Karl Marx

Parlamentario

["Neue Oder-Zeitung" nº 49 del 30 de enero de 1855]

Londres, 27 de enero. El tono y la fisonomía de la sesión de ayer de la Cámara de los Comunes mostraban exactamente el grado en que ha caído el Parlamento inglés.

Al comienzo de la sesión, hacia las 4 de la tarde, la Cámara estaba abarrotada, porque se esperaba una escena, un escándalo: las explicaciones de lord Russell sobre su dimisión. Tan pronto como terminó el debate personal y comenzó el debate técnico —sobre la moción de Roebuck—, los patriotas indignados se apresuraron a ir a comer; la Cámara quedó casi vacía, y algunas voces gritaron: «¡votar, votar!». Se produjo una pausa embarazosa, hasta que se levantó el ministro de la Guerra <es decir, aquí el Secretario de Guerra (Secretario de Estado para el Ramo de Guerra); véase tomo 10 de nuestra edición, pág. 599> Sidney Herbert y dirigió un largo y bien articulado discurso a los bancos vacíos. Luego, los diputados, ya saciados, volvieron paulatinamente a sus escaños. Cuando Layard comenzó su discurso, hacia las nueve y media, había a lo sumo 150 diputados presentes. Cuando lo terminó, cerca de una hora antes de que se levantara la sesión, volvía a estar llena. Pero el resto de la sesión se asemejó por completo a una siesta parlamentaria.

Lord John Russell, cuyos méritos todos pueden reducirse a uno solo, la rutina de la táctica parlamentaria, no pronunció su discurso desde la mesa del Speaker, como es de costumbre en tales ocasiones, sino desde el tercer banco detrás de los escaños de los ministros, donde tienen su trono los whigs descontentos. Habló en voz baja y ronca, arrastrando las palabras, maltratando, como siempre, la pronunciación inglesa, en lucha a menudo problemática con las reglas de la sintaxis. (Nota bene: no hay que confundir en modo alguno los discursos tal como aparecen en los periódicos con los discursos tal como se pronuncian.) Si los retóricos corrientes sustituyen un mal contenido con una buena exposición, Russell intentaba disculpar un mal contenido con una exposición aún peor. La forma en que habló era, por así decirlo, una excusa por lo que decía.

¡Y en verdad, la excusa era necesaria! El pasado lunes, dijo, aún no había pensado en dimitir, pero el martes, tan pronto como Roebuck anunció su moción, la consideró inevitable. Esto recuerda al lacayo que nada tenía en contra de mentir, pero se sentía con la conciencia herida en cuanto se descubría la mentira. ¡Desde qué punto de vista iba él a combatir la propuesta de una investigación parlamentaria, como era su deber en tanto que jefe ministerial de la Cámara! ¡Porque el mal no era lo bastante grande para exigir una investigación! Nadie podía negar la melancólica situación del ejército ante Sebastopol. Era no sólo penosa, sino espantosa y desgarradora. ¿O tendría que haber afirmado ante el Parlamento que un comité de investigación de este tipo era inútil, porque ya estaban en marcha mejores medios para remediar el mal? Esta cuestión era resbaladiza, pues Russell, no sólo como miembro del ministerio, sino en especial como Presidente del Consejo Privado (Consejo Secreto), era directamente responsable de la adopción de tales medidas. Confiesa que consintió en que el duque de Newcastle fuera nombrado ministro «supremo» de la Guerra. No puede negar que las medidas de previsión para el avituallamiento, el vestuario y la atención médica del ejército deberían haberse tomado al menos en agosto y septiembre. ¿Qué hizo durante este período crítico, según su propia confesión? Anduvo viajando por el país, pronunció pequeños discursos ante «Literary Institutions» («Instituciones Literarias») y editó la correspondencia de Charles James Fox. Mientras él viajaba por Inglaterra, Aberdeen viajaba por Escocia, y desde agosto no hubo consejo de ministros hasta el 17 de octubre. En ese consejo de ministros, Lord John, según su propio relato, no propuso nada que mereciera ser comunicado al Parlamento. Lord John se toma luego otro mes entero de reflexión y después, el 27 de noviembre, dirige una carta a Aberdeen en la que le propone unir el cargo de Ministro
de
la Guerra con el de Secretario
de
Guerra y transferir ambos a lord Palmerston; en otras palabras: destituir al duque de Newcastle. Aberdeen lo rechaza. Russell le vuelve a escribir el 28 de noviembre en el mismo sentido. Aberdeen le responde muy acertadamente el 30 de noviembre que toda su propuesta se reduce a sustituir a un hombre por otro hombre, a Newcastle por Palmerston. Pero cuando se separó el Ministerio de Colonias del Ministerio de la Guerra, Russell gustosamente le había permitido lo segundo a Newcastle, para colocar en el de Colonias a uno de sus whigs, sir George Grey. Aberdeen preguntó entonces personalmente a Russell si deseaba llevar su propuesta ante el consejo de ministros. Russell renunció a ello, según dice, «para no
romper
el ministerio». Es decir, primero el ministerio y luego el ejército en Crimea.

