New-York Daily Tribune.  
Nr. 4349, March 28, 1855

Hace algunas semanas, el London Times reprodujo un artículo nuestro sobre la mala administración del ejército británico y la desacertada dirección de la campaña de Crimea, reconociendo con ello la justeza de nuestras observaciones. Ahora tenemos la satisfacción, aún mayor, de ver confirmada su veracidad por los resultados de la propia investigación parlamentaria. Las declaraciones de los testigos interrogados durante los cuatro primeros días corroboran plenamente todo lo que dijimos acerca de los errores militares, desde Gallipoli hasta Balaklava, del fracaso sistemático de todos los departamentos y del sacrificio de los transportes en la tempestad del 14 de noviembre. Como el tema es de gran interés, resumiremos para información de nuestros lectores las pruebas presentadas ante la Comisión bajo estos tres epígrafes.

El capitán Wrottesley, de los Ingenieros Reales, cuyo deber era ayudar al señor Calvert, cónsul inglés en Gallipoli, en el acondicionamiento de alojamientos para el ejército, nos dice que ya allí se experimentaron grandes inconvenientes por falta de medios de transporte, tanto para las tiendas como para las herramientas de ingenieros desde Gallipoli; y que también allí los hombres estaban ya mal abastecidos de raciones. El general sir De Lacy Evans, a su llegada a Malta, que era el depósito, comprobó que no se había pensado en comprar mulas. En Gallipoli, censuró la ausencia de los mismos arreglos de que se quejó el testigo anterior. A medida que avanzaban hacia Scutari y las tropas empezaban a acumularse, las dificultades de todo tipo se acumulaban en la misma proporción, tanto en lo relativo a la alimentación de tropas y caballos como a los medios de transporte. «Los hombres tenían que esperar con frecuencia cuatro o cinco horas para recibir sus raciones. Sólo había un pequeño depósito de forraje para varios miles de caballos. Durante todo este tiempo se hizo muy poco para aumentar el número de carros de transporte. Como el país estaba entonces lleno de provisiones, no habría habido dificultad para obtener abundantes suministros.» En Scutari era manifiesto que los reglamentos del Tesoro estaban calculados para arruinar al ejército, reglamentos que procedían directamente de lord Aberdeen. En conjunto, la declaración del general Evans es notable por atribuir al Gobierno la conducta del ejército en Bulgaria. «En Varna —dice— se hicieron muy pocos preparativos para los enfermos, porque la guerra se emprendió con la impresión, en la metrópoli, de que no habría enfermedades ni heridas en absoluto. La guerra se inició bajo la ilusión de que los asuntos se arreglarían sin una explosión de pólvora y de que no había necesidad alguna de almacenes de intendencia. Era cierto que la Intendencia estaba bajo el mando del comandante en jefe, pero, sin embargo, también estaba estrechamente vinculada al Tesoro, para escribir cartas al cual se empleaba mucho a los escribientes de la Intendencia. El Tesoro y sus funcionarios debían tener la impresión de que gastar el dinero necesario era un despilfarro. No se tomaron disposiciones que les permitieran entrar inmediatamente en campaña. Cuando los rusos cruzaron el Danubio, Omer Pachá pidió ayuda, y la respuesta fue que el ejército no tenía medios de transporte, los cuales debían haberse procurado mucho tiempo antes.» Sobre este punto, la declaración del capitán Wrottesley es aún más completa. Dice: «Omer Pachá prometió enviarnos 500 carros de bueyes, y nos los enviaron, pero el Departamento de Intendencia, cuando los recibió, no supo qué hacer con ellos, pues no había organización entre… ¿los bueyes?…, no, entre la Intendencia.» Volviendo al general Evans: «El Gobierno —dice— estaba constantemente esperando notas y protocolos de Viena, y no se hacían grandes esfuerzos para poner al ejército en condiciones de moverse. Los rusos proseguían el asedio de Silistria, y el ejército aún no estaba listo para moverse, y el Gobierno seguía esperando notas. De esta clase de retrasos no era responsable la Intendencia, sino el Gobierno.» Evans nos dice además cuáles fueron las consecuencias de aquellos retrasos, no para los turcos, sino para el ejército británico: «Aproximadamente un mes antes de que el ejército se pusiera en marcha, estalló el cólera. El estado general de salud de los hombres había sido bueno, pero su enfermedad provino del abatimiento, de haber permanecido tanto tiempo inactivos. El tiempo era muy caluroso y los hombres no sabían qué iban a hacer realmente.»

También sabemos por la declaración del capitán Wrottesley que «el tren de sitio nunca se desembarcó en Varna; fue enviado sin caballos para tirar de él. Llegó a Varna en pleno verano, en julio». Sobre el estado general del ejército en Bulgaria, el mismo testigo observa: «Nadie que no haya visto Bulgaria podría imaginarse el estado de absoluta indigencia en que se encontraba, y muchos oficiales franceses dijeron que nunca habían visto nada parecido, ni siquiera en Argelia. El Gobierno que envía un ejército allí debe suponerse que conoce las necesidades del país.»

