Karl Marx

Sesión de la Cámara de los Lores

["Neue Oder-Zeitung" Nr. 228 vom 19. Mai 1855]

Londres, 15 de mayo. Las galerías de la Cámara de los Lores estaban ayer por la tarde, ya antes de la apertura de la sesión, atestadas de gente. Se anunciaba un espectáculo: la moción de Lord Ellenborough y una batalla en regla entre los Ins y los Outs <Regierung und Opposition>. Además, resultaba picante ver con los propios ojos cómo los legisladores hereditarios representarían el papel de cruzados contra la aristocracia. La representación fue mala. Los actores se salían constantemente de su papel. La pieza empezó con el drama y terminó con la farsa. Durante el simulacro de combate no se mantenía ni siquiera la ilusión, la ilusión artística. A los nobles luchadores se les veía a primera vista que no solo intentaban mantenerse incólumes a sí mismos, sino incluso las armas con que combatían.

En lo que la discusión giró en torno a la crítica de la conducción de la guerra hasta el momento, no se elevó por encima del primer club de debate que se tercie de Londres, y sería una pura pérdida de tiempo detenerse aquí un solo instante. Con pocos trazos, sin embargo, queremos indicar cómo los nobles lores se comportaban como paladines de la reforma administrativa, adversarios del monopolio aristocrático de gobierno y eco de los meetings de la City. «¡El hombre adecuado en el puesto adecuado!», exclamó Lord Ellenborough. Y para probar cómo al mérito, y solo al mérito, le corresponden sus coronas, adujo que él (Ellenborough) y Lord Hardwicke ocupaban sus asientos en la Cámara Alta porque sus padres se habían abierto el camino a la Cámara de los Pares por mérito propio. Era esto, al parecer, precisamente un ejemplo invertido de cómo mediante méritos ajenos, los de sus padres, se puede alcanzar para toda la vida no solo un cargo, sino incluso la dignidad de legislador de Inglaterra. ¿Y cuáles fueron los méritos por los que el Lord-Chief justice of the Queen's Bench <Präsident des Oberhofgerichts>, el viejo Ellenborough, y el señor Charles Yorke, padre de Lord Hardwicke, se abrieron paso hasta la Cámara de los Lores? La historia es instructiva. El difunto Ellenborough, abogado inglés y luego juez, supo granjearse, en los procesos de prensa, de conspiración y de delación que se ventilaban bajo Pitt y sus sucesores, la reputación de un Jeffreys en miniatura. Bajo su dirección, el jurado especial adquirió en Inglaterra una fama que ni siquiera los «jurés probes et libres» <"ehrlichen und freien Gerichte"> bajo Luis Felipe habían poseído jamás. Ese fue el mérito del viejo Ellenborough, y eso le abrió el camino a la Cámara de los Lores. En cuanto al señor Charles Yorke, antepasado de Lord Hardwicke, aventaja al viejo Ellenborough en lo que al mérito se refiere. Este Charles Yorke, durante veinte años miembro del Parlamento por Cambridge, fue uno de los elegidos a quienes Pitt, Perceval y Liverpool confiaban «hacer el trabajo sucio para ellos» <"die schmutzige Arbeit für sie zu tun">. Cada una de las «leales» medidas de terror de aquella época encontró en él su Píndaro. En toda petición contra la venta abierta de cargos en la Cámara de los Comunes reconocía «maquinaciones jacobinas». Cada moción contra el descarado sistema de sinecuras, en una época en que el pauperismo venía al mundo en Inglaterra, la denunciaba Charles Yorke como atentado contra «los benditos consuelos de nuestra santa religión». ¿Y en qué ocasión celebró este Charles Yorke su ascensión a la Cámara de los Lores? En 1810, la expedición de Walcheren había producido en Inglaterra efectos semejantes a los de la expedición de Crimea en 1855. Lord Porchester presentó en la Cámara de los Comunes la moción de establecer una comisión de investigación. Charles Yorke se opuso con vehemencia, habló de conspiraciones, de incitar el descontento, etc. No obstante, la moción de Porchester fue aprobada. Pero entonces Yorke decidió sustraer al público las actas de la investigación, insistiendo, apoyándose en un viejo y ridículo privilegio parlamentario, en que se limpiaran las tribunas públicas de oyentes y periodistas. Así se hizo. Un tal señor Gale Jones, presidente de un club de debate de Londres, publicó luego un anuncio en el que se decía que en la próxima reunión del club se discutiría la violación de la libertad de prensa y la grosera afrenta a la opinión pública cometida por Charles Yorke. Charles Yorke hizo entonces citar a Gale Jones ante la Cámara de los Comunes por injurias a un miembro del Parlamento y violación de los «privilegios del Parlamento», desde donde, en contradicción con todas las leyes inglesas, sin más, sin investigación, sin ser remitido a un juez, fue transportado a la prisión de Newgate, «para ser retenido allí mientras pluguiera a los Comunes». Mientras Charles Yorke realizaba estas hazañas, se daba grandes aires de independencia. Actuaba solo como un llano «caballero rural», como «amigo del rey», como «leal antijacobino». No transcurrieron tres semanas desde que había hecho cerrar la tribuna, cuando se supo que, entretanto, había enviado su cuenta al ministerio Perceval y se había negociado la sinecura vitalicia de un Teller of the Exchequer <Zahlmeisters der Schatzkammer> (semejante a la del «guardián de la cera verde»), es decir, una prebenda vitalicia de 2.700 libras esterlinas al año. Por aceptar esta sinecura, Charles Yorke hubo de someterse a una nueva elección ante sus electores de Cambridge. En la reunión electoral fue recibido con silbidos, gruñidos, manzanas podridas y huevos, y se vio obligado a escapar. Como compensación, Perceval lo elevó a la dignidad de par. Así fue metamorfoseado Charles Yorke en lord, y así —enseña Lord Ellenborough a Lord Palmerston— ha de poder abrirse camino el mérito en una hacienda pública bien ordenada. Prescindiendo de estos lapsus linguae <Schnitzer>, altamente ingenuos y característicos, Ellenborough —que guarda un innegable parecido con el Caballero de la Triste Figura— se mantuvo más en la fraseología de los meetings de la City.

