Karl Marx/Friedrich Engels

Parlamentario y militar

[«Neue Oder-Zeitung» Nº 91 del 23 de febrero de 1855]

Londres, 20 de febrero. Aunque la Cámara de los Comunes sesionó ayer desde las cuatro de la tarde hasta las dos de la madrugada y votó alrededor de 7 millones y medio de libras esterlinas para el ejército de tierra, los debates no ofrecieron un interés digno de reseña. Así pues, bástenos señalar que Palmerston desconcertó a sus adversarios liberales, tanto por la rebuscada trivialidad de sus réplicas como por la insolencia desafiantemente segura de sí misma con que expuso lo trivial. Mientras declamaba sobre la batalla de Balaclava al estilo del Anfiteatro de Astley, increpó a Layard por su «declamación ordinaria acerca de la aristocracia». No era la aristocracia la que estaba enquistada en la intendencia, en el transporte, en el departamento médico. Olvidaba que sí lo están sus lacayos. Layard destaca con acierto que las comisiones inventadas por Palmerston no sirven para nada, salvo para generar conflictos de competencias en el ejército expedicionario. ¡Cómo!, exclamó Palmerston, vosotros —se situaba de nuevo en el lugar de Ricardo II y el Parlamento en el papel de la chusma de Wat Tyler—, vosotros queréis nombrar un comité parlamentario que no sirve para nada, salvo para fabricar «Libros Azules», ¡y os escandalizáis de mis comisiones, «que deben trabajar»! Palmerston trató al Parlamento con tal altanería que esta vez consideró incluso superfluo inventar él mismo sus chistes. Los tomó prestados de los periódicos ministeriales de la mañana que los diputados tenían ante sí sobre sus pupitres. Allí no faltaba ni el «Comité de Salvación Pública» del «Morning Chronicle» ni la «Morning Post» con su chiste de mal gusto de transportar a Crimea a los diputados ávidos de inquisición y... dejarlos allí. Sólo a un Parlamento así constituido se le podía ofrecer algo semejante.

Mientras Palmerston sobreaberdeeniza así en el Parlamento al viejo Aberdeen, hace difundir —no en sus órganos directos, sino en el crédulo órgano de los taberneros unidos (es decir, del «Morning Advertiser»)— que no es un agente libre, que la corte lo tiene encadenado, etc.

Puesto que dentro de poco se reunirá un congreso de paz en Viena, es hora de hablar de la guerra y de evaluar las fuerzas de que disponen las potencias que hasta ahora han pisado, más o menos, el campo de combate. No se trata aquí solo de la fuerza numérica de los ejércitos, sino de la parte de los mismos que puede emplearse en operaciones ofensivas. En los pormenores tomaremos en cuenta solo la infantería, pues las demás armas deben hallarse respecto a ella en proporciones dadas.

Inglaterra posee en total 99 regimientos o 106 batallones de infantería, de los cuales se hallan por lo menos 35 batallones en servicio colonial. Del resto, las 5 primeras divisiones enviadas a Crimea se llevaron consigo otros 40 batallones, y por lo menos 8 batallones han sido embarcados desde entonces como refuerzos. Quedan, pues, aproximadamente 23 batallones, de los cuales apenas se puede prescindir de uno solo para servicio en el exterior. La milicia, incorporada en número superior a 50.000 hombres, está autorizada a servir fuera de Inglaterra. Ocupará Gibraltar, Malta y Corfú, liberando así a unos 12 batallones que podrán emplearse en Crimea. La Legión Extranjera, como Palmerston declaró ayer en los Comunes, no llega a constituirse. Por último, desde el 13 de febrero se ha dado orden de formar segundos batallones para 93 regimientos: 43 de a 1.000 hombres y 50 de a 1.200. Esto daría un incremento de 103.000 hombres, aparte de 17.000 para caballería y artillería. De estos 120.000 hombres no se ha reclutado aún ni uno solo. Luego habrá que instruirlos y dotarlos de oficiales.

La hermosa organización hoy existente ha logrado emplear entre Crimea y las colonias a casi toda la infantería, a excepción de las compañías de depósito y de unos pocos batallones de depósito; no solo a los hombres, sino también, cosa que parece increíble, a los cuadros. Generales, coroneles y comandantes a media paga abundan en las listas del ejército británico, y pueden ser utilizados para estas nuevas fuerzas. Pero faltan casi por completo capitanes y totalmente tenientes y suboficiales a media paga. Y los suboficiales constituyen, como es sabido, la piedra angular de todo ejército. Según la mejor autoridad en la materia —el general sir William Napier, historiógrafo de la Guerra Peninsular—, se necesitan tres años completos para adiestrar al «tag-rag» y «bob-tail» (el lumpenproletariado) de la vieja Inglaterra hasta convertirlo en «la mejor sangre de Inglaterra», en «los primeros soldados del mundo». Y ello en el caso de que los cuadros existan ya y solo haya que rellenarlos. ¿Cuánto tiempo hará falta, pues, para fabricar héroes con estos 120.000 hombres? Durante los próximos 12 meses, el gobierno inglés podrá mantener ante el enemigo, a lo sumo, «una pequeña banda heroica» de 50.000 hombres. Esta cifra podría rebasarse durante breves períodos, pero solo con perturbación esencial de todos los preparativos para futuros refuerzos.

La salida del correo nos obliga a interrumpir aquí esta exposición.