Friedrich Engels

Sewastopol

Escrito hacia el 12 de junio de 1855.

Del inglés.

[«New-York Daily Tribune» n.º 4429, del 29 de junio de 1855, artículo de fondo]

Por el correo del «Baltic» hemos entrado en posesión de los documentos oficiales sobre los últimos acontecimientos junto a Sewastopol. Ayer publicamos los despachos del general Pélissier y del lord Raglan, y ahora proseguimos publicando los hechos, tal como han quedado establecidos por éstas y otras pruebas:

El 6 de junio las baterías aliadas del ataque derecho abrieron de nuevo fuego contra la ciudad. Pero esta vez no se trataba de un bombardeo general. Fue únicamente un cañoneo sobre puntos determinados, con el propósito de tomarlos de inmediato. Las obras exteriores —los reductos de Selenginsk, Wolhynsk y Kamtschatka, construidos por los rusos en este sector de la defensa el 23 de febrero y el 12 de marzo— habían mantenido hasta entonces a distancia a los sitiadores y a sus baterías. En el frente occidental, el ataque izquierdo de los aliados, no existían semejantes obras exteriores, y los franceses se habían establecido aquí casi al borde del foso o del camino cubierto (si es que lo hay) de las obras defensivas, con lo cual el progreso alcanzado en ese lado había dejado muy atrás el avance, mucho más lento, del ataque derecho. Dado que el plan de sitio de los aliados considera los dos grandes sectores de las líneas —la ciudad al oeste del puerto interior <bahía Sur> y el arrabal de Karabelnaja en su lado oriental— como dos fortalezas separadas que han de ser atacadas simultáneamente, era preciso impulsar con más energía el ataque derecho y forzar las obras exteriores para colocar de nuevo a los aliados en ese lado en la misma línea que sus paralelas avanzadas

en el ataque izquierdo. Para lograrlo, se debían tomar los mencionados reductos y algunas fortificaciones de campaña de menor importancia en una cantera que flanquea el reducto Mamelon (Kamtschatka) por el lado derecho. En consecuencia, tras un cañoneo de 36 horas, al anochecer del 7 de junio, los franceses asaltaron los dos reductos Selenginsk y Wolhynsk, cruzando la Kilen-balka, así como el reducto Mamelon, mientras los británicos asaltaban la cantera. Después de una hora de encarnizado combate, los aliados estaban en posesión de las obras. Se capturó cierto número de cañones y se hicieron 400 prisioneros, entre ellos 13 oficiales. Las pérdidas fueron muy elevadas en ambos bandos.

Así, en este lado todo se encuentra ahora aproximadamente en el mismo estado que antes del 22 de febrero. De los reductos asaltados por los aliados, el reducto Mamelon (llamado reducto Kamtschatka por los rusos <se alude a la luneta Kamtschatka>) es el más importante. Fue construido el 12 de marzo y en los días siguientes. Ya entonces señalamos la gran importancia de esta obra y el notable papel que desempeñaría en la lucha. Los acontecimientos han confirmado plenamente nuestras opiniones. Esta obra de campaña levantada a toda prisa contuvo el avance de los sitiadores en una mitad de toda la línea de ataque durante 88 días, un período que duplica el requerido en los sitios ordinarios para tomar una fortaleza bien situada. ¿De dónde surge este fenómeno extraordinario, que solo tiene dos paralelos en la historia de los sitios: uno en la defensa de Kolberg por los prusianos (1807) y el otro en la defensa de Danzig por los franceses (1813/1814)?

Con el crecimiento de los ejércitos en campo abierto, las antiguas fortificaciones, en general pequeñas, de la época de Vauban perdieron su importancia. Eran dejadas atrás impunemente por los ejércitos victoriosos y apenas vigiladas por cuerpos volantes, hasta que la reserva del ejército se aproximaba y encontraba tiempo para tomarlas. Pero cuando estos grandes ejércitos se topaban en su marcha con grandes fortalezas, eran invariablemente detenidos. Tal fue el caso de Napoleón en Mantua en 1797 y en Danzig en 1807. La razón es clara. Cuando un ejército de 150.000 hombres avanzaba por un país enemigo, las pequeñas fortalezas en la retaguardia no representaban peligro: todas sus guarniciones juntas no eran lo bastante fuertes para hacer frente a los refuerzos y reservas destacados desde los depósitos para completar el ejército activo. Esas guarniciones pequeñas, además, no podían destacar un cuerpo de tropas más o menos fuerte

para limpiar el terreno y cortar las líneas de comunicación del ejército enemigo. Pero cuando un ejército se encontraba con una fortaleza de fuerza considerable, con una guarnición de 15.000 a 25.000 hombres, la cuestión cambiaba. Semejante fortaleza constituía el punto nodal de la defensa de toda una provincia, podía destacar en cualquier dirección y a una distancia considerable un fuerte cuerpo de tropas, apto para operaciones de campaña y siempre seguro, en caso de un ataque superior, de una retirada segura hacia la fortaleza. Observar una fortaleza así era casi tan difícil como tomarla. Era, pues, preferible tomarla.