Su amigo Derby se esforzó por limitar incluso la concesión puramente retórica. Rechazó el rumor de haberse aliado con Layard. Él, cuyo talento entero reside en la discreción, acusó a Layard de indiscreción. Dijo que había mucho de verdad en las opiniones de los hombres de la City, pero que se habían dejado llevar a conclusiones extravagantes (!!). Un ministro debe buscar a sus colegas en el Parlamento, y no solo en el Parlamento, sino en el partido al que pertenece, y no solo en ese partido, sino dentro del círculo de los hombres parlamentariamente influyentes de su partido. Dentro de ese círculo, ciertamente, debe decidir la capacidad, cosa que hasta ahora se ha descuidado a menudo. El error, según Derby, radica en la reforma parlamentaria de 1831. Se han exterminado los «burgos podridos», los «rotten boroughs», y precisamente esos burgos podridos suministraban los estadistas sanos de Inglaterra. Ellos hacían posible que hombres influyentes llevaran al Parlamento, y de allí al servicio del Estado, a jóvenes talentosos pero sin fortuna. Así, según Lord Derby, una reforma administrativa es posible sin reforma parlamentaria —solo reforma parlamentaria en sentido inverso, restauración de los «burgos podridos». La queja de Derby no parece del todo fundada si se considera que 85 escaños en la Cámara de los Comunes pertenecen todavía a unos 60 pequeños «rotten boroughs» (solo en Inglaterra), ninguno de los cuales cuenta con más de 500 habitantes, y algunos nombran dos diputados.

Lord Panmure, en nombre del ministerio, puso la discusión de la Cámara de los Lores en su verdadero punto. Queréis —tartamudeó— explotar el clamor de fuera de los muros del Parlamento para declamarnos fuera del ministerio y declamaros vosotros dentro. ¿Por qué no formó Derby ministerio hace 3 meses, cuando recibió el encargo de la reina? —Sí —replicó Derby sonriendo socarronamente—, ¡hace 3 meses! En 3 meses han cambiado las cosas. Lord Palmerston era hace 3 meses el homme à la mode <begehrte Mann>, el gran estadista, el indispensable. Palmerston se ha gastado, y ahora nos toca a nosotros.

La discusión en la Cámara de los Lores ha mostrado que aquí, en ningún lado, hay material para cortar hombres. Por lo que se refiere a la Cámara de los Comunes, Ellenborough observó con razón que está trillada, que ha perdido su crédito y que la influencia política ya no se ha de buscar dentro de la Cámara, sino fuera de ella.

Los debates en la Cámara de los Lores mostraron con claridad la mala fides <schlechten Absichten> de la oposición aristocrática, que se dispone a escamotear el movimiento burgués y, al mismo tiempo, a utilizarlo como ariete contra el ministerio. En una próxima carta tendremos ocasión de probar igualmente la mala fides de la reforma de la City frente a la clase obrera, con la que se proponen jugar exactamente igual que la oposición aristocrática con ella. De ello se sacaría la conclusión de que el movimiento actual en Inglaterra es de naturaleza enteramente compleja y, como indicamos anteriormente, encierra al mismo tiempo dos movimientos contrapuestos y enemigos.