Friedrich Engels

La última estafa de Napoleón

Escrito hacia el 23 de marzo de 1855.

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune* Núm. 4358 del 7 de abril de 1855, artículo de fondo]

«¡Si Creso cruza el Halis, destruirá un gran imperio!» Esta respuesta del oráculo de Delfos al rey lidio podría dársele ahora, con idéntica razón, a Luis Bonaparte para su excursión a Crimea. No es el Imperio ruso, sino su propio imperio, el que está destinado a ser destruido por este viaje.

Una situación extraordinaria, anómala, suscita necesidades anómalas. A cualquier otro en su lugar se le tendría por loco si emprendiese esta excursión, en la que las probabilidades están diez a una en su contra. Luis Bonaparte debe ser perfectamente consciente de este hecho y, sin embargo, se ve obligado a ir. Él es el artífice de toda la expedición, él ha llevado a los ejércitos aliados a su actual y nada envidiable situación, y está obligado ante toda Europa a sacarlos de ella. Es su primer acto militar, y de su desenlace dependerá su reputación como general, al menos por algún tiempo. Del éxito de la campaña responde con una prenda no menor que su corona.

Existen, además, razones de menor peso que contribuyen igualmente a convertir este osado viaje en una necesidad de Estado. Los soldados en Oriente han mostrado en más de una ocasión que sus esperanzas de gloria militar para el nuevo imperio se vieron amargamente defraudadas. En Varna y Basardschik, los paladines del parodiado Carlomagno fueron saludados por sus propias tropas con el apelativo de «monos». «¡À bas les singes! Vive Lamoricière!» <«¡Abajo los monos! ¡Viva Lamoricière!»> fue el grito de los zuavos cuando Saint-Arnaud y Espinasse los enviaron al desierto búlgaro a morir de cólera y fiebre. Ahora las tropas ya no se limitan a comparar la gloria y la popularidad de los generales proscritos con los comandantes de dudosa reputación que hoy dirigen el ejército francés. La extraña conducta del joven Napoleón-Jérôme cuando estuvo en Oriente ha traído de nuevo a la memoria de los viejos soldados de Argelia el comportamiento, completamente distinto, de los príncipes de Orleans en África, quienes, dígase lo que se diga en su contra, estuvieron siempre al frente de las tropas y cumplieron con su deber de soldados. El contraste entre el joven Aumale y el joven Napoleón era sin duda lo bastante fuerte para mover a los soldados a exclamar: ¡Si los Orleans estuvieran aún en el poder, los príncipes estarían con nosotros en las trincheras y compartirían los peligros y las fatigas; y, sin embargo, no llevaban el nombre de Napoleón! Así hablan los soldados, y ¿qué se puede hacer para hacerlos callar? El hombre al que «le está permitido vestir el uniforme de general de división» ha logrado infamar las tradiciones militares ligadas al nombre de Napoleón; los demás miembros de la familia son todos muy tranquilos civiles, naturalistas, sacerdotes o, en fin, aventureros declarados; el viejo Jérôme, por su edad, no puede ser tomado en consideración, y como sus pasadas hazañas guerreras no tejen ningún gran halo de gloria alrededor de su cabeza, Luis Napoleón tiene que ir él mismo. Además, el rumor del viaje a Crimea se había difundido por los más apartados rincones de Francia y había sido acogido con entusiasmo por el campesinado; y fue el campesinado el que había hecho emperador a Luis Napoleón. El campesinado está convencido de que un emperador que ellos mismos han puesto en el trono y que lleva el nombre de Napoleón debe ser, en efecto, un *Napoleon redivivus* <un Napoleón resucitado>. A sus ojos, su puesto está al frente de las tropas, que, conducidas por él, rivalizarán con las legiones de la Grande Armée. Si Sebastopol no ha sido tomada aún, es tan solo porque el emperador no ha ido todavía allí; dejádle llegar al lugar mismo, y las murallas de la fortaleza rusa se hundirán en el polvo como los muros de Jericó. Así pues, Luis Napoleón no puede ya, aunque quisiera, retractarse de su promesa, una vez que el rumor de su viaje ha sido esparcido.