Vemos, pues, que durante el período que comprende el desembarco en Gallipoli y el vivac en Varna, el estado defectuoso de la organización del ejército británico se agravó principalmente por la conducta del Tesoro, o más bien por la del Gobierno de la metrópoli y su política. Un ejemplo peculiar de la buena voluntad de ese Gobierno hacia el ejército lo ofrece la declaración del general Bentinck, quien, observémoslo, por lo demás parece haberse mostrado muy ansioso por encubrir al Gobierno. «Las herramientas suministradas a los zapadores desde Londres eran malas; demasiado pocas y de calidad inferior. Las mismas herramientas se habían probado en Chobham y se las había encontrado ineficaces; sin embargo, las herramientas entregadas a los zapadores en Crimea eran del mismo tipo.»

Hemos afirmado a menudo anteriormente que fue principalmente el exceso de trabajo de las tropas en las trincheras, y en otros menesteres, lo que causó la ruina del ejército de Crimea. El general Evans confirma plenamente esta opinión, desbaratando al mismo tiempo la insidiosa tentativa de echar la culpa a los franceses, al declarar que la fuerza inglesa el día del desembarco ascendía realmente a 23.000 hombres, mientras que los franceses sólo tenían 20.000. Todo el mundo sabe que las causas del exceso de trabajo del ejército británico fueron simplemente la insuficiencia de efectivos de toda la fuerza invasora y el escaso envío de refuerzos británicos, debido a la negativa de lord Palmerston a encuadrar la milicia en una época más temprana. En cuanto a la otra gran causa de la ruina del ejército británico, a saber, la ausencia de un camino desde Balaklava al campamento, el general Evans afirma que 1.000 hombres podrían haber construido ese camino en diez días, pero que no se podía prescindir de ellos.

El daño espontáneo producido por la organización de los departamentos queda atestiguado en cada fase de la investigación, superando los peores de nuestros pronósticos y afirmaciones anteriores. A pesar de su pleno dominio del mar, al ejército británico le faltaba absolutamente de todo: alimentos, combustible, ropa, refugio, medicamentos y forraje. Antes de entrar en estos asuntos con detalle, citaremos la declaración del general Evans acerca del señor Filder, jefe de la Intendencia. «Filder nunca le consultó acerca de las necesidades de su división; era su deber hacerlo; él quería que lo hiciera, pero Filder se negó.» Del mismo señor Filder dice el señor Layard: «El señor Filder se mostraba muy reacio a escuchar nada que chocara con sus propias opiniones.» Observemos que el señor Filder es también una vieja reminiscencia peninsular.

Ahora, algunos detalles de la gestión de la Intendencia. Cabría esperar que la caballería estuviera bien atendida, ya que acampaba a sólo una milla de Balaklava. George Dundas, miembro del Parlamento, que estuvo en Balaklava del 17 al 29 de diciembre, informa que «encontró a los caballos de la caballería atados a sus piquetes, sin mantas, totalmente desprotegidos de la intemperie, y al parecer tenían muy poco que comer; muchos habían muerto muy recientemente, pues el suelo de los alrededores estaba cubierto de cadáveres. Muchos debieron de morir la noche anterior. Casi uno de cada dos caballos yacía por tierra. Algunos habían muerto, a otros los vio agonizando; y no sólo por el estado de demacración de los caballos se sintió inclinado a suponer que carecían de forraje, sino que observó que a muchos de ellos les faltaban las crines y las colas, que habían sido comidas. No obstante, había una cantidad considerable de salvado en sacos en la orilla del puerto de Balaklava, que siguió allí hasta que él se fue. También flotaba en el puerto una cantidad de heno, arrojada a la playa por las olas. Él vio el salvado; no podía aducir razón alguna para que las autoridades encargadas no se hubieran ocupado de él.»

Mientras los caballos se morían de hambre a una milla de un puerto atestado de salvado y heno, encontramos a los hombres tiritando de frío en una playa sembrada de tablones de barcos naufragados, que se les prohibía recoger; consumidos por enfermedades escorbúticas, mientras las legumbres se pudrían a bordo de los barcos en Balaklava; y muriendo de hambre en las costas de un mar cuyas riberas asiáticas abundan en ganado vivo; o por enfermedad, bajo las tiendas, por falta de transporte a los hospitales de Scutari, mientras buques de guerra con capacidad para transportar a mil hombres permanecían inactivos, anclados. Así, el señor Layard declara que dijo al Gobierno, ya hace un año, que podrían obtener abundantes suministros de carne fresca de la costa asiática; pero no se hizo caso de su advertencia, aunque desde entonces se ha repetido varias veces. En cuanto a las legumbres, el doctor Vaun, cirujano del vapor Harbinger, informa a la Comisión que «el Harbinger, en su segundo viaje, fue despachado precipitadamente de Balaklava a Constantinopla en busca de un cargamento de legumbres. De vuelta a Balaklava, comunicaron su llegada al capitán Christie, y éste lo comunicó a la Intendencia. Tardaron quince días en descargar su cargamento, que fue asignado a la Intendencia. Nunca supo que las legumbres llegaran efectivamente al campamento. El capitán Christie no descargaba las legumbres hasta que lo ordenase el señor Filder, y el comandante del Harbinger no podía hacerlo hasta que lo ordenase el capitán Christie. Finalmente, las legumbres se desembarcaron en la orilla y se puso un centinela junto a ellas. Algunas se las llevaron, pero casi todo el cargamento se pudrió en la playa. También había pan estropeándose en la playa.» Mientras esos pertrechos se pudrían en la playa, las casas más grandes de Balaklava estaban ocupadas por individuos sueltos vinculados al cuartel general.