Medidas para remediar el mal, confiesa Russell, no se ha tomado
ninguna
. Toda la reforma en la administración de la guerra se limita a haber puesto la intendencia bajo la autoridad del Ministro
de
la Guerra. No obstante, aunque no se toma
ninguna
medida de alivio, Russell permanece tranquilamente en el ministerio, y además no formula nuevas propuestas desde el 30 de noviembre de 1854 hasta el 20 de enero de 1855. Ese día —el pasado sábado—, Aberdeen comunica finalmente a Russell ciertas propuestas de reforma en la administración de la guerra, que éste considera insuficientes y a las que contrapone por escrito contrapropuestas. Sólo tres días después considera necesario presentar su dimisión, porque Roebuck anuncia su moción y Russell no está dispuesto a compartir la responsabilidad con un gabinete con el cual ha compartido el cargo y las acciones. Ha oído —declara Russell— que Aberdeen nunca estuvo decidido a nombrar a Palmerston dictador en el ministerio de la Guerra. Si así fuera, se felicita —Curcio— de no haberse lanzado en vano desde el suelo firme del ministerio a la vacía cripta de la oposición. Una vez que nuestro lord John ha rodado tan abajo en la pendiente resbaladiza, destruye el último pretexto ostensible de su dimisión al declarar: 1) que las perspectivas de la guerra no ofrecen en absoluto motivo para la desolación reinante; 2) que Aberdeen es un gran ministro, Clarendon un gran diplomático y Gladstone un gran financiero; 3) que el partido whig no se compone de cazadores de puestos sino de apasionados patriotas; y en fin, que él, Russell, se abstendrá en la votación de la moción de Roebuck, aunque supuestamente ha dimitido del ministerio, porque un patriota no puede aducir
nada
contra la moción de Roebuck. El discurso de Russell fue acogido aún con más frialdad de como había sido pronunciado.

Palmerston se levanta en nombre del ministerio. Su situación era jocosa. Curcio Russell dimite porque Aberdeen no quiere nombrar a Palmerston dictador de la guerra. Bruto Palmerston ataca a Russell porque deja en la estacada a Aberdeen en el momento de peligro. Palmerston se complacía en tan jocosa situación. Le sirvió, como suele hacer en los momentos críticos, para escamotear, sonriendo, la gravedad de la situación convirtiéndola en farsa. Cuando reprochó a Russell que no hubiera adoptado ya en diciembre su heroica resolución, Disraeli —que al menos no oculta su alegría por el hundimiento de la constitución veneciana— soltó una carcajada, y Gladstone, que hace del formalismo una especialidad, murmuró visiblemente todas las fórmulas de oración puseyistas para no estallar. Palmerston declaró que la aprobación de la moción de Roebuck significaría la caída del ministerio. Si era rechazada, el gabinete deliberaría sobre su propia reorganización (incluida la dictadura de Palmerston).

¡Gran prestidigitador, este Palmerston! ¡Con un pie en la tumba, sabe hacer creer a Inglaterra que es un _homo novus_ <hombre nuevo> y que su carrera apenas comienza! Veinte años
Secretario de Guerra <aquí, el Secretario de Guerra (Secretario de Estado para el Ramo de Guerra)> y, como tal, sólo conocido por la defensa sistemática del castigo corporal y de la venta de cargos en el ejército, ¡puede hacerse pasar por el hombre cuyo solo nombre borra los defectos del sistema! De todos los ministros ingleses, el único que ha sido denunciado reiteradamente en el Parlamento, y muy en serio en 1848, como
agente ruso
, ¡puede hacerse pasar por el único hombre capaz de llevar a Inglaterra a la guerra contra Rusia! ¡Gran hombre, este Palmerston!

Sobre el debate de la moción de Roebuck, aplazado hasta el lunes por la noche, la próxima vez. Tan hábilmente está redactada esta moción, que los adversarios del ministerio declararon que votarían a favor de ella, aunque era insípida, y los partidarios del ministerio, que hablarían a favor de ella, aunque votarían en contra. La sesión de la Cámara de los Lores careció de interés especial. Aberdeen no añadió nada a las explicaciones de Russell, salvo su sorpresa: Russell había sorprendido a todo el gabinete.