En consecuencia, todo se prepara. A las diez divisiones que ahora se encuentran en Crimea se les envían cuatro nuevas, dos de las cuales deberán formar, al comienzo de la campaña, un ejército de reserva en Constantinopla. Una de estas divisiones estará compuesta por la Guardia Imperial, otra por las compañías de élite reunidas, es decir, los granaderos y voltigeurs <fusileros> del ejército de París. Las otras dos divisiones (11.ª y 12.ª) están ya siendo embarcadas o concentradas en Tolón y Argel. Estos refuerzos frescos elevarán la fuerza de las tropas francesas en Crimea a unos 100.000 o 110.000 hombres, mientras que hacia fines de abril llegarán los 15.000 piamonteses y numerosos refuerzos británicos. Pero difícilmente puede esperarse que los aliados estén en condiciones de abrir la campaña en mayo con un ejército de 150.000 hombres. El estado del Quersoneso Heracleótico, transformado en un vasto y enteramente salvaje cementerio, es tal que, con la llegada del tiempo cálido y húmedo, todo él se convertirá en un foco de toda suerte de epidemias. Y por muchas tropas que allí se encuentren, estarán expuestas a pérdidas por enfermedad y muerte mucho más espantosas que nunca. No hay posibilidad de que los aliados se lancen al ataque desde su posición con un ejército activo antes de que hayan llegado todos sus refuerzos, y eso será hacia mediados del mes de mayo, cuando la epidemia ya haya estallado.

En el caso más favorable, los aliados tendrán que dejar 40.000 hombres ante el lado sur de Sebastopol y dispondrán de 90.000 a 100.000 hombres para una expedición contra el ejército de campaña ruso. Si no maniobran muy bien y los rusos no cometen graves errores, este ejército, al salir del Quersoneso, tendrá primero que batir a los rusos y rechazarlos desde Simferopol antes de poder unirse con los turcos en Eupatoria. Supongamos, no obstante, que esta unión se realice sin dificultades; el refuerzo que los turcos podrán dar como máximo a este abigarrado cuerpo de franceses, ingleses y piamonteses será de 20.000 hombres, poco aptos para una batalla en campo abierto. Todo junto formaría un ejército de aproximadamente 120.000 hombres. Cómo podría subsistir un ejército así en un país devastado por los propios rusos, pobre en cereales y cuya principal riqueza, el ganado, se esforzarán los rusos por empujar hacia Perekop, es difícil de imaginar. El menor avance exigiría extensas operaciones de forrajeo y numerosos destacamentos para asegurar los flancos y las comunicaciones con el mar. La caballería irregular rusa, que hasta ahora no había tenido ocasión de intervenir, comenzará entonces a desgastarlos con sus operaciones. Entre tanto, los rusos también habrán recibido sus refuerzos. La ostentación con que se han llevado a cabo los armamentos franceses durante las últimas seis semanas ha permitido a los rusos tomar sus medidas a tiempo. No cabe duda de que en este momento dos o tres divisiones rusas, ya sea de los ejércitos de Volinia y Besarabia, ya de las reservas recién formadas, están en marcha para mantener allí el equilibrio.

Sin embargo, el mayor destacamento que tendrá que proporcionar el ejército aliado serán las fuerzas destinadas a cercar Sebastopol por el lado norte. Para este fin habrá que sustraer 20.000 hombres, y queda muy en duda si el resto de sus fuerzas, atadas por las dificultades de abastecimiento y entorpecidas por interminables filas de carros con material de guerra y provisiones, bastará para expulsar al ejército de campaña ruso de Crimea.

Lo que sí es seguro es que los laureles con los que Luis Bonaparte se propone granjearse el nombre de un Napoleón de Crimea penden bastante alto y no serán fáciles de recoger. Pero todas las dificultades mencionadas hasta ahora son de carácter puramente local. La principal objeción contra esta forma de hacer la guerra en Crimea es, en el fondo, que arroja a un cuarto de las fuerzas disponibles de Francia a un pequeño teatro de operaciones donde ni los mayores éxitos deciden nada. Es esta absurda obstinación con respecto a Sebastopol, que degenera en una especie de superstición que atribuye un valor ficticio tanto a los éxitos como a los reveses, lo que constituye el gran error fundamental de todo este plan. Y es este valor ficticio, atribuido a los acontecimientos de Crimea, el que recae con redoblada fuerza sobre el desdichado artífice de este plan. Para Alejandro, Sebastopol no es ni mucho menos Rusia, pero para Luis Bonaparte la imposibilidad de tomar Sebastopol es la pérdida de Francia.