Ahora bien, las antiguas fortalezas, a la manera de Vauban y Cormontaigne, concentraban todos sus medios defensivos en torno al recinto principal y en el foso principal. Todas sus tenazas, lunetas, contraguardias <(Kontergarden, es decir:) antepechos, contradefensas>, torres-redientes se acumulan de tal modo que forman una sola línea de defensa, la cual, una vez que se lograba penetrar en ella, quedaba rota en pocos días, y rota la línea de defensa, caía también la fortaleza. Semejante sistema era evidentemente inadecuado para grandes fortalezas, las únicas capaces de detener en su avance a grandes ejércitos de invasión; mantener ese sistema equivaldría al sacrificio de la guarnición, pues una brecha lograda habría dejado la plaza indefensa. Era necesario recurrir a otro sistema: el de las obras avanzadas. El general francés Montalembert, maestro de Carnot, fue el primero en declararse, a despecho de los arraigados prejuicios de su profesión, en favor de los fuertes destacados; pero el método de construir grandes fortalezas con fuertes destacados de manera que formen en conjunto un sistema defensivo completo ha sido llevado a su actual perfección en Alemania, particularmente por el general prusiano Aster. Las brillantes obras defensivas de Colonia, Coblenza, Posen, Königsberg y, en parte, Maguncia son obra suya, y marcan una nueva era en la historia de la fortificación. Los franceses reconocieron finalmente la necesidad de adoptar este sistema y construyeron las obras defensivas de París con fuertes destacados, proyectados y ejecutados con estilo de primer orden.

Con el sistema de los fuertes destacados cambió la modalidad defensiva de las fortalezas. Las guarniciones de las grandes fortalezas tuvieron que incrementarse de tal modo que ya no existía la necesidad de mantener una defensa meramente pasiva hasta que el enemigo, avanzando hasta el glacis, se ponía al alcance

que permitía las salidas. Una guarnición de 20.000 o 25.000 hombres era bastante fuerte para atacar al enemigo en su propio terreno. La fortaleza y el espacio alrededor de ella, en la medida en que estuviera protegido por fuertes destacados, se transformaba en un campamento atrincherado o en una base para la operación de campaña de la guarnición, la cual se convertía a su vez en un pequeño ejército. La defensa, hasta entonces más pasiva, se volvió activa y adquirió un carácter ofensivo. La necesidad de semejante sistema defensivo se hizo tan evidente que, cuando en 1807 los franceses sitiaron Danzig, la guarnición prusiana, de 20.000 hombres, erigió precisamente esos fuertes destacados que no había allí, pero que de inmediato se consideraron necesarios para emplear los recursos de esta gran guarnición en una verdadera defensa de la plaza. Cuando los franceses defendieron Danzig en 1813/1814 contra los aliados, aplicaron el mismo principio con éxito aún mayor.

Un sitio, que desde Vauban era una operación de corta duración cuyo final podía alcanzarse casi con certeza en un plazo prefijado si el procedimiento no sufría perturbaciones externas, se convirtió ahora en una operación sujeta a todos los azares de la guerra de campaña. La artillería en los muros pasó a tener un interés solo secundario, y la artillería de campaña ocupó el primer lugar sobre ella, incluso en la defensa de una plaza. La pericia del ingeniero ya no se limitaba únicamente a reparar los daños causados durante el sitio; ahora, como en campaña, debía elegir y fortificar posiciones situadas ante los fuertes, trazar trincheras de aproximación hacia las trincheras del adversario, flanquear las obras enemigas mediante obras de contraataque, cambiar súbitamente el frente de defensa y obligar así al enemigo a cambiar el frente de ataque. La infantería se convirtió en la piedra angular en las guerras de sitio, como en campaña, y la caballería llegó a ser un ingrediente indispensable de casi toda guarnición. Por tanto, ya no era posible determinar de antemano la duración de un sitio, y las reglas de Vauban para el ataque de una plaza, aunque en conjunto seguían siendo correctas para los detalles del ataque artillero, se volvían totalmente inaplicables para el
conjunto
de un sitio.