Pasamos por alto el capítulo del tratamiento de los enfermos a bordo de los transportes y en Scutari, pues nuestros lectores están suficientemente informados de estos hechos, y procedemos a la historia de la tempestad del 14 de noviembre. Sobre este punto contamos con el testimonio del señor Stephen Owen, oficial superviviente del buque Resolute, del cual salvó a ocho hombres. Llegó a Balaklava a bordo del Resolute a principios de octubre. Su capitán no quiso, al principio, fondear frente a Balaklava, por no ser el agua suficientemente profunda, no ser buen fondeadero, ser la costa escarpada y tener por delante el invierno. Entraron en el puerto la mañana siguiente a su llegada y permanecieron allí hasta el 27 de octubre, habiendo recibido varias órdenes del capitán Christie para salir del puerto antes de que su cargamento —compuesto de pólvora, fusiles Minié y cartuchos— hubiera sido desembarcado. De las ulteriores declaraciones del señor Owen se desprende que todo el desastre se debió meramente a las órdenes dadas por el capitán Christie a los buques de que fondearan fuera del puerto. El señor Owen declara literalmente: «El capitán Lewis, comandante del Resolute, reconvino al capitán Christie acerca de la posición de su buque, alegando que, considerando la naturaleza de la costa y la proximidad del invierno, si se desencadenaba un temporal era seguro que nos arrojaría a tierra. Pidió permiso para meterse dentro del puerto hasta que tuviera que salir en el siguiente viaje. Del capitán Christie dependía que los buques quedaran fuera del puerto. Ante la reconvención del capitán Lewis no se produjo cambio alguno, y permanecimos fuera del puerto. Se hicieron nuevas reconvenciones al capitán Christie. El capitán Lewis fue a bordo varias veces con ese propósito, y el día antes del temporal escribió al capitán Christie comunicándole sus intenciones. Envió a su secretario con la carta, pero la respuesta que recibió fue muy poco satisfactoria. Oí al capitán Lewis decir al señor Stephen: “Esto es demasiado malo”. El señor Stephen dijo: “Yo me haría a la mar”; a lo que el capitán Lewis replicó: “Si me hago a la mar y desobedezco las órdenes, seré responsable de la pérdida del buque”. Había soplado viento del sur durante tres o cuatro días. Si continuaba el temporal, el capitán Lewis consideraba que su buque quedaría expuesto a un peligro considerable. Había quince o dieciséis buques fuera del puerto, fondeados de manera similar; diez de esos buques se perdieron, y sólo veinticinco hombres del total se salvaron. A ojo de buen cubero, excepto el Prince, que tenía 130 hombres, los demás buques llevaban entre 50 y 60. Se perdieron nada menos que 600 hombres. Si todos los demás transportes a los que se ordenó estar fuera hubieran estado en el puerto, no se habrían producido tantos daños a consecuencia del temporal, pues allí no habría habido tanto espacio para que los buques capearan el viento. No se nos ordenó salir del puerto para dejar sitio a otros buques, porque no entró ningún otro buque. El Prince habría podido entrar en el puerto, pues hubo varios días de buen tiempo en que habría podido hacerlo. Si al capitán se le hubiera ordenado hacerse a la mar durante el temporal, no habría habido tanto peligro como quedándose frente a Balaklava. Si los buques hubieran estado en el puerto, no habría punto de comparación en cuanto al peligro y la pérdida de vidas experimentados. Durante los veintisiete días que estuvimos en el puerto, hubo sitio de sobra en el muelle para haber descargado nuestro cargamento, y no habría habido dificultad alguna en hacerlo. Había muchas casas en Balaklava donde habrían podido depositar el cargamento; había muchos lugares donde podía haberse almacenado. Si de cada buque se hubiera sacado lo que se necesitaba para el día, cada buque habría desembarcado su cargamento.» De modo que vemos que la estación, o la dispensación de la Providencia, como la llamó el señor Sidney Herbert en su gran discurso en el Parlamento, no tuvo nada que ver con el desastre, sino que toda la culpa fue de los funcionarios del Gobierno británico. Ciertamente no es pedir mucho esperar que el pueblo les exija cuentas rigurosas.