Karl Marx/Friedrich Engels

Palmerston —

El ejército

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 71 vom 12. Februar 1855]

Londres, 9 de febrero. A consecuencia de la aceptación de nuevos puestos ministeriales, Palmerston y Sidney Herbert han de pasar por la formalidad de una nueva elección para sus escaños parlamentarios. Por este motivo, ambas cámaras fueron aplazadas ayer por una semana. Las comunicaciones de Lord Derby y del marqués de Lansdowne en la Cámara de los Lores sobre la historia secreta de la crisis ministerial repitieron cosas ya muchas veces repetidas. Importante fue sólo una observación de Derby, que contiene el secreto de la posición de Lord Palmerston. Palmerston, como es sabido, no tiene tras de sí ningún partido parlamentario ni camarilla que se oculte bajo ese nombre. Whigs, tories, peelitas abrigan igual desconfianza hacia él. La escuela de Manchester lo combate abiertamente. Sus partidarios personales entre los radicales de Mayfair (a diferencia de los radicales de Manchester) no pasan de una docena. ¿Quién y qué lo capacitó, pues, para imponerse a la Corona y al Parlamento? ¿Su popularidad? Tan poco como la impopularidad que ha impedido a Gladstone, Herbert, Graham y Clarendon volver a tomar el timón del Estado. ¿O es el hombre que nunca ha pertenecido a partido alguno, que ha servido alternativamente a todos, que los ha sacrificado uno tras otro y siempre ha mantenido la barra de equilibrio entre ellos, el jefe natural de partidos disueltos que tratan de detener la corriente de la historia coaligándose? Esta circunstancia nada prueba en este momento, ya que fue demasiado débil para colocar en 1852 a Palmerston, en vez de Aberdeen, al frente de la coalición.

Derby ha revelado la palabra del enigma. Palmerston es el amigo ostensible de Bonaparte. Su prematuro reconocimiento del golpe de Estado de diciembre de 1851 fue entonces la presunta causa de su separación del ministerio whig. Es, por tanto, la «persona grata», el hombre de confianza de Bonaparte. La alianza con Bonaparte es, por consiguiente, decisiva en este momento. Palmerston ha arrojado, pues, el extranjero en la balanza de las combinaciones ministeriales —no por primera vez, como lo demostraría un examen más detenido de la historia de los ministerios ingleses de 1830 a 1852.

Dado que la situación del ejército de Crimea no puede ser explotada más por el momento para las cábalas de gabinete, Lord John Russell, en la sesión de ayer de los Comunes, retiró su lúgubre opinión, hizo crecer de nuevo al ejército inglés en unos 10.000 hombres e intercambió felicitaciones con el ortodoxo Gladstone. A pesar de esta «resurrección parlamentaria» del ejército inglés, no cabe duda de que en este momento ha dejado de existir como ejército. Unos pocos miles se siguen contando como «aptos para el servicio» porque en los hospitales no hay espacio para acogerlos. De 100.000, los franceses cuentan aún unos 50.000, pero ¿qué son 50.000 o 60.000 hombres para mantener el Quersoneso Heracleótico durante el invierno, bloquear Sebastopol por el lado sur, defender las trincheras y, con el resto sobrante, tomar la ofensiva en primavera? Puede que los franceses tengan nuevas divisiones listas para ser embarcadas en marzo, pero tienen las manos llenas con los preparativos para una campaña de primavera en el continente, y toda probabilidad habla en favor de que sus embarques serán demasiado débiles o llegarán demasiado tarde.

La impotencia de los gobiernos inglés y francés, incluso su abandono del ejército de Crimea, se manifiesta en las dos medidas que han tomado para remediar el mal.

Para reparar el error de haber emprendido la expedición con 4 meses de retraso, cometen el error incomparablemente mayor de enviar a Crimea, 4 meses después de su propia llegada y en pleno invierno, los únicos restos útiles del ejército turco. Este ejército, ya arruinado y en vías de disolución en Shumla a consecuencia de la negligencia, incapacidad y corrupción del gobierno turco, se deshará en Crimea por el frío y el hambre en una medida que superará incluso las realizaciones inglesas en este terreno.

