesivamente en este tono.

La emperatriz aceptó esta adulación, pero rechazó las propuestas del embajador. Dos meses después, el 5 de noviembre de 1779, el rey Jorge escribió de su puño y letra a su «lady hermana», la zarina, una carta en francés anticuado. Ya no insistía en una protesta formal, sino que se contentaría con una simple demostración.

«La mera aparición de una parte de la flota imperial» —tal era el tenor de sus reales palabras— «bastará para restaurar y confirmar la paz de Europa, y la liga coaligada contra Inglaterra se desvanecerá de inmediato.»

¿Ha implorado jamás ayuda otra gran potencia con tan humillante humildad?

Pero todo este servilismo de Inglaterra no logró su objetivo, y en el año 1780 se proclamó la neutralidad armada. Inglaterra se tragó pacientemente la píldora. Para hacer la dosis más sabrosa, el gobierno había proclamado de antemano que los buques mercantes de Rusia no serían detenidos ni molestados por los cruceros ingleses. Así, Inglaterra renunció entonces sin coacción alguna al derecho de visita de buques extranjeros. Poco después, el diplomático inglés aseguró al gabinete de San Petersburgo que los buques de guerra británicos no hostigarían a los súbditos de la emperatriz en sus negocios comerciales, y en 1781 sir James Harris consideró un mérito del almirantazgo inglés que pasara por alto los numerosos casos en que buques rusos llevaban pertrechos navales a los enemigos de Inglaterra, y que el almirantazgo, allí donde tales buques habían sido detenidos o molestados por error, hubiera pagado generosamente una

indemnización por la detención. El gabinete inglés empleó todos los medios imaginables para persuadir a Rusia de que renunciara a la neutralidad. Lord Stormont escribe por ello al embajador en San Petersburgo:

«¿No existe acaso ningún objeto valioso con el cual se pueda provocar la ambición de la emperatriz, ninguna concesión ventajosa para su flota y su comercio que pudiera moverla a ayudarnos contra nuestras colonias rebeldes?»

Harris responde que un cebo semejante podría ser la cesión de Menorca. En 1781 se le ofreció Menorca a Catalina, pero no fue aceptada.

En marzo de 1782 entró Fox en el gabinete, y al punto se comunicó al embajador ruso en Londres que Inglaterra estaba dispuesta a negociar con Holanda, a la que el ministerio anterior había declarado la guerra sobre la base del tratado de 1674, en el cual se acordaba que buques libres hacen libres también las mercancías, y que haría que se concertara un armisticio de inmediato. Fox instruye a Harris para que presente este paso como una prueba de la deferencia que el rey desea testimoniar a los deseos y opiniones de la emperatriz. Pero Fox no se contenta con esto. En una sesión del gabinete se sugiere al rey que haga saber al embajador ruso, que reside en las cercanías de la corte, que Su Majestad desea compartir las opiniones de la emperatriz, establecer las más estrechas relaciones con la corte de San Petersburgo y hacer de la declaración de neutralidad la base de acuerdos entre ambos países.

Poco después dimitió Fox. Su sucesor, lord Grantham, confirmó que la actitud más bien benévola de San Petersburgo hacia Londres era fruto de la política de Fox; y cuando Fox volvió a entrar en el gabinete, expresó la opinión de que una alianza con las potencias del Norte era la política que un inglés ilustrado debía perseguir y debería seguir siendo para siempre. En una de sus cartas a Harris le recuerda que la amistad con la corte de San Petersburgo es de la mayor importancia para Gran Bretaña, y asegura que fue la meta más orgullosa de su primer breve período de gobierno mostrar a la emperatriz cuán sinceramente se afanaba el ministerio inglés por seguir su consejo y ganar su confianza. Fox abrigaba una extraordinaria predilección por una alianza con Rusia. Aconsejó al rey que escribiera a la emperatriz y le rogara que prestara su graciosa atención a los asuntos de Inglaterra.

En 1791, Fox, que se hallaba entonces en la oposición, dijo en el Parlamento que

«era del todo nuevo para una Cámara británica oír presentar la creciente importancia de Rusia como una circunstancia preocupante. Veinte años antes, Inglaterra había conducido barcos rusos al Mediterráneo. Él» (Fox) «había aconsejado al rey que no se opusiera a la anexión de Crimea por parte de Rusia. Inglaterra animó a Rusia en el empeño de fundar su propio engrandecimiento sobre las ruinas de Turquía. Sería necedad sentir celos del acrecentado poder de Rusia en el Mar Negro.»

En el curso del mismo debate, Burke, que pertenecía entonces a los whigs, observó:

«Es del todo nuevo considerar al Imperio Turco como una parte del equilibrio europeo»;

y estas opiniones las sostuvo Burke, a quien todos los partidos en Inglaterra tienen por el modelo del estadista británico, con palabras mucho más enérgicas una y otra vez hasta el final de su carrera política, y fueron retomadas por el gran líder de los whigs que asumió luego la dirección de aquel partido.

Durante el gobierno de lord Grey en los años 1831 y 1832, este aprovechó la ocasión, en un debate sobre política exterior, para expresar su convicción de que redundaría en ventaja de la propia Turquía y de la dicha de Europa que esta potencia se disolviera en el Imperio Ruso. ¿Acaso era Rusia entonces menos bárbara de lo que ahora se la presenta? ¿Era entonces en menor medida un país de aquel abominable despotismo que los whigs de hoy pintan ahora con colores tan terribles? Y sin embargo, no sólo se anhelaba con rastrera sumisión una alianza con Rusia, sino que estadistas liberales ingleses apoyaban ese mismo propósito por el que ahora se les marca a fuego con tanta saña.