Los rusos en Sewastopol no tuvieron tiempo de levantar obras destacadas. Se vieron obligados, al principio, a proceder según el antiguo método de fortificación de una plaza. Erigieron un recinto principal como primera línea de defensa, y ésta era realmente la más urgente. Detrás de ese recinto erigieron una segunda y una tercera línea de defensa, y mientras tanto continuaron reforzando la primera. Luego, cuando poco a poco sintieron su superioridad incluso a una cierta distancia del recinto principal, avanzaron y

construyeron los reductos de Selenginsk y Wolhynsk, y finalmente la obra sobre el Mamelon y una larga serie de trincheras, mientras que en el frente occidental, donde estaba apostado el grueso de los franceses, solo pudieron levantar unas pocas lunetas junto al foso principal y algunas trincheras que tampoco estaban mucho más adelantadas. De este modo, el frente oriental estuvo, desde el momento en que los rusos fortificaron el Mamelon, relativamente seguro, mientras que en el frente occidental, donde no existían tales obras exteriores protectoras, los sitiadores avanzaban gradualmente justo hasta el borde del foso principal. Por lo tanto, para aproximarse en el ataque derecho a la posición dominante y decisiva del bastión de Malachow, los sitiadores tenían que tomar primero el Mamelon; pero el Mamelon, al defender el Malachow, estaba a su vez defendido por todas las obras a su propia retaguardia. Qué clase de defensa era ésta se vio en el segundo bombardeo, cuando Canrobert no se atrevió a atacarlo seriamente. Incluso ahora no puede haber duda de que la pérdida sufrida por los franceses al asaltar esta obra debe de haber sido muy grande.

La reapertura del fuego por los aliados y la energía con que el general Pélissier, sin preocuparse por la vida de sus soldados, persigue toda oportunidad favorable contra la defensa, están acompañadas por un completo estancamiento de las operaciones en el Tschornaja. Esta manera de proceder nos muestra el carácter de Pélissier enteramente conforme a su fama anterior: obstinado, testarudo y desconsiderado. Dos caminos se le ofrecían: o bien recurrir al campo abierto, cercar Sewastopol también por el lado norte y reanudar luego el sitio con energía redoblada y cuádruple probabilidad de éxito; o bien tenía que seguir arrastrándose por el viejo camino errado de los últimos 8 meses, aferrarse con terquedad al lado sur, destruir cada piedra del mismo, y expulsar a los rusos de un lugar que, incluso si es abandonado, Pélissier no puede conservar con sus propias tropas a causa de las baterías del lado norte.

No hay en el mundo ningún soldado razonable que, ante la noticia del nombramiento de Pélissier como comandante y del gran refuerzo de los aliados, no esperase que éste emprendiese de inmediato el primer camino. Especialmente después de que Omer Pascha llegó a Balaklawa con 25.000 turcos, no cabía duda alguna de que los aliados eran lo bastante fuertes para proseguir el asedio, enviar 15.000 hombres a Kertsch y, además, salir al campo con más tropas de las que los rusos podían oponerles. ¿Por qué no lo han hecho? ¿Les faltan todavía medios de transporte? ¿No tienen confianza en su capacidad para llevar a cabo una campaña en Crimea? No lo sabemos. Pero una cosa es cierta: si Pélissier no tiene razones muy imperiosas para renunciar a las operaciones de campaña, está siguiendo, por mera obstinación y capricho, un camino sumamente erróneo.

Con las mismas pérdidas a las que Pélissier expone ahora continuamente a su ejército en los asaltos, podría obtener en campaña resultados incomparablemente mayores y más decisivos. Tomar el lado sur sin haber cercado siquiera el lado norte, que lo domina, significa desafiar todas las reglas del arte de la guerra, y si Pélissier se empeña en ello, puede terminar por arruinar al gran ejército que comanda.

Queremos, sin embargo, interpretar toda acción dudosa en favor del nuevo comandante. Puede ser que los combates en el ataque izquierdo hayan sido inevitables y provocados por los contraaproches de los rusos. Puede ser que haya sido necesario hacer retroceder a los rusos a sus líneas originales —hacerles sentir la superioridad de los sitiadores mediante algunos golpes duros e irresistibles— antes de que pudiera arriesgarse una división del ejército en un cuerpo de asedio y un cuerpo de campaña. Pero incluso si admitimos todo esto, debemos decir ahora que no se puede seguir así y que todo nuevo intento serio de tomar la plaza sería un error directo, si antes no se desgastan las fuerzas del ejército de campaña ruso en combate con todas las fuerzas que están disponibles para ello.

Variantes de texto

En la "Neue Oder-Zeitung" n.º 273 del 15 de junio de 1855 se continúa el texto de la siguiente manera y se concluye el artículo: "es un proceder incomprensible. Puede que a Pélissier le sigan faltando medios de transporte para operaciones en campo abierto. O puede que los contraaproches de los rusos hayan hecho necesario hacerlos retroceder a sus líneas originales y hacerles sentir la superioridad de los sitiadores antes de emprender las operaciones de campaña. Pero en todo caso, con la toma de Malachow cesa la última razón. Si Pélissier fuera lo bastante obstinado como para proseguir los ataques serios contra el cuerpo principal de la plaza, en lugar de quebrantar la fuerza del ejército ruso en campaña con todas las fuerzas disponibles, la ruina del ejército que comanda no es en absoluto improbable, tanto más cuanto que la plaza, en la que están encerradas masas tan grandes de hombres, es un único cementerio, cuyos mortíferos miasmas despertará el primer calor del verano."