Tan pronto como los rusos estén completamente concentrados y el tiempo permita operaciones de campaña, probablemente atacarán primero a los turcos al mando de Omer Pashá. Esto es esperado por ingleses y franceses. Tan conscientes son de la posición poco envidiable que han asignado a estos últimos. Tan claramente muestran que el error estratégico de arrojar ahora a los turcos al lado norte ha sido cometido con los ojos abiertos. Sólo mediante los errores más inconcebibles por parte de los rusos podrían los turcos salvarse del destino de la aniquilación.

En segundo lugar, los anglo-franceses han tomado a sueldo a 15.000 piamonteses, que deben llenar las filas mermadas de los ingleses y ser alimentados por la intendencia británica. Los piamonteses se han mostrado como soldados valientes y buenos durante 1848 y 1849. Mayoritariamente montañeses, poseen una infantería que, en escaramuzas, tiroteos y combates en terreno accidentado, supera incluso a los franceses. Por otra parte, las llanuras del Po proporcionan una caballería que puede compararse con los Horse Guards ingleses. Finalmente, han aprendido en la severa escuela de las últimas campañas revolucionarias. Estos muchachitos de pies ligeros, ágiles, diestros, sirven para todo, menos para soldados ingleses, en lo que se los quiere convertir, y para los simples y pesados ataques frontales a los que se reduce toda la táctica de un Raglan. ¡Y para colmo, ser alimentados por una intendencia inglesa que hasta ahora sólo ha sabido alimentarse a sí misma! Los 15.000 piamonteses podrían resultar, por tanto, un nuevo desacierto.

Los refuerzos ingleses están en este momento suspendidos. El propio Raglan parece rechazarlos, ya que ni siquiera puede arreglárselas con el resto existente. ¿Se creerá que, en la misma proporción en que aumentan la enfermedad, el exceso de trabajo y la falta de descanso en el campamento británico, aumenta la admirable práctica de los azotes? Hombres que sólo son aptos para ser enviados al hospital, que duermen y prestan servicio durante semanas con ropas mojadas y sobre suelo mojado, y soportan todo esto con una tenacidad casi sobrehumana — [esos hombres,] cuando, aturdidos por el sueño, son sorprendidos en las trincheras, son tratados con el látigo de nueve colas y el bastón. «¡Cincuenta latigazos para cada vagabundo!»: ésa es la única orden estratégica que Lord Raglan emite de vez en cuando. ¿Qué tiene de extraño, entonces, que los soldados del autor de la famosa «marcha de flanco» hacia Balaklava lo imiten y eludan el bastón mediante una «marcha de flanco» hacia los rusos? Las deserciones al campamento ruso aumentan a diario, según informó el corresponsal del «Times».

La jactancia de un asalto a Sebastopol ha cesado, naturalmente. Primero habría que derrotar al ejército ruso en campo abierto. Así, Wellington levantó dos veces el asedio de Badajoz para marchar contra un ejército de socorro. Además, hemos visto antes cómo las nuevas obras defensivas rusas hacen imposible tomar la plaza por asalto. Finalmente, las últimas salidas de los rusos demuestran que el ejército aliado sólo es superior a los rusos en artillería. Mientras no se puedan frustrar las salidas, toda idea de asalto es ridícula; los sitiadores, incapaces de limitar a los sitiados al espacio de la fortaleza propiamente dicha, son aún menos capaces de tomar esta fortaleza a puñetazos. Así, los sitiadores seguirán vegetando, confinados a su campamento por su propia debilidad y por el ejército ruso en campaña. Continuarán reduciéndose, mientras los rusos traen nuevas fuerzas. El preludio de la guerra europea, que se representa en Crimea, terminará con la destrucción de las tropas aliadas, a menos que se encuentren recursos de socorro totalmente inesperados e imposibles de calcular de